La salida del Presi

Ilustración de Eliseo Álvarez

Estaba preparando una reflexión sobre los cuentos y vidas ejemplares, pero en las últimas horas otro compañero ha decidido salir de la empresa y no puedo evitar dejar de pensar sobre este asunto: en los últimos meses la sangría de profesionales es notable y supongo que será motivo de preocupación para los responsables de la casa.

Como ya he manifestado en muchas ocasiones el mejor activo de una empresa es su capital humano y de él depende la imagen y el rumbo que la empresa toma, para bien o para mal. También creo que algunas vinculaciones entre trabajador y empresa tienen grandes similitudes con las relaciones matrimoniales, incluso su evolución en los últimos años: hace años la relación laboral (como el matrimonio) solía ser para toda la vida, aunque en algunos casos eso supusiera una larga penitencia. Sin embargo, hoy en día es frecuente que las relaciones tiendan a ser limitadas o incluso efímeras, y podemos comprobar cómo casi se celebran más divorcios que matrimonios: por los más diversos motivos, no hay necesidad de cargar con más cruces o compromisos que los que cada uno adquiere voluntariamente.

En muchas escuelas de liderazgo se enseñan las teorías de Jack Welch, entre las que destaca la del 20-70-10 que con tanto éxito aplicó en su etapa al frente de General Electric: se clasificaba al personal por su rendimiento (no sólo por su eficacia) reconociendo, mimando y premiando al 20% más productivo con excelentes condiciones laborales, bonus, participaciones en la empresa… con lo que se conseguía valorar justamente el trabajo de los mejores a la vez que se motivaba al 70% de la plantilla -que había acreditado un rendimiento correcto- para esforzarse e intentar entrar en el selecto grupo del 20% y sus anhelados beneficios. Por último, la empresa también ponía el foco en detectar objetivamente al 10% de los empleados con un menor rendimiento, a los que se invitaba a salir de la empresa de una manera directa y elegante: “no estaban en el sitio correcto” así que -según se comenta- se les pagaban generosos finiquitos para que abandonaran la empresa lo antes posible y fueran a otra empresa donde pudieran desarrollar su carrera profesional. El criterio era sencillo y eficaz, y la preocupación de Jack Welch era llevarlo a cabo sin contemplaciones porque sabía que ese 10% de personas con un menor rendimiento era un lastre para su compañía, pero también porque consideraba que una persona puede reconducir su vida laboral en otro sitio más adecuado para él, así que cuanto antes se le enseñe la puerta mejor para todos.

En este enlace tienen un interesante articulo del profesor José Ramón Pin Arboledas sobre el liderazgo de Welch en GE:

https://www.harvard-deusto.com/el-liderazgo-de-welch-en-ge

Criterios sencillos y de reconocido éxito… ¿por qué cuesta tanto llevarlos a cabo?

El sentido común se acaba imponiendo siempre: a cada acción le sigue una reacción, así que en función de las decisiones que se tomen cabe esperar respuestas acordes. No somos adultos sólo por haber conseguido la capacidad reproductora, sino porque se nos supone una madurez intelectual que nos debería permitir pensar, analizar y tomar decisiones (acertadas o erradas); así que cuando mandamos un mensaje o nos hartamos de demostrar con nuestros actos una línea de conducta no deberíamos extrañarnos de la respuesta que recibimos por la parte receptora del mensaje.

Como ya he insistido hasta la saciedad (como diría una antigua profesora), el problema de nuestra sociedad es premiar con bonus o favores a aquellos que no lo merecen por su rendimiento sino por otro tipo de criterios más que discutibles. Por otro lado, en mi dilatada trayectoria profesional he comprobado que no todas las empresas tienen el punto de mira bien calibrado a la hora de despedir a quienes consideran prescindibles, y en demasiadas ocasiones el mártir de turno es elegido sólo por no ser “amigo de”, por no estar entre los “mocinos” elegidos para la gloria o por ser aquel cuyo finiquito resulta más económico para la empresa. Hace años tuvimos un siniestro personaje en RRHH al que algún brillante compañero enseguida bautizó como “Black-Friday” debido a una temporada en la que cada viernes llegaba con una carta de despido destinada a algún inocente de bajo coste, aunque se tratara de un empleado de óptimo rendimiento para la empresa.

Las rupturas rara vez son amistosas, y -siguiendo con el símil- cada vez que una relación laboral se rompe es como si se tratara de un matrimonio: siempre habrá daños colaterales, a veces con consecuencias insospechadas y terceras personas afectadas. En mi opinión una salida supone reconocer un error o un mal funcionamiento al que intentamos poner solución tomando una drástica medida que, si lo vemos desde el punto de vista de la empresa parece estar acompañada de un barniz de insensibilidad, pero cuando es el empleado quien toma la decisión requiere además siempre una alta dosis de valentía; tomar la decisión de abandonar tu casa no es fácil y todo depende de los inputs que vayas cosechado y con los que poco a poco se va llenando el granero del hartazgo.

