ONCE DÍAS SIN VIVIR

Photo by Marija Zaric on UNSPLASH

El pasado 17 de diciembre el líder supremo de Corea del Norte Kim Jong-un decretó once días de duelo en recuerdo de la muerte -hace una década- de su antecesor y padre. Entre otras cosas, este periodo de luto supone la prohibición de cualquier tipo de actividad que incite a la diversión, festejo o alegría, así como el consumo de alcohol, las muestras de alegría… o la propia risa.

A la sociedad occidental esta prohibición nos puede parecer dictatorial, inconcebible, histriónica, desmesurada, retrógrada o lo que queramos, pero haríamos bien en reflexionar si nuestra propia sociedad y nuestras propias empresas no han ido desterrando la risa o las bromas del día a día. Centrándonos en las empresas y en las relaciones laborales, siempre he defendido que la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos trabajando y relacionándonos con compañeros, así que no hay mejor medicina que la profesionalidad y el buen humor si no queremos que nuestro entorno laboral se convierta en nuestro Castillo de If particular.

Las bromas y las chanzas son la mejor medida para mantener un ambiente distendido y el mejor ejercicio para activar nuestras estresadas mentes, si bien el paso de los años y la llegada de nuevos modelos de gestión y de sociedad parecen haberlas arrinconado o -como en el caso de Corea del Norte- directamente prohibido. No hace tantos años que la producción, el rendimiento y el buen ambiente iban ligados a bromas de ida y vuelta entre compañeros que cada vez subían de tono y complejidad.

En mi lejana época de estudiante recuerdo avispados compañeros que modificaban el programa de arranque de los ordenadores de la Universidad para que aparecieran exuberantes chicas en aquella pantalla monocromo en lugar del anodino C:\, o el caso de un funcionario que en respuesta a su chulesco tratamiento a un grupo de estudiantes consiguió que algunos tablones de anuncios en entornos universitarios aparecieran empapelados con el cartel “Se vende Cirila, poco consumo, ideal para estudiantes…” y obviamente con el teléfono del trabajo y el nombre del interfecto para que no pocos interesados le llamaran. También recuerdo el caso de un pesado y sabiondo conductor de autobús al que un par de alumnos a los que llevaba a diario (cansados de sus diarias lecciones magistrales sobre cualquier tema) convencieron del supuesto error de diseño que tenía su vehículo y que le ocasionaba “ruidos aerodinámicos” por la posición de los retrovisores: en unas pocas semanas hablando y disertando sobre el asunto nuestro conductor se vio con argumentos suficientes para exigir en la siguiente revisión en el taller que le cambiaran los retrovisores por otro modelo que -además de hacer más o menos el mismo ruido- le permitían ver la mitad. El atrevimiento de los muchachos llegó al culmen cuando, a la vista de las dificultades que los nuevos retrovisores le ocasionaban para conducir, le preguntaron si se veía igual que con los originales, as lo que el conductor respondió desesperado: “¡no, pero por lo menos ya no tengo ruidos aerodinámicos!”.

Ya en mi vida profesional recuerdo bromas de todo tipo, más y menos pesadas tales como untar con molykote el interior de los guantes de algún compañero, convencer a algún incauto de que la nómina del mes incluía un “plus de productividad” para que éste fuera a reclamar a administración, fingir la recepción de una cesta de Navidad con jamón pata negra y bebidas de superior calidad para que alguno fuera a exigir a la oficina de recursos humanos la reposición de semejante agravio, demostrar la necesidad a otro compañero de entrar y salir de su nuevo coche cada día por una puerta distinta de las 4 que tenía su flamante vehículo para que todas las bisagras se fueran desgastando por igual (no sólo la de la puerta del conductor)… o pegar en la puerta del acompañante en un coche un cartel ofertando un espectáculo “Sexy Boy” con la cara del interesado montada en el cuerpo de un modelo y su teléfono de contacto: ni que decir tiene que el protagonista de la broma, mientras conducía siendo inconsciente del cartel que llevaba en la puerta del acompañante, se iba animando y creciendo ante las miradas de pasmo de los peatones.

Otra broma bastante pesada fue la que le gastó un vivaracho responsable de producción a una compañera -tan incauta como de buen corazón- al convencerla de que la máquina de oxicorte funcionaba con el agua destilada que generaba el aire acondicionado, por lo que ella -en aras a mejorar los resultados de la empresa- se veía en la obligación de tener el climatizador de su oficina funcionando a diario y recogiendo en garrafas el agua generada para llevársela a aquel desaprensivo.

Podría seguir contando anécdotas y bromas ad infinitum, pero lo que me hace reflexionar es que esa época se quedó muy atrás, y que hoy los ambientes en las empresas (como en la sociedad) son más serios e incluso algunas de esas bromas serían motivo de sanción. En mi opinión estamos deshumanizando la sociedad (paradójicamente en esta época de las “redes sociales”) y las propias empresas poco a poco, siendo uno de los signos más preocupantes para mí esa falta de humor, de esa empatía o de esas bromas con las que algunos de nosotros nos hemos reído, hemos disfrutado o padecido alguna vez. Si nos quitan el humor, las emociones o la risa nos convertiremos en autómatas, en androides que sólo van y vienen al trabajo sin más relación que una pantalla y un teclado.

Comparto este fragmento de una conocida película española de 1982 en la que se ponía a prueba la paciencia y el buen humor de la sociedad de entonces:

Quizá la sociedad esté cambiando, pero yo me niego a olvidar lo vivido y me resisto a dejar de fomentar las relaciones humanas físicas, las emociones y ese humanismo que ha caracterizado a nuestra civilización. Como dice la canción de Sabina: “cuando era más joven la vida era dura, distinta… y feliz”    

Por cierto, como me resisto a dejar de relacionarme con algunos rebeldes que merecen mucho la pena, me han contado el caso de un buen hombre que todavía el mes pasado se pasó unos días con cierta preocupación (hay quien asegura que incluso desasosiego) convencido por algunos de sus compañeros de que este año su reconocimiento médico en la empresa incluía un tacto rectal para comprobar el estado de su próstata.

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