LERDOS EN LA MATERIA

“En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”

George Orwell

Hace unos días, en una tertulia deportiva radiofónica y durante el transcurso de una acalorada discusión, escuché a una periodista defender con vehemencia su opinión antes de aclarar muy solemnemente a sus contertulios que ella era una “lerda en la materia”. Supongo que la señora querría decir “lega en la materia” y fue el empaque con el que quería adornar su discurso quien la confundió de una manera tan grosera: un “lerdo” es una bestia, una persona que tiene dificultades para entender un concepto o ejecutar una acción, mientras que “lego” viene del latín laĭcus (y éste del griego λαϊκός laïkós); y quiere decir propiamente “del pueblo”, aunque este adjetivo se ha utilizado para catalogar a alguien que no tiene órdenes clericales o, más recientemente, a aquellas personas carentes de instrucción, ciencia o conocimientos.

Este traspiés me recordó al encargado de un taller que conocí hace años cuando, al exigírsele una producción al límite de la capacidad de su taller, solía responder que “aquí haremos lo que podamos, milagros a las Hurdes”, y todos dábamos por supuesto que cuando hablaba de “las Hurdes” realmente quería decir “Lourdes”. La diferencia con la señora periodista es que aquel hombre no había estudiado letras, pero conocía su trabajo y lo ejecutaba a la perfección.

El episodio también me recordó a algunos compañeros que, con una formación universitaria y cargos de cierta responsabilidad en sus empresas, en su deseo de elevar el tono de sus discursos no dudaban en intentar usar algún latinismo del tipo “ipso flauto” o “grueso modo” en lugar de “ipso facto” o “grosso modo” respectivamente. Esa misma sensación también la había vivido años antes, en mi época de estudiante, cuando teníamos un delegado de clase que no tenía inconveniente en ir a hablar con la dirección del centro para exigir que nos distribuyeran a todos “por orden analfabético”… y es que a veces cuando intentamos empacar un discurso hueco se nos ven las costuras.

Pero volviendo a la señora de la discusión radiofónica, desde hace unos años en la radio y en la televisión se ha impuesto un formato de tertulia en el que se fomentan con desmesura las intervenciones más que las opiniones (porque éstas últimas llevan implícito un “juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien”): basados en el noble pretexto de una puesta en común de ideas y opiniones o una discusión razonada sobre cualquier tema se organizan coloquios que, en muchas ocasiones, ya nacen sesgados y que concitan a una serie de periodistas, famosos o profesionales de los medios sólo para hablar, para soltar su “mantra” o para defender el relato que interese a una parte. He dicho deliberadamente “relato” y no “argumentos” porque desgraciadamente la sociedad moderna es en lo que se basa: hemos pasado de ser ciudadanos libres, críticos y exigentes a ser adultos adormecidos que se dejan influenciar por fabricantes de relatos, por líderes de opinión al servicio de una causa. Sé que generalizando corro el riesgo de ser injusto, pero me atrevería a decir que el periodismo ya no existe: el cuarto poder que en su momento hizo caer gobiernos poderosos es historia. Hoy en día cualquiera de nosotros puede intuir el sesgo de un artículo periodístico antes de leerlo con sólo saber el medio en el que está publicado, o podemos adivinar hacia qué lado caerán las críticas más furibundas de una tertulia televisiva o radiofónica si tenemos en cuenta la emisora o canal y el tertuliano de turno.

Nuestra sociedad ha cometido el error de dar carta blanca a todo el mundo para opinar sobre cualquier cosa, confundiendo el derecho a reconocer las personas y su libertad para expresarse con el derecho a reconocer y valorar una opinión sobre un tema concreto.

El filósofo José Antonio Marina era claro sobre la respetabilidad de las opiniones en una de sus intervenciones en 2023:

El perverso sistema nos ha hecho creer que nuestra libertad o nuestros derechos se fundamentan en poder expresarnos públicamente, aunque nuestro discurso no tenga justificación alguna o sea una auténtica sandez, y así tenemos horas de tertulias y kilómetros de artículos -a favor de la obra de turno- firmados por paniaguados que no tienen otro propósito en la vida que ser la voz de su amo para influir en aquellos borregos sin espíritu crítico que se creen a pies juntillas lo que escuchan de sus referentes sociales.

