VINI Y EL TRAJE DEL EMPERADOR

Photo by Vienna Reyes on UNSPLASH

En las últimas horas, un joven brasileño ha dejado en evidencia a la sociedad de nuestro país. Cansado de soportar no sólo faltas y agresiones dentro del terreno de juego, sino también insultos y vejaciones por parte de muchos aficionados, ha dicho basta y este pasado domingo él mismo tuvo los arrestos y la valentía de parar un partido y denunciar a una parte del público que lo estaba llamando “mono”. En sus redes sociales, y una vez terminado el partido, Vinicius Junior publicaba textualmente: “No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera. El racismo es normal en La Liga. La competición cree que es normal, la Federación también y los adversarios la alientan. Lo siento. El campeonato que alguna vez fue de Ronaldinho, Ronaldo, Cristiano y Messi hoy es de los racistas. Una hermosa nación, que me acogió y a la que amo, pero que accedió a exportar al mundo la imagen de un país racista. Lo siento por los españoles que no están de acuerdo, pero hoy, en Brasil, España es conocida como un país de racistas. Y, desafortunadamente, para todo lo que sucede cada semana, no tengo defensa. Estoy de acuerdo. Pero soy fuerte y llegará hasta el final contra los racistas. Aunque sea lejos de aquí.”

Ante los hechos acaecidos en el partido del domingo y denunciados por el jugador, su entrenador -Carlo Ancelotti- declaró que “La Liga tiene un problema con el racismo”:

La denuncia en redes de Vinicius Jr. hizo que, mientras algunos periodistas españoles en los programas nocturnos con más audiencia debatían sobre si Vinicius es un provocador y por ese motivo le insultan (señalando el dedo y no la luna, como estos gurús de opinión vienen haciendo desde hace años), la prensa internacional se hacía eco de un supuesto problema de odio racial en España, rápidamente el mundo del fútbol internacional a través de esas mismas redes se solidarizaba con el jugador, la Confederación Brasileña de Fútbol se movilizaba en defensa de su estrella… y hasta el mismo presidente de Brasil, Lula da Silva, salía a denunciar públicamente la situación y el acoso al que el jugador estaba siendo sometido. A partir de ahí llegó la intervención del presidente de FIFA, dejando en evidencia a los dirigentes del fútbol español, a los que no les ha quedado más remedio que ir a remolque condenando lo sucedido.

Aun suscribiendo las palabras de Ancelotti en las que decía que La Liga tiene un problema, yo creo que con la denuncia de Vinicius Junior por racismo solo estamos ante la punta de un gigante iceberg; Vinicius es el niño que ha dicho al mundo que el emperador va desnudo: el racismo es un tumorcito, pero más grave que el racismo es aún la sociedad metastásica que hemos conseguido y -sobre todo- consentido tener, trufada de tumores en forma de terrorismo, el propio racismo, la violencia (no sólo “de género”)… una sociedad de pensamientos dirigidos,  comportamientos interesados y cada vez más carente de valores.

Recordemos para empezar (haciendo uso de la “memoria histórica”) que vivimos en un país en la que una parte de la sociedad justificaba, callaba o miraba para otro lado en los años del terrorismo porque las víctimas asesinadas “algo habrían hecho” y ahora defiende incluso la reinserción de terroristas no arrepentidos, un país en el que se sigue permitiendo que españoles no puedan estudiar o trabajar en su lengua materna en una parte significativa de su territorio… o un país que en pleno Siglo XXI -ahora que estamos en campaña electoral- no es capaz de asegurar la libertad y la integridad física de algunos candidatos para dar un mitin en algunos pueblos.

Vivimos en una sociedad que, mientras enarbola la bandera del feminismo y la igualdad, sigue tapando acosos en algunas empresas de la manera más discreta posible, o asumiendo sottovoce vejaciones a las mujeres en determinados estratos sociales porque “bueno, hombre… son sus costumbres y sacarlo a la luz puede estigmatizar a todo un colectivo”.

Podríamos seguir por las empresas, orgullosas de sus protocolos anti acoso, o anti corrupción: manifiestos que están muy bien como declaración de intenciones, pero que, si no hay una apuesta decidida por su aplicación, por la detección y el castigo de estas prácticas caiga quien caiga, tienen el mismo efecto que los serios mensajes que suenan en las megafonías de los campos de fútbol previos a los partidos defendiendo el juego limpio y condenando enérgicamente la violencia.

