El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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SHALL, SHOULD, MAY

Photo by Russ Ward on UNSPLASH

Aunque pasemos por la vida sin tener esa percepción, todo que nos rodea está sometido a códigos y normas. La tan ansiada libertad de la que nos hablan políticos, medios de comunicación, publicidad, etc… cada vez está más lejana y se ha dejado vencer por el encorsetamiento de los códigos y las normas (estén éstas escritas o no).

En mi campo profesional desarrollamos equipos potencialmente muy peligrosos cuyos diseño, fabricación y montaje se someten a distintos códigos y/o normas en los que se establecen los requisitos técnicos que debemos cumplir y por los que debemos guiarnos para garantizar la seguridad de estos equipos en operación a lo largo de su vida útil. Como pasa en la “vida normal”, en función del país donde te toque trabajar o para el que vaya a estar destinado el equipo en cuestión estarás sometido a unas normas o a otras, pero siempre hay algunas que por su solera y solvencia marcan una referencia. Personalmente me gustan más los códigos de diseño americanos por su filosofía, porque -aunque se basan en la experiencia- se revisan periódicamente: si bien sus pautas no dejan lugar a la duda, dejan siempre la puerta abierta a consultas técnicas que -una vez demostradas- serán incorporadas a posteriores revisiones del código.

Uno de los códigos de referencia para nosotros es el Código ASME (The American Society of Mechanical Engineers). ASME se fundó en 1880 para ofrecer a los ingenieros un espacio de discusión sobre las inquietudes y los distintos puntos de vista generados por el auge de la incipiente industrialización, pero fundamentalmente para garantizar la seguridad de las calderas y equipos a presión;  el 16 de febrero de ese año, y liderados por Alexander Lyman Holley, una treintena de ingenieros se reúnen en Nueva York para constituirse y fundar esa sociedad que desde entonces mantendrá contactos periódicos para discutir el desarrollo de herramientas, piezas de máquinas y prácticas de trabajo uniformes. Debemos recordar que estamos ante el nacimiento de la industrialización y que en aquella época no existían códigos legales que regularan el diseño, instalación o mantenimiento de calderas o equipamientos mecánicos.

En 1905 la explosión de una caldera en una fábrica de calzado de Massachusetts dejó 58 muertos y 117 heridos, pero supuso que ese estado tomara la decisión de encargar a los expertos la elaboración de una ley que regulara la instalación de calderas. Después de haber establecido el Código de prueba de calderas en 1884, ASME formó un Comité de código de calderas en 1911 que condujo a la publicación del Código de calderas y recipientes a presión (BPVC) en 1915. El BPVC se incorporó más tarde a las leyes en la mayoría de los estados y territorios de EE. UU. y provincias canadienses.

Desde entonces hasta ahora ASME se ha caracterizado por poner a disposición de ingenieros y administraciones diversos estudios, desarrollos técnicos y normativa para garantizar la seguridad en máquinas y producción mecánica: más de 600 códigos y estándares de ASME regulan distintos campos de la ingeniería desde las calderas hasta las modernas instalaciones nucleares.    

Uno de los aspectos que más me gusta de ASME es que tienen su propia guía o código de estilo, de sólo 6 páginas, en la que se aconsejan cosas tan fundamentales como la importancia de tener en cuenta a “la audiencia”, el uso de frases cortas y palabras simples, evitar la “verbosity” (el uso de más palabras que las estrictamente necesarias), los verbos pasivos o las redundancias.

Pero lo que para mí es fundamental en los Códigos ASME es el uso de los verbos “SHALL”, “SHOULD” y “MAY”. La CSP-64 (política de códigos y standards) de ASME se refiere a las definiciones de esos tres verbos y dice textualmente que

All ASME standards are required to use the following definitions for “shall”, “should” and “may” or ensure that their current usage is consistent with the following:

Shall – is used to denote a requirement

Should – is used to denote a recommendation

May – is used to denote permission, neither a requirement nor a recommendation

En el arriba mencionado Código de Estilo detallan su preferencia por el uso del “shall” antes que el “must” porque consideran que de esa manera la sentencia que lo lleva enfatiza su sentido de requisito, se interpreta como “mandatoria” y no deja lugar a la duda ante el lector.

