El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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DE REGENTAS, BUÑUELOS Y HUESOS DE SANTO

La productora Elástica Films está trabajando en una adaptación de la novela La Regenta para la plataforma de entretenimiento Netflix. Merece la pena destacar que hablamos de una adaptación de la novela de Leopoldo Alas “Clarín”, porque se dice que el guion, firmado por la directora de la película Mar Coll junto con Anna R. Costa y Diego Vega, intenta trasladar el clásico de la literatura del siglo XIX al contexto actual con un enfoque –según la propia directora-  de “apropiación íntima”, centralizado en la soledad y el desamor… y que muestre el contraste entre la luminosidad de la protagonista y la depredación de la sociedad provinciana.

En el marco del plan de trabajo para el rodaje de la película, la productora envió parte del guion al Cabildo de la Catedral de Oviedo y solicitó permiso para filmar algunas escenas en el interior del templo… pero el Cabildo no ha autorizado la grabación argumentando que la novela puede interpretarse como un ataque a la Iglesia. La productora ha ofrecido incluso una compensación económica: un argumento que tampoco ha servido para persuadir al Cabildo de la Catedral de Oviedo, quien se ha mantenido firme en su negativa. Esta decisión, comprensible y muy respetable, ha levantado polémica y airadas críticas –supongo que para sorpresa de nadie- por parte de los detractores habituales del Arzobispo de Oviedo, de políticos de izquierdas y de ciertos sectores -autodenominados culturales- a nivel nacional, denunciando estas partes que una institución religiosa no puede condicionar una representación cultural y llegando a acusar al Cabildo de actitudes censoras o al propio Monseñor Sanz Montes de ser «un vulgar censor”. Yo no he leído el guion de la adaptación, pero respeto y defiendo que cada uno en su casa pueda dar acceso y permiso a quien considere oportuno para lo que sea.

No conviene juzgar a la sociedad de la Vetusta del siglo XIX desde la perspectiva de la actualidad, si bien hay una característica común desde mi punto de vista: la hipocresía. La comunidad de la novela clariniana vivía obsesionada con las apariencias, con simular una rectitud y religiosidad intachables… de alguna manera el poder necesitaba aparentar virtud; mientras tanto, la realidad se encargaba de poner de manifiesto en aquella sociedad los mismos vicios, ambiciones y faltas que ferozmente criticaba: los habitantes de Vetusta, especialmente los de la alta sociedad, parecían beatos compitiendo por la piedad, acudían fielmente a misa y confesaban regularmente… aunque sus mentes permanecían ocupadas con chismes, envidias y pensamientos pecaminosos que, si la ocasión lo permitía, no dudarían en llevar a la práctica: usaban la religión como un trampantojo que ocultara sus verdaderos instintos, y la novela deja de manifiesto que esas contradicciones alcanzaban tanto al pueblo llano como a la alta sociedad o –incluso- al Magistral.

Supongo que si Leopoldo Alas “Clarín” viviera en nuestros días podría hacer una nueva versión de La Regenta… aunque harina de otro costal sería que la viera publicada, porque hoy en día no hay inconveniente para criticar al Cabildo o mofarse de la religión (siempre que sea la católica, claro), mientras que nuestra hipocresía oculta –entre otras cosas- la censura que existe actualmente en editoriales y medios de comunicación que enarbolan la causa de la libertad. Pero siguiendo con Clarín, el autor tendría oportunidad de comprobar y denunciar también que esa falsedad no sólo sigue anidada en la sociedad, sino que se ha ramificado en otras instituciones menores como, por ejemplo, las empresas.

Hace unos días, un colega estaba bastante molesto con algunas acciones llevadas a cabo en el seno de su empresa; la última tuvo lugar con motivo del reciente Halloween, cuando sus responsables habían tenido la ocurrencia de encargar unos dulces típicos de la celebración para recordar viejas tradiciones y animar la jornada a los empleados: unos deliciosos Huesos de Santo y Buñuelos de Viento propios de nuestra festividad de Todos los Santos. La indignación de mi colega estaba llegando a su límite porque en los últimos años, mientras asiste impotente al declive de su empresa donde las pérdidas económicas y los reveses ya son frecuentes, ha habido regulaciones de empleo, los empleados llevan años con el sueldo congelado, y las decisiones siguen en manos del mismo grupo de directivos y responsables que les han conducido a esta situación límite… al igual que en la hipócrita sociedad de la Vetusta decimonónica tan bien reflejada en La Regenta, se hace gala de una supuesta grandeza que oculte las vergüenzas de la realidad y -para anestesiar de alguna manera a la tropa- la empresa de vez en cuando tiene algún detalle con los empleados, así que la semana pasada les tocó degustación de dulces típicos de la época.