Como dice Carlo Ancelotti: tenemos un problema, esa es la cuestión. En esta sociedad rara es la semana en la que no hay episodios de violencia física, una agresión sexual o un suicidio, y todas las medidas que se toman son tan estériles como las declaraciones de intenciones antes comentadas: minutos de silencio, compungidos manifiestos, paños calientes, tibieza, desvío de la atención. En el caso de racismo que nos ocupa, sólo con Vinicius Junior la Comisión Antiviolencia ha abierto esta misma temporada nueve expedientes en otros tantos campos de fútbol y no sólo no ha pasado nada, sino que han sido muchas las voces que impúdicamente han acusado al propio jugador de provocar.

La educación tampoco se libra de la hipocresía, y así llevamos años de leyes educativas que, so pretexto de una mayor ayuda y atención a los menos brillantes, han conseguido penalizar a los más trabajadores y obstaculizar el potencial de todos en general:

En esta sociedad, y dependiendo de quien se trate, siempre se encuentra un argumento que exonera al acusado, la culpa normalmente es de otros y nos esforzamos por encontrar razones (aunque sean irrazonables) para rebatir la cruda realidad. Hemos normalizado que si nuestros hijos no estudian o se portan mal la culpa siempre es del profesor o del colegio, y así los “sorprendidos” padres pedimos una cita para asegurarle al sufrido profesor que el cero en el examen no puede estar bien porque el muchacho trabaja mucho, o justificar que ese problema de comportamiento que tiene cuando falta al respeto a su profesor o acosa a sus compañeros hay que entenderlo porque sus padres están separados, tiene algún diagnóstico psicológico, es un incomprendido o es que en el cole no se le presta la debida atención por parte de los profesores o de los pedagogos. Presumimos de ser objetores de conciencia, de una vida de paz y amor, de que no queremos que nuestros hijos jueguen con armas y raro es el niño que no juega al “FORTNITE” o con otros videojuegos bastante violentos de forma online con conocidos y con desconocidos, normalmente sin control alguno por parte de sus padres…. Pero, en mi opinión, lo peor es darle a nuestros herederos el acceso -cada vez a una edad más temprana- a un smartphone o un dispositivo móvil con el que no sólo podrán hacer grupos y comunicarse libremente con sus compañeros y amigos, sino también acceder libremente a internet y redes sociales; ese -a priori- inocente dispositivo es una herramienta eficaz para tener a nuestros hijos conectados, pero también es -a la vez- el elemento más eficiente para estigmatizar a un niño en su entorno, para quitarle la inocencia sin anestesia o para darle acceso al perverso mundo de las redes con todo su amplio abanico de contenidos… y como todos sabemos, casi siempre los contenidos más atractivos son los más peligrosos.

Volviendo al fútbol profesional, y ciñéndonos sólo al ámbito nacional, en los últimos años hemos asistido a imputaciones e investigaciones por diversos delitos que afectan a la RFEF y sus dirigentes, al colectivo arbitral, dirigentes de clubes, futbolistas… todo apesta, aunque –eso sí- presumen de juego limpio y no toleran el racismo y la xenofobia.

Pero el problema no sólo está en el fútbol profesional. Ya en categorías infantiles hay un exceso de tensión y violencia que suelen desembocar cada temporada en algún altercado o incluso agresión a los árbitros. Así como las federaciones nacionales e internacionales a veces toman decisiones inexplicables organizando determinados campeonatos o saturando el calendario de competiciones, las federaciones regionales están muy preocupadas por cobrar las fichas, por los cursos de formación, por el juego limpio, la inclusión racial y el fútbol femenino… más paños calientes para evitar ver la realidad: en algunos campos de categorías infantiles se siguen produciendo situaciones que nada tienen que ver con un espíritu deportivo, se oyen insultos, amenazas y vejaciones a niños, árbitros o a otros padres por parte de los energúmenos de turno sin que pase nada hasta… que la sangre llega al río y el altercado llega a la prensa.

