El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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DEAD SCOUNDRELS SOCIETY

Foto de Amit Lahav en UNSPLASH

Hace un par de meses la Consejería de Industria, Empleo y Promoción Económica del Principado de Asturias publicaba en el BOPA el convenio colectivo para el sector metal, que -como saben- establece unos mínimos para las relaciones empresa-trabajador en este negocio. Siempre que hablamos de las relaciones empresa-trabajador nos enfrentamos a diversos puntos de vista que seguramente no serán del todo acertadas ni del todo erróneas, cada una de las partes tendrá un punto de vista de la situación basada en argumentos indiscutibles: algunos empresarios tienen fundadas quejas sobre el compromiso o rendimiento de algunos trabajadores, del coste que supone para ellos… y desde la otra trinchera no faltan trabajadores se quejan del trato que reciben por parte de la empresa y de la falta de reconocimiento a su labor.

Con motivo de la festividad del reciente lunes 2 de mayo (en mi Comunidad Autónoma y en muchas otras fue festivo por trasladarse la fiesta del día 1 al lunes) tuve la oportunidad de conocer de primera mano distintas realidades en el sector que nos ocupa. Por una parte, a uno de mis interlocutores su empresa le daba la oportunidad de elegir qué hacer ese día entre tres opciones:

  1. Tomarse el día festivo, como marcaba el calendario laboral.
  2. Trabajar voluntariamente y cobrar esa jornada como como un festivo (extra).
  3. Trabajar voluntariamente, cobrar esa jornada como un día normal y generar un día de vacaciones para disfrutar cuando él quisiera.

Lo cierto es que me quedé gratamente asombrado de que una empresa pudiera organizarse así, dando esas oportunidades a sus trabajadores (desconozco si esta oportunidad era generalizada para todos o sólo para una parte de la plantilla), pero este hombre estaba muy contento con este trato y el ambiente laboral en su empresa.

Desde el otro lado de la tertulia, un segundo interlocutor en la reunión se lamentaba -entre la indignación y el sumo cabreo- explicando la última faena que les habían hecho en su empresa con la interpretación sui géneris del flamante convenio en lo que respecta a la revisión salarial, y es que -aunque el nuevo convenio establece subidas salariales del 2% para los años 2021 y 2022, y un 2,25% para 2023- la manera de aplicar esta revisión en su empresa hacía que de facto los salarios siguieran congelados. Al ser preguntado por cómo era posible que tal cosa pudiera llevarse a cabo en contra del “espíritu del convenio” (si es que existe tal cosa), nos explicó que la práctica totalidad de la plantilla tenía sueldos que superaban los mínimos establecidos en el convenio, así que en las nóminas la empresa les detallaba un concepto de “salario base”, que contemplaba el salario mínimo establecido por el convenio para su categoría laboral… y un epígrafe de “mejora voluntaria” con el que se complementaba el sueldo. Pues bien, la empresa les había revisado al alza el concepto de “salario base” según lo marcado en el convenio a la vez que les había revisado a la baja el concepto de “mejora voluntaria”, con lo que en la práctica seguirían cobrando lo mismo que hasta ahora.

Ambas situaciones son verídicas y llevadas a cabo en sendas empresas del mismo sector hace tan solo unos días en Asturias. Aunque no soy jurista a mí me parece que ambos casos la manera de actuar se ciñe a derecho y no cabe reproche desde la legalidad, pero dejo a criterio del lector evaluar qué trabajadores estarán más motivados en su puesto de trabajo, aspecto que redundará en un mejor ambiente, funcionamiento… y resultados: hoy en día la viabilidad de las empresas pasa inexorablemente por trabajadores motivados y comprometidos. En el mundo profesional todo se puede entender si se explica debidamente, y si una empresa tiene dificultades a la hora de acometer una subida de salarios hay suficientes maneras de afrontarlo y consensuarlo con la plantilla para encontrar una solución que satisfaga o cubra las expectativas de ambas partes de alguna manera…

Pueden hacerse una idea de las caras y los estados de ánimo de cada uno de mis contertulios al hablar de los modos y formas en sus respectivas empresas, sobre todo después de la larga temporada que acumulamos con inestabilidad laboral, ERTES y con la inflación en cotas históricas.