También explican muy bien su interpretación sobre las diferencias entre el “should” y el “may”: el primero se refiere a una recomendación de ASME, mientras que el segundo deja a criterio único del lector el uso de esa alternativa.

En definitiva, si ustedes consultan o trabajan con un Código ASME deberán acostumbrarse a sentencias cortas y claras, a un código que le dictará los requisitos con un “shall”, las recomendaciones de los ingenieros expertos con un “should” (que usted puede aceptar o no) y le dejará un abanico de posibilidades bajo su responsabilidad siempre que en el código se especifique con “may”. Además, si aun así tiene dudas o propuestas no recogidas en el Código cabe la posibilidad de planteárselas a los señores de ASME por los cauces establecidos para ello.

Seguramente que llegados a este punto habrán echado en falta las prohibiciones, y es cierto que hay algunos casos en los que el código les indicará un “may not”, pero en mi opinión estamos ante un código bastante constructivo: el usuario sabe que cumpliendo con las premisas y directrices del documento su producto está garantizado para un uso seguro.

La verdad es que es un código tan claro, conciso y práctico que casi apetece aplicarlo en las decisiones de nuestra propia vida: instrucciones “mandatorias”, “recomendadas” y “opcionales” que te garanticen una vida alejada de problemas y complicaciones… aunque si lo reflexionamos un poco tal vez ese código ético ya lo teníamos en nuestra sociedad y lo que hemos hecho en los últimos años es apartarnos de la ética y de nuestros valores como personas íntegras: así como un fabricante de equipos a presión sabe que si no cumple con lo estipulado en el Código lo más probable es que sufra un fallo catastrófico, nosotros deberíamos tener en cuenta que si nuestra vida se aleja de las más elementales normas del código ético de conducta lo más probable es que acabemos ocasionando daños -tal vez irreparables- tanto en nosotros mismos como en quienes no rodean.

Hagamos que nuestras vidas se guíen por el shall-should-may

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VICTORY BELONGS TO THE MOST TENACIOUS

PHOTO BY UBITENNIS

Si ustedes están viendo alguno de los partidos del torneo de tenis Roland Garros que estos días se disputa en París, seguramente se habrán fijado en la cita grabada en la tribuna de su pista principal Philippe Chatrier: «Victory belongs to the most tenacious». Aunque la cita se atribuye a Roland Garros realmente su autor fue Napoleón Bonaparte, quien parece que en algún momento sentenció «Victory belongs to the most persevering»

Confieso que yo no sabía que Roland Garros, a pesar de dar nombre a uno de los torneos de tenis más importantes y legendarios del mundo, no fue un destacado tenista sino un deportista aficionado al fútbol, rugby y ciclismo (sobre todo este último a modo de rehabilitación para recuperar su sistema respiratorio de una neumonía sufrida con 12 años).

Continuando con la historia de Roland Garros he podido leer que -nacido en 1888- una vez graduado en una escuela de negocios y siendo empresario emprendedor (eso que ahora mismo está tan de moda), en 1909 y con apenas 21 años asiste a una exhibición aérea y se enamora de aquellos revolucionarios artefactos, así que no duda en comprarse un avión y aprender a volar de manera autodidacta antes de conseguir su licencia de piloto. Su pasión por la aeronáutica le hace batir en 1911 el récord de altitud (casi 13000 pies) y convertirse en 1913 en el primer piloto en cruzar el Mar Mediterráneo desde Francia hasta Túnez.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial no sólo se alista voluntario para luchar desde el aire, sino que detecta las limitaciones armamentísticas de los aviones de la época y revoluciona este campo inventando la primera ametralladora capaz de disparar a través de la hélice. En 1915, y después de acumular algunas victorias, es apresado en Bélgica por los alemanes que copian su invento para implementarlo en sus propios aviones; tardó 3 años en fugarse y, a pesar de los intentos del primer ministro francés Clemenceau por mantenerlo a su lado como consejero, no dudó en volver al campo de batalla donde fue finalmente abatido en 1918. 

