EL SANEADO DE RAÍZ

Foto Museums Victoria

Sin duda alguna la parte más importante de una soldadura es la raíz, y por eso debemos asegurarnos la ausencia de defectos en esa zona que más adelante puedan resultar relevantes o incluso catastróficos. En una unión soldada la salud de la raíz empieza por la misma preparación de los bordes de las piezas a soldar, no sólo estudiando y ejecutando adecuadamente su geometría, sino también preocupándonos de su limpieza y –por lo tanto- de la ausencia de agentes contaminantes (óxido, suciedad, grasa, pintura, restos de adhesivos…); en lo que respecta a la técnica de soldeo -e independientemente del proceso de soldadura que se emplee- hay ciertas variables que deben ser controladas para garantizar una correcta fusión del metal base y una penetración adecuada del material de aporte, como pueden ser la temperatura o la velocidad de avance.

En la raíz de una soldadura podemos encontrarnos defectos tales como falta de penetración, falta de fusión, inclusiones de escoria o poros, y cualquiera de ellos puede comprometer la integridad de la unión soldada y desencadenar un fallo catastrófico.

En las soldaduras cuya geometría lo permite (cuando se suelda a tope por ambas caras) se debe realizar siempre lo que se denomina la “toma de raíz” o “saneado de raíz” que consiste en levantar por la parte de atrás del primer cordón depositado una parte de la pasada de raíz, lo necesario hasta dejar al descubierto el metal sano de la soldadura, para asegurarnos de que esa zona está en perfecto estado y podemos completar el relleno de la soldadura sin defectos en la raíz: esta operación se puede realizar mediante arco-aire, soplete, burilado, esmerilado, etc…

Hace unos días la red LinkedIn me invitó a participar en uno de sus artículos colaborativos cuyo título era: “¿Cómo puedes motivar a los empleados que se sienten estancados en su puesto actual?”. La propuesta de esta red basaba su tesis en una serie de hitos tales como el fomento de la retroalimentación y la comunicación, proporcionar oportunidades de aprendizaje y desarrollo, la asignación de tareas desafiantes y significativas, el reconocimiento y la recompensa de logros, el apoyo a las transiciones profesionales, el fomento de una cultura positiva y de apoyo, etc.

Sin menosprecio a las valiosas propuestas anteriores, consideré empezar mi aportación con un “saneado de raíz”, con algo tan simple pero tan difícil como que “antes de empezar a motivar hay que desintoxicar el ambiente, detectando y desactivando actitudes personales y métodos que minen la confianza personal en el equipo”. Llevo muchos años de vida laboral, muchos acercamientos a empresas que ante una dificultad o un revés hacían cambios aparentemente ostentosos en las formas pero meramente cosméticos en el fondo, cambios mayores o menores que buscaban un lavado de cara aun sabiendo que el problema no estaba ahí, sino dentro, larvado en alguna parte de la organización.

Giusseppe Tomasi di Lampedusa es el autor de El Gatopardo, una novela ambientada en el sur de Italia durante la revolución de Garibaldi, y que recoge la famosa frase “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie), una frase en la que se basan los estudiosos de ciencias políticas para tildar de “gatopardista” o “lampedusiano” a aquellos políticos que inician una transformación (o incitan a una revolución) que en el fondo sólo pretende alterar o cambiar la capa superficial de las organizaciones o estructuras: que parezca que hay un cambio profundo cuando en realidad siguen estando los mismos.

En mi opinión, para conseguir cambiar una organización, para motivar a los empleados que se sienten estancados, no vale con planes gatopardistas o lampedusianos, hay que desintoxicar, hay que sanear la raíz para evitar puntos de concentración de tensiones, fisuras y/o fallos catastróficos: es difícil pero no queda otro remedio.

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NARCÓTICOS CONTRA EL MAL DE AMOR

Foto de Angélica Reyes

En 1990 Joaquín Sabina publicaba su séptimo álbum de estudio, un trabajo que marcaba un cambio en la carrera del artista al abandonar en cierta medida los ambientes ochenteros de la movida madrileña para mirar a Hispanoamérica, especialmente a Argentina.

