LOS TRAJES GRISES

FOTO: filmaffinity

El 17 de octubre de 1986, durante la 91ª sesión del Comité Olímpico Internacional, se adjudicó oficialmente a Barcelona la organización de los Juegos Olímpicos de 1992, un hito celebrado con júbilo que generó además una ilusión colectiva para proyectar a la ciudad de Barcelona –y con ella a todo el país- como una ciudad cosmopolita, moderna y creativa.

Un par de años más tarde, en medio aún de la euforia, de una corriente de optimismo irrefrenable que envolvía a todo el país, y de las expectativas ilusionantes que llevarían a la ciudad a compararse con las más modernas de la época y a la sociedad a librarse de convencionalismos tradicionales para entrar con pleno derecho en la modernidad occidental, el director Francesc Betriu estrenaba la película “Sinatra”, que se encargaba de hacernos reflexionar y devolvernos a la triste realidad de la que muchos no lograban salir: el fracaso, la derrota personal, la crisis de identidad y la sórdida y real noche urbana de la Barcelona de la época; apartándose del optimismo generalizado y lejos de cualquier vocación comercial evidente, el autor se sumergía en los ambientes marginales de la ciudad y en la crisis existencial personal para construir el retrato de un perdedor.

Antes de llegar a esta película, Francesc Betriu ya cosechaba una filmografía marcada por la literatura, la historia y una especial sensibilidad hacia lo trágico: “La plaça del Diamant” -basada en la novela de Mercè Rodoreda- o “Réquiem por un campesino español” -adaptación del texto de Ramón J. Sender- evidencian su interés por los grandes traumas colectivos: la posguerra, la memoria, la culpa o la supervivencia emocional en contextos adversos. Sin embargo, en “Sinatra” abandonó el pasado histórico para instalarse en un presente absolutamente reconocible, inmediato… un vacío casi asfixiante: en ese momento la tragedia deja de ser colectiva para convertirse en íntima, cotidiana, asumida y casi invisible. En contraposición con trabajos anteriores, el protagonista de “Sinatra” no lucha por sobrevivir, sino por sostener una identidad que se va desmoronando.

La Barcelona que refleja “Sinatra” está lejos de la imagen luminosa y cosmopolita que ya comenzaba a vislumbrarse en los años previos a los Juegos Olímpicos de 1992, y se centra en la parte de la ciudad que se queda al margen de esa transformación: una ciudad nocturna, de interiores gastados, de locales de espectáculos en decadencia, de calles donde la vida parece suceder siempre a medias… ambientada en unos espacios de tránsito más que de permanencia: bares, pensiones, camerinos o escenarios pequeños; esta elección no es casual puesto que en la película la propia ciudad va más allá de ser un mero decorado para mezclarse con el sentimiento y el ánimo del protagonista. No se busca idealizar la ciudad, sino despojar el escenario de cualquier ilusión: la modernidad se presenta como una apariencia bajo la cual persisten la precariedad, la soledad y la falta de sentido.

El protagonista y centro de la película es Antonio Castro, apodado Sinatra:  su condición de imitador de Frank Sinatra introduce desde el inicio una dimensión simbólica evidente, puesto que Antonio se dedica a encarnar a un mito que representa exactamente lo contrario de su propia vida; nuestro Sinatra no es un héroe caído ni un rebelde o incluso un marginado, sino un hombre común que ha ido acumulando pequeñas derrotas o desgracias hasta quedar atrapado en una existencia sin dirección. El director evita cualquier tentación de suavizar o dulcificar su fracaso: no hay redención, ni grandes gestos, ni momentos de lucidez transformadora en una vida un tanto pusilánime; a Antonio le abandona su mujer y a partir de ahí nuestro protagonista se mueve en un estado de inercia repitiendo rutinas, acumulando desdichas, estableciendo relaciones superficiales, intentando sostener una identidad que no le pertenece en medio de una incertidumbre total y absoluta.

Insistimos en que el uso del nombre Sinatra funciona como un eje simbólico constante: el auténtico Frank Sinatra representa el éxito, la elegancia, el dominio escénico, la masculinidad segura… mientras que Antonio -en cambio- encarna la fragilidad, la inseguridad o la precariedad de alguien a quien todo le sale mal, y con ese contraste juega la película sin necesidad de subrayarlo de forma explícita.

Para potenciar aún más su propósito, el director elige a Joaquín Sabina y a su inseparable Pancho Varona para poner música a la historia del desdichado protagonista.  A finales de los años ochenta, Sabina se había consolidado como un cronista de la noche urbana, de los bares, de las relaciones fallidas, de los personajes marginales… su repertorio reflejaba en gran medida el equivalente musical a lo que la película pretendía plasmar: perdedores, un tono melancólico sin abandonar la ironía, una estética urbana y nocturna y una atención por los detalles cotidianos.

El propio Joaquín Sabina aparece en la película, reforzando la idea de que no estamos ante la historia de un hombre desventurado, sino ante el ecosistema de una ciudad, extrapolable a otras muchas ciudades: un mundo aparte de artistas, músicos, noctámbulos o personajes que viven al margen de la normalidad, donde el propio Sabina es parte de ese universo y su música acompaña al protagonista en su deriva, subrayando su condición de figura perdida en un mundo que no le ofrece alternativas.

Entre las canciones de la película destacaba la conocida “Quién me ha robado el mes de abril”:

Sabina decidió incorporar esta canción, junto con otros dos temas (“Nacidos para perder” y “Los perros del amanecer”) en su sexto disco “El hombre del traje gris”, publicado también en 1988, y cuyo nombre guarda cierta relación con el ambiente de Sinatra.

Unos años más tarde -entrados los años noventa- y en nuestro querido pub Bohemios del que ya hablamos en algún artículo anterior, tenían el karaoke de este álbum en cinta VHS (detalle que denota los años que han pasado desde entonces),una colección de deliciosos temas que mi amigo Pepe y yo no nos cansábamos de interpretar noche tras noche.  

Volviendo a la trama de la película, Francesc Betriu construye un relato donde la vida se presenta como una sucesión de intentos fallidos de ser alguien: el contexto urbano, la sucesión de desdichas, la ironía del mito y la música de Joaquín Sabina convergen para crear una obra coherente en su pesimismo. No hay redención, ni aprendizaje, ni transformación, sólo la constatación de que la distancia entre lo que uno quiere ser y lo que realmente es puede volverse en ciertas ocasiones insalvable… algo que quizás convendría tener en cuenta hoy en día, en el marco de ese positivismo reinante con el que nos animan desde tantos ámbitos, con el que nos auto-motivamos a diario o que insuflamos a nuestros jóvenes.

La canción “Quién me ha robado el mes de abril” no faltaba en el repertorio de los conciertos de Joaquín Sabina, quizá para recordarnos que lo cotidiano son las desdichas y los sinsabores, que los sueños a veces son inalcanzables y que la alegría de las pequeñas cosas no es tan abundante, por lo que siempre debe ser valorada y agradecida.

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