Roland Garros siempre se guio e hizo suya la frase de Napoleón «La victoria pertenece al más perseverante», al punto de grabarla en las hélices de sus aviones. Su empuje, inteligencia y valentía hicieron que fuera considerado como un héroe (además de pionero) por la sociedad de la época, un legado que sus amigos quisieron reconocer con el paso del tiempo a través de una iniciativa encabezada por Emile Lesuseur en 1928 para que la pista de tenis construida por los Mosqueteros llevara el nombre de Roland Garros en homenaje a aquellos que -como él- ponen todo el tesón en lograr sus objetivos. Como dijo el propio Napoleón en otra de sus célebres frases: «la victoria no siempre es ganar la batalla… sino levantarse cada vez que uno se cae». 


Recuerdo que en una de mis carpetas en mi época de estudiante llevaba siempre pegada una frase de un coetáneo de Napoleón Bonaparte. Una cita que en su momento me había llamado la atención en una revista, así que la recorté y la pegué en la tapa de mi carpeta, y que rezaba: “El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación”, y cuyo autor es de Ludwig van Beethoven. Siempre me llamó la atención que un genio como Beethoven reconociera la importancia del trabajo, la dedicación y la perseverancia, tal y como se ha demostrado en múltiples ocasiones en las artes, en el deporte, en los estudios, en las empresas y en la vida. El talento sin dedicación puede tener un éxito, pero éste será efímero; puede aportarnos una solución en un momento dado, pero es muy difícil que sea la óptima: un equipo sabe que no puede fiar su resultado a los destellos puntuales de alguna de sus estrellas, sino que tienen que trabajar todos como una máquina perfectamente engranada… y aun así nada ni nadie te garantizará resultados satisfactorios.

Otra cita de Beethoven es: “Tocar una nota equivocada es insignificante. Tocar sin pasión es imperdonable”, y es que -al igual que Roland Garros- este genio de la música ponía el foco en la pasión con la que ejecutamos nuestros proyectos. El error o la equivocación es inherente al ser humano, y es comprensible tenerles miedo, pero la pasión es el auténtico motor que nos impulsa a seguir tocando, a seguir mejorando y disfrutando con lo que hacemos, a seguir trabajando para conseguir nuestros objetivos. Es la pasión la que le da sentido a nuestro trabajo y por eso es tan importante para nuestras vidas que nos apasionemos con aquello a lo que nos dedicamos.

Es curioso que tanto Napoleón como Beethoven vivieron en la misma época, entre los siglos XVIII y XIX, y es chocante que ambas figuras históricas destacaran la perseverancia como la pieza clave para conseguir sus objetivos: la victoria o en la genialidad. Quizá deberíamos reflexionar sobre ello, sobre todo en momentos de incertidumbre, y -al igual que Roland Garros- adoptar esa máxima para nuestras vidas y nuestros objetivos, y transmitirla a nuestros hijos para que sean la pasión en su trabajo y la perseverancia quienes guíen sus vidas.

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DEAD SCOUNDRELS SOCIETY

Foto de Amit Lahav en UNSPLASH

Hace un par de meses la Consejería de Industria, Empleo y Promoción Económica del Principado de Asturias publicaba en el BOPA el convenio colectivo para el sector metal, que -como saben- establece unos mínimos para las relaciones empresa-trabajador en este negocio. Siempre que hablamos de las relaciones empresa-trabajador nos enfrentamos a diversos puntos de vista que seguramente no serán del todo acertadas ni del todo erróneas, cada una de las partes tendrá un punto de vista de la situación basada en argumentos indiscutibles: algunos empresarios tienen fundadas quejas sobre el compromiso o rendimiento de algunos trabajadores, del coste que supone para ellos… y desde la otra trinchera no faltan trabajadores se quejan del trato que reciben por parte de la empresa y de la falta de reconocimiento a su labor.