La canción que da título al álbum se llama “Mentiras piadosas”:

Les confieso que muchas veces soy el primero en preguntarme por la necesidad de una total transparencia, de una profusión de detalles en las explicaciones o en manifestar la opinión sin filtros o tapujos de ningún tipo ante cualquier auditorio, ante personas (en singular o plural) que no sólo no van a apreciar esa sinceridad, sino que pueden tomárselo severamente mal por no querer asumir la realidad de la situación; no estoy hablando de mentir sino de gestionar la información, administrar los detalles, los tiempos…

Hace unos días, con motivo de la toma de posesión del presidente de Argentina, Javier Milei, escuché parte de su discurso y volví a reflexionar sobre la sinceridad, sobre la “información sin anestesia”. Para empezar, el flamante presidente decidió compartir su discurso con el pueblo dirigiéndose directamente a la gente y no sólo a los políticos dentro del Congreso, un discurso de poco más de media hora en el que audita la situación a la que se enfrenta el gobierno recién elegido y al que se puede acceder fácilmente a través de las redes sociales, pero del que les comparto algunas pinceladas:

Hay una parte del discurso particularmente peliaguda en la que le analiza a la población la herencia económica recibida, las deudas y la situación del país, reconociendo con total sinceridad que “no hay plata”, que Argentina está en la ruina y que se avecinan tiempos muy duros:

No es frecuente que una persona reconozca sus miserias o las de los suyos y menos aún lo es que un político electo analice públicamente -en directo, el día de su toma de posesión y ante sus súbditos- una situación tan calamitosa, concluyendo que el país está en la ruina y que se requieren ajustes y sacrificios para salir adelante. Supongo que la situación en Argentina tiene que estar realmente cruda cuando la población no sólo elige al candidato que les ofrece la verdad de la situación (descartando mentiras, medias verdades o cantos de sirena almibarados), sino que le acompaña y vitorea cuando éste les analiza la situación, proclama la ruina y les anuncia ajustes sin precedentes y tiempos muy duros.

La mayor parte de las personas no queremos escuchar la cruda realidad, preferimos mentiras piadosas, paños calientes, soluciones mágicas para problemas complejos, nos dejamos convencer por estrategias infalibles y planes sin fisuras para problemas en ciernes… y así nos va a nuestra sociedad y a nuestras empresas. ¿Quién no ha oído un “tranquilo hombre, todo se solucionará”, un “paciencia que esto tiene remedio”, un “no seas pesimista que esto no se hunde” o un “esto no nos puede pasar a nosotros”? Pero el ser humano es así: las tenemos delante y nos las vemos venir hasta que llega el shock, nos arrepentimos de no haber estudiado cuando llega el suspenso (bueno, ahora como no hay suspensos quizás el ejemplo no es el más adecuado), lamentamos haber pisado el acelerador más de la cuenta cuando nos llega la multa o –en casos extremos- nos encomendamos a todos los santos cuando sufrimos un golpe en nuestra salud a consecuencia de malos hábitos sostenidos en el tiempo aun siendo conscientes de los efectos perniciosos que nos estaban causando; por cierto: cuando vamos al médico ¿queremos conocer la verdad y la gravedad de la situación o también preferimos que nos engañen?

Como en la canción de Sabina, la mayor parte de las personas –ante un grave problema- preferimos las mentiras piadosas antes que el mundo real, nos conformamos con los narcóticos contra el mal de amor.

No sé cómo les irá a Milei y a los argentinos, pero hay que reconocer la valentía que han tenido poniéndose en manos de aquel que les pintaba la situación con toda su crudeza y les anunciaba tiempos difíciles y sacrificios.

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PUNTO DE NO RETORNO

Foto de Pablo García

En aeronáutica, el término «punto de no retorno» se refiere al punto en el que, durante un vuelo, una aeronave no tiene suficiente combustible para regresar al punto de partida y debe continuar hacia su destino o buscar un destino alternativo, ya que volver sería imposible debido a la distancia y la cantidad de combustible disponible.

En física, el concepto del «punto de no retorno» se utiliza en diferentes contextos: por ejemplo, en el estudio de agujeros negros, se utiliza para referirse al horizonte de eventos, que es el límite a partir del cual nada -ni siquiera la luz- puede escapar debido a la intensa gravedad del agujero negro; una vez que algo ha cruzado el horizonte de eventos se considera que ha alcanzado el punto de no retorno y no puede volver atrás.

