El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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LA BUROCRACIA ACABÓ CON LOS HOMBRES EN EL TRABAJO

Corría el verano de 1994 cuando el que suscribe se pasó unas semanas en la maravillosa ciudad de Durham (norte de Inglaterra) haciendo un curso de inglés. Entre aquel grupo de estudiantes, procedentes de gran parte de Europa, había una muchacha alemana con la que posteriormente intercambié algunas cartas y ella llegó a enviarme un casete con algunas de sus canciones favoritas: la primera canción de aquel casete era la pegadiza “Down Under” del grupo australiano Men At Work.

La historia de este grupo y esta canción se remonta a finales de los años setenta del pasado siglo en la ciudad australiana de Melbourne, donde la escena musical estaba dominada –fundamentalmente- por bandas de rock que tocaban en pubs ante un exigente público compuesto, en su mayoría, por la clase obrera del momento.

En 1978, el vocalista y guitarrista de origen escocés Colin Hay, dotado de una voz peculiar pero con una sensibilidad melódica influenciada por los Beatles y algunas raíces folk, unió fuerzas con el guitarrista Ron Strykert para formar un dúo acústico. Con la incorporación paulatina del bajista John Rees, el batería Jerry Speiser y el genial multi instrumentista Greg Ham (capaz de alternar entre los teclados, el saxofón y la flauta travesera) formaron el grupo Men At Work, una nueva propuesta musical que fusionaba de manera magistral la urgencia rítmica del new wave, las síncopas espaciadas del reggae y una profunda ironía lírica.

La primera aparición de su tema «Down Under» data de 1979, grabada como una maqueta independiente financiada por los propios músicos: en esa versión germinal, Strykert y Hay exploraban una atmósfera mucho más lenta, casi lúgubre, utilizando botellas de vidrio llenas de agua afinadas a distintas alturas para construir la introducción rítmica. Cuando la multinacional CBS Records advirtió la creciente popularidad de la banda en los clubes de Victoria y decidió ficharlos, los puso en contacto con el productor estadounidense Peter McIan, quien pulió las aristas de este tema acelerando el tempo y proponiendo un nuevo arreglo instrumental para el inicio del corte.

El álbum debut de la banda, “Business as Usual”, fue lanzado en Australia a finales de 1981, pero la compañía discográfica apostó por otro sencillo para el lanzamiento que enseguida llegó al número 1 en el mercado local; sin embargo, cuando el álbum dio el salto al hemisferio norte a mediados de 1982, fue el tema “Down Under” quien se convirtió en un inesperado fenómeno comercial: en enero de 1983, Men At Work alcanza simultáneamente los números 1 en las listas de álbumes y sencillos tanto en EE.UU. como en Reino Unido, lo que les sirvió para tener el reconocimiento de la industria musical -en febrero de ese mismo año- con un Premio Grammy al mejor artista nuevo (Best New Artist). Ese álbum permanecería durante quince semanas de manera consecutiva en lo más alto de las listas estadounidenses, algo inédito para una banda debutante.

Volviendo al tema “Down Under”, no debemos dejar de señalar que se convirtió también en un éxito de la -por aquel entonces- nueva cadena MTV, y poco a poco se fue transformado en un símbolo, una celebración patriótica y festiva de los jóvenes australianos… aunque la narrativa de la letra apenas deja entrever un análisis más profundo: detrás de la historia de un trotamundos australiano que viaja por el globo terráqueo, que en Bruselas se encuentra con un hombre imponente que le ofrece un bocadillo de Vegemite (una peculiar pasta de extracto de levadura típicamente australiana), o que en Bombay entabla conversación con una mujer en un ambiente bohemio… lo que a primera vista parece un cuaderno de viaje rebosante de orgullo local queda advertido en el estribillo con un explícito: «Do you hear, do you hear the thunder? / You better run, you better take cover». Colin Hay ha explicado reiteradamente en entrevistas y en algunos conciertos acústicos que «Down Under», lejos de ser interpretado como un tema desenfadado o un himno patriotero australiano, encierra una elegía y una dura crítica social: el «trueno» al que alude la letra representa la amenaza ante el avance implacable del desarrollo inmobiliario desmedido, el capitalismo corporativo agresivo y la pérdida de la identidad y los valores éticos que caracterizaban a la Australia de mediados de siglo; la canción lamenta la “americanización” del país y la explotación sistemática de sus recursos naturales en aras de la globalización.