Mi amigo se acordaba de una anécdota que le sirvió de aprendizaje hace ya mucho tiempo, cuando era un bisoño ingeniero que acababa de aterrizar en la empresa: en aquel momento él se ocupaba de la logística, y el proveedor principal de su empresa era una conocida cooperativa de transporte por carretera. Un día, en el transcurso de una carga, un conductor (socio de la cooperativa) les dijo a él y a su jefe de entonces que, con el volumen de trabajo que proporcionaban a la cooperativa seguro que les llegaba una buena cesta de Navidad porque los socios llevaban años autorizando al presidente generosos gastos de representación. (Hago un inciso para recordar que –obviamente- hoy en día ese detalle, tan natural en aquella época, no estaría bien visto ni permitido por las estrictas normas de compliance instauradas en la mayor parte de empresas). Continuando con la conversación, el jefe de mi amigo agradeció la información, que sólo le sirvió para irritarse porque, después de muchos años trabajando con aquella cooperativa, los únicos detalles que habían tenido con él eran cada mes de diciembre una agenda, un bolígrafo y una participación de lotería de Navidad que le enviaban de manera regular.

Una vez expedida la carga y ya en la oficina, el cabreo del jefe de mi amigo seguía en aumento pensando en los regalos de representación de su proveedor, en las cestas de Navidad y en la mísera agenda que a él le llegaba, así que no se pudo contener y llamó al director de tráfico de la cooperativa en cuestión:

Pablo, hemos estado cargando el camión de hoy y el conductor nos ha informado de que tenéis una generosa partida presupuestaria para gastos de representación, algo que me ha sorprendido porque hasta la fecha, y después de tantos años, por Navidad sólo me tocaba una agenda, un bolígrafo y una participación de lotería. Mira, sólo te voy a decir que en esta oficina también nos gusta el vino y –además- te voy a contar una historia:

«En cierta ocasión coincidieron en la consulta del ginecólogo dos prostitutas con dos monjas. Las monjas miraban de reojo y con cierto desdén a las prostitutas, pero intentaban escuchar con atención lo que éstas conversaban:

  • “¡Qué abrigo de piel más bonito llevas puesto!”, le decía una prostituta a la otra
  • “Es magnífico, me lo regaló el Sr. Martínez por pasar un fin de semana con él…” por cierto: “¡cómo me gustan ese juego de collar y pendientes que luces! …”, respondió la segunda prostituta a la primera
  • “Me los regaló el Sr. Fernández durante un viaje que hicimos juntos…” explicó la primera

Después de un buen rato, cuando las prostitutas ya habían intercambiado información y detalles sobre no pocos valiosos regalos y dádivas obtenidas de sus acompañantes, la monja más joven le espetó a la mayor con un marcado acento asturiano: “¡Ay hermana, cuando venga el Sr. Obispo con la bolsina madalenes le ha a hacer favores sexuales su santa madre!”.«

Me perdonarán otro inciso para aclarar que la joven monja no dijo “favores sexuales”, sino algo más concreto y soez… y el adjetivo hacia la madre del Sr. Obispo no fue “santa” sino algo bastante más vulgar, pero como no somos exministros, ni eurodiputados… ni siquiera diputados, y como este foro tampoco es un programa de RTVE en horario de máxima audiencia donde dar rienda suelta a un lenguaje ordinario y chabacano esté bien visto, espero que el lector sepa perdonar esta autocensura, se haga cargo de estas licencias e imagine por dónde pueden ir los tiros.   

La historia contada por el antiguo jefe de mi colega a su proveedor se quedó ahí, nadie más volvió a acordarse del tema en aquella la oficina, pero parece que el tal Pablo captó la indirecta porque tanto mi amigo como su jefe recibieron sendas cajas de vino como detalle navideño de aquella cooperativa de transportes a partir de entonces.

