ANDANDO EL CARRO SE ACOMODAN LOS MELONES

En una empresa que yo solía frecuentar por motivos laborales trabajaba una señora encargada de la limpieza en oficinas, aseos y vestuarios; la mujer era activa, dicharachera y de buen carácter pero, desconociendo yo la profundidad de su limpieza en los aseos y en los vestuarios, si pude ser testigo de que los empleados de las oficinas no estaban nada satisfechos con el desempeño de esta señora en sus dependencias: los suelos podían quedar más o menos limpios (era comprensible eximir de una absoluta pulcritud a una oficina con el constante trajín de personas entrando y saliendo al taller), pero los armarios no conocían ni de lejos el paso de una gamuza y las mesas podríamos decir que se quedaban a medio camino, puesto que era frecuente que los trabajadores encontraran en las esquinas de las pantallas de los ordenadores mechas de la fregona (en aquella época las pantallas eran aparatos muy voluminosos), lo que daba a entender que la señora usaba el mocho para los suelos, para las mesas y hasta para los ordenadores: técnicamente se limpiaba, pero “de aquella manera”. Los empleados comentaban y criticaban la discutible limpieza de la oficina entre ellos, pero siempre recordaban el buen carácter de la mujer y acababan evitando quejarse a instancias superiores para no perjudicarla, siendo también conscientes de que hay situaciones que el tiempo se encarga de corregir.

Una tarde (la señora trabajaba en turno de tardes, cuando yo pasaba por aquella empresa) la mujer llegó a trabajar con una ostensible cojera y los empleados le preguntaron qué le había pasado:

  • “Fue ayer, al ir a hacer los vestuarios… metí el pie en el canalillo que hay entre las naves y…”, empezó a explicar la señora
  • “Canalillo es lo que tienes entre las tetas, lo que hay entre las naves se llama canaleta”, le aclaró uno de los empleados en tono muy serio sin darle tiempo a que diera más detalles sobre el percance

Sin una mínima alteración por parte de la mujer, y antes de que a alguno de los presentes se le escapara una carcajada, un segundo empleado tuvo la habilidad suficiente para capear la conversación y aconsejar a la lesionada que fuera de inmediato a la mutua para que le examinaran el pie.

El caso es que la contusión de aquella buena mujer no debió ser poca cosa y justificó que enviaran para sustituirla a una compañera que, aunque mucho más callada, no es menos cierto que limpiaba bastante mejor… una situación temporal que acabó por consolidar a la sustituta en el puesto de la titular.

Hace siglos el rico acervo castellano acuñó un refrán –parece que hoy bastante extendido en Hispanoamérica- que bien podría encajar en esta situación y que rezaba “andando el carro se acomodan los melones”: una expresión que se remonta al Siglo de Oro español y que el pueblo llano popularizó para referirse a situaciones -injustas a todas luces- en las que un mediocre hidalgo de discutible valía accedía a determinadas posiciones o puestos bajo falsas apariencias o impostados elogios, por lo que se clamaba para que el devenir del tiempo hiciera justicia y pusiera a cada uno en su sitio.

Este dicho, original en la vieja Castilla, empezó refiriéndose a calabazas en lugar de melones (término adoptado más tarde en la nueva Castilla y en Hispanoamérica), donde estos frutos voluminosos, irregulares y pesados se convertían muchas veces en quebraderos de cabeza a la hora del transporte. Los campesinos más veteranos sabían que invertir tiempo intentando buscar una estiba perfecta de los frutos (fueran calabazas o melones) en el carro era un esfuerzo baldío, un derroche de tiempo que los baches y las irregularidades del camino se encargarían de desbaratar y corregir, por eso no merecía la pena intentar ordenar una mercancía que poco a poco iría encontrando su acomodo durante el viaje y la consigna de los más expertos durante la carga era clara: “echa los melones al carro y arranca, que en camino se colocarán solos”.

La interpretación de este refrán puede tener una vertiente positiva en cuanto a que el traqueteo del camino suele hacer que los frutos encuentran apoyo mutuo y el caos inicial se convierta en orden y en una estructura compacta y resistente: no conviene olvidar que -según la convección granular- cuando una mezcla de partículas u objetos de distintos tamaños o formas es sometida a una vibración u oscilación vertical, las piezas buscan el estado de menor energía potencial.