Paradójicamente, el mercado masivo transformó una advertencia sombría sobre el despojo cultural en un producto de consumo de masas que celebraba aquello que pretendía criticar.

Después de su segundo álbum, las tensiones internas entre los componentes de la banda provocadas por la fama súbita y las interminables giras terminaron por fracturar al grupo, disolviéndose formalmente en 1986: Colin Hay continuó una respetable carrera en solitario y Greg Ham alternó la música con la enseñanza.

Durante un cuarto de siglo, el legado de «Down Under» pareció intocable, generando beneficios constantes para sus creadores, pero el destino de la composición dio un vuelco irreversible el 31 de mayo de 2007, cuando en el popular concurso de preguntas y respuestas sobre música de la cadena australiana ABC,   Spicks and Specks,el presentador planteó una -a priori- inocente pregunta a los concursantes: “¿Qué famosa canción infantil tradicional se encuentra oculta dentro del solo de flauta que ejecuta Greg Ham en el clásico de los 80 «Down Under»?” La respuesta correcta era «Kookaburra Sits in the Old Gum Tree», una breve y alegre melodía compuesta nada menos que en 1932 por la Srta. Marion Sinclair, una maestra de música de Melbourne: Sinclair había presentado la partitura a un concurso organizado por la asociación de Girl Guides (Guías Scouts) del estado de Victoria, lo que le sirvió para ganar el certamen; y con el paso del tiempo esta pegadiza canción se convirtió en una pieza de cultura popular en los jardines de infancia de todo el mundo anglosajón, describiendo el canto de la pintoresca ave australiana (la kookaburra) posada en un árbol de eucalipto.

Que cada cual valore el parecido de esta melodía con nuestra “Down Under”:

Hasta ese momento no se conocían testimonios de nadie que hubiera percibido similitudes entre ambas canciones:  ni los millones de oyentes a nivel mundial, ni los críticos especializados, ni los ejecutivos discográficos… ni el propio Colin Hay, según su propio testimonio.

Pero esta inocente pregunta y su respuesta no pasaron inadvertidas a los directivos de Larrikin Music, una discográfica independiente que había adquirido los derechos de propiedad intelectual de «Kookaburra» tras el fallecimiento de la autora. Al constatar las sospechas del nexo melódico expuesto en televisión, la firma identificó una gigantesca oportunidad financiera e inició los preparativos para emprender acciones legales por infracción del copyright.

Creo que conviene insistir en que Marion Sinclair compuso la canción en 1932 para un concurso de las Girl Guides de Victoria, y también aclarar que, durante toda su vida, Sinclair nunca mostró interés en comercializar esta canción de alguna manera, sino que permitía de buen grado que las agrupaciones Scout de todo el mundo (no sólo australianas) hicieran uso de su canción de forma gratuita. En 1987, ya mayor, Marion Sinclair donó parte de su archivo y registros a la Junta de Bibliotecas Públicas del Sur de Australia, así que, tras su fallecimiento en 1988, se nombró legalmente a un Administrador Público del Estado para gestionar su herencia y los bienes de su patrimonio… entre los que se incluían los derechos de propiedad intelectual de sus composiciones musicales. En marzo de 1990 la discográfica Larrikin Music compró los derechos de autor de «Kookaburra» al Administrador Público y a la Junta de Bibliotecas Públicas del Sur de Australia (dicen que por 6.100 dólares), convirtiéndose de esa manera en el titular legal único y absoluto de la canción.

