El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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UNA SOCIEDAD BLANDENGUE

Foto RTVE

El pasado 1 de septiembre el Tribunal Europeo de Derecho Humanos (TEDH) emitía una curiosa resolución a una solicitud cursada en 2017 por la Fundación Jèrôme Lejeune e Inés (una joven portadora de trisomía 21). Los hechos denunciados se remontan a marzo de 2014 y su origen es un vídeo titulado “Querida Mamá” que -a pesar de ser merecedor de varios reconocimientos y premios internacionales- tuvo su emisión vetada en Francia por parte de la CSA (Consejo Superior Audiovisual Francés) en un contexto publicitario, alegando que su mensaje no podía ser considerado de “interés general”. Por si no lo conocen, este es el vídeo:     

Continuando con la argumentación de la CSA para prohibir la emisión del vídeo en 2014, basaban la decisión de considerar inapropiado el vídeo porque la porque la expresión de felicidad de los jóvenes que aparecen en él «probablemente perturbaría la conciencia de las mujeres que habían tomado diferentes opciones legítimas de su vida personal», insistiendo además en que su difusión no favorece el interés general de los franceses. La Fundación Jèrôme Lejeune impugnó en aquel momento esta decisión ante el Consejo de Estado francés quien rechazó el recurso, por lo que en 2017 esta misma fundación presentó una solicitud ante el TEDH en la que (invocando los artículos 10 y 14 del Convenio Europeo de Derechos Humanos) se pedía que se condenara la discriminación y la libertad de expresión a las personas con Síndrome de Down. Como les adelantaba, este pasado 1 de septiembre el TEDH declaró no admisible la mencionada solicitud, concluyendo que los demandantes no pueden ser considerados “víctimas”.

Dejo a la reflexión del lector la opinión sobre el vídeo, sobre la decisión de las autoridades francesas de censurarlo y sobre la posterior resolución del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Mi opinión es que estamos ante una muestra más de la hipocresía imperante en nuestra sociedad, una sociedad que presume de libertades y de derechos sólo cuando estos están alineados con el discurso impuesto a la vez que censura lo que no gusta, no concuerda con los cánones actuales o no interesa que se vea. Con el silencio y/o la complicidad de todos.

En otro orden de cosas, esta semana también comienza el curso académico y –merced a ello- las inevitables reuniones de los preocupados papás con los respectivos profesores de sus niños. 

Me cuentan que en un colegio cercano, las tutoras de uno de los últimos cursos de Educación Primaria, después de la esperada explicación los nuevos horarios y el recordatorio del funcionamiento del centro, lanzaron una advertencia a los padres de que este año sus pupilos “tendrían que trabajar mucho” porque los años de la pandemia han hecho mella y había que recuperar el tiempo perdido y –sobre todo- el “hábito de trabajo”. En ese momento todos los padres asintieron, pero a la salida del centro alguno ya empezó a criticar esta medida y más de uno temía por sus pequeños exclamando “pobres, ojalá con los niños dulcifiquen ese discurso y no se lo pongan muy duro”: no me gustaría ser uno de esos tutores en esos foros de sabiduría que son los grupos de Whatasapp de padres. Cada uno sabrá lo que desea para sus hijos, y seguro que todos deseamos lo mejor, pero en mi caso una de las cosas que quiero es que precisamente tengan ese “hábito de trabajo”, que se acostumbren a que las metas y los objetivos sólo se consiguen trabajando y que –aun así- incluso en muchas ocasiones esos objetivos no llegarán por mucho que te esfuerces y trabajes. La sobreprotección de nuestros hijos sólo les hará más débiles y vulnerables en un mundo cada vez más globalizado y competitivo.

Por último, esta misma semana el Instituto de la Mujer lanzaba la campaña titulada “El hombre blandengue” destinada a que los hombres concibamos la masculinidad de una forma “más comprometida, abierta y sana”. Los creativos responsables de esta campaña han considerado oportuno recurrir a una entrevista al popular El Fary en 1984:

La propia ministra de Igualdad se encargó de presentar esta campaña que persigue -según sus propias palabras- “poner en valor la gran evolución que se ha producido en la sociedad española en los últimos 40 años” y que los hombres «se liberen del patriarcado que les ha impuesto unas normas muy rígidas, que les dice que uno es menos hombre si llora o si no le gusta el fútbol». Esta campaña forma parte del “Plan Corresponsables”, dotado con 190 millones de euros para este año 2022.