Supongo que el proceso de dejar tu empresa (al menos la primera vez) debe ser similar al de romper con tu primera novia a la que juraste amor eterno: al principio de la relación todo es dulzura y pasión y no hay nada negativo que se interponga es ese estado de fatua felicidad, pero con el paso del tiempo hay comportamientos, respuestas y actitudes que -aunque no gusten- van siendo toleradas en aras a seguir con el amor de tu vida… hasta que el día menos pensado el vaso de las contrariedades se colma (aunque sea con una nimia acción) y aquel coqueto lunarcito situado estratégicamente y que te atraía resplandeciendo en el rostro de la otra persona se convierte en una antiestética verruga que detestamos aguantar día tras día. Una vez que llega el hartazgo y se toma la decisión de buscar una salida no hay marcha atrás: es el punto de no retorno.

Muchas rupturas son ocasionadas por un cúmulo de detalles fácilmente evitables o decisiones cuya repercusión debió ser mejor valorada, pero si nos damos cuenta cuando ya es tarde y la decisión ya ha sido tomada creo que -al menos- haríamos bien en pararnos a reflexionar si ese es el rumbo que queremos seguir o si las consecuencias de nuestros actos nos están conduciendo a la situación deseada.

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UNA CUESTIÓN DE ACTITUD

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Un amigo anda estos días un poco dubitativo porque su superior le recriminó que su actitud “no era la adecuada”. Mientras tomábamos un aperitivo me confesó que vive con incertidumbre el día a día de su empresa, sumida en mil y un problemas provocados por la situación global, por la volatilidad del mercado… pero también por decisiones erráticas tomadas y consentidas por la cohorte del “management” de su casa que –casualmente- siempre encuentra algún abogado defensor que con argumentos peregrinos justifica actitudes mediocres, poco éticas o tal vez dolosas.

Según mi amigo, la acción tuvo lugar en el transcurso de una reunión en la que se estaba trabajando una determinada estrategia a seguir para con un proyecto, cuando algunos de sus compañeros empezaron a proponer ideas con un grado de certidumbre discutible tirando a escaso, construyendo así un relato semejante a un castillo de naipes que iba creciendo piso a piso y adquiriendo dimensiones notables. Cuando el hartazgo ya fue suficiente para mi colega éste no pudo contener un simple “eso no va a salir”, que desencadenó un silencio de fastidio, algún que otro resoplido, las miradas de sus compañeros y un severo “esa no es la actitud adecuada” de uno de sus superiores. Sólo con fijarnos un poquito podremos comprobar cómo esta circunstancia es cada vez más habitual en la sociedad y empresas actuales: una persona pronuncia una sentencia que por paradójica que parezca es acogida como axioma incontrovertible por el auditorio (incluso con admiración desmedida por parte de algunos aduladores profesionales), sobre ella se construye un argumento y cuando alguien osa preguntar o poner en duda ese planteamiento es este último quien adquiere el deber de demostrar la validez de su premisa.

Aunque ya sabemos que todo está en los libros, debemos reconocer que no está de moda nuestra literatura clásica –lamentablemente- y mucho menos la medieval, así que cada vez es más probable que las nuevas generaciones no hayan tenido la oportunidad de acercarse a obras como El Conde Lucanor, del Infante Don Juan Manuel, y empaparse de los cuentos moralizantes o ejemplarizantes. Por si es de su interés, es este enlace tienen acceso a una versión cortesía de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

El Conde Lucanor / Don Juan Manuel; edición y versión actualizada de Juan Vicedo | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (cervantesvirtual.com)

El Cuento VII (Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana) es una versión del conocido cuento de la Lechera, que algunos incluso atribuyen a Esopo (siglo VI a.C.), y que –por más conocido que sea- demasiada gente olvida cuando de hacer planes se trata… queriendo o sin querer.

Siguiendo con esta maravillosa obra, en mi opinión el Cuento XXXII (Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño) es el que mayor reflejo tiene en algunas empresas y en la sociedad actual en general. Seguro que les recordará inevitablemente a “El traje nuevo del emperador”, escrito por Hans Christian Andersen, publicado en 1837 y basado en el de nuestro autor medieval.

Leyendo este par de cuentos datados hace tantos siglos podemos entender muchos de los problemas que nuestras empresas y nuestra sociedad tienen hoy en día. Con demasiada frecuencia basamos nuestros planes y expectativas en ilusiones o argumentos presentados por mediocres o -lo que es peor- pícaros, y no nos damos cuenta de que lo que sobran son los cuentos de la lechera, así como sobran jefes (reyes o emperadores) avariciosos y pícaros aprovechados… porque para nuestra desgracia, y a diferencia de las historias de los cuentos moralizantes, hoy en día son otros inocentes quienes padecen (o padecemos) las consecuencias de esas actitudes.

Volveré a quedar con mi amigo y le regalaré El Conde Lucanor, animándole a seguir siendo crítico con los castillos de naipes, con los cuentos de lecheras y –sobre todo- con los pícaros y aprovechados profesionales que pululan por nuestra sociedad.

Y recuerden… todo está en los libros:

Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.