El título del artículo

Seguramente que muchos de ustedes encontrarán familiar el título de este artículo: está inspirado en la famosa película titulada “Dead Poets Society” (traducida como “El Club de los Poetas Muertos” en España), ambientada en un elitista y conservador colegio cuyos pilares son la tradición, el honor, la disciplina y la excelencia, sobre los que basan un férreo régimen de convivencia que empieza a debilitarse con la llegada del profesor Keating y su novedoso método de enseñanza. En contraposición al encorsetado modelo de aprendizaje y de vidas predestinadas imperante en el colegio, el nuevo profesor trae un nuevo y disruptivo método que -sin cuestionar la autoridad paterna ni el sistema educativo- busca el desarrollo personal de sus alumnos, el amor por la vida, la curiosidad, el pensamiento crítico… el Carpe Diem no sólo para el hedonismo, sino para cultivar personas libres, responsables e inteligentes. El problema no son los fundamentos del colegio, sino la manera de llegar a ellos y de conseguir personas que además de estos valores adquieran en su vida un desarrollo pleno.

Para la sociedad elitista en la que se ambienta la película otro modelo de educación para alcanzar esos valores era inconcebible, así que esa rebelión intelectual a la que los jóvenes llaman el “Club de los Poetas Muertos” estaba tan proscrita que a éstos no les quedaba más remedio que reunirse a escondidas, en una cueva, para hacer cosas tan “subversivas” como escribir poesía, expresar sus emociones o pensar libremente.

Como en la película, el serio problema en algunas de nuestras empresas no sólo son los resultados sino la manera de llegar a ellos, y está en la mano de los que toman las decisiones elegir entre la sociedad encorsetada y reprimida del director del colegio Sr. Nolan o la inquietud y libertad de pensamientos que propugna el Sr. Keating. No sé a ustedes, pero me llama poderosamente la atención en este caso que lo bien visto, lo oficial -lo “tradicional”- llega a chocar con la moral, mientras que el modelo disruptivo sigue en todo momento el discurso de la ética.

El vocabulario anglosajón tiene un término para definir a aquellas personas que tratan mal a los demás y carecen de moral: “SCOUNDREL”, que en español podríamos traducir como canalla o sinvergüenza.

Definición de SCOUNDREL en el Cambridge Dictionary

Cuando estamos alcanzando el primer cuarto del siglo XXI, y tras varias crisis en los últimos años, algunas empresas parecen seguir sin enterarse de que no hay sitio para estos personajes en sus puestos de responsabilidad y se empeñan en poner su rumbo en manos de una especie de DEAD SCOUNDRELS SOCIETY (Club de los Sinvergüenzas Muertos) de recorrido muy limitado, porque en un mundo global donde las modernas escuelas de negocios hablan de motivación, de talento, de océanos rojos y océanos azules cada vez hay menos sitio para los personajes faltos de toda ética y sus prácticas tienen fecha de caducidad: están muertos aunque aún no lo sepan. Cuando alguien no encuentra la manera de facilitar la vida a sus subordinados está haciendo gala de una incapacidad manifiesta para el cargo que ocupa, pero cuando además enfoca sus esfuerzos para -siempre desde las normas- negar a otro lo que le correspondería en buena lid lo que demuestra es que tiene pedigrí de canalla o de sinvergüenza… desde la legalidad (que quede claro).

Y mi reflexión esta vez es que tal vez tengamos que hacerle más caso al profesor Keating cuando les explica a sus atónitos alumnos que “Somos alimento para los gusanos. Lo creáis o no un día todos vamos a dejar de respirar, enfriarnos y morir. Hagan que sus vidas sean extraordinarias” … y quizá seamos nosotros en este momento quienes tengamos que rebelarnos también, cumplir sensu stricto con lo que estamos obligados por norma y facturar (con billete sólo de ida) a una oscura cueva a los SCOUNDRELS, a los sinvergüenzas carentes de principios morales que se cruzan en nuestras vidas.