El litigio comenzó en el año 2009, enfrentando a Larrikin Music contra los compositores Colin Hay y Ron Strykert junto a las corporaciones editoriales Sony BMG Music Entertainment y EMI Songs Australia. Parece ser que el caso tuvo un gran impacto social en el país a la vez que encendió no pocas alarmas en la comunidad musical internacional debido a sus implicaciones conceptuales: durante el proceso judicial, Larrikin Music sostuvo que el solo de flauta ejecutado por Greg Ham en la sección intermedia de la canción reproducía de manera inequívoca las dos primeras frases de la melodía de «Kookaburra», y al tratarse de una obra protegida por la ley de propiedad intelectual, el uso de dicha estructura melódica sin una licencia previa constituía un plagio flagrante. Por su parte, los demandados Men At Work (y sus discográficas) no negaron la similitud de las notas, pero basaron su defensa en torno al concepto de la «sustancialidad» y el contexto, argumentando que el fragmento en cuestión consistía en apenas unos segundos dentro de una canción pop de más de tres minutos de duración… una suerte de guiño humorístico inconsciente y folclórico que no afectaba a la originalidad de la armonía, a la letra ni a la estructura rítmica global de «Down Under»; asimismo, dejaron patente que Larrikin Music incurría en una conducta oportunista al reclamar derechos sobre una canción que llevaba en aquella época veintiséis años sonando públicamente en todo el mundo sin haber recibido objeción alguna (y antes de que los mismos demandantes hubieran adquirido la propiedad intelectual del tema supuestamente plagiado).

En febrero de 2010, el juez Arthur Emmett dictó una sentencia histórica: tras someter las grabaciones a peritajes musicológicos detallados, determinó que el solo de flauta incorporaba efectivamente una «parte sustancial» de la melodía de 1932. Bajo la estricta legislación australiana sobre los derechos de autor, la reproducción de una frase musical reconocible, por breve que sea, si mantiene su identidad melódica central, infringe la exclusividad del titular, así que el tribunal declaró culpables a Men at Work y a sus representantes discográficos.

La fase más cruda del juicio se centró en la compensación económica solicitada por Larrikin Music: una indemnización de entre el 40% y el 60% de todas las ganancias e ingresos históricos generados por «Down Under» desde su lanzamiento en 1981… una exigencia que habría supuesto la quiebra financiera de los músicos y la pérdida total de su patrimonio.

Finalmente, en julio de 2010, el juez Emmett dictaminó que las demandas de resarcimiento de Larrikin eran excesivas y desproporcionadas en relación con la verdadera contribución de la flauta al éxito global de la pista, así que el fallo final limitó la compensación al pago del 5% de todas las regalías recaudadas desde el año 2002 (fecha límite impuesta por los estatutos de prescripción para reclamaciones financieras en la jurisdicción australiana), así como el 5% de las ganancias futuras derivados de los derechos de sincronización y reproducción mecánica. EMI y la banda interpusieron un recurso de apelación ante el pleno de la Corte Federal, pero este fue desestimado de forma definitiva en marzo de 2011, cerrando la vía legal.

Si bien el dictamen económico del 5% salvó a Colin Hay y a Ron Strykert de la ruina absoluta, las consecuencias psicológicas, morales y reputacionales de la sentencia resultaron devastadoras para ellos y el resto de los componentes del grupo, con especial crueldad para la figura de Greg Ham, quien no soportó ver su nombre y su obra salpicados en prensa con adjetivos tan severos como “plagiadores», o “fraude”. Ham (recordemos que era un virtuoso multi instrumentista) había decidido, de una manera totalmente improvisada durante las sesiones de grabación en el estudio 1981, tocar esas notas en la flauta travesera como un homenaje inconsciente a las canciones de su infancia y después del veredicto se hundió en una severa depresión clínica, agravada si cabe por un abrumador sentimiento de culpa: sentía que su pequeño aporte creativo había destruido la reputación de sus compañeros de banda y empañado uno de los mayores logros culturales de la historia musical de su país. En una desgarradora entrevista concedida al periódico The Age en 2010, el músico desnudó su tormento interior con absoluta franqueza: «Esto nos destruye. Pasará a la historia como el motivo por el que demandaron a Men at Work. Es lo único que la gente recordará. Me siento muy culpable por haber tocado esa línea. Al final de mis días, cuando muera, mi legado se reducirá a haber cometido un plagio. Es terriblemente injusto e hiriente». Aislado y lidiando con el regreso de antiguas adicciones que ya había superado, la salud de Ham se deterioró aceleradamente y falleció en abril de 2012: la autopsia confirmó que un ataque cardíaco fulminante, probablemente propiciado por el estrés sostenido y el desgaste emocional de los años de litigio, había terminado con su vida. Colin Hay, visiblemente conmovido, declaró públicamente semanas después que la presión desmedida del juicio y la humillación mediática habían actuado como detonantes directos del colapso físico y mental de su amigo.