Hoy en día la mayor parte de opiniones (fundamentadas o no) son argumentos “ad hominem”, van encaminadas a refutar a la persona o entidad que tenemos enfrente en la discusión y no sus argumentos, y por eso se echa de menos un periodismo en el que prevalezca la información veraz sobre la opinión.

Fernando Savater recordaba en una entrevista que empezaba hablando sobre educación -con cierta dosis de ironía- una pintada en la Facultad de Filosofía de San Sebastián que rezaba “argumentar es de derechas”, a la vez que insistía en que no todas las opiniones son respetables:

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013-10-30/no-no-hay-que-respetar-todas-las-opiniones-ni-mucho-menos_47778

Muchos de los problemas de esta sociedad, y de las dificultades que están atravesando muchas empresas en todos los ámbitos, se entienden si reflexionamos sobre nuestras estructuras y quién habla, quién opina, qué intereses les mueven, y quién toma las decisiones bajo qué criterio: la democracia ha hecho mucho daño sirviendo como argumento para igualar la validez de la opinión de cualquier “lerdo en la materia” a la de un experto.

Quod natura non dat, Salmantica non præstat

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Demasiado tiempo sin anécdotas

Hace unas semanas mi hijo pequeño me preguntó: “papá, ¿te gusta tu trabajo?”, y les confieso que la contestación -después de meditarlo un rato- fue: “me gustaba…”. Esa respuesta merece una explicación y una aclaración porque en realidad el segmento de negocio de mi empresa no ha cambiado: seguimos haciendo los mismos productos y las tareas son similares, pero creo que -en general, y sin entrar en más detalles- tanto en mi empresa como en otras muchas de nuestro sector que visito con cierta asiduidad se trabaja peor en los últimos años, cuando las nuevas herramientas y la experiencia deberían hacernos trabajar mejor o de una manera más saludable. Para seguir profundizando en este tema permítanme separar la “parcela profesional” (donde no voy a entrar en este momento) de la que podríamos denominar “componente social” o “relacional” de nuestra vida laboral. Si nos referimos a esta última componente, creo que sin duda antes nos divertíamos más y lo pasábamos mejor, rara era la semana en la que no había una broma o una anécdota que compartir y con la que pasar un rato agradable; había tiempo para trabajar, para hacer frente a los problemas y que las cosas salieran bien y, a la vez, para considerar aquella vida laboral como un espacio o una parcela importante de nuestras vidas en la que no faltara el humor. Hoy en día parece que eso ha pasado a otro plano y las empresas, a pesar de promover espacios seguros, amigables y políticas para una buena salud mental, se han convertido en ecosistemas grises donde se echan de menos las risas de cada día y se añoran las del pasado.

Hace algunos meses ya hablé de algunas bromas en otro artículo:

pero hoy me gustaría recordar un par de anécdotas, hechos o acciones sin intención de buscar la chanza, que acabaron provocando momentos descacharrantes para aquellos a los que nos tocó vivirlos de cerca.

Hace un montón de años, la dirección de una empresa que yo solía frecuentar tuvo la idea de cambiar los antiguos urinarios que llegaban hasta el suelo por otros más modernos que irían colgados de la pared. Cuando los nuevos urinarios llegaron al almacén, el equipo de mantenimiento (algún día hablaremos de lo necesarios que son los equipos de mantenimiento en muchas empresas) se puso manos a la obra y en unos pocos días estaban instalados perfectamente… o no: enseguida empezaron las quejas, pero no sobre la fontanería, sino sobre la altura a la que habían colgado los nuevos urinarios. El jefe de mantenimiento rondaba el metro noventa y los había instalado a su altura, así que cuando la mayor parte de sus compañeros iban al baño tenían que orinar de puntillas o hacerlo en algún retrete libre; supongo que no será difícil para el lector imaginar la estampa de un montón de hombres estirándose para llegar al urinario y miccionar de puntillas o esperando turno por un retrete libre para vaciar la vejiga. Reconozco que alguna imagen nos sirvió para amenizar la cotidiana comida y pasar un rato divertido, pero las quejas pronto llegaron a la dirección y no tardaron en dar las pertinentes instrucciones para colocar los urinarios a una altura estándar o -al menos- razonable para el común de las gentes.