Hay una segunda lectura que no debemos desdeñar, y es que el movimiento del viaje también puede actuar como una criba o selección natural que haga que los elementos que no se adapten a las circunstancias o no encuentren encaje en la estructura se caigan del carro.

En cualquier caso, este ejemplo puede ser asumido como la prueba de que los sistemas complejos tienden a una cierta autorregulación, apareciendo el equilibrio –en múltiples ocasiones- cuando se dota a los miembros de esa organización (empresa, comunidad, familia…) de cierto grado de libertad para operar de manera independiente. Pero lo más fascinante de esto es que este refrán conecta el campo castellano del Siglo de Oro con las más avanzadas metodologías de trabajo de nuestro tiempo implementadas –fundamentalmente- en las empresas tecnológicas norteamericanas: la moderna filosofía “Agile” dictamina que no se debe pasar una gran cantidad de tiempo desarrollando especificaciones de un programa o de un producto antes de que el usuario lo valide, sino que conviene lanzar un “Producto Mínimo Viable” para que el mercado y las interacciones reales lo evalúen y vayan matizando y definiendo qué errores hay que corregir, qué funciones hay que implementar o cómo se debe reestructurar el diseño: el feedback o la experiencia del usuario es, en este caso, el traqueteo de la carreta que acomoda las funciones o el código de programación.

Volviendo a nuestro Siglo de Oro, la mentalidad de los castellanos interpretaba también el exceso de celo y la excesiva planificación como falta de coraje o de actitud para bregar con la realidad. Aunque la sabiduría popular no significase una patente de corso para la mediocridad, para emprender cualquier proyecto bastaba con un plan básico al que el día a día se encargaría de ir suavizando las aristas, ir ordenando el plan y desestimando los recursos no útiles: cuando el carro avanza por un terreno sinuoso o irregular, los frutos que están podridos, los que son blandos o los que no tienen el peso suficiente para asentarse, terminan aplastados o saltando por los lados… y en las organizaciones humanas esto significa que el trabajo real debería desnudar al impostor y asentar al eficiente.

No debemos tampoco pasar por alto que el labrador castellano era pragmático, pero no insensato, penalizando con igual fuerza la audacia estúpida que la cobardía, por lo que se establecía que, para que la carga se acomodara sola la empresa debía respetar tres reglas fundamentales de la tradición carretera:

  1. El carro debe estar bien herrado: el movimiento arregla la posición de las frutas, pero no arregla un eje roto, una rueda agrietada o unas mulas famélicas y débiles. En otras palabras: la infraestructura y las competencias básicas deben ser sólidas antes de partir, no se debe afrontar un proyecto sin el conocimiento mínimo indispensable.
  2. El respeto a los adrales: los adrales son las maderas laterales que cierran el carro, una estructura que trabaja como contención. Si cargamos un carro diáfano y sin laterales, el traqueteo no acomodará los melones, sino que los esparcirá por la cuneta. En cualquier iniciativa esto equivale a mantener unos controles que bien podrían ser unos límites o marcos financieros, legales y éticos innegociables.
  3. El paso del animal: El camino acomoda la carga si el carro avanza a su paso natural (la velocidad del buey o de la mula). Si lanzamos el carro desbocado por una pendiente sin control, la velocidad destruirá los melones y hará volcar el vehículo: la acción debe ser constante pero medida, la prisa desmedida desvirtúa la sabiduría del refrán.

Lo que los castellanos diagnosticaban hace siglos se ha convertido hoy en día en una resistencia psicológica universal llamada “parálisis por análisis”, un estado de bloqueo mental en el que un individuo, un equipo de trabajo o una sociedad entera detienen sus proyectos esperando la alineación perfecta de los astros, el presupuesto ideal, las condiciones climáticas exactas o la certidumbre absoluta del futuro… condiciones que en casi todos los casos no dependen de nosotros mismos y que nos llevan a una inmovilidad sólo vencible a través del refrán “andando el carro se acomodan los melones”

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