Sin entrar a valorar la pertinencia o no de mantener un Ministerio de Igualdad, supongo que cuando alguien decide dotar de presupuesto público a este tipo de iniciativas tendrá el respaldo evidente de una necesidad o carencia en la sociedad española que debe ser cubierta, aunque les puedo asegurar que yo en mi entorno no la percibo. Pero volviendo al mensaje de esta campaña, creo que recuperar una opinión de El Fary o una sociedad de hace 40 años para compararla o contraponerla con la actual es hacerse trampas al solitario: muchos de nosotros vivimos esa época y hemos llegado hasta aquí evolucionando y transformando nuestras modas y costumbres como miembros de una sociedad viva.

Triste panorama se nos plantea en occidente cuando los papás estamos preocupados porque a nuestros hijos en educación primaria les carguen de trabajo, o cuando las autoridades censuran vídeos en los que la expresión de felicidad de unos jóvenes pueda perturbar la conciencia de algunas madres… o incluso cuando ministerios ocupan sus esfuerzos y nuestro dinero en campañas donde se critican discursos de hace casi medio siglo: a sus trabajadores y asesores no les arriendo la ganancia ante el trabajo titánico que aún tienen por delante, sobre todo pensando en algunas publicaciones periódicas o en canciones de nuestra rica fonoteca roquera, en el filón que van a encontrar en las taquilleras películas de los hermanos Ozores, Fernando Esteso y Andrés Pajares… o en los programas de aquellos inicios de Tele 5 (si, la misma cadena que ahora presume de ser respetuosa, inclusiva, etc..) con Bertín Osborne, Jesús Gil y las Mama Chicho.  

Definitivamente estamos ante una sociedad blandengue… e hipócrita

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We have all the time in the World

Photo by Dusan Jovic on UNSPLASH

De una manera inevitable se acaba el verano y empieza un nuevo curso, un nuevo ciclo periódico que -en mi opinión- marca el ritmo vital de nuestras vidas bastante más que el calendario gregoriano.

Las circunstancias laborales y personales de cada uno condicionan nuestras posibilidades, pero el verano debería ser una época para cambiar hábitos y rutinas, y tomar el oxígeno necesario en nuestra existencia que nos permita abordar el nuevo curso con energía renovada. Algunos afortunados tienen la posibilidad de disfrutar de unas merecidas vacaciones y otros tienen que seguir trabajando en esta época, pero -aun así- los largos días de julio y agosto hacen que podamos disfrutar de más tiempo para dedicar a nuestras aficiones, familia, amigos… y tantas cosas que por algún motivo no pudimos hacer durante el invierno anterior.

Este año la llegada del otoño parece que va a apuntalar -para nuestra desgracia- la incertidumbre económica que ha traído consigo la invasión de Ucrania y la gestión de nuestros gobernantes en las últimas décadas. El miedo es libre y el lamento también, pero tenemos lo que -como sociedad- hemos querido con nuestras acciones y con nuestros votos, y así deberíamos asumirlo para intentar remediarlo en el futuro si no estamos conformes, porque con voluntad y trabajo todo tiene remedio en esta vida.

Entre trabajo, descansos, fiestas y desconexiones, este verano he aprovechado para ver de nuevo la última película del agente 007 (Sin tiempo para morir). Sin entrar en profundas valoraciones, como aficionado a la saga de películas de James Bond me gusta el «rescate» del tema «We have all the time in the World«, perteneciente a la banda sonora original de la película del mismo 007 «Al servicio secreto de Su Majestad» de 1969. Esa película, en la que George Lazenby tomaba -aunque de manera fugaz- el testigo de Sean Connery, está considerada por la crítica como la adaptación más fiel llevada al cine de una novela de Ian Flemming y termina precisamente con esa sentencia: «Tenemos todo el tiempo del mundo». Como el resto de la música de esta película, esa pieza fue compuesta por John Barry, con letra de Hal David e interpretación del inimitable Louis Armstrong.