Hoy en día, más de cuatro décadas después de su irrupción en las listas de éxitos, «Down Under» sigue resonando con fuerza en las emisoras de radio de éxitos clásicos, en las plataformas de streaming y en eventos culturales en todo el mundo. Es innegable que la composición posee una magia pop intrínseca que sobrepasa cualquier disputa jurídica: la magnífica voz de Colin Hay, el pulso bailable de su base rítmica y su agudo retrato de la diáspora australiana garantizan su inmortalidad. No obstante, la historia de Men at Work se erige hoy como una de las parábolas más aleccionadoras del negocio del entretenimiento, al demostrar cómo el propósito de una obra de arte puede ser malinterpretado por las masas —cambiando la sátira o crítica social por el festejo nacionalista— y cómo los vacíos y las rigideces de las leyes de derechos de autor pueden ser utilizados por corporaciones de cualquier tamaño –aunque carentes de toda ética- para desmantelar legados artísticos legítimos.

Dese hace unos años Colin Hay colabora con la Ringo Star & All Starr Band, manteniendo vivo el legado de Men At Work y su maravillosa canción:

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IR POR LANA Y VOLVER TRASQUILADO

El 11 de mayo de 1932 nacía en un humilde hospital de Lavapiés Francisco Umbral. Aunque nacido en Madrid, pasó los primeros años de su vida en Valladolid y Laguna de Duero, soportando lo que él mismo definió como una “infancia cruel y una adolescencia atroz”: hijo de una madre soltera y de un padre que nunca lo reconoció, se pasó gran parte de su infancia engañado -curiosamente como Eric Clapton- sin saber que una de sus tías era, en realidad, su madre. Hasta los diez años no pisó las aulas, una experiencia que resultó desastrosa para un niño que no era capaz de adaptarse a la estricta disciplina en la educación de la época; además, la resistencia de su madre a presentar su partida de nacimiento en centros de enseñanza oficiales –para evitar que se descubriera su verdadera filiación- le cerró el acceso a estudios superiores e hizo que Paco Umbral se convirtiera en un devorador de libros autodidacta.

Sin estudios, el joven Umbral empezó a trabajar con catorce años de botones en el Banco Central de Valladolid, aunque su mente viajaba entre palabras, relatos e historias… especialmente desde que conoció el poemario Cántico de Jorge Guillén: el gozo del ser, la exaltación del instante y la conciliación del hombre con el mundo pasaron a convertirse en una obsesión en la existencia de Umbral.

Después de pasar por la prensa de León y Valladolid, el talento para la prosa de nuestro autor llamó la atención de Miguel Delibes y éste lo apadrinó para dar el salto a Madrid en 1961: allí se convierte en un habitual de las tertulias del Café Gijón, adoptando -además- una estética dandi que le acompañaría el resto de su vida. Su calidad literaria no pasa desapercibida y enseguida empiezan las publicaciones de sus novelas y ensayos, así como sus colaboraciones en diarios con un novedoso estilo inconfundible que mezcla la actualidad con una esmerada prosa lírica y humorística, una clase que consagra su carrera literaria.