Lo que ocurre en el fútbol es un reflejo de lo que pasa en la sociedad: vemos lo que queremos ver, lo que los responsables de las retransmisiones quieren que veamos o lo que los periodistas de turno se empeñen en transmitirnos… mientras pasan otras cosas que asumimos porque sí, porque se nos blanquean o se nos ocultan: hemos llegado incluso a admitir como “libertad de expresión” que se silbe al rey de España y al himno nacional por parte de las aficiones de determinados clubes en el partido de la final de Copa de S.M. el Rey (la “fiesta” del fútbol español, según la RFEF). ¿Ese es el deporte que queremos para nuestra sociedad y para nuestros hijos?

Como dice Carlo Ancelotti, tenemos un problema… España no es un país racista, pero hay racistas y hay delincuentes. Al igual que nuestro fútbol, nuestra sociedad necesita una catarsis, la original kátharsis con la que los griegos denominaban al efecto de purga o purificación que producían las tragedias en los espectadores al suscitar en ellos emociones como el horror o la compasión.

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TU VIDA Y TU MOCHILA

Mientras repasaba hace unos días la canción de Tú Volverás y me paraba en la exhortación de Sergio y Estíbaliz “toma tu vida y tu mochila” no pude evitar acordarme de Ryan Bingham: quizá muchos de ustedes no sepan quién es, pero sus vídeos llevan más de una década sirviendo como herramienta para reflexión y -en muchas ocasiones- guía en las tan afamadas sesiones de motivación, coaching, mentoring, etc.

Efectivamente, Ryan Bingham no es un hombre real, sino el protagonista (interpretado por George Clooney) de una película estrenada en 2009 titulada “Up in the Air”. Para contextualizar, recordemos que esa película llegó a los cines en plena resaca de la crisis económica de 2007-08 y nos enseña los distintos enfoques de una situación similar a la que se estaba viviendo, tanto  desde un punto de vista empresarial como desde una óptica más personal: Bingham trabaja para una potente empresa de recursos humanos especializada en la gestión del despido masivo de empleados de otras empresas en dificultades, por eso tanto él como su empresa se encuentran es su mejor momento cuando -según las palabras de su jefe describiendo la situación- los minoristas bajan un 20%, la industria automotriz se hunde,  el mercado inmobiliario no da señales de vida y muchas empresas se ven obligadas al cierre; Bingham es el mejor en su trabajo, haciendo el “trabajo sucio” que quienes lo contratan no tienen el valor de hacer, como dice en su propia presentación:

Pero, quizás precisamente para poder ser el mejor en su trabajo, es un tipo peculiar que huye de ataduras afectivas, sentimentales y hasta materiales… es feliz viajando por trabajo 322 días al año y su objetivo se limita a ser un buen profesional, el mejor profesional en su faceta, y coleccionar “millas” (puntos de fidelidad de las aerolíneas). Su éxito profesional es de tal magnitud que lo convierte también en un aclamado conferenciante cuyo discurso motivacional se basa en la teoría de la mochila y ponderar las ventajas de ser libre y sin ataduras, como habrán podido comprobar en el primer vídeo.

El discurso de la mochila y el lastre que ella supone en nuestro desarrollo personal y profesional lleva años calando entre nosotros, en nuestras empresas y en nuestra sociedad, y -quizá- deberíamos reflexionar sobre si es la mejor opción, si esa estrategia de desafectos y vuelo libre de cualquier tipo de ataduras nos convierte en personas más felices, mejores profesionales o -tan sólo- individuos más libres con un rumbo incierto.

Estoy de acuerdo en que cada uno de nosotros llevamos en nuestra mochila cosas absolutamente prescindibles, materiales o afectivas, que nos lastran o incluso que nos frenan en determinadas ocasiones, pero también creo que una mochila en nuestra vida es más que necesaria o imprescindible en algunos casos. Seguro que muchos de nosotros conocemos a personas con insuficiencia respiratoria que necesitan una mochila con su dispositivo de oxígeno para poder respirar y tener cierta autonomía y libertad, o peregrinos y senderistas que bien conocen la necesidad de una mochila para llevar el agua, los alimentos y la ropa imprescindibles para hacer su camino… o -poniéndonos en el caso extremo- prueben a quitarle su mochila y equipo a los paracaidistas y decirles que salten al vacío de esa manera tan liviana.