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EL GATO DE ODESSA

Cuando en octubre de 2014 mi empresa me pidió que viajara a Ucrania me lo tomé con cierta preocupación: recuerdo que en aquel momento ese país llevaba ya meses luchando con una invasión rusa y un conflicto bélico que nos sonaba demasiado lejos y llegaba con pequeñas píldoras informativas. Inevitablemente Ucrania tenía para mí reminiscencias de república soviética, de época gris de telón de acero y espías de guerra fría, y -sobre todo- de accidente nuclear… para los de mi generación supongo que Ucrania era un país marcado por el desastre nuclear de Chernobyl.

Después de no pocos argumentos justificando la pertinencia de la visita en aquel preciso momento por parte de los interesados, y aunque yo seguía sin estar del todo convencido, no me quedó más remedio que hacer la maleta ante semejante insistencia: debía ir a Ucrania a auditar a una destacada empresa de nuestro sector como potencial proveedor de servicios. En latín tenemos la habitual expresión excusatio non petita, accusatio manifesta, aunque en mi opinión las decisiones razonables y basadas en el sentido común nunca requieren demasiadas explicaciones.

La empresa que iba a auditar tenía sus oficinas centrales en Dnipropetrovsk (Este de Ucrania) y su taller más emblemático se ubicaba en Sevastopol: esto suponía que la visita ya no empezaba bien dado que la península de Crimea había sido invadida y anexionada a Rusia tan solo unos meses antes, por lo que la principal instalación industrial -y única de su propiedad- de nuestro potencial proveedor se había quedado en suelo ruso y no tenía actividad en aquel incierto momento. Para paliar este contratiempo la empresa había decidido alquilar sendos talleres en Nikolayev y Kherson, ciudades situadas al sur de Ucrania y que distaban entre sí unos 60 kms.

Así pues, visitaría una de las instalaciones alternativas, para lo que me prepararon un interesante plan de viaje Madrid-Estambul-Odessa en avión y luego tránsito por carretera (unos 110 Kms) hasta el destino final en Nikolayev. Al ver el plan de viaje pensé inevitablemente en Mariano García Remón, al que siempre había escuchado apodar como “el Gato de Odessa” ganado a pulso por una sobresaliente actuación en un gélido partido de Copa de Europa de su Real Madrid contra el Dinamo de Kiev en 1973. Mi viaje se ponía interesante porque me iba a permitir conocer Odessa, una antigua República Soviética como Ucrania… y un país en conflicto cuasi bélico.

La verdad es que sólo pude conocer Odessa a través de las ventanillas del coche por la ruta elegida por el chófer, pero -a pesar de que se le denomina “La Perla del Mar Negro”- me quedé con la imagen de una ciudad industrial, gris, cubierta por calima, y con el trajín de la gente que va y viene del trabajo. Lamento no haberla conocido en mayor profundidad para apreciar todas las bondades y bellezas que los libros resaltan de ella, pero quizá tampoco era el mejor momento para hacer turismo, puesto que recuerdo frecuentes controles militares en la carretera que une Odessa con Nikolayev debido a la tensión del momento.

Mi visita se centró en la histórica Nikolayev, que debe su nombre al príncipe ruso Grigori Potiomkin y su voluntad de bautizar así a la ciudad en 1789 en honor a San Nicolás de Bari como agradecimiento por la conquista a los turcos de la cercana ciudad de Ochakiv por parte de los rusos: ese territorio estaba controlado desde la edad media por el imperio otomano y los rusos lo consideraban de vital valor estratégico para controlar el Mar Negro. Desde 1991, momento en el que Ucrania logra la independencia de la URSS, el nombre de esta ciudad ha cambiado a la denominación ucraniana «Mikolaiv».  

Durante el dominio soviético la ciudad se convirtió en uno de los principales centros de producción naval de la URSS, y precisamente uno de esos antiguos astilleros era la instalación que mis anfitriones habían alquilado y preparado para mi visita: recuerdo que literalmente era una ciudad abandonada con grandes naves industriales, grúas y diques para la fabricación de barcos que -sin duda- habrían tenido momentos de esplendor en el pasado. Esa visita me dio la oportunidad de ver en funcionamiento la mayor curvadora de chapa que he visto hasta la fecha, con una capacidad para curvar chapas de hasta 12mts de longitud y hasta 50mm de espesor.

Una vez terminado el trabajo, intenté que mis acompañantes locales me hablaran un poco de su país y de cómo estaban viviendo la tensión con la invasión rusa en algunas zonas del este: me confesaron que la sociedad del país estaba dividida entre algunos nostálgicos de la época soviética (añorando el bloque al este del telón de acero como potencia mundial compitiendo con los americanos y occidentales) y la mayor parte de la población que quería pasar esa página y ser como los “occidentales”, una sociedad libre, poder viajar y tener acceso a una vida como los europeos o americanos. Para muestra me llevaron a la plaza del ayuntamiento para enseñarme la peana donde había estado la estatua de Lenin y que el “clamor popular” había derribado meses antes, cuando los rusos invadieron Crimea. Más tarde me enteré que incluso la peana no aguantó mucho más tiempo en pie.

Cuando