Otra de las anécdotas más graciosas que recuerdo fue el producto de una situación tan inocente por mi parte como embarazosa para los que la protagonizamos, que tuvo lugar más o menos en la misma época de la anécdota anterior: para ponerles en situación, les describiré que nuestra oficina formaba parte de un barracón donde, además de estar ubicadas las oficinas de inspectores residentes y la dependencia de las señoras de la limpieza, había un modesto cuarto de aseo. Durante un verano, alguien del turno de noche (supongo que algún trabajador del taller, porque los empleados de las oficinas y los inspectores en aquel momento no trabajábamos por la noche) se dedicaba a ir al cuarto de baño de aquel barracón y dejarlo cerrado por dentro: era sencillo puesto que sólo tenían que cerrar la puerta con el pestillo del pomo echado. Cuando aquel servicio estaba ocupado íbamos a los aseos del taller, pero enseguida nos dimos cuenta de que nuestro escusado siempre estaba cerrado sin nadie dentro, así que los moradores de aquellas oficinas tomamos la decisión de “forzar” la apertura desde afuera con un clip a modo de ganzúa cuando la puerta estaba cerrada con pestillo. Debo aclarar que las cerraduras de aquellas puertas eran muy sencillas, con unos pomos que por fuera se abrían con llave, salvo en el caso del cuarto de aseo cuyo pomo tenía un orificio para desbloquear el pestillo interior, así que con el clip a modo de ganzúa la apertura era instantánea.

Esta situación se repetía cada día, y llegó a ser costumbre que “nuestro” escusado estuviera cerrado y tuviéramos que abrir con aquella rudimentaria ganzúa; por cierto, de esta coyuntura sólo se quejaban -vanamente- las abnegadas chicas de la limpieza cuando llegaban a limpiar y encontraban cerrada la puerta.

Un buen día como otro cualquiera yo intenté ir al servicio y me encontré la puerta cerrada, así que fui a mi oficina y me dispuse a abrir la puerta con nuestro clip… y allí estaba un señor al que apodaban “El Puxa” sentado en el retrete leyendo el MARCA, con una tranquilidad sólo interrumpida por mi inoportuna irrupción: todavía hoy recuerdo su cara de susto y perplejidad, y aunque no soy capaz de recordar con exactitud quién de los dos pasó un momento de mayor apuro, sí podría afirmar sin temor a equivocarme que él no articuló palabra mientras me miraba estupefacto y yo sólo acerté a decirle “Ay, perdona… na… tranquilo” y cerré la puerta de nuevo para que siguiera disfrutando de la lectura deportiva mientras hacía sus cosas. El Puxa era un señor muy serio al que –según me contaron una vez- le habían puesto ese mote porque tenía la manía de carraspear o incluso desflemar, así que algún avispado le decía “puxa, puxa, a ver si lo sacas” … y allí estaba yo interrumpiendo su momento de lectura deportiva sentado en el trono. Por cierto, su oficina no estaba entre aquellas para inspectores residentes, así que seguramente acabó en aquel retrete porque la urgencia de la necesidad le pilló cerca por algún motivo… aunque teniendo en cuenta que iba pertrechado con el MARCA para acompañar ese momento quizá lo único que buscaba era un sitio discreto donde obrar con la tranquilidad necesaria para disfrutar también de la lectura. Sea como fuere, no volví a ver al Puxa rondando las oficinas de inspectores.

En fin… anécdotas que todavía sacan sonrisas cuando las recordamos, de tiempos en los que ir al trabajo era ir a un entorno donde siempre había hueco para el humor, para las bromas y para las anécdotas, que contribuían decididamente a generar y mantener la salubridad de un espacio donde se rendía más y donde para cada problema enseguida se encontraba la mejor solución.

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UN BARDO EN SU VIDA

Algunos de los problemas actuales de las administraciones y empresas se entienden cuando uno revisa sus estructuras y comprueba su funcionamiento: una empresa o una organización es como una máquina, y para que funcione correctamente y con eficiencia todas sus partes o mecanismos tienen que trabajar perfectamente sincronizados. Cuando en 1962 John F. Kennedy visitó las instalaciones de la NASA en Cabo Cañaveral fue guiado por las diferentes dependencias conociendo a todos los trabajadores que tenían una gran desafío en la carrera espacial; después de saludar y charlar con ingenieros, matemáticos, administradores, contables, etc… que le iban describiendo sus respectivos cometidos y responsabilidades, la comitiva pasó cerca de un empleado de limpieza al que Kennedy también quiso saludar: “y tú, ¿qué haces aquí en Cabo Cañaveral?”, le preguntó el presidente, a lo que el empleado le respondió con una gran dosis de orgullo: “Señor, estoy haciendo lo mismo que todo el mundo: trabajar para llevar al hombre a la luna. Eso es exactamente lo que estoy haciendo aquí”.