El ya fallecido John Barry fue hijo de una pianista y un proyeccionista de cine, de ahí su pasión por la música y su adaptación cinematográfica. Los productores de la saga Bond conocieron algunos de sus primeros trabajos y le encomendaron los arreglos de la banda sonora original de aquella primera película “007 contra el Dr. No”; los resultados fueron tan contundentes que se convirtió en su compositor de cabecera, participando directamente en doce películas de 007 mientras que su prolífica capacidad cosechaba también otros éxitos en la música del cine y TV: entre otros reconocimientos, su trabajo obtuvo 7 nominaciones a los Oscar que le permitieron ganar la famosa estatuilla en 5 ocasiones entre las que yo destacaría la maravillosa banda sonora de «Memorias de África«. Como músico, quizá el hecho de ser trompetista haya marcado sus composiciones con la fuerza de instrumentos de viento y metal, pero supo ser también innovador siendo el primero en emplear sintetizadores para sus composiciones, como en la película que nos ocupa «Al servicio secreto de Su Majestad«: Barry es consciente de que esa película es un reto de máxima responsabilidad al tratarse de la primera sin Sean Connery, con un guion que apenas se desmarca de la novela de Ian Flemming y un Bond distinto que presentará su renuncia, se casará… y enviudará, así que -condicionado por todo lo anterior- trata de crear un tema central realmente especial, potente, y para ello cuenta con un gran compositor del momento como Hal David para que le haga la letra (quien, curiosamente, en ese año 1969 ganaría también un Oscar por la canción de la banda sonora original de «Dos hombres y un destino«) y convence para su proyecto al por aquel entonces gravemente enfermo Louis Armstrong que -si bien está imposibilitado ya para tocar la trompeta- interpreta a las mil maravillas esa canción mientras -tal vez- lanza el mensaje de que «aquí sigo, mientras hay vida siempre nos queda tiempo». Esa sería la última grabación de Louis Armstrong.

Y siempre queda tiempo: paradójicamente este tema no tuvo éxito hasta que los publicistas de Guinness lo utilizaron en 1993 para un anuncio de cerveza, haciendo que la Warner Records lo tuviera que relanzar otra vez y convertirse en el nº 3 de ventas en Reino Unido. A esa maravillosa canción el reconocimiento le llegó 25 años después de haber sido compuesta.

Pero este verano también tuve el placer de contemplar el cuadro de Antonio López “La Familia de Juan Carlos I”, un encargo realizado en 1993 y que el artista terminó en 2014: veinte años de intenso trabajo que sin duda refleja la profesionalidad y el perfeccionismo del artista. Pensando en todo lo que pasó en la historia de España y del mundo en ese periodo a algunos les parecerá una eternidad, pero la obra se queda ahí para la historia sin importar el tiempo que llevó realizarla.

www.patrimonionacional.es

De estos ejemplos me admira que estos artistas, cada uno en su especialidad, intentaron hacer sus trabajos lo mejor posible en ese momento sin pretender el éxito a corto plazo o el impacto inmediato, sino buscando la ejemplaridad del trabajo bien hecho. Una canción que triunfa años después de ser grabada y un cuadro que ocupa veinte años de trabajo en la vida de un artista y que en el momento de ser presentado parece intentar transportarnos a la realidad de 20 años atrás, a otras vidas y otras situaciones.

Tempus fugit. Sin perder de vista que -al igual que los yogures- todos tenemos nuestra fecha de caducidad y hasta que nos llegue ese momento nuestro camino puede tener dificultades e incertidumbres, deberíamos ser siempre conscientes de que aún tenemos tiempo, que seguimos vivos y que la vida nos ofrece oportunidades para dejar huella, para cambiar las cosas, para afrontar los retos y las dificultades de distintas maneras, para crear, para intentar llevar a cabo nuestros proyectos, para darnos otra oportunidad o dársela a aquello que un día dejamos aparcado.

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SHALL, SHOULD, MAY

Photo by Russ Ward on UNSPLASH

Aunque pasemos por la vida sin tener esa percepción, todo que nos rodea está sometido a códigos y normas. La tan ansiada libertad de la que nos hablan políticos, medios de comunicación, publicidad, etc… cada vez está más lejana y se ha dejado vencer por el encorsetamiento de los códigos y las normas (estén éstas escritas o no).

En mi campo profesional desarrollamos equipos potencialmente muy peligrosos cuyos diseño, fabricación y montaje se someten a distintos códigos y/o normas en los que se establecen los requisitos técnicos que debemos cumplir y por los que debemos guiarnos para garantizar la seguridad de estos equipos en operación a lo largo de su vida útil. Como pasa en la “vida normal”, en función del país donde te toque trabajar o para el que vaya a estar destinado el equipo en cuestión estarás sometido a unas normas o a otras, pero siempre hay algunas que por su solera y solvencia marcan una referencia. Personalmente me gustan más los códigos de diseño americanos por su filosofía, porque -aunque se basan en la experiencia- se revisan periódicamente: si bien sus pautas no dejan lugar a la duda, dejan siempre la puerta abierta a consultas técnicas que -una vez demostradas- serán incorporadas a posteriores revisiones del código.