Este conocido recordaba la anécdota para -en cierta medida al igual que se plasma en La Regenta- denunciar la hipocresía de un sistema o de quien se cree que con una golosina o un dulce puede contentar al prójimo, o confortar, compensar, maquillar o amortiguar una situación bastante más grave y que tarde o temprano terminará sometida al Sr. Newton y su Ley de la Gravedad… cayendo por su propio peso.

Debemos tener presente que -en este tipo de circunstancias- hay una parte que intenta comprar el favor de la otra mediante cualquier tipo de compensación, pero la verdadera hipocresía cae del lado de quienes lo asumen, de quienes venden su favor fingiendo no ser conscientes del engaño, o incluso justificándolo reconociendo y alabando méritos, cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

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ANDANDO EL CARRO SE ACOMODAN LOS MELONES

En una empresa que yo solía frecuentar por motivos laborales trabajaba una señora encargada de la limpieza en oficinas, aseos y vestuarios; la mujer era activa, dicharachera y de buen carácter pero, desconociendo yo la profundidad de su limpieza en los aseos y en los vestuarios, si pude ser testigo de que los empleados de las oficinas no estaban nada satisfechos con el desempeño de esta señora en sus dependencias: los suelos podían quedar más o menos limpios (era comprensible eximir de una absoluta pulcritud a una oficina con el constante trajín de personas entrando y saliendo al taller), pero los armarios no conocían ni de lejos el paso de una gamuza y las mesas podríamos decir que se quedaban a medio camino, puesto que era frecuente que los trabajadores encontraran en las esquinas de las pantallas de los ordenadores mechas de la fregona (en aquella época las pantallas eran aparatos muy voluminosos), lo que daba a entender que la señora usaba el mocho para los suelos, para las mesas y hasta para los ordenadores: técnicamente se limpiaba, pero “de aquella manera”. Los empleados comentaban y criticaban la discutible limpieza de la oficina entre ellos, pero siempre recordaban el buen carácter de la mujer y acababan evitando quejarse a instancias superiores para no perjudicarla, siendo también conscientes de que hay situaciones que el tiempo se encarga de corregir.

Una tarde (la señora trabajaba en turno de tardes, cuando yo pasaba por aquella empresa) la mujer llegó a trabajar con una ostensible cojera y los empleados le preguntaron qué le había pasado:

  • “Fue ayer, al ir a hacer los vestuarios… metí el pie en el canalillo que hay entre las naves y…”, empezó a explicar la señora
  • “Canalillo es lo que tienes entre las tetas, lo que hay entre las naves se llama canaleta”, le aclaró uno de los empleados en tono muy serio sin darle tiempo a que diera más detalles sobre el percance

Sin una mínima alteración por parte de la mujer, y antes de que a alguno de los presentes se le escapara una carcajada, un segundo empleado tuvo la habilidad suficiente para capear la conversación y aconsejar a la lesionada que fuera de inmediato a la mutua para que le examinaran el pie.

El caso es que la contusión de aquella buena mujer no debió ser poca cosa y justificó que enviaran para sustituirla a una compañera que, aunque mucho más callada, no es menos cierto que limpiaba bastante mejor… una situación temporal que acabó por consolidar a la sustituta en el puesto de la titular.

Hace siglos el rico acervo castellano acuñó un refrán –parece que hoy bastante extendido en Hispanoamérica- que bien podría encajar en esta situación y que rezaba “andando el carro se acomodan los melones”: una expresión que se remonta al Siglo de Oro español y que el pueblo llano popularizó para referirse a situaciones -injustas a todas luces- en las que un mediocre hidalgo de discutible valía accedía a determinadas posiciones o puestos bajo falsas apariencias o impostados elogios, por lo que se clamaba para que el devenir del tiempo hiciera justicia y pusiera a cada uno en su sitio.

Este dicho, original en la vieja Castilla, empezó refiriéndose a calabazas en lugar de melones (término adoptado más tarde en la nueva Castilla y en Hispanoamérica), donde estos frutos voluminosos, irregulares y pesados se convertían muchas veces en quebraderos de cabeza a la hora del transporte. Los campesinos más veteranos sabían que invertir tiempo intentando buscar una estiba perfecta de los frutos (fueran calabazas o melones) en el carro era un esfuerzo baldío, un derroche de tiempo que los baches y las irregularidades del camino se encargarían de desbaratar y corregir, por eso no merecía la pena intentar ordenar una mercancía que poco a poco iría encontrando su acomodo durante el viaje y la consigna de los más expertos durante la carga era clara: “echa los melones al carro y arranca, que en camino se colocarán solos”.