Les recuerdo esa escena que a mí me parece una lección para tener en cuenta:

https://youtu.be/CGHaoXd2L-c

Espero que les haga pensar

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AQUELLOS POLVOS…

Hace 25 años el que suscribe estaba completando sus estudios de Filología Hispánica, carrera (entonces se denominaba así) que finiquitaría con mi última asignatura aprobada en una fecha tan señalada como el 14 de julio. El 14 de julio es el día grande de nuestros vecinos franceses en el que celebran su Fiesta Nacional, la toma de la Bastilla como símbolo de la reconciliación y unidad de todos los franceses, pero para los españoles esas fechas de mediados de julio de 1997 deberían suponer un recuerdo perpetuo del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco: aquel fin de semana del 12 y 13 de julio transcurrió para mi entre apuntes -dando el último repaso a la Crítica Literaria del Siglo XX- pero con la atención puesta en el transistor y en las noticias que llegaban desde tierras vascas de aquel infame secuestro y asesinato.

Unos meses más tarde, y a la vez que cumplía con mi deber de servicio con la Prestación Social Sustitutoria (actividad de utilidad pública que estaba obligado a desempeñar el objetor de conciencia reconocido que quedaba exento del servicio militar) decidí aprovechar esa etapa para matricularme en algunas asignaturas de Doctorado y para cursar y obtener el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica): este último fue sustituido desde el curso 2009/10 por un Máster en formación del profesorado.

Todo este preámbulo me sirve para comentar algo que está siendo noticia en las últimas semanas y a lo que -en mi modesta opinión- la sociedad no está prestando la atención que se merece, y no es otra cosa que la entrada en vigor de la LOMLOE: la última reforma de la Ley de Educación que lejos de aportar soluciones a nuestro sistema educativo parece ideada para dar continuidad e incrementar los desastres que nos han traído hasta aquí.

Cuesta comprender cómo es posible que un país como España en sus últimos 50 años tenga tan vasta colección de leyes educativas con unos resultados objetivamente cada vez más mediocres:

  1. Ley General de Educación de 1970, que buscaba favorecer la igualdad de oportunidades educativas implantando mejoras entre las que destacaba la escolarización obligatoria y gratuita hasta la edad de 14 años (EGB). 
  2. LOECE de 1980, que destacaba por su énfasis en la libertad tanto para la elección de centro educativo por parte de las familias como para la enseñanza por parte de los docentes.
  3. LODE de 1985, cuyas novedades incluían la regulación de subvenciones a la educación concertada y la introducción del Consejo Escolar como órgano de participación de toda la comunidad educativa.
  4. LOGSE de 1990, que ampliaba la escolarización obligatoria hasta los 16 años, haciendo desaparecer la EGB y sustituyéndola por una nueva estructura que se mantiene hasta ahora y que divide los ciclos educativos en Educación Primaria (hasta los 12 años) y Educación Secundaria (hasta los 16 años).
  5. LOPEG de 1995, creada para matizar y pulir aspectos de la LODE y la LOGSE fundamentalmente en lo que atañe a la gestión y organización de los centros educativos.
  6. LOCE de 2002, que no pasó de ser un intento de reforma educativa puesto que no llegó a implementarse
  7. LOE de 2006, que deroga todas las leyes anteriores, aunque manteniendo la estructura implantada por la LOGSE; destaca por la atención a la diversidad y la conveniencia de educar en valores. Sigue en vigor en la actualidad. 
  8. LOMCE de 2013, que introduce modificaciones a la LODE y a la LOE: creación de títulos de FP Básica, regulación de la FP Dual… y propone evaluaciones finales de etapa para obtener los correspondientes títulos de Graduado en ESO y Bachillerato.
  9. LOMLOE de 2020, que supone una apuesta por incrementar las oportunidades de titulación de todo el alumnado y una regulación más estricta de la gestión en los centros concertados.