Ya a mediados de los años setenta, en 1974, pierde a su único hijo -con sólo seis años- a causa de una terrible leucemia, pero es capaz de canalizar ese inmenso dolor hacia la obra Mortal y rosa (1975), considerada su obra cumbre y una de las más bellas elegías de la literatura española. También en 1975 gana el prestigioso Premio Nadal y a partir de ahí comienza su etapa de consagración absoluta, con una prolífica producción literaria unida a una no menor influencia política; sus columnas (primero como figura destacada en El País, más tarde en  Diario 16 y finalmente en El Mundo) se convertirán en retratos de la cara y la cruz de la capital: de la efervescencia de la democracia y la Movida Madrileña, pasando por los excesos de la alta sociedad o los nuevos ricos (beautiful people)… hasta el ocaso del “felipismo”.

La intensa andadura vital de aquel pobre botones en un banco de provincias, del escritor de elevada prosa o del dandi del Café Gijón, cuyo acercamiento al Partido Comunista (merced a su amistad con Santiago Carrillo) le llevó inmediatamente al escepticismo político, le otorgó a nuestro autor la autoridad moral y el colmillo afilado para para escribir en 1993 La década roja, un libro que muchos no habrán leído pero cuya presentación en televisión seguramente todos recordamos:         

Lo que pudiera parecer una intervención excéntrica y extemporánea tiene un trasfondo mucho más profundo; más allá de la indignación, el enfado de Francisco Umbral entraña también la sospecha de una supuesta censura: recordemos que, en 1993, cuando las cosas ya no le iban tan bien al PSOE de Felipe González, esta obra supone un retrato crítico, ingenioso y mordaz sobre los diez primeros años de gobierno socialista en la que el autor no sólo se atreve a criticar el socialismo, las contradicciones políticas o la corrupción… sino a plasmar el desencanto con una situación y una sociedad que nada tienen que ver con aquella ilusión democrática con la que se iniciaba la década de los ochenta. Además, a través de su disertación el escritor también deja en evidencia a la moderna televisión que llegaba con la década (recordemos que la entrevista es en Antena3, una de las cadenas privadas que empezaron a emitir a principios de los noventa) con sus comentarios: “esto es un engaño, como toda la televisión, que es putrefacta, como dicen todos los días los columnistas de televisión”, “el que hagáis programas, que os pagan muy bien la televisión, y os los llenemos gente que no cobramos un duro… ya está bien”, y aún le queda tiempo para reprender a la afamada y profesional periodista Mercedes Milá:  “me has prometido por teléfono que el tema iba en torno a mi libro… Entonces yo me voy, porque mi opinión la expreso todos los días en el periódico y para eso me pagan y ahí me desahogo y digo lo que pienso, y me juego la vida y el porvenir”.

Por último, también es digna de mención y análisis la reacción del público, quienes, ante las evidencias del escritor exteriorizando la farsa del programa, le afean la intervención, le invitan a marcharse y se posicionan del lado del sainete (supongo que pensarían “show must go on”), algo que recibe el aplauso del propio Umbral.

Esta escena, ocurrida hace más de treinta años, es el día a día en muchas empresas, en muchos ámbitos y en nuestra propia sociedad; para cualquier acto o debate se buscan voces autorizadas (a veces incluso rogando su asistencia por favor) que den lustre a la ponencia: si sabemos que su discurso no va a ser conveniente se deja pasar el tiempo sin darles la oportunidad de expresarse, y si se les ocurre pedir la palabra… es mejor que abandonen la sala. Nunca antes en la historia habíamos visto tantas evidencias dignas de comentario o meritorias de crítica o debate y, bien las partes interesadas o bien el mensajero (la mass media en este caso) se encargan de maquillar o silenciar.

En 1993 la TV fue a por lana y volvió trasquilada con Francisco Umbral, me temo que hoy eso sería casi imposible.

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DE SENECTUTE (Δημοσθένης)

En la obra De Senectute de Cicerón, cuando Escipión y Leio le argumentan a Catón que la vejez aparta de las actividades, éste les responde señalando que las cosas más importantes no se hacen con la fuerza, la rapidez o la agilidad física, sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión… algo que la experiencia y la vejez otorgan.