Con motivo de la festividad del reciente lunes 2 de mayo (en mi Comunidad Autónoma y en muchas otras fue festivo por trasladarse la fiesta del día 1 al lunes) tuve la oportunidad de conocer de primera mano distintas realidades en el sector que nos ocupa. Por una parte, a uno de mis interlocutores su empresa le daba la oportunidad de elegir qué hacer ese día entre tres opciones:

  1. Tomarse el día festivo, como marcaba el calendario laboral.
  2. Trabajar voluntariamente y cobrar esa jornada como como un festivo (extra).
  3. Trabajar voluntariamente, cobrar esa jornada como un día normal y generar un día de vacaciones para disfrutar cuando él quisiera.

Lo cierto es que me quedé gratamente asombrado de que una empresa pudiera organizarse así, dando esas oportunidades a sus trabajadores (desconozco si esta oportunidad era generalizada para todos o sólo para una parte de la plantilla), pero este hombre estaba muy contento con este trato y el ambiente laboral en su empresa.

Desde el otro lado de la tertulia, un segundo interlocutor en la reunión se lamentaba -entre la indignación y el sumo cabreo- explicando la última faena que les habían hecho en su empresa con la interpretación sui géneris del flamante convenio en lo que respecta a la revisión salarial, y es que -aunque el nuevo convenio establece subidas salariales del 2% para los años 2021 y 2022, y un 2,25% para 2023- la manera de aplicar esta revisión en su empresa hacía que de facto los salarios siguieran congelados. Al ser preguntado por cómo era posible que tal cosa pudiera llevarse a cabo en contra del “espíritu del convenio” (si es que existe tal cosa), nos explicó que la práctica totalidad de la plantilla tenía sueldos que superaban los mínimos establecidos en el convenio, así que en las nóminas la empresa les detallaba un concepto de “salario base”, que contemplaba el salario mínimo establecido por el convenio para su categoría laboral… y un epígrafe de “mejora voluntaria” con el que se complementaba el sueldo. Pues bien, la empresa les había revisado al alza el concepto de “salario base” según lo marcado en el convenio a la vez que les había revisado a la baja el concepto de “mejora voluntaria”, con lo que en la práctica seguirían cobrando lo mismo que hasta ahora.

Ambas situaciones son verídicas y llevadas a cabo en sendas empresas del mismo sector hace tan solo unos días en Asturias. Aunque no soy jurista a mí me parece que ambos casos la manera de actuar se ciñe a derecho y no cabe reproche desde la legalidad, pero dejo a criterio del lector evaluar qué trabajadores estarán más motivados en su puesto de trabajo, aspecto que redundará en un mejor ambiente, funcionamiento… y resultados: hoy en día la viabilidad de las empresas pasa inexorablemente por trabajadores motivados y comprometidos. En el mundo profesional todo se puede entender si se explica debidamente, y si una empresa tiene dificultades a la hora de acometer una subida de salarios hay suficientes maneras de afrontarlo y consensuarlo con la plantilla para encontrar una solución que satisfaga o cubra las expectativas de ambas partes de alguna manera…

Pueden hacerse una idea de las caras y los estados de ánimo de cada uno de mis contertulios al hablar de los modos y formas en sus respectivas empresas, sobre todo después de la larga temporada que acumulamos con inestabilidad laboral, ERTES y con la inflación en cotas históricas.