La interpretación de este refrán puede tener una vertiente positiva en cuanto a que el traqueteo del camino suele hacer que los frutos encuentran apoyo mutuo y el caos inicial se convierta en orden y en una estructura compacta y resistente: no conviene olvidar que -según la convección granular- cuando una mezcla de partículas u objetos de distintos tamaños o formas es sometida a una vibración u oscilación vertical, las piezas buscan el estado de menor energía potencial.

Hay una segunda lectura que no debemos desdeñar, y es que el movimiento del viaje también puede actuar como una criba o selección natural que haga que los elementos que no se adapten a las circunstancias o no encuentren encaje en la estructura se caigan del carro.

En cualquier caso, este ejemplo puede ser asumido como la prueba de que los sistemas complejos tienden a una cierta autorregulación, apareciendo el equilibrio –en múltiples ocasiones- cuando se dota a los miembros de esa organización (empresa, comunidad, familia…) de cierto grado de libertad para operar de manera independiente. Pero lo más fascinante de esto es que este refrán conecta el campo castellano del Siglo de Oro con las más avanzadas metodologías de trabajo de nuestro tiempo implementadas –fundamentalmente- en las empresas tecnológicas norteamericanas: la moderna filosofía “Agile” dictamina que no se debe pasar una gran cantidad de tiempo desarrollando especificaciones de un programa o de un producto antes de que el usuario lo valide, sino que conviene lanzar un “Producto Mínimo Viable” para que el mercado y las interacciones reales lo evalúen y vayan matizando y definiendo qué errores hay que corregir, qué funciones hay que implementar o cómo se debe reestructurar el diseño: el feedback o la experiencia del usuario es, en este caso, el traqueteo de la carreta que acomoda las funciones o el código de programación.

Volviendo a nuestro Siglo de Oro, la mentalidad de los castellanos interpretaba también el exceso de celo y la excesiva planificación como falta de coraje o de actitud para bregar con la realidad. Aunque la sabiduría popular no significase una patente de corso para la mediocridad, para emprender cualquier proyecto bastaba con un plan básico al que el día a día se encargaría de ir suavizando las aristas, ir ordenando el plan y desestimando los recursos no útiles: cuando el carro avanza por un terreno sinuoso o irregular, los frutos que están podridos, los que son blandos o los que no tienen el peso suficiente para asentarse, terminan aplastados o saltando por los lados… y en las organizaciones humanas esto significa que el trabajo real debería desnudar al impostor y asentar al eficiente.

No debemos tampoco pasar por alto que el labrador castellano era pragmático, pero no insensato, penalizando con igual fuerza la audacia estúpida que la cobardía, por lo que se establecía que, para que la carga se acomodara sola la empresa debía respetar tres reglas fundamentales de la tradición carretera:

  1. El carro debe estar bien herrado: el movimiento arregla la posición de las frutas, pero no arregla un eje roto, una rueda agrietada o unas mulas famélicas y débiles. En otras palabras: la infraestructura y las competencias básicas deben ser sólidas antes de partir, no se debe afrontar un proyecto sin el conocimiento mínimo indispensable.
  2. El respeto a los adrales: los adrales son las maderas laterales que cierran el carro, una estructura que trabaja como contención. Si cargamos un carro diáfano y sin laterales, el traqueteo no acomodará los melones, sino que los esparcirá por la cuneta. En cualquier iniciativa esto equivale a mantener unos controles que bien podrían ser unos límites o marcos financieros, legales y éticos innegociables.
  3. El paso del animal: El camino acomoda la carga si el carro avanza a su paso natural (la velocidad del buey o de la mula). Si lanzamos el carro desbocado por una pendiente sin control, la velocidad destruirá los melones y hará volcar el vehículo: la acción debe ser constante pero medida, la prisa desmedida desvirtúa la sabiduría del refrán.