Teniendo en cuenta este repertorio de leyes educativas desde 1970 y a la vista de los resultados que estamos cosechando en nuestros días, creo que nuestros dirigentes deberían estar reflexionando y analizando severamente lo que es un fracaso manifiesto y la supuesta eficacia de los respectivos gobiernos en este asunto: en mi opinión y a vuela pluma, tener nueve leyes en un periodo de 50 años supone que no se han conseguido los resultados satisfactorios esperados, que se ha estado legislando a bandazos y sin el menor consenso o acuerdo exigible. Cuando me tocó estudiar esas leyes en el transcurso de mi preparación para el CAP en el curso 97/98 llegué hasta la LOPEG y ya había ciertos aspectos que me parecían absolutamente un contrasentido… así que, teniendo en cuenta que desde entonces hasta ahora ha habido 4 leyes más, quizá sea la explicación a por qué un curso (el CAP) que antes abarcaba un año académico ahora haya adquirido la categoría de Máster Universitario.

Aunque no haya ejercido nunca la docencia de manera profesional tengo la suficiente cercanía con el sector como para opinar sin temor a equivocarme que cada reforma de la ley en este ámbito ha supuesto un retroceso para toda la comunidad educativa: docentes, alumnos y padres. Por acción u omisión cada una de esas sucesivas leyes ha ido menoscabando la autonomía, profesionalidad, libertad y dignidad de los profesores, quitándoles la auctoritas, el prestigio de su profesión, y poniendo su criterio al mismo nivel que padres y/o alumnos (por muy ignorantes que éstos sean). Pero a la vez, y con el sibilino pretexto de una mayor inclusión, participación o el manido “no dejar a nadie atrás”, se han ido coleccionando injusticias que buscan regalar aprobados, promociones y resultados a los alumnos menos capaces a la vez que se deja a su suerte a los más dotados. Respecto a los padres, nos ha otorgado la potestad (para la que no estamos preparados) de poner en duda, criticar y hasta intentar dirigir el trabajo de la comunidad docente y los centros educativos.

En mi opinión una ley educativa debe basarse en algunos principios fundamentales como fijar unos objetivos mínimos de aprendizaje y establecer unos criterios de evaluación, la obligatoriedad de escolarización, buscar el máximo potencial de cada alumno, libertad de elección del centro, etc…  pero tiene que recoger también aspectos no negociables como la autoridad del profesor ante padres y alumnos, la educación y comportamiento en el centro y el premio al trabajo.

Algunas de las últimas leyes amparan situaciones tan rocambolescas o inverosímiles como que un alumno pueda hacer imposible el transcurrir ordinario de una clase o llamar “hijo de puta” a un profesor sin que esto suponga más que una amonestación (es verídico) porque el derecho a la educación prevalece sobre un posible castigo de expulsión, o que “la permanencia en el mismo curso se considerará una medida de carácter excepcional y se tomará tras haber agotado las medidas ordinarias de refuerzo y apoyo para solventar las dificultades de aprendizaje del alumno o alumna. En todo caso, el alumno o alumna podrá permanecer en el mismo curso una sola vez y dos veces como máximo a lo largo de la enseñanza obligatoria”, como dice textualmente la LOMLOE y que en la práctica supone la promoción de curso alcance o no el alumno los objetivos mínimos de las asignaturas.

Caso aparte suponen los jóvenes con necesidades educativas especiales, a quienes las sucesivas leyes han ido empujando poco a poco a compartir centros y niveles educativos con otros chavales que no precisan ningún tipo de ayuda, lo que ha supuesto un lastre para todos puesto que de esta manera ninguno ha tenido la plena atención y/o cuidados que le ayuden a desarrollar todo su potencial.