También se puede aplicar a situaciones en la física de partículas o en dinámica de sistemas, donde ciertos cambios o condiciones conducen a un punto crítico a partir del cual ya no se puede revertir el estado o el comportamiento del sistema, alcanzando un punto de no retorno en el cual el sistema sigue un curso determinado sin posibilidad de retroceder a su estado anterior (recordemos, por ejemplo, el límite elástico, del que ya hablamos anteriormente: https://www.aureliodevesa.com/el-limite-elastico/)

Las personas también tenemos nuestro “punto de no retorno” -nuestro límite- que alcanzamos cuando determinadas condiciones o circunstancias saturan nuestra paciencia y nos hacen colapsar cambiando nuestro comportamiento para siempre o -incluso- induciéndonos a tomar decisiones disruptivas.

¿Cuándo llega nuestro “punto de no retorno”?

Supongo que un primer aviso llega con un desengaño o una experiencia no esperada por parte del entorno: amigos, parejas o empresas a veces se comportan de una manera inesperada para nosotros que nos hacen cambiar primero nuestra percepción y más tarde nuestra respuesta o comportamiento hacia la otra parte. El cambio ante una experiencia no esperada y -en cierta medida- desagradable depende de cada uno y podríamos asemejarlo a algunas actitudes ante pruebas médicas, como por ejemplo las de determinados varones a los que una exploración urológica no les incomoda para nada y asisten encantados a revisiones prostáticas periódicamente (algunos incluso con más periodicidad de la clínicamente establecida), en contraposición a la sensibilidad de otros hombres, a quienes les basta con el primer tacto rectal para no asomarse más por la consulta del urólogo salvo problema grave o insistente prescripción médica.

Hace ya algunos años, tres excompañeros de largo recorrido y amplia experiencia en la empresa coincidieron para cenar con la mujer de uno de ellos que además es psicóloga. Inevitablemente la velada acabó con ellos tres hablando del proyecto en el que estaban involucrados, de trabajo y de la empresa… y en un momento dado ella les interrumpió para diagnosticarles: “disculpad que os interrumpa, pero los tres tenéis el síndrome de la mujer maltratada”, a la vez que les aconsejaba salir cuanto antes de ese ambiente y de esa relación (aunque fuera laboral). El síndrome de la mujer maltratada no sólo implica violencia física, sino que engloba un conjunto de síntomas observados en personas que han sido maltratadas, y que se caracteriza por un ambiente de violencia psicológica que cursa en la parte sufridora lesiones o síntomas como baja autoestima, ansiedad, depresión, sentimientos de culpa o vergüenza, aislamiento social, miedo al represor o dificultad para tomar decisiones: ¡cómo estarían mis excompañeros para que una profesional les diagnosticara casi de inmediato!

¿Y por qué aguantamos?, ¿por qué no cambiamos?

En primer lugar, aguantamos estas situaciones por el miedo al cambio, por el vértigo a tomar decisiones y salir de la comodidad de la vida que llevamos, un freno tanto mayor cuanto más longeva es la relación de la que queremos salir; pero, en segundo lugar y fundamentalmente, toleramos esa situación por la mochila que cada uno llevamos sobre nuestros hombros:

Para la mayor parte de nosotros la misma mochila en la que llevamos el alimento y la estabilidad para nuestras vidas es el laste más importante que impide un cambio radical e inmediato, pero tal vez nos venga bien para no dar resbalar y esperar la oportunidad más propicia para ese cambio que –sin duda- debemos dar si no estamos en el sitio adecuado para nosotros: tengamos siempre en cuenta que ese ambiente tóxico que nos afecta directamente también repercute en nuestros seres queridos. Cuando el ambiente se vuelve irrespirable lo mejor es salir de ahí, romper esa relación, pero de una manera sopesada y sin dar pasos en falso: la oportunidad llegará, sólo hay que esperarla de una manera activa y encontrar el momento adecuado.

Acabamos de pasar una pandemia que nos ha puesto a todos a prueba, pero no olvidemos que antes veníamos de una crisis económica que afectó seriamente a nuestra calidad de vida, y que nuestra sociedad se enfrenta ya desde hace algunos años a retos que tendremos que asimilar y digerir para mantener una aceptable salud mental: en mi modesta opinión, este es el mayor hándicap al que las personas y las empresas se enfrentan en la actualidad para evitar ambientes tóxicos que propicien “puntos de no retorno” y decisiones disruptivas en las que –a veces- no sólo ambas partes salen perdiendo, sino las vidas de terceros se ven afectadas por situaciones en las que es tan evidente el origen del problema que lo que cuesta entender es la razón por la que nadie pone una solución.   

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