Enamorado de la moda juvenil

El próximo 12 de octubre se cumplirán cuarenta y cinco años de un concierto histórico celebrado en el Ateneo de Madrid. La génesis de esta historia se remonta a unos meses antes, en el año 1979, cuando un inquieto y polifacético artista llamado Herminio Molero decide firmemente orientar su creación hacia la música, concretamente hacia una música electrónica y novedosa para aquella época, influenciada por el estilo de los británicos Roxy Music: desde hacía años dominaba los incipientes sintetizadores, así que alquila un modesto local y empieza un proceso de selección para encontrar un grupo de músicos que le acompañen en su proyecto; por su “estudio” pasan muchos músicos que no terminan de encajar en la idea que él tenía, hasta que finalmente llega a formar un quinteto con los hermanos Santiago y Luis Auserón, Javier “Furia” y Enrique Sierra. El grupo, de nombre Radio Futura, se convierte en una realidad y, con apenas unos meses de ensayos de canciones propias -fundamentalmente compuestas por el propio Herminio Molero-, les llega la oportunidad de actuar en la clausura de un festival de cine de ciencia ficción en el Ateneo de Madrid el 12 de octubre de 1979.

Aquel concierto de Radio Futura es considerado por no pocos críticos “un punto de inflexión en el pop español”, puesto que fue el precursor de la Movida Madrileña que terminaría de explotar en la primavera de 1980. El tema elegido por la banda como primer single seguro que les suena:

El impacto de aquella música fue tan grande que uno de sus siguientes conciertos ya es como teloneros del archiconocido Elvis Costello. Suenan en la radio, aparecen en programas de TV (en la TV de la época en España) y firman un contrato con una discográfica para grabar su primer disco: un LP de diez temas de los cuales siete eran obra de Herminio Molero, aunque toman la chocante decisión de que todos los temas irán firmados por todos los componentes del grupo.

Tan pronto como el éxito abrumador llegan las fisuras en la relación entre los componentes: egos, desavenencias o diferencias en cuanto al estilo de la banda hacen que Javier abandone el grupo a finales de 1980 y el propio Herminio Molero lo haga a principios de 1981: Radio Futura seguiría adelante hasta 1992 pero nada sería igual.

Seguro que todos conocemos algún caso en el que una persona lleva a cabo una idea, un concepto o un proyecto hasta que un eventual éxito hace que aparezcan los egos y las desavenencias que pueden acabar con el propio impulsor de la idea o promotor fuera del equipo… por más generosidad que éste hubiera derrochado con su equipo. A John Fitzgerald Kennedy se le atribuye la frase “el éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”, y creo que en muchas ocasiones ahí reside la clave de todo: el éxito de un equipo nubla la importancia real de cada componente por separado (solemos verlo muy a menudo en el deporte), y muchas personas no resisten la sombra de quien es más brillante -por genialidad o por aplicación en el trabajo- en su equipo.

Volviendo a la canción del vídeo compartido más arriba, hace unas semanas tuve el placer de asistir a la boda de una persona muy querida para mí, en la que se me pidió que colaborara tocando y cantando. Unas jornadas ensayando, repasando y preparando el repertorio, así como el propio día de la celebración, me sirvieron para recordar la canción de Radio Futura porque a mi alrededor se multiplicaba la gente joven con aire de seguridad, gente joven que me hacían mayor al demostrarme que ya estoy en el futuro… gente joven que parece que tienen claro lo que quieren y cómo lo quieren, disponen de una notable preparación y arrobas de valentía para enfrentarse al mundo y a la época que han heredado. La alegría y el optimismo que me transmitieron sólo contrasta con la triste percepción de que entre todos no les hemos dejado sitio en nuestra tierra, y por eso una gran parte de nuestros jóvenes han tenido que buscar su lugar y su momento en otras regiones o países donde poder trabajar y/o desarrollarse profesionalmente.

Entre todo el repertorio (con canciones de ayer y de hoy) que ensayamos se encuentra una canción que se me ha pegado especialmente y que representa lo que siento por esa gente genial que tiene un proyecto, que sabe lo que quiere y no ceja en su empeño por conseguirlo: como Herminio Molero y como tantos otros.