El título del artículo

Seguramente que muchos de ustedes encontrarán familiar el título de este artículo: está inspirado en la famosa película titulada “Dead Poets Society” (traducida como “El Club de los Poetas Muertos” en España), ambientada en un elitista y conservador colegio cuyos pilares son la tradición, el honor, la disciplina y la excelencia, sobre los que basan un férreo régimen de convivencia que empieza a debilitarse con la llegada del profesor Keating y su novedoso método de enseñanza. En contraposición al encorsetado modelo de aprendizaje y de vidas predestinadas imperante en el colegio, el nuevo profesor trae un nuevo y disruptivo método que -sin cuestionar la autoridad paterna ni el sistema educativo- busca el desarrollo personal de sus alumnos, el amor por la vida, la curiosidad, el pensamiento crítico… el Carpe Diem no sólo para el hedonismo, sino para cultivar personas libres, responsables e inteligentes. El problema no son los fundamentos del colegio, sino la manera de llegar a ellos y de conseguir personas que además de estos valores adquieran en su vida un desarrollo pleno.

Para la sociedad elitista en la que se ambienta la película otro modelo de educación para alcanzar esos valores era inconcebible, así que esa rebelión intelectual a la que los jóvenes llaman el “Club de los Poetas Muertos” estaba tan proscrita que a éstos no les quedaba más remedio que reunirse a escondidas, en una cueva, para hacer cosas tan “subversivas” como escribir poesía, expresar sus emociones o pensar libremente.

Como en la película, el serio problema en algunas de nuestras empresas no sólo son los resultados sino la manera de llegar a ellos, y está en la mano de los que toman las decisiones elegir entre la sociedad encorsetada y reprimida del director del colegio Sr. Nolan o la inquietud y libertad de pensamientos que propugna el Sr. Keating. No sé a ustedes, pero me llama poderosamente la atención en este caso que lo bien visto, lo oficial -lo “tradicional”- llega a chocar con la moral, mientras que el modelo disruptivo sigue en todo momento el discurso de la ética.

El vocabulario anglosajón tiene un término para definir a aquellas personas que tratan mal a los demás y carecen de moral: “SCOUNDREL”, que en español podríamos traducir como canalla o sinvergüenza.

Definición de SCOUNDREL en el Cambridge Dictionary

Cuando estamos alcanzando el primer cuarto del siglo XXI, y tras varias crisis en los últimos años, algunas empresas parecen seguir sin enterarse de que no hay sitio para estos personajes en sus puestos de responsabilidad y se empeñan en poner su rumbo en manos de una especie de DEAD SCOUNDRELS SOCIETY (Club de los Sinvergüenzas Muertos) de recorrido muy limitado, porque en un mundo global donde las modernas escuelas de negocios hablan de motivación, de talento, de océanos rojos y océanos azules cada vez hay menos sitio para los personajes faltos de toda ética y sus prácticas tienen fecha de caducidad: están muertos aunque aún no lo sepan. Cuando alguien no encuentra la manera de facilitar la vida a sus subordinados está haciendo gala de una incapacidad manifiesta para el cargo que ocupa, pero cuando además enfoca sus esfuerzos para -siempre desde las normas- negar a otro lo que le correspondería en buena lid lo que demuestra es que tiene pedigrí de canalla o de sinvergüenza… desde la legalidad (que quede claro).

Y mi reflexión esta vez es que tal vez tengamos que hacerle más caso al profesor Keating cuando les explica a sus atónitos alumnos que “Somos alimento para los gusanos. Lo creáis o no un día todos vamos a dejar de respirar, enfriarnos y morir. Hagan que sus vidas sean extraordinarias” … y quizá seamos nosotros en este momento quienes tengamos que rebelarnos también, cumplir sensu stricto con lo que estamos obligados por norma y facturar (con billete sólo de ida) a una oscura cueva a los SCOUNDRELS, a los sinvergüenzas carentes de principios morales que se cruzan en nuestras vidas.

Les recuerdo esa escena que a mí me parece una lección para tener en cuenta:

https://youtu.be/CGHaoXd2L-c

Espero que les haga pensar

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