Creo que la educación académica sirve para prepararnos ante el siguiente paso, para ir haciéndonos madurar como personas y –llegados a un cierto nivel- hacernos buenos profesionales, y eso no se puede conseguir de ninguna manera si en lugar de educarnos en la cultura del trabajo y del esfuerzo para alcanzar nuestros objetivos el propio sistema nos “ayuda” con trampas o comodines para que no se reconozcan nuestras limitaciones ni se penalicen nuestros errores. Regalar aprobados o hacer promocionar a los menos preparados es un flaco favor para ellos porque les impedirá ir asentando conocimientos a la vez que les hará estar siempre descolocados (fuera de juego) y no llegar a desarrollar su máximo potencial. Paralelamente, los recursos empleados por los profesores de turno en adaptaciones curriculares repercuten en una merma en la dedicación al resto de alumnos para ayudarles también a desarrollar su mejor versión.

Obviamente no soy quien para valorar si las leyes educativas del siglo pasado se quedaron obsoletas o si era precisa una reforma (aunque tenga mi opinión), pero no creo que ésta deba llevarse a cabo sin un amplio consenso nacional, así como me parece que lo que en la actualidad ponemos a disposición de nuestros jóvenes es la tentación del mínimo esfuerzo dado que la exigencia cada vez es menor y sólo la inquietud individual de algunos brillantes alumnos les hace ir más allá. Un centro educativo no es un parqueadero (como dirían en ultramar) de nuestros hijos: los alumnos, como dice la etimología latina de donde procede el término, están para “ser alimentados”, y no para pasar el rato, ser amigos, colegas o estar al mismo nivel que el profesorado; tienen que aprovechar el periodo de aprendizaje en enseñanzas pre-universitarias para adquirir el hábito de trabajo y una serie de destrezas mínimas en materias como ciencias, matemáticas y humanidades, conocer nuestra historia y saber qué se celebra el 2 de mayo o el 14 de julio, quienes fueron los Reyes Católicos, Miguel de Cervantes… o Miguel Ángel Blanco.

Por último, no voy a entrar en la recurrente polémica de si esta última ley educativa «aparca» las Letras o Humanidades: por si no lo saben el que les habla es un alumno de ciencias puras licenciado en Literatura Española y que lleva trabajando como técnico en una ingeniería desde hace más de 20 años, así que no concibo la exclusión de ninguna materia y defiendo que las personas tenemos que tener unos conocimientos multidisciplinares para ir más allá y para desarrollarnos plenamente. Sobre este respecto comparto con ustedes un artículo de Javier Andreu Pintado, Vicedecano de Alumnos en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra:

https://www.larazon.es/cultura/historia/20220117/r3ua7azqezbnnl3imo3lr7u7mu.html

Para terminar, y como a buen seguro se preguntarán qué tiene que ver el título de este artículo con su contenido, les desvelaré que ese es el título de una novela erótica que leí y sobre la que tuve que trabajar en uno de los cursos de doctorado. Su autor -Joaquín Belda- fue un cartagenero considerado como el mejor escritor novelista erótico español (género de gran éxito en el primer tercio del siglo XX), y un maestro en el arte de saber mezclar una gran riqueza imaginativa y comicidad en sus obras con una enorme carga moralizante que va más allá de la pornografía: el juego, la política, o la corrupción son algunos de los objetivos de la crítica en sus novelas haciendo uso de un lenguaje muy cuidado y elevado, rico, divertido y –sobre todo- mordaz. A pesar del ostracismo en el que permanece hoy en día, estamos ante un autor del círculo literario de Azorín, Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, Pérez de Ayala… lo que nos puede dar una idea de la dimensión de su categoría literaria.

“Aquellos polvos…” juega con el doble sentido de las palabras, pero en la novela queda claro que todo tiene consecuencias y que los lodos de hoy siempre son consecuencia de los polvos de ayer, como ocurre en la educación y en muchos otros ámbitos de nuestra sociedad.