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LAYLA: PERSONAS, TALENTOS Y DERIVAS

El pasado 27 de marzo se cumplieron 45 años de la boda de Eric Clapton y Pattie Boyd. Para conocer esta curiosa historia quizá debemos retrotraernos a marzo del año 1964, cuando una joven modelo y aficionada a la fotografía, de nombre Patricia Anne Boyd, fue seleccionada para participar en el rodaje de la película A Hard Day’s Night del grupo del momento -The Beatles-, y allí conoció a George Harrison; el guitarrista se quedó prendado de la joven y no tardó en convencerla para empezar un romance que culminaría en boda a principios de 1966. Este amor y los buenos tiempos de la pareja le sirvieron de inspiración a George Harrison para escribir y componer unas cuantas canciones, entre las que –sin duda- podríamos destacar I need you, Here comes the sun o la magnífica Something, canción que el propio Frank Sinatra versionaba al considerarla “la mejor canción de amor jamás escrita”:

George empezó a componer esta última canción mientras los Beatles grababan el White Album en 1968, cuando la carrera del grupo ya había dado un cambio y empezaba a presentar signos de agotamiento, desnortados tras la muerte de su manager Brian Epstein y entregados a aventuras personales y a la influencia hindú que ejercía sobre ellos el religioso Maharishi Mahesh Yogi: una influencia que había empezado un año antes (1967), que había atraído particularmente a George y que –lejos de la ansiada relajación espiritual, meditación trascendental o transcendencia mística- se dice que, además de acercarles a la psicodelia y nuevas influencias orientales, les abrió a aquellos jóvenes un nuevo universo de drogas y promiscuidad sexual que les cambió por completo.

George invitó a la grabación de ese White Album a su íntimo amigo Eric Clapton para participar magistralmente en su tema While My Guitar Gently Weeps, una decisión que fue recibida con suspicacias y cierto malestar por el resto de Beatles al no haber sido consultados. Como anticipábamos más arriba, en aquella época Harrison estaba más centrado en la música, en sus amigos, en la espiritualidad religiosa y en algunas sustancias que en los Beatles y en su otrora adorada mujer… objeto de deseo para muchos otros hombres entre los que se incluso encontraban sus propios amigos. George Harrison y Eric Clapton se habían comprado sendas casas en la misma zona (Surrey, al sur de Londres) para pasar tiempo juntos divirtiéndose y tocando la guitarra, pero mientras el primero daba rienda suelta a su promiscuidad y descuidando a su esposa Pattie Boyd, su amigo se iba enamorando poco a poco y locamente de la chica… ¡de la mujer de su amigo!: Eric Clapton, absolutamente enamorado y obsesionado con Pattie, llegó a escribirle cartas de amor aunque sin mucho éxito puesto que ella, a pesar de la poca atención que le prestaba Harrison, aún estaba enamorada de su marido; Clapton, cerca ya de la desesperación, compuso una canción que expresaba sus sentimientos y que sería fundamental en su carrera y en la historia de la música rock: LAYLA.

A pesar de los denodados intentos del pretendiente, ella persistió en la negativa y eso sumió en un pozo de frustración a Eric Clapton: al alcoholismo se unieron las adicciones a la heroína y a la cocaína y un océano de por medio para intentar evadirse y olvidar su obsesión.

Se comenta que la tormenta en el matrimonio Harrison-Boyd entra en su declive final a partir de 1970, con el músico entregado plenamente a las aventuras espirituales y a varias relaciones amorosas, a las que la modelo respondería también con alguna que otra infidelidad… hasta que todo terminó con la separación de la pareja en 1974.