Uno de los códigos de referencia para nosotros es el Código ASME (The American Society of Mechanical Engineers). ASME se fundó en 1880 para ofrecer a los ingenieros un espacio de discusión sobre las inquietudes y los distintos puntos de vista generados por el auge de la incipiente industrialización, pero fundamentalmente para garantizar la seguridad de las calderas y equipos a presión;  el 16 de febrero de ese año, y liderados por Alexander Lyman Holley, una treintena de ingenieros se reúnen en Nueva York para constituirse y fundar esa sociedad que desde entonces mantendrá contactos periódicos para discutir el desarrollo de herramientas, piezas de máquinas y prácticas de trabajo uniformes. Debemos recordar que estamos ante el nacimiento de la industrialización y que en aquella época no existían códigos legales que regularan el diseño, instalación o mantenimiento de calderas o equipamientos mecánicos.

En 1905 la explosión de una caldera en una fábrica de calzado de Massachusetts dejó 58 muertos y 117 heridos, pero supuso que ese estado tomara la decisión de encargar a los expertos la elaboración de una ley que regulara la instalación de calderas. Después de haber establecido el Código de prueba de calderas en 1884, ASME formó un Comité de código de calderas en 1911 que condujo a la publicación del Código de calderas y recipientes a presión (BPVC) en 1915. El BPVC se incorporó más tarde a las leyes en la mayoría de los estados y territorios de EE. UU. y provincias canadienses.

Desde entonces hasta ahora ASME se ha caracterizado por poner a disposición de ingenieros y administraciones diversos estudios, desarrollos técnicos y normativa para garantizar la seguridad en máquinas y producción mecánica: más de 600 códigos y estándares de ASME regulan distintos campos de la ingeniería desde las calderas hasta las modernas instalaciones nucleares.    

Uno de los aspectos que más me gusta de ASME es que tienen su propia guía o código de estilo, de sólo 6 páginas, en la que se aconsejan cosas tan fundamentales como la importancia de tener en cuenta a “la audiencia”, el uso de frases cortas y palabras simples, evitar la “verbosity” (el uso de más palabras que las estrictamente necesarias), los verbos pasivos o las redundancias.

Pero lo que para mí es fundamental en los Códigos ASME es el uso de los verbos “SHALL”, “SHOULD” y “MAY”. La CSP-64 (política de códigos y standards) de ASME se refiere a las definiciones de esos tres verbos y dice textualmente que

All ASME standards are required to use the following definitions for “shall”, “should” and “may” or ensure that their current usage is consistent with the following:

Shall – is used to denote a requirement

Should – is used to denote a recommendation

May – is used to denote permission, neither a requirement nor a recommendation

En el arriba mencionado Código de Estilo detallan su preferencia por el uso del “shall” antes que el “must” porque consideran que de esa manera la sentencia que lo lleva enfatiza su sentido de requisito, se interpreta como “mandatoria” y no deja lugar a la duda ante el lector.

También explican muy bien su interpretación sobre las diferencias entre el “should” y el “may”: el primero se refiere a una recomendación de ASME, mientras que el segundo deja a criterio único del lector el uso de esa alternativa.

En definitiva, si ustedes consultan o trabajan con un Código ASME deberán acostumbrarse a sentencias cortas y claras, a un código que le dictará los requisitos con un “shall”, las recomendaciones de los ingenieros expertos con un “should” (que usted puede aceptar o no) y le dejará un abanico de posibilidades bajo su responsabilidad siempre que en el código se especifique con “may”. Además, si aun así tiene dudas o propuestas no recogidas en el Código cabe la posibilidad de planteárselas a los señores de ASME por los cauces establecidos para ello.

Seguramente que llegados a este punto habrán echado en falta las prohibiciones, y es cierto que hay algunos casos en los que el código les indicará un “may not”, pero en mi opinión estamos ante un código bastante constructivo: el usuario sabe que cumpliendo con las premisas y directrices del documento su producto está garantizado para un uso seguro.

La verdad es que es un código tan claro, conciso y práctico que casi apetece aplicarlo en las decisiones de nuestra propia vida: instrucciones “mandatorias”, “recomendadas” y “opcionales” que te garanticen una vida alejada de problemas y complicaciones… aunque si lo reflexionamos un poco tal vez ese código ético ya lo teníamos en nuestra sociedad y lo que hemos hecho en los últimos años es apartarnos de la ética y de nuestros valores como personas íntegras: así como un fabricante de equipos a presión sabe que si no cumple con lo estipulado en el Código lo más probable es que sufra un fallo catastrófico, nosotros deberíamos tener en cuenta que si nuestra vida se aleja de las más elementales normas del código ético de conducta lo más probable es que acabemos ocasionando daños -tal vez irreparables- tanto en nosotros mismos como en quienes no rodean.

Hagamos que nuestras vidas se guíen por el shall-should-may

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