Les dejo en este enlace la flamante LOMLOE, para su solaz y entretenimiento… preocupación, indignación o lo que surja: 

https://www.boe.es/eli/es/lo/2020/12/29/3/con

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Por qué me voy de la empresa

Siempre me han interesado los motivos de las rupturas, intentado entender los pensamientos y reacciones de ambas partes. Podríamos considerar un paralelismo entre las relaciones laborales empresa-trabajador y las relaciones matrimoniales (si prefieren, “relaciones de pareja” en la sociedad moderna): si antaño ambas relaciones nacían y tenían vocación de permanencia ad eternum, hoy en día es absolutamente normal que las personas rompan vínculos y busquen nuevos aires para sus vidas personales o profesionales por los más dispares motivos.

Centrándonos en las relaciones laborales, creo que ya he reflexionado repetidamente sobre el tema en artículos anteriores, pero cada vez que un compañero o conocido deja su empresa el asunto se vuelve recurrente en mi pensamiento.

Para empezar debemos tener claro que en las rupturas siempre hay un motivo y una firme decisión tomada por una de las partes… por más que haya comunicados amables o acuerdos amistosos: una cosa es que la salida, la ruptura o el divorcio sea consensuado, civilizado y ordenado buscando el menor impacto posible en los implicados, en la propia empresa o anteponiendo minimizar los “daños colaterales” en terceros; pero el origen de esa ruptura es la decisión de alguien que -por el motivo que sea- consideró romper el vínculo, salir de la sociedad o prescindir de la otra parte. 

Siguiendo con el objetivo puesto en las empresas podríamos disertar ampliamente sobre el tema defendiendo distintas teorías, pero creo que estaremos de acuerdo en que el modelo de relación laboral ha cambiado, las largas trayectorias profesionales en una misma compañía están en claro peligro de extinción y en las nuevas generaciones de profesionales estas perspectivas ya prácticamente se limitan a los casos de funcionarios públicos.

¿Qué está pasando?

No podemos negar que muchas empresas han transformado sus antiguos departamentos de personal adaptándolos a las nuevas sensibilidades: si antes en estas secciones o departamentos se usaba el genérico “recursos humanos” cada vez es más frecuente encontrar terminología referida a “talento”, “personas”, etc… pero a tenor de la creciente rotación profesional me temo los esfuerzos invertidos no están retornando los resultados esperados.

Desde principios de este Siglo XXI nuestra sociedad ha cambiado de forma exponencial, mudando de la monotonía de las “vidas grises” a la urgencia del inconformismo; las nuevas tecnologías han traído nuevas posibilidades de relaciones, de conocimiento, de formación, de trabajo… y de esclavitud. Hace unos meses asistí a una conferencia del presidente de una multinacional en la que ponía de manifiesto sus dificultades para retener a los trabajadores sólo con argumentos económicos: cada vez más empleados se iban de su empresa no por dinero, sino para disponer de más tiempo libre, por vivir en otros lugares o por explorar otras aventuras en distintos sectores… en definitiva: por vivir su vida.