Por esa época Eric Clapton seguía en Estados Unidos intentando pasar página y, aunque gracias a la ayuda de algunos amigos había conseguido salir de la heroína, aún seguía siendo un alcohólico. Su mánager -Roger Forrester-, convencido de que la presencia de Pattie podría ayudar a Eric a dejar el alcohol, logró que ésta se uniera al grupo en la gira americana… pero Eric ya no era el mismo. La pareja empezó en ese momento una relación que culminó en boda en la primavera de 1979: a la ceremonia en marzo le siguió en mayo un festejo por todo lo alto al que asistieron varias estrellas del mundo de la música entre las que -sin duda- destacaban Paul McCartney, Ringo Star y el gran amigo del novio… George Harrison (desconozco el motivo por el que John Lennon no estaba invitado). A partir de ahí Pattie Boyd también se convirtió en fuente de inspiración para Clapton, y a Layla se unieron otras grandes canciones dedicadas a su mujer, como Bell bottom blues, She’s waiting, Old love… o la maravillosa Wonderful Tonight:

Pero los buenos momentos de la pareja pronto quedaron ensombrecidos por las adicciones del músico, que desencadenaron trastornos en su comportamiento, malos tratos y una relación absolutamente tóxica y tormentosa que acabo con una Pattie también dependiente del alcohol. El matrimonio se separó en 1987 y se divorciaron en 1989. Años más tarde la protagonista reconocería que cuando se separó de Eric Clapton sufrió una severa crisis de identidad después de dos relaciones que la habían anulado por completo: había sido la mujer del gran George Harrison y del gran Eric Clapton y eso había borrado a Pattie Boyd. Sólo la ayuda profesional pudo hacer que volviera a reconocerse a sí misma, que recuperara su afición por la fotografía y que pudiera salir de la grave depresión en la que las experiencias al lado de dos monstruos de la música la habían sumido. 

Siempre opino que las relaciones laborales tienen cierto paralelismo con las relaciones personales, y en este caso podríamos verlo desde varias perspectivas. Por una parte (George Harrison), a veces nos enamoramos de un talento al que incorporamos a nuestro lado porque pensamos que será nuestro complemento ideal, pero, una vez conquistado y conseguido ese tesoro, poco a poco los acontecimientos se encargan de demostrar que valoraremos nuevas experiencias hasta el extremo de ser infiel a nuestro objeto de deseo con otros “talentos” más superficiales. En segundo lugar (Eric Clapton), a veces nos enamoramos de algún talento ajeno y ya comprometido -aunque parezca inalcanzable o incluso tenga relación con nuestro mejor amigo- de una manera tan irracional que nos hace perder el norte y la cabeza, y entrar en una deriva autodestructiva. Por último (Pattie Boyd), a veces somos capaces de sucumbir a cortejos y comprometernos con compañeros de viaje para los que supuestamente seremos su piedra angular, su fuente de inspiración… pero que no sólo no nos devolverán un reconocimiento a nuestra fidelidad y compromiso, sino que recibiremos como recompensa una relación tóxica y una anulación de nuestro verdadero potencial.

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MÚSICA Y PROSPERIDAD

Foto de Yana Gorbunova

Esta semana hubiera cumplido 95 años el actor Arturo Fernández, y he leído que sus amigos quisieron tener un recuerdo en su Gijón natal para nuestro inolvidable “chatín”; esa noticia me hizo recordar una entrevista que le hicieron hace unos cuantos años al actor en la que afirmaba con vehemencia algo así como que “la prosperidad de un país se entiende cuando la gente trabaja y canta”.

Sin duda, algunos de los mejores momentos de mi juventud pasan por un pub llamado Bohemios en el que mi gran amigo Pepe Avella y yo solíamos pasar las noches cantando en su Karaoke todo lo que se pusiera por delante. Allí, hace más o menos treinta años, tuvimos la oportunidad y la suerte de coincidir con un dúo que tenía una actuación en directo los fines de semana interpretando música española y -sobre todo- música hispanoamericana: Tito y Willy, o, lo que es lo mismo, Tito Ortiz (fundador años antes de los Nocheros del Anta en Argentina) y su inseparable Guillermo Zugazabeitia; unos verdaderos artistas de larga trayectoria que en aquella época sembraron en nosotros el interés por las zambas, cuecas y chacareras: desde la Zamba de mi esperanza o el Sapo Cancionero hasta  Las dos puntas, que todavía hoy le entono a algún compañero cada vez que se va por motivos laborales a Chile:

Aquellos artistas, a los que admirábamos y con los que compartíamos el gusto por la música, enseguida congeniaron con nosotros y también nos honraban de vez en cuando uniendo sus voces a las nuestras en alguna de las canciones del Karaoke: nos divertíamos cantando, las horas volaban y la música hacía que los problemas se quedaran a la puerta del Bohemios.