Discursos como el de Ryan Bingham tienen su parte de razón en cuanto a que debemos convencernos de que no podemos vivir con lastres innecesarios, pero el problema llega cuando ese discurso se lleva al extremo para mentalizar a la gente de que para realizarse personalmente o promocionar profesionalmente debe cortar vínculos con lo material y con lo inmaterial. No somos cisnes ni tiburones, somos personas y como tales estamos acostumbrados a sociabilizar, y así como nuestras mochilas y lo que cargamos en ellas condicionan nuestra posición en la vida y en el trabajo, todas las decisiones que tomemos -personales y profesionales- pueden repercutir en mayor o menor medida en quienes nos acompañan en este viaje por la vida y que, como dice la charla de la película, van en nuestra mochila.

Muchos de los que hacen caso a este tipo de discursos y toman decisiones encaminadas a soltar el peso de su mochila no tardan en descubrir que esa felicidad efímera que les llega con la supuesta libertad inicial suele dar paso con el tiempo a la zozobra y a la añoranza de sus vidas grises y su “bendita monotonía” pasada. A veces pienso que todo esto es como una droga, un nuevo modelo de sociedad tan perversa que a la misma vez que nos propone vidas libres y realización profesional nos desata de nuestras raíces, nuestra familia y nuestro propio espíritu crítico para debilitarnos, deshumanizarnos y atarnos -de nuevo y más firmemente- al servicio de necesidades mundanas o intereses de vaya usted a saber quién.     

Por supuesto que está bien revisar nuestra mochila y eliminar todos los elementos tóxicos y superfluos, pero es imprescindible tener buen criterio para no desprenderse ni afectar con los cambios a aquellos que dan estabilidad a nuestras vidas.  

Si no han visto la película Up in the Air, o si quieren volver a reflexionar sobre este tema, les recomiendo que la vean, se pongan en la piel de los distintos personajes… y piensen en ello.

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TÚ VOLVERÁS

Este sábado, 13 de mayo, se celebra la final del Festival de la Canción de Eurovisión 2023. Hace años mi madre solía recordarme que de bien pequeño me pasaba el día cantando “toma tu vida y tu mochila…”, que –como seguramente saben- pertenece a la canción Tú Volverás, interpretada por Sergio y Estíbaliz en el mismo Festival de Eurovisión pero del año 1975; un tema compuesto, arreglado y dirigido por el magnífico Juan Carlos Calderón. A pesar de su discreto resultado en Eurovisión (décimo puesto), esta canción fue un éxito de ventas durante la primavera de aquel año 1975.

Les invito a ver aquella interpretación de Sergio y Estíbaliz:

https://youtu.be/DEqmBaHmfck

Juan Carlos Calderón fue uno de los genios españoles que a veces pasan por nuestras vidas de puntillas, posiblemente sin el reconocimiento que sería debido. Nacido en 1936, pronto muestra vocación musical y a los 8 años ingresa en el Conservatorio de Santander; su precocidad continúa durante su adolescencia, cuando forma un grupo de Jazz para tocar en locales y disfrutar de su pasión los fines de semana mientras estudia Derecho, hasta que se da cuenta que su futuro profesional pasa por la música y no por las leyes. A principios de la década de los 60 del pasado siglo se traslada a Madrid, donde empieza a tocar en clubs como el Whisky Jazz o el Bourbon Street con los mejores músicos del momento y conoce -por casualidad- a Ramón Arcusa y Manuel de la Calva (Dúo Dinámico), que le proponen que les arregle sus temas: vencida su timidez les reconoce que nunca antes había arreglado temas para grabaciones si bien ellos insisten hasta convencerle, y es en ahí donde empieza su faceta como arreglista de música POP. Su calidad enseguida es reconocida en el sector y al Dúo Dinámico le siguen Joan Manuel Serrat (su mítico disco “Mediterráneo”), Luis Eduardo Aute, Massiel (incluido el “La, La, La”), Los Brincos, Víctor Manuel, Mari Trini, Marisol, Raphael y una larga lista de artistas españoles de la época; y poco a poco a los arreglos se le añaden la dirección y la composición para otros artistas como Cecilia o Nino Bravo. En 1969, mientras trabaja para el sello discográfico Zafiro, llega a sus manos una cinta grabada de un grupo vasco llamado Mocedades que llama su atención lo suficiente como para viajar a conocerles y empezar una relación que daría como fruto 10 discos juntos, entre los que destaca el maravilloso tema Eres Tú, encargado de representar a España en el Certamen de Eurovisión de 1973 y con el que conseguiríamos el meritorio segundo puesto, pero que -además- su éxito es bien reconocido tanto en Europa como en los Estados Unidos, donde entra en la lista Billboard para mantenerse 17 semanas. Este éxito ya le hace merecedor a Juan Carlos Calderón del prestigioso premio ASCAP (American Society of Composers, Authors and Publishers) en Estados Unidos.    