Lo que los castellanos diagnosticaban hace siglos se ha convertido hoy en día en una resistencia psicológica universal llamada “parálisis por análisis”, un estado de bloqueo mental en el que un individuo, un equipo de trabajo o una sociedad entera detienen sus proyectos esperando la alineación perfecta de los astros, el presupuesto ideal, las condiciones climáticas exactas o la certidumbre absoluta del futuro… condiciones que en casi todos los casos no dependen de nosotros mismos y que nos llevan a una inmovilidad sólo vencible a través del refrán “andando el carro se acomodan los melones”

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APLICAR LA PENALIDAD

En algunas conversaciones profesionales, cuando algún interlocutor se interesa por el alcance de mi trabajo o por mi experiencia, cada vez es más frecuente que la pregunta que suscita más interés sea: “¿alguna vez has aplicado la penalidad?” … como si ejecutar una cláusula de penalidad a un proveedor fuera un mérito en la carrera profesional de alguien o algo digno de admiración.

En la actualidad, los contratos industriales se han convertido en verdaderas herramientas de arquitectura financiera, operativa y de gestión de riesgos más que meros formalismos mercantiles o jurídicos. En los proyectos de alta complejidad técnica tipo EPC (ingeniería, aprovisionamiento y ejecución), en determinados contratos de suministro de equipamiento pesado o en el desarrollo de avanzadas plantas industriales -por poner sólo algunos ejemplos- el factor crítico en los contratos ha pasado de la redacción de un clausulado que plasme con la mayor nitidez posible las condiciones contractuales que rijan el alcance de lo pactado a establecer las consecuencias que las partes (sobre todo los proveedores) podrían sufrir en el hipotético caso de un incumplimiento… de ahí el rol estelar que hoy en día tienen las cláusulas de penalización.

En un entorno industrial fuertemente tensionado, donde los márgenes de beneficio están cada vez más ajustados, el retraso de un componente crítico tan sólo una semana o la pérdida de un 2% en la eficiencia esperada de una instalación, un equipo o una turbina puede desencadenar pérdidas millonarias.

En el caso de España, la regulación de las cláusulas de penalización se asienta sobre los artículos 1152 a 1155 del Código Civil, donde se establece -entre otras cosas- que estas penalizaciones contractuales sustituirán a la indemnización de daños y al abono de intereses en caso de falta de cumplimiento, salvo que otra cosa se hubiere pactado. Este tipo de cláusulas tienen dos funciones primordiales, a saber:

  1. Función coercitiva o de garantía: estimulan al proveedor a cumplir de forma exacta y puntual con sus obligaciones, ante la clara perspectiva de sufrir una sanción económica inmediata.
  2. Función liquidadora del daño: fijan de manera anticipada la cuantía de los daños y perjuicios derivados de un eventual incumplimiento.     

Debemos tener en cuenta que, a diferencia del derecho en el ámbito de consumo, donde el legislador y los tribunales tienden a proteger activamente a la parte débil frente a cláusulas abusivas mediante severos controles de transparencia y contenido, en el sector industrial opera de forma plena el principio de libertad contractual y la máxima “pacta sunt servanda” (lo pactado obliga), consagrados en el artículo 1091 del Código Civil: cuando dos empresas con capacidad técnica, asesoramiento legal especializado y experiencia en el sector firman un contrato, los tribunales presumen que el reparto de riesgos e incentivos ha sido fruto de una negociación equilibrada; en consecuencia, la posibilidad de impugnar una penalización alegando su carácter abusivo u opaco queda prácticamente descartada y las partes se encuentran atadas a la literalidad de lo firmado, lo que obliga a sopesar de antemano cada palabra incorporada al texto del acuerdo.

Volviendo al ámbito de los proyectos industriales, las penalizaciones suelen ir dirigidas a salvaguardar los tres vectores fundamentales establecidos en el marco contractual:

  • El plazo de entrega o el cronograma de ejecución (tiempo): Delay Liquidated Damages
  • Los parámetros operativos (calidad y/o rendimiento): Performance Liquidated Damages
  • Los estadios intermedios de control (hitos intermedios): Milestone Penalites

DELAY LIQUIDATED DAMAGES

Un retraso en la entrega de un equipo o una planta impide al comprador iniciar la producción o la comercialización de su producto, y le obliga a asumir costes no previstos. Las cláusulas por retraso, o Delay Liquidated Damages, establecen un mecanismo de penalización matemática y acumulativa, siendo habitual configurar la sanción en forma de porcentaje sobre el precio total del contrato por cada unidad de tiempo de retraso. La ventaja de este tipo de cláusulas es que el cliente no tiene que detener su actividad económica para auditar, cuantificar y demostrar ante un juez a cuánto ascendieron las pérdidas causadas por el retraso de su proveedor: simplemente aplica la fórmula matemática pactada por contrato en la factura final.