Algunos años más tarde, ya en mi vida laboral, mi empresa estaba explorando la oportunidad de un proyecto en Bolivia, una obra de cierta envergadura en un país en el que no teníamos ninguna experiencia ni implantación, por lo que se hacía imprescindible contar con la participación de una empresa local que nos ayudara en la construcción. El dueño de una de las escasas empresas candidatas, un señor de cierta edad, vino con su hijo a visitar nuestras oficinas y talleres en Asturias para estudiar bien el proyecto,  ver cómo eran las piezas que íbamos a fabricar y de qué manera podíamos afrontar juntos la aventura: aquel hombre, con muchas reservas y lleno de dudas para unirse a nosotros,  venía de la mano de nuestro veterano director técnico-comercial y –como solía ser habitual en aquella época- después de una intensa mañana de trabajo acabamos en un buen restaurante donde seguíamos hablando del proyecto e intentando resolver las muchas inquietudes que nuestro posible aliado tenía. A pesar de venir de Bolivia, a mí me parecía que aquellos hombres no eran nativos de aquel país, así que en un momento de relajación entre plato y plato yo le pregunté a nuestro visitante por su procedencia: “yo soy de Argentina, de Tucumán, pero hace muchos años que salí de allí”, me respondió. Inmediatamente a mí no se me ocurrió otra cosa que exclamar “¡Luna Tucumana!”, lo que hizo que se iluminara su mirada y preguntara con grata sorpresa “¿la conoces?” … y me atreví a entonarle el primer verso de la canción:

Nuestro visitante me siguió con el siguiente verso y el recuerdo de esa canción y de su tierra de origen le emocionó, quedando ciertamente sorprendido de que en un rincón de España se fuera a encontrar con alguien notablemente más joven que él que le evocara el tema de Atahualpa Yupanqui Luna Tucumana. A partir de ese momento la conversación tomó las notas del folklore argentino, y las dificultades que aquel hombre encontraba para ir de nuestra mano en el proyecto se fueron diluyendo poco a poco.

Pero, volviendo al Bohemios, una de las memorables interpretaciones de Tito Ortíz en aquel pub –en mi opinión-  fue la que hizo de La flor de la canela, una noche acompañado sólo por la guitarra de Guillermo y el teclado de otro buen artista que circunstancialmente les acompañaba en momentos puntuales. Uno de mis profesores de Crítica (asignatura universitaria) nos decía que para que una obra se pueda considerar “arte” tiene que emocionar, conmover… y eso lo consiguió aquella interpretación. “La flor de la canela” es una expresión que los españoles del siglo XVII usaban para referirse a algo perfecto, exquisito o excelso (hoy en día seguimos diciendo que algo es “canela en rama” cuando es de gran calidad), y la canción en sí misma es una maravilla del uso de nuestra lengua, propio de Hispanoamérica. Cada vez que he ido por motivos de trabajo a Lima he recordado ese tema, aunque en la bulliciosa y moderna ciudad no he tenido la oportunidad de encontrar nada parecido a la flor de la canela que se describe en la canción.

Si pensamos por un momento en la música que nos llega en los últimos años desde Hispanoamérica, en la música que escuchan nuestros jóvenes y en su contenido (y que tanto les influye) y en la música que escuchábamos nosotros y nuestros padres quizá la reflexión sea para preocuparse seriamente, aunque supongo que lo mismo pensarían los cincuentones de los años setenta del pasado siglo con sus hijos.

Yo seguiré recordando y haciendo mía la reflexión de Arturo Fernández, y creyendo que la prosperidad de esta sociedad está íntimamente relacionada con el trabajo y con la música, así que en mi día a día, cuando necesito concentrarme -como en mi época de estudiante- escucho música, y una de las canciones que no faltan en mi lista es esta Flor de la Canela de María Dolores Pradera (a quien tuve la oportunidad y el placer de ver en directo hace muchos años) acompañada para esta ocasión por Los Sabandeños, quienes arropan y llenan con sus voces e instrumentos esta bella interpretación

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