Si tuviera que definir con una palabra el motivo del cambio de rumbo en las vidas de la mayor parte de mis amigos y conocidos, sin duda el término sería HARTAZGO: uno se va de los sitios cuando el hartazgo de decepciones supera la motivación de seguir adelante con su proyecto, cuando llega a un empacho superlativo… y ahí cada uno tenemos nuestro límite. Hace unos años un amigo tuvo la honestidad y la valentía de argumentar a quien le preguntaba por las razones de su marcha que se iba de la empresa porque estaba cansado de trabajar para vagos y vividores; y es que el hartazgo no suele ser casual, fruto de un día o de una situación puntual, sino el resultado de una acumulación de circunstancias que acaban abriéndonos los ojos o demostrándonos que no estamos en el camino adecuado, lo cual alivia de alguna manera la responsabilidad del departamento de recursos humanos a la vez que pone el foco en el resto de la organización y en el funcionamiento del día a día. Por más que las empresas se esfuercen en presumir de valores hay ciertos ambientes tóxicos que parecen persistentes y son difíciles de extirpar: en una vivienda afectada por humedad persistente de poco vale abrir las ventanas y ventilar si el problema te llega por capilaridad desde los cimientos. Bien harían las empresas centrando sus esfuerzos en cultivar la motivación de sus trabajadores, empezando por anteponer (e imponer manu militari) la ética y la ejemplaridad de las personas elegidas para dirigir y liderar departamentos y equipos de trabajo, y continuando por un trato más humano que busque una mayor implicación de las personas a todos los niveles. Todas las personas tenemos problemas y/o necesidades de diversa índole, y seguramente no esperamos que la empresa o alguien en concreto nos solucione todas nuestras cuitas, pero sí debemos ser exigentes con quienes se cruzan en nuestra vida para que -al menos- no nos aporten más molestias o preocupaciones que las estrictamente necesarias. Pocas cosas decepcionan y minan la moral -a la vez que alimentan las preocupaciones, el cabreo y malestar de las personas- que la incongruencia en el discurso de quienes deben ser comprometidos y ejemplares a nuestro lado, circunstancia esta que contribuye a fomentar el desapego a la organización (no a la compañía) y hace plantearse cosas que nunca antes habríamos sospechado. Si bien es cierto que la decisión de partir se toma en un momento puntual, uno empieza a irse poco a poco con los pequeños detalles que no encajan y le molestan en su entorno a la vez  que empieza a ver pasar trenes que llevan a otros destinos… hasta que un día el anteriormente mencionado hartazgo es lo suficientemente potente para darle el valor necesario de coger la maleta, comprar un billete (sólo de ida) y enfocar sus pasos hacia una estación que bien pudiera ser la “Gare d’Austerlitz” para subirse a ese tren que le lleve a nuevos horizontes.

El rumbo

Dicho todo lo anterior, también las personas deberíamos ser exigentes y autocríticos con nosotros mismos y pensar cuál es nuestra responsabilidad en nuestra situación, qué podemos hacer y -sobre todo- qué rumbo debemos tomar para llegar a lo que de verdad queremos en nuestras vidas. Supongo que todos conoceremos casos en los que los protagonistas salen de una empresa o una relación porque tienen claro que no quieren seguir por ese camino -es lícito y admirable- pero una vez en libertad su brújula parece dejar de funcionar y convierten sus vidas en una continua huida de rumbos erráticos, coleccionando aventura tras aventura y entrando en una vorágine de experiencias no siempre agradables que lejos de dar estabilidad a sus vidas las sume en un auténtico caos.

Por eso es esencial tener claro el objetivo que queremos para nuestras vidas y el rumbo que deberíamos tomar para alcanzarlo: seguro que todos atesoramos motivos para no estar del todo contentos con nuestra vida personal o profesional y eso debería ser suficiente para mantenernos entretenidos pensando en qué podemos hacer para cambiar las cosas, pero antes de tomar una decisión tan drástica como la ruptura tenemos que tener muy claro lo que realmente queremos: sólo el caso de un ambiente absolutamente tóxico y dañino justificaría una huida sin rumbo fijo.

Como todo está en los libros, la esplendente obra de Emily Brontë Cumbres Borrascosas nos enseña que la vida es cuestión de golpes de suerte, pero también de las decisiones que tomamos con nuestros comportamientos: mientras perseguimos nuestros objetivos la vida da muchas vueltas y tan inconveniente es actuar sólo por instinto -como Heathcliff- como exclusivamente por interés -como Catherine-.

Por último, antes he aludido a la “Gare d’Austerlitz” porque hace poco tuve el placer de viajar a París y recordé la maravillosa canción de Sabina interpretada tanto por él como por la no menos magnífica Ana Belén:

Les dejo ambas versiones para que ustedes mismos elijan cuál les gusta más.

A pesar de lo que dice la canción, siempre quedarán “islas donde naufragar”: no dejen de buscarlas.

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