PERFORMANCE LIQUIDATED DAMAGES

En un entorno industrial de máxima competencia no es suficiente con entregar el equipo a tiempo, sino que éste debe funcionar exactamente de acuerdo con las especificaciones técnicas plasmadas en el contrato. Por ejemplo, si un cliente decide invertir en una línea de fabricación diseñada para producir 10.000 unidades por hora y, tras las pruebas de puesta en marcha, el sistema sólo es capaz de entregar 9.500 unidades por hora de manera estable, es obvio que hay una merma en el rendimiento esperado y se produce un incumplimiento técnico con consecuencias notables a largo plazo.

Las penalizaciones por rendimiento, o Performance Liquidated Damages,  subsanan esta deficiencia técnica mediante compensaciones económicas directas calculadas sobre el diferencial de rendimiento: si la planta consume más megavatios de los esperados, o si el volumen de rechazos o subproductos defectuosos supera el umbral acordado, se activa una penalización indexada que busca restablecer el equilibrio financiero del proyecto, compensando la pérdida de valor que experimentará el comprador a lo largo de la vida útil de la maquinaria.

MILESTONE PENALTIES

Cuando los contratos firmados tienen una ejecución que se dilata en el tiempo varios meses -o incluso años- no se debe esperar a la fecha de entrega final para constatar el retraso, y por eso es común establecer penalizaciones asociadas a hitos intermedios llamadas Milestone Penalties, como pueden ser -por ejemplo- el desarrollo de la ingeniería de detalle, la aprobación de planos, el acopio de los materiales, el inicio de fabricación, la entrega en obra, etc…

En este tipo de penalizaciones también es habitual dejarle al contratista una oportunidad o puerta para la recuperación, de tal manera que si recupera el tiempo perdido o es capaz de cumplir con la fecha final pueda librarse de las penalizaciones intermedias.    

A pesar de estar todo bastante claro, si las cláusulas de penalización se redactasen únicamente bajo los intereses del cliente el sector industrial llegaría al colapso, porque ningún proveedor o tecnólogo de primer nivel aceptaría un contrato donde un retraso imprevisto originado por terceros pudiera llevar a su corporación a la quiebra, y por ello la vigencia real de un contrato descansa sobre un cuidadoso equilibrio entre la sanción y la limitación de la responsabilidad que suele venir regulado por términos como:

  • Límite Máximo de Responsabilidad: o techo de la penalidad para evitar la ruina del proveedor. Alcanzado ese límite -normalmente- el contrato entra en un escenario de resolución.
  • Renuncia a Daños Consecuenciales y Lucro Cesante: es un blindaje para el proveedor, al estipular la cláusula por demora o por rendimiento como el único mecanismo ante ese incumplimiento. De no tenerse en cuenta (o no estar bien redactado) un cliente podría cobrar las penalizaciones correspondientes y -además- demandar al proveedor en los tribunales por lucro cesante.  
  • Periodo de Gracia: se trata de una ventana temporal de cortesía (normalmente de 7 a 15 días) que pueda asumir imprevistos logísticos, aduaneros, pequeños fallos de puesta en marcha, etc…

En este mundo de las cláusulas de penalización también debemos tener en cuenta aquellos sucesos que no hubieran podido preverse o que, aún previstos, fueran inevitables… que es lo que se conoce como la Fuerza Mayor (Force Majeure), y que actúa como un escudo de suspensión temporal de las obligaciones del proveedor: cuando se declara de forma correcta un evento de fuerza mayor conforme a los procedimientos establecidos en el contrato (normalmente una notificación fehaciente en un plazo de 48 o 72 horas con aportación de pruebas, plan de contingencia lo hubiere, etc), el cómputo de los plazos de entrega se detiene automáticamente y las cláusulas de penalización por demora y sus consecuencias quedan paralizadas durante el tiempo que dure la causa de fuerza mayor.