El pasado martes, 12 de mayo, el Real Madrid emitía un comunicado anunciando la comparecencia de su presidente, Florentino Pérez, y una rueda de prensa posterior. Súbitamente las especulaciones sobre este anuncio empezaron a manar y extenderse entre los medios de comunicación y creadores de contenido: sorprendentemente, para todos los informadores que siguen al club y que se vanaglorian de conocer sus interioridades y entresijos, el anuncio fue tan inesperado que las conjeturas de los eruditos comentaristas iban desde la dimisión del presidente, algunos cambios en la directiva, la llegada de un nuevo técnico o algún jugador… hasta alguna novedad sobre acciones extradeportivas del club relacionada con el caso Negreira. La expectación y la emoción crecían, especialmente entre aquellos que llevan años criticando -con razón o sin ella- al presidente del Real Madrid porque, aunque hace décadas que el periodismo hizo méritos para ganarse el apodo de “cuarto poder”, no es menos cierto que en los últimos años los medios de comunicación se están convirtiendo de forma generalizada en altavoces de intereses particulares, en espacios donde cualquier sujeto (cualquier “random”, que dirían los adolescentes de hoy en día) puede asomarse y soltar cualquier infundio, exabrupto o insulto con total impunidad y avalado por la sacrosanta libertad de expresión: esta situación, que una vez detectada debería hacernos reflexionar y poner en cuarentena absolutamente todo lo que leemos, escuchamos e incluso vemos, no se percibe con la gravedad que amerita un proceso de manipulación masivo.

Volviendo a Florentino, éste compareció -solo ante la prensa cual Gary Cooper en Solo ante el peligro– para dar cuenta de una corriente de opinión formada contra los intereses del club y contra él mismo, para informar de que no sólo no iba a dimitir, sino que convocaba elecciones con carácter de urgencia para que, con total libertad y siguiendo los estatutos de la institución merengue, aquellos socios que representaran una alternativa a su gestión tuvieran la oportunidad de disputarle el puesto de mando a través de un proceso electoral reglamentario. Aprovechó la ocasión también para denunciar a cierta parte de la prensa que, no sólo no reconoce los méritos del club, sino que no tiene reparos en criticar todo lo relacionado con el Madrid y verter mentiras sobre la vida privada del propio Florentino Pérez. Para terminar su intervención se refirió al caso Negreira y confirmó que el club pondría en los próximos días un dossier con información en manos de la UEFA, a quien le solicitaría su intervención urgente en este escandaloso asunto.

Y, a partir de ahí, empezó el cuerpo a cuerpo con los periodistas que habían acudido a la comparecencia, desbordando incluso a su responsable de prensa que no sabía cómo intervenir para cortar la improvisada contienda.  

Debo admitir que ver a un cuasi octogenario comparecer ante una prensa que lleva mucho tiempo criticándole sin ninguna piedad me recordó al De Senectute que comentábamos en el primer párrafo, pero el arrojo de presentarse sólo, sin armadura, lanzando el mensaje “queríais mi cabeza, pero serán los socios del club quienes decidan” me pareció una jugada maestra que vino acompañada –además- de la temeridad y el atrevimiento, al entrar en el cuerpo a cuerpo con los reporteros presentes en la sala para defender el respeto debido hacia el club y hacia su persona. Hay motivos de sobra para debatir sobre el Real Madrid y la gestión de Florentino Pérez, pero la prensa ha pasado de soslayo por ellos para centrarse en el sensacionalismo, seguramente porque una crítica honesta desvelaría errores a la vez que aciertos, y quizás dar valor a los éxitos de la gestión de este presidente sea incompatible con algunos otros intereses inconfesables de los medios de comunicación.

Resulta sorprendente cómo la prensa, aquella que se hace eco o, tal vez, incita campañas de silbidos y abucheos al equipo o al palco y gritos de “Florentino, dimisión” en el Bernabéu cuando las cosas no van bien, y que ha conseguido el objetivo de que Florentino Pérez adelante elecciones y ponga su cargo a disposición de los socios del club, se rasgue las vestiduras porque el presidente se haya arremangado en una rueda de prensa y señalado a determinados medios o periodistas que han mentido sobre el club y sobre él de manera personal. Si los datos publicados fueran objetivos, los firmantes tendrían la tranquilidad de demostrarlo y dejar en evidencia al mandatario blanco (como hacía José María García en sus mejores tiempos), pero cuando eres tan mediocre para basar tus críticas en vaguedades, falsedades o mentiras te arriesgas a que la verdad te deje en evidencia.