En la organización de la NASA de 1962 todos los empleados tenían claro el objetivo de la compañía y para qué trabajaban, pero los años y los nuevos modelos empresariales han traído cambios estructurales que influyen decisivamente en el rendimiento de las personas y en los resultados de sus empresas. Hoy en día un mal menor suele ser una falta de comunicación entre departamentos o entre compañeros que suele concluir en pérdida de eficiencia, tareas sin ejecutar o mal ejecutadas por esa falta de instrucciones claras, o un reparto de responsabilidades deficiente por culpa de unas jerarquías más preocupadas en conservar su posición que en trabajar por el objetivo común de la empresa.

Cuando la situación de la empresa es sólida, ésta es capaz de asumir un mal funcionamiento durante un tiempo limitado con –tal vez- algunas molestias para los empleados que siguen haciendo gala de su profesionalidad teniendo claro su objetivo, mas, si nadie hace nada por atajar esa situación, las molestias iniciales pueden llegar a irritar al personal al comprobar cómo su compromiso y trabajo por la empresa –a pesar de las circunstancias- no es valorado. Si la situación persiste lo más probable es que lleguemos a un colapso de la empresa y un cabreo generalizado entre sus empleados, porque llegará el momento en el que nadie tenga claro para qué va cada mañana a la empresa, su objetivo y qué hacer.

Miguel Gila describía muy bien la diferencia entre molestar, irritar y cabrear:

 Les aseguro que he conocido casos en los que los “supuestos profesionales” (me resisto a calificar como “profesional” a personas que no saben dónde están paradas) no son conscientes ni de para qué empresa trabajan, ni de la situación en el mercado de esa empresa ni de cuál es el objetivo… hasta que tienen encima la consecuencia del problema, porque todo en esta vida suele tener consecuencias: las cosas pasan por algo y generalmente no es por azar. La cuestión en estos casos es si la incompetencia es inocente o es omnisciente, y debemos reconocer que a determinadas edades cada vez queda menos inocencia.

Sólo con repasar la prensa diaria y ver la cantidad de empresas con problemas o echar un vistazo a las estadísticas de salud mental podemos deducir que demasiadas personas han pasado de la molestia a la irritación o al cabreo y, como afortunadamente no vivimos en una película, no nos convertiremos en Michael Douglas en “Un día de furia” (aunque ganas –a veces- no falten).

En los maravillosos cómics de Astérix tienen la figura de Asurancetúrix, el bardo que tiene un concepto de sí mismo tan alto que no sólo se cree un genio y un virtuoso musical, sino que incluso vive en una casa en un árbol como señal de que se siente en un supuesto nivel superior al del resto de habitantes de la pequeña aldea gala. Ocupado sólo en su casa y en su música, y ajeno a los problemas de la aldea gala, cada vez que este artista pretende intervenir lo suele hacer generalmente de forma inoportuna y con su innata pedantería, por lo que acaba amordazado cuando sus convecinos sólo quieren disfrutar de una fiesta… o maltrecho cuando su intervención es por otro tema más serio y hace irritar a algún aldeano.

Volviendo al siglo XXI y a nuestras situaciones cotidianas, algunos siguen empeñados en no aprender de los ejemplos que la historia y la ficción han puesto a nuestra disposición: si todos en nuestros trabajos tuviéramos tan claro el objetivo de nuestra empresa y la actitud del señor de la limpieza de Cabo Cañaveral en 1962 estoy convencido de que los resultados serían igual de exitosos que los de la NASA y su carrera espacial del siglo pasado; y si los bardos de nuestros días tuvieran la misma respuesta por parte de sus compañeros de hábitat a su actitud que en la pequeña aldea gala de Astérix, quizá nuestro humor, nuestra salud y la de nuestras empresas y organizaciones serían más lozanas.

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