Las cláusulas de penalización, en el marco de los contratos industriales, deben entenderse como mecanismos de certidumbre y gestión predictiva del riesgo antes que ser interpretadas como un elemento puramente punitivo o un foco de desconfianza entre los firmantes: si se hace un buen trabajo definiendo con precisión el coste económico asociado a las desviaciones de tiempo, calidad y rendimiento, las empresas unidas por un mismo contrato operarán bajo un marco de reglas de juego totalmente transparentes. El comprador tendrá la tranquilidad de verse compensado de forma automática ante contingencias operativas que puedan comprometer su estrategia comercial sin tener que recurrir a molestos litigios de duración previsiblemente larga, y, en el caso del proveedor, las cláusulas de penalidad -como hemos visto, convenientemente limitadas- configurarán una red de seguridad que acota su responsabilidad financiera máxima, permitiéndole ofertar y adentrarse en la ejecución de proyectos con un riesgo corporativo controlado.

Vale, pero: ¿alguna vez has aplicado la penalidad?

Volviendo a la pregunta del inicio del artículo, mi opinión es que llegar a tener que ejecutar una cláusula de penalidad es en cierta medida un fracaso porque denota que las cosas no se han hecho bien de alguna manera.

Hace años era común trabajar con un ecosistema de proveedores cerrado o limitado, buscábamos conectar con los mejores y más competitivos, intentando que todas las partes quedaran satisfechas y ganaran dinero: esa estrategia era beneficiosa para todos porque los clientes iban tejiendo una red de proveedores fieles que conocían su producto (con lo cual los precios eran cada vez más competitivos y la calidad era la esperada), y por su parte los proveedores eran conscientes de que si cumplían y hacían bien las cosas iban a mantener un cliente fiel que les aportaría trabajo recurrentemente: en ese entorno rara vez había sustos o motivos para aplicar una penalidad, tanto clientes como proveedores intentaban ayudarse.

Los tiempos han cambiado y desde hace unos años las grandes empresas no buscan tejer un ecosistema de proveedores fieles, sino encontrar al contratista más barato: la fidelidad hacia el proveedor se ha vendido en favor del beneficio económico vía ahorro de costes (algo muy respetable), y cada licitación es una subasta que empieza de cero, donde el que viene de hacerlo bien en un suministro anterior, colaborar y demostrar profesionalidad tiene que competir en igualdad de condiciones con un nuevo proveedor -a veces desconocido- que presenta una oferta a precio de ganga a la que cuesta resistirse: podríamos decir que el aval del fiel cumplimiento es imposible de defender ante la incertidumbre debidamente argumentada con una sustanciosa oferta económica.

La fidelidad tiene un coste, la tranquilidad de trabajar con alguien que conoce el producto y te ayudará ante cualquier contratiempo (porque los contratiempos existen, nadie es infalible) tiene un precio… y cuando queremos ahorrar en esa parcela suscribiendo un contrato con un desconocido asumimos el riesgo de la incertidumbre en la correcta ejecución del suministro; en esos casos debemos ser cautelosos si pensamos que las cláusulas de penalidad nos pueden ayudar o compensar ante un eventual incumplimiento contractual, porque no siempre es así: por ejemplo de poco o nada sirve aplicar una penalidad de 50.000€, 100.000€ o incluso 300.000€ si el problema o el retraso que ha generado ese proveedor en cuestión te ha paralizado la obra un mes y has tenido 4 semanas a 40 trabajadores parados… con lo que eso supone para el proyecto sin entrar a valorar otros factores como la propia imagen corporativa, otros gastos, retrasos e interferencias; puedes incluso darte el placer (les aseguro que para algunos lo es) de llevar a la quiebra al proveedor a costa de las penalidades mientras tu propio proyecto se hunde irremediablemente debido a las devastadoras consecuencias de un retraso o un incumplimiento contractual.

¿Qué hacer entonces?

En este entorno podríamos limitarnos cada uno a hacer nuestro papel (cliente ↔ proveedor) y que cada palo aguante su vela, pensando que estamos plenamente cubiertos por las cláusulas de penalidad en caso necesario… pero quizá sería más provechoso seguir de cerca la ejecución del contrato, detectar los problemas cuanto antes, evaluarlos e intentar ayudar para solventarlos, acompañar a los proveedores y colaborar para que cumplan con su compromiso: no por ellos, sino por nuestra propia empresa.

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