Las dificultades de algunos plumillas para percibir un discurso, asimilar y transmitir el mensaje de una manera aseada quedaron reveladas en la publicación de ABC al día siguiente (página 38 de la edición de Madrid)… precisamente en uno de los medios más señalados por Florentino en su comparecencia. En un artículo que pretendía informar sobre la inusitada intervención y –particularmente- dar cuenta unas palabras de Florentino en las que insistía en la denuncia de una campaña que hay contra él mismo y el Real Madrid por parte de algunos ilustres periodistas, que -a juicio del presidente- se creen que mandan en el club y a los que él denomina los “intelectuales del régimen” porque que se dedican a “filosofar como si fuesen Demóstenes”… el periodista de turno no tuvo reparos en convertirlos en mostoleños.   

Demóstenes, por cierto, fue el orador y político más importante de la democracia ateniense; su vida destacó por mantener una enorme fuerza de voluntad que le posibilitó sobreponerse a su fragilidad, sus tics nerviosos y sus problemas de locución (tartamudez y debilidad en la voz), unas limitaciones físicas de nacimiento que fue capaz de superar con un férreo entrenamiento físico y vocal, hasta convertirse en el mejor orador de la antigua Atenas. Además, es reconocido por su defensa de la democracia ateniense frente al expansionismo del rey Filipo II de Macedonia.

Volviendo a la comparecencia de Florentino Pérez, y con respecto a los programas radiofónicos, las pruebas del trato dispensado cada día por la “intelectualidad mediática” en las distintas tertulias al Real Madrid están a disposición de todos los interesados en los programas que a diario publica Richard Dees en su página  http://elradio.es/, aunque con ocasión de esta comparecencia convendría destacar especialmente que en la Cadena COPE se refirieron a la intervención del presidente Pérez en términos de “ridículo”,  “delirio” y de que había sido una “mezcla de Joe Biden y Rubiales” o “el discurso de Trump con la falta de energía de Biden”, unos mensajes o calificativos que dejan entrever signos de senilidad en el orador… algo desconcertante cuando la propiedad de esa cadena es la Conferencia Episcopal, cuyos miembros nos son jóvenes precisamente y encarnan una doctrina que no sólo condena el edadismo, sino que lo denuncia como una lacra que padecemos hoy en día y que atenta contra la dignidad de las personas: el propio Papa Francisco afirmó que la edad avanzada es una bendición y que -lejos de ser un argumento para el descarte- es un don de madurez y sabiduría.  

Es habitual que los modernos periodistas elucubren sobre la salud y la capacidad física o intelectual de Florentino Pérez, o que se refieran a su equipo como “la dinojunta” en alusión a épocas jurásicas, buscando una mofa y un desprestigio a cuenta de la edad… y eso parecía una divertida premisa asumida por todos hasta que este hombre de provecta edad tuvo el arrojo de salir a dar la cara y asumir una de sus debilidades (el debate improvisado) para poner en la mesa los datos objetivos de su empresa -la constructora ACS- y del club que preside, y empezar a poner a cada uno en su sitio: si tiene que salir de la presidencia del club lo echarán los socios en unas elecciones pero no una campaña orquestada. Podremos debatir si la intervención fue más o menos ordenada, si las formas fueron mejorables, pero creo que no debemos quitar mérito a la anticipación en los hechos o a las denuncias a cara descubierta que formuló y que dejen en evidencia discursos interesados o corrupciones sistémicas.

Recuerden lo que dijo Catón: las cosas más importantes no se hacen con la fuerza, la rapidez o la agilidad física, sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión… algo que la experiencia y la vejez otorgan.

Por si quieren repasar la rueda de prensa a la que se refiere este artículo, se la comparto:

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