Nuevamente les invito a disfrutar de la interpretación –en este caso- de Mocedades:

https://youtu.be/ub8SyRjX_eY

En ese momento nuestro protagonista ya compagina sus trabajos de música Jazz con los de arreglista, compositor y productor de una interminable pléyade de renombrados artistas españoles y americanos, a lo largo de su vida pudo representar a España como autor y director en los festivales internacionales más importantes del mundo como Eurovisión (cuatro ocasiones), OTI (dos ocasiones), San Remo (dos ocasiones) Yamaha -Tokio-, OTI de Argentina, el Festival Viña del Mar y en otros muchos también en calidad de jurado y como director de orquesta. Su trayectoria profesional le hizo merecedor de premios y menciones de talla mundial como Billboards (USA), Grammys (USA), Grammys Latinos, ASCAP’s (USA), Premios Ondas, Premios de la Música de SGAE, Premios Amigo, un BMI y numerosos reconocimientos, pero, sobre todo -como apuntan su biógrafos- el premio a la satisfacción de no haber dejado nunca de crear: tanto es así que su última canción, compuesta a medias con su hijo Jacobo para María Dolores Pradera (“Qué tal te fue la vida”), la termina unas semanas antes de fallecer hace ahora poco más de 10 años.

Esta historia y estas canciones de hace medio siglo hacen reflexionar sobre cómo ha cambiado la sociedad, quizás de una manera paralela al propio Festival de Eurovisión:

Al igual que el Festival de Eurovisión, vivimos en una sociedad mucho más global (de los 17 países participantes en 1973 hemos pasado a 38 países en este año 2023 que hacen necesarias 2 jornadas de semifinales), disponemos de medios técnicos impensables hace 50 años no sólo para la música y los efectos sino también para las comunicaciones, edición, etc. Si nos atenemos al producto, me parece que ahora nuestro foco se centra en las formas y en la escena antes que en la calidad de la composición o en el virtuosismo del intérprete.

Contemplar –como ejemplo- las interpretaciones de Sergio y Estíbaliz o de Mocedades en aquellos años, solos ante el micrófono pero arropados por una maravillosa orquesta detrás para defender su trabajo en un escenario casi desnudo choca con las luces, los efectos y las coreografías de algunas interpretaciones actuales. Como ha pasado en el Festival de Eurovisión, en demasiadas ocasiones nuestra sociedad y nuestras empresas hoy no premian el mejor trabajo sino el más oportuno para los intereses de turno, aunque sea realizado por un pirotécnico; es obvio que no todas las composiciones pueden ser excelentes, pero hemos llegado al extremo de admitir y  normalizar que en un Festival de la Canción se permita música “enlatada” (las normas actuales del concurso obligan a que toda la música instrumental deba ser pregrabada y no se permite instrumentación en vivo) o que los coros tengan la posibilidad también de entrar en modo playback: sólo las voces principales deben ser obligatoriamente en vivo. Por otro lado, también hemos asumido que la mediocridad sea admitida y que bufones o histriones compitan en el mismo concurso que músicos profesionales que se esfuerzan por realizar un trabajo lo mejor que pueden, llegando incluso a veces (merced al jurado popular) a que los primeros obtengan resultados impensables en otros tiempos. 

En la música, como en nuestras empresas o en nuestra sociedad, no se trata de gritar más, sino de entonar mejor, de acompañarse de una orquesta de profesionales en lugar de pirotécnicos vende humos, de dar con el arreglo preciso para que la composición suene lo mejor posible y –sobre todo- de saber valorar a los mejores intérpretes.

Mientras esperamos tiempos mejores… sigamos disfrutando de esta simple pero preciosa canción:

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