El poder de la palabra

Después de varios artículos publicados en LikedIn (que iré subiendo a este sitio poco a poco), y animado por familiares y amigos que bien me quieren, me decido a tener mi propio espacio en la red. Entre proyecto y proyecto y con mis limitados conocimientos de informática, he intentado configurar este espacio para mi, para mis reflexiones, pero también abierto a quienes quieran participar de una u otra forma en él.

Como nada es casual, para empezar les diré que la foto que preside este espacio está tomada desde donde crecí, con vistas a la fábrica de Arnao, a la playa de Salinas, a la entrada de la ría de Avilés y los faros de Avilés y Peñas.

En aquella época mis abuelos tenían familia en EEUU, con quienes el único contacto factible era postal. Cuando el cartero llegaba con un sobre con bordes azules y rojos mis abuelos sabían que llegaba una «carta del norte» con noticias de aquellos familiares «americanos«, tan lejanos en el espacio como cercanos a través del intercambio epistolar.

Según las estadísticas nuestro idioma es el segundo a nivel mundial en términos de hablantes nativos (sólo por detrás del chino mandarín) y el cuarto en número de hablantes. Es una lástima no sólo que no lo cuidemos, sino que no lo usemos más, que no hagamos de este poderoso instrumento un arma de comunicación masiva; así que intentaré servirme de nuestra lengua para compartir algunas historias con ustedes.

Poco a poco iremos escribiendo, reflexionando, hablando de temas profesionales o sociales, que espero que les gusten, aunque no siempre estén de acuerdo con mis planteamientos.

Les invito a participar dejando sus comentarios en los espacios reservados para tal fin.

Seguro que hay cosas mejorables y otras que no funcionan correctamente: soy el responsable e intentaré corregirlas tan pronto como me sea posible, por lo que les ruego paciencia.

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MÚSICA Y PROSPERIDAD

Foto de Yana Gorbunova

Esta semana hubiera cumplido 95 años el actor Arturo Fernández, y he leído que sus amigos quisieron tener un recuerdo en su Gijón natal para nuestro inolvidable “chatín”; esa noticia me hizo recordar una entrevista que le hicieron hace unos cuantos años al actor en la que afirmaba con vehemencia algo así como que “la prosperidad de un país se entiende cuando la gente trabaja y canta”.

Sin duda, algunos de los mejores momentos de mi juventud pasan por un pub llamado Bohemios en el que mi gran amigo Pepe Avella y yo solíamos pasar las noches cantando en su Karaoke todo lo que se pusiera por delante. Allí, hace más o menos treinta años, tuvimos la oportunidad y la suerte de coincidir con un dúo que tenía una actuación en directo los fines de semana interpretando música española y -sobre todo- música hispanoamericana: Tito y Willy, o, lo que es lo mismo, Tito Ortiz (fundador años antes de los Nocheros del Anta en Argentina) y su inseparable Guillermo Zugazabeitia; unos verdaderos artistas de larga trayectoria que en aquella época sembraron en nosotros el interés por las zambas, cuecas y chacareras: desde la Zamba de mi esperanza o el Sapo Cancionero hasta  Las dos puntas, que todavía hoy le entono a algún compañero cada vez que se va por motivos laborales a Chile:

Aquellos artistas, a los que admirábamos y con los que compartíamos el gusto por la música, enseguida congeniaron con nosotros y también nos honraban de vez en cuando uniendo sus voces a las nuestras en alguna de las canciones del Karaoke: nos divertíamos cantando, las horas volaban y la música hacía que los problemas se quedaran a la puerta del Bohemios.

Algunos años más tarde, ya en mi vida laboral, mi empresa estaba explorando la oportunidad de un proyecto en Bolivia, una obra de cierta envergadura en un país en el que no teníamos ninguna experiencia ni implantación, por lo que se hacía imprescindible contar con la participación de una empresa local que nos ayudara en la construcción. El dueño de una de las escasas empresas candidatas, un señor de cierta edad, vino con su hijo a visitar nuestras oficinas y talleres en Asturias para estudiar bien el proyecto,  ver cómo eran las piezas que íbamos a fabricar y de qué manera podíamos afrontar juntos la aventura: aquel hombre, con muchas reservas y lleno de dudas para unirse a nosotros,  venía de la mano de nuestro veterano director técnico-comercial y –como solía ser habitual en aquella época- después de una intensa mañana de trabajo acabamos en un buen restaurante donde seguíamos hablando del proyecto e intentando resolver las muchas inquietudes que nuestro posible aliado tenía. A pesar de venir de Bolivia, a mí me parecía que aquellos hombres no eran nativos de aquel país, así que en un momento de relajación entre plato y plato yo le pregunté a nuestro visitante por su procedencia: “yo soy de Argentina, de Tucumán, pero hace muchos años que salí de allí”, me respondió. Inmediatamente a mí no se me ocurrió otra cosa que exclamar “¡Luna Tucumana!”, lo que hizo que se iluminara su mirada y preguntara con grata sorpresa “¿la conoces?” … y me atreví a entonarle el primer verso de la canción:

Nuestro visitante me siguió con el siguiente verso y el recuerdo de esa canción y de su tierra de origen le emocionó, quedando ciertamente sorprendido de que en un rincón de España se fuera a encontrar con alguien notablemente más joven que él que le evocara el tema de Atahualpa Yupanqui Luna Tucumana. A partir de ese momento la conversación tomó las notas del folklore argentino, y las dificultades que aquel hombre encontraba para ir de nuestra mano en el proyecto se fueron diluyendo poco a poco.

Pero, volviendo al Bohemios, una de las memorables interpretaciones de Tito Ortíz en aquel pub –en mi opinión-  fue la que hizo de La flor de la canela, una noche acompañado sólo por la guitarra de Guillermo y el teclado de otro buen artista que circunstancialmente les acompañaba en momentos puntuales. Uno de mis profesores de Crítica (asignatura universitaria) nos decía que para que una obra se pueda considerar “arte” tiene que emocionar, conmover… y eso lo consiguió aquella interpretación. “La flor de la canela” es una expresión que los españoles del siglo XVII usaban para referirse a algo perfecto, exquisito o excelso (hoy en día seguimos diciendo que algo es “canela en rama” cuando es de gran calidad), y la canción en sí misma es una maravilla del uso de nuestra lengua, propio de Hispanoamérica. Cada vez que he ido por motivos de trabajo a Lima he recordado ese tema, aunque en la bulliciosa y moderna ciudad no he tenido la oportunidad de encontrar nada parecido a la flor de la canela que se describe en la canción.

Si pensamos por un momento en la música que nos llega en los últimos años desde Hispanoamérica, en la música que escuchan nuestros jóvenes y en su contenido (y que tanto les influye) y en la música que escuchábamos nosotros y nuestros padres quizá la reflexión sea para preocuparse seriamente, aunque supongo que lo mismo pensarían los cincuentones de los años setenta del pasado siglo con sus hijos.

Yo seguiré recordando y haciendo mía la reflexión de Arturo Fernández, y creyendo que la prosperidad de esta sociedad está íntimamente relacionada con el trabajo y con la música, así que en mi día a día, cuando necesito concentrarme -como en mi época de estudiante- escucho música, y una de las canciones que no faltan en mi lista es esta Flor de la Canela de María Dolores Pradera (a quien tuve la oportunidad y el placer de ver en directo hace muchos años) acompañada para esta ocasión por Los Sabandeños, quienes arropan y llenan con sus voces e instrumentos esta bella interpretación

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LOS INTOCABLES

Foto de www.alittlebitofrest.com

Aprovechando unos días de asueto forzado, he estado retomando conversaciones pendientes, explorando perspectivas de negocio en mi ámbito laboral y repasando previsiones económicas del sector industrial para los próximos meses.

Según informa Deloitte, “el panorama energético sigue estando determinado en gran medida por cuatro factores disruptivos: factores geopolíticos, variables macroeconómicas como las altas tasas de interés y el aumento de los costos de los materiales, la evolución de las políticas y regulaciones, y el surgimiento de nuevas tecnologías”, pero a pesar de estas perturbaciones, “la demanda mundial de petróleo sigue en camino de crecer 2,3 mbpd (miles de barriles por día) en 2023 y cruzar la marca de los 100 mbpd por primera vez en la historia” y “se espera que la industria tenga un buen comienzo en 2024 debido en parte a su sólida posición financiera y los altos precios del petróleo, salvo un mayor deterioro en el entorno macroeconómico.” Además, en el marco de la transición energética, se auguran también fuertes inversiones en el campo del Oil & Gas en iniciativas destinadas a una mejor eficiencia operativa y unas menores emisiones, gas natural, captura y almacenamiento de carbono, biocombustibles, hidrógeno, etc. En lo que respecta a la minería, las inversiones irán dirigidas a asegurar la estabilidad en la cadena de suministro de los denominados minerales críticos (níquel, grafito, litio, cobalto o tierras raras, por ejemplo).

Con respecto a las nuevas tecnologías, la industria petrolera y química ya está haciendo uso de la inteligencia artificial (IA) aplicándola a toda la cadena de valor del petróleo y del gas -desde la explotación de recursos hasta los procesos de refino- con el objetivo de conseguir una mejor productividad, una mayor fiabilidad en los procesos y un ahorro en los costes.

El trabajo de Deloitte concluye que “dados los flujos de efectivo saludables, la sólida salud financiera, la disciplina de capital sostenida y el rápido progreso tecnológico en la industria, las empresas de petróleo y gas parecen relativamente bien posicionadas para aumentar el enfoque en la transición energética en 2024”.

En definitiva: habrá inversiones, porque el mundo no se para y la demanda energética seguirá creciendo como hasta ahora; se pasará de una dependencia mayor de los combustibles fósiles hacia una energía más limpia, pero hay que asegurar el suministro a lo largo de esa transición, y en eso está enfocada la industria a nivel mundial.

Si la buena noticia para los que queremos seguir trabajando en este sector es la continuidad de las inversiones, las oportunidades de negocio y los nuevos proyectos, la preocupación llega cuando uno se asoma a otros dos informes (uno con estadísticas de –entre otros- el Project Management Institute y otro de Harvard Business Review) que analizan y sostienen que la mayor parte de los proyectos fracasan.

En concreto, se estima que el 70% de los proyectos a nivel mundial fracasan al no cumplir las expectativas o lo acordado entre cliente y contratista. Entre las múltiples causas de este fracaso destaca sin duda la pobre gestión en los proyectos, pero profundizando un poco más en los detalles las estadísticas muestran que:

  • El 37% de los proyectos fallan por una “falta de objetivos claros”: al no haber objetivos claros por algunas de las partes involucradas el seguimiento de hitos y progreso no aporta una imagen nítida de la situación del proyecto. 
  • El 44% de los proyectos fracasan debido a una “falta de alineación entre los objetivos del negocio y del proyecto”.
  • El 55% de los jefes o directores de proyecto argumentan que la razón de su fracaso está en los “excesos presupuestarios”, sobrecostes que suelen deberse a “acontecimientos imprevistos”.
  • Más de la mitad de los clientes en proyectos de construcción reconocen que han experimentado –al menos- un proyecto de bajo rendimiento: Las estadísticas de fracasos de proyectos de construcción muestran que más del 50% de los propietarios en los proyectos de construcción en todo el mundo (el 61% en los EE. UU.) han visto sus proyectos fracasar a pesar de la confianza en la planificación y los controles del proyecto. Han admitido además que sólo el 31% de sus proyectos se entregaron dentro del 10% del presupuesto y el 25% dentro del 10% del plazo original.
  • Mala gestión de los recursos: El 60% de los encuestados señala que la mala gestión de los recursos es su mayor desafío, pero la cosa no se queda ahí y el 33% acusó directamente a una mala capacitación por parte de los clientes, una implementación ineficaz de soluciones PPM (30%) o una falta de gobernanza (26%).

En este desastre del fracaso de los proyectos, algunos analistas sostienen que hay que tener en cuenta errores comunes y recurrentes que muchas organizaciones cometen a la hora de afrontar un proyecto, como pueden ser:

  • Comprometerse en un proyecto equivocado para la capacidad de nuestra empresa, desafiando las evidencias racionales y objetivas.
  • Obviar las limitaciones realistas, subestimando y no atendiendo las necesidades de financiación, personal o tiempo que nuestro proyecto va a demandar.
  • Falta de liderazgo efectivo para controlar el proyecto y marcar el camino.

Si usted tiene una empresa que se dedica al mundo de los proyectos industriales, o está involucrado en este mercado, debe ser consciente de que sólo tiene un 30% de probabilidades de que las cosas salgan como estaban previstas o –al menos- de no tener problemas o perder dinero.

¿Y entonces, qué hacemos?

Profundizando en todas las causas arriba expuestas por los estudiosos de estos fracasos, nos queda claro que el problema no son los proyectos, sino los profesionales que deben llevarlos a cabo, y es algo tan chocante como lamentable teniendo en cuenta que cada día tenemos más herramientas, más formación, más información y más datos históricos a nuestro alcance para consolidar y mejorar los rendimientos de quienes nos antecedieron.

Para empezar, las licitaciones en los proyectos se han convertido en un mercado persa en las que el argumento decisivo en una adjudicación de casi cualquier contrato es el dinero y no la mejor opción técnica o profesional: se contrata al más barato, no al mejor. Las empresas contratistas se encuentran en la urgencia por mejorar sus cifras de contratación año tras año y de esa circunstancia se aprovechan los clientes, conscientes de que una adjudicación a la baja puede traer problemas, pero que sin duda éstos afectarán más al proveedor que al cliente.

En el escenario anteriormente descrito debería ser fundamental contar con profesionales especializados y expertos, capaces de optimizar procesos y exprimir la eficiencia (tanto por parte del cliente como del proveedor), y nos encontramos con la preponderancia de personas con una gran capacidad y formación que se suelen ver desbordados por cualquier mínimo problema que pueda surgir: confiar en los profesionales adecuados, que dominen su campo, es clave en cualquier ámbito o disciplina que afecte al proyecto.

Cualquier empresa tiene que garantizar una solidez y un liderazgo en su ámbito, e intentar ser la mejor en lo que vende: si vendes gestión de proyectos, debes ser la mejor en la gestión de proyectos, si vendes ingeniería debes demostrar que dominas tu producto, si vendes fabricación debes ser referente en tu campo, y si vendes construcción debes ser consciente de que cualquier desviación puede llevarse por delante la empresa. No vale con presumir que lo eres, tienes que demostrarlo fehacientemente cada día, porque no hay mejor campaña publicitaria para una empresa que ir dejando clientes satisfechos y ser un referente en el mercado.

Por si lo anterior fuera poco, creo que es imprescindible que los profesionales pisen el terreno. Por ejemplo, no se puede ofertar desde Madrid un proyecto en Honolulú sin haber estado allí, sin conocer a tu cliente, a los potenciales proveedores, a la administración o a la sociedad local y con qué te vas a encontrar. Lo mismo aplica para muchas de nuestras ingenierías y su –cada vez más habitual- mala costumbre abusar del “home-office”, diseñando y gestionando a distancia o incluso desde casa, sin conocer los materiales disponibles en el mercado, las capacidades de los talleres, las restricciones de los transportes o las limitaciones en el montaje: parece “de Perogrullo”, pero en los últimos años se han confundido los medios con el fin, de tal manera que hoy en día en cualquier contrato de medio pelo ya suele ser habitual que se invierta más tiempo en la emisión definitiva de un documento o un plano (después de pasar varias revisiones que suelen ser cosméticas) que en fabricar la pieza que en él se detalla… por no recordar la cantidad de horas que deben invertirse en reuniones de mayor o menor importancia. La calidad de los trabajos ha quedado en un segundo plano, postergada tras la necesidad de un ejército de amanuenses que emitan procedimientos de cualquier actividad, o una planificación de los trabajos, o certificados de conformidad… o que envíen correos con copia a decenas de personas que no se sabe ni dónde están ni para qué están. Supongo que más de uno habrá pasado por la situación en la que incluso un modesto proveedor tiene que poner soluciones a problemas que tienen su origen en diseños o requisitos descabellados del propio cliente.

Si queremos controlar nuestros proyectos y detectar los potenciales problemas la respuesta está en contar con profesionales libres, sin servidumbres, con experiencia y autonomía para defender los intereses del proyecto y de la empresa antes que los intereses de las personas; eso también parece sencillo, pero hacerlo desde dentro de la propia empresa no es fácil. En la película “Los Intocables de Elliot Ness” el protagonista (un funcionario del Tesoro encargado de detener a Al Capone) enseguida se da cuenta de que parte de los policías de Chicago son corruptos o miran para otro lado para evitar meterse en líos, y tras un encuentro fortuito con un policía honesto se da cuenta que para su cometido necesitará un equipo independiente y leal a sus intereses:

Como hemos visto, el veterano policía Jim Malone le previene -sin paños calientes- de los peligros que conlleva esa misión, y con total libertad le aconseja sobre lo que debe estar dispuesto a asumir si quiere luchar contra la mafia y detener a Capone.

Una vez decididos a seguir adelante, Malone pone su énfasis en advertir a Ness sobre la singularidad de aquel Chicago y del peligro que puede correr confiando en cualquiera, por lo que salen de su entorno para reclutar a las personas adecuadas que -además de buenos profesionales- sean absolutamente leales y fieles a la causa. Veamos el interesante proceso de selección (incluido un “futuro jefe de policía”)

El problema hoy en día en muchas empresas, son las marañas de intereses creados que imposibilitan darles el protagonismo a los proyectos y dotarlos de los recursos justos y necesarios que permitan una buena contratación y una mejor ejecución, por eso –parafraseando a Jim Malone en ese fragmento de la película- hay que asegurarse de contar con “manzanas sanas”, buscando un equipo independiente capaz de evaluar el desempeño, detectar problemas y aconsejar medidas a los responsables de sacar los proyectos y las empresas adelante.

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¡MENUDA HIPOTECA!

Foto de Garett Mizunaka

Cuando yo era un chaval tenía un vecino mecánico al que mucha gente llevaba el coche para que le echara un vistazo o le hiciera alguna reparación. Observando su manera de trabajar aprendí lo poco que sé de mecánica, que una interjección a tiempo ayuda a que los engranajes encajen mejor y las tuercas más atoradas se desbloqueen, y que lo realmente importante de un coche no es su precio de venta, sino el coste de su mantenimiento. Cuando determinados modelos aparecían con alguna avería o para que les hiciera un simple mantenimiento, aquel buen hombre resoplaba y decía siempre lo mismo: “buff… ¡menuda hipoteca!”. Las “hipotecas” eran coches con tendencia a las averías, o modelos que por su diseño siempre daban problemas a la hora de encontrarles recambios para hacerles un mero mantenimiento.

Desde hace un tiempo me acuerdo que aquellas “hipotecas” cada vez que me toca consolar a algún penitente propietario de algún automóvil del grupo Stellantis: Citroën, DS, Opel, Peugeot, Fiat o Jeep entre otros. Para aquellos que no lo sepan, muchos modelos de estas marcas comparten motores con correas de distribución húmedas (bañadas en aceite) que tienden a romperse antes de tiempo o a obstruir la bomba de aceite ocasionando una rotura o gripaje del motor, como podemos ver en este didáctico vídeo:

Al tratarse de un problema que afecta a un gran número de vehículos en toda Europa, hay fabricantes de repuestos que venden kits para paliar de una manera mínima los contratiempos de estos motores:

Como suele ser habitual, las marcas del grupo Stellantis han puesto en marcha medidas para intervenir y atajar los problemas en estos motores, aunque parece que sin el éxito esperado, puesto que muchos propietarios con el motor de su coche averiado y presupuestos de reparaciones por importe de varios miles de euros se han encontrado con que ni los concesionarios ni las marcas quieren hacerse cargo de estas reparaciones. Aconsejados y asesorados por el célebre y mediático mecánico Ángel Gaitán, miles de afectados –sólo en España- están dispuestos a ir contra las respectivas marcas y preparar una demanda colectiva argumentando que los fallos de sus coches tienen su origen en un diseño defectuoso o en una mala fabricación, por lo que no es justo que los propietarios tengan que asumir los perjuicios derivados por estos motivos.  

Cuando se detecta algún tipo de defecto de fabricación en los automóviles las marcas suelen hacer un “recall” -una llamada a revisión- en la que se revisan y sustituyen las piezas afectadas; incluso muchas veces estas campañas de revisión se hacen aprovechando los mantenimientos programados del vehículo sin que los propietarios lleguen a enterarse. Hoy en día un automóvil consta de unas 20.000 piezas, y en la cadena de montaje se ensamblan unas 500 piezas o conjuntos, por lo que la gran parte de los componentes de cada coche están pre-ensamblados por proveedores de los fabricantes y –a pesar de los sistemas de control de calidad implantados- es habitual que algunas piezas o componentes tengan algún tipo de problema o mal funcionamiento que pueden ser debidos a fallos de diseño, de fabricación o de montaje. Podemos considerar que un defecto es cualquier sistema o componente que no funciona según lo diseñado.

En Europa cada fabricante tiene que homologar sus modelos ante agencias de certificación, encargadas de verificar que esos vehículos cumplen con las directivas y regulaciones vigentes, pero debemos tener en cuenta que las autoridades no son responsables de garantizar la fiabilidad de los modelos ni de sus componentes, o dicho de otro modo: las autoridades no discuten con los fabricantes si sus productos son fiables o no, sólo se ocupan de verificar que cumplen con las normas.

En Estados Unidos el proceso de certificación de cada vehículo es distinto y lo tiene que garantizar el fabricante: hay unos estándares establecidos por la NHTSA (https://www.nhtsa.gov/) y cada fabricante es responsable de cumplir con ellos por lo que, ante una negligencia o un fallo, la exposición de las marcas es mayor y deben actuar con eficacia y eficiencia para que su imagen no se vea dañada por cualquier defecto de diseño o de fabricación. No es extraño que lleguen a nosotros noticas de que fabricantes japoneses (fuertemente implantados en USA) o americanos llaman a revisión a millones de vehículos, pero eso no quiere decir que estén todos defectuosos, sino que han detectado los casos suficientes como para ampliar el muestreo y llamar a revisión a vehículos que monten la misma pieza defectuosa antes de que se rompa y pueda causar males mayores. El prestigio de la marca se juega no sólo en el número de ventas o en el producto que se vende, sino en la manera de gestionar la postventa, reconocer los errores y mantener satisfecho al cliente durante la vida del producto.

Resumiendo, cuando un vehículo se homologa en Europa las autoridades no evalúan la fiabilidad, sino que garantizan que el producto cumple con la normativa. Sin embargo, en Estados Unidos son las compañías quienes deben garantizar que sus vehículos cumplen con la normativa, y su responsabilidad e imagen como marca quedan asociadas a la manera que tienen de gestionar los fallos en sus productos.

En mi opinión, lo que está pasando en el caso de los motores Stellantis es un reflejo de lo que pasa muchas veces en empresas de otros segmentos de negocio en este país y –por extensión- en el viejo continente: se vende un producto, un contrato o un diseño que augura ser revolucionario y lleno de ventajas, que cumple con las normas según las autoridades… y la práctica se encarga de demostrar los vicios y defectos que no sólo impiden alcanzar las expectativas de calidad, trabajo y rendimiento, sino que convierten al producto o al servicio en un nido de problemas, un auténtico quebradero de cabeza y una ruina para sus clientes, inversores o propietarios… mientras que las empresas y/o personas causantes del desaguisado encuentran un limbo en el que refugiarse para evitar hacer frente a su responsabilidad.

En este caso creo que los norteamericanos tienen un enfoque más justo para el reparto de las responsabilidades, descargando sobre las propias marcas la responsabilidad de cómo afrontar un eventual problema y las soluciones, a la espera de lo que tuviera que decir la justicia si el asunto no se soluciona por las buenas.

En Europa seguimos prefiriendo buscar al chivo expiatorio, la excusa perfecta que nos libre de cualquier responsabilidad, olvidando que las excusas, cuando no son sólidas y se enfocan en exonerar al responsable antes que al problema, se convierten en contraproducentes y más pronto que tarde acabarán dañando nuestra propia imagen y causándonos una pérdida de prestigio de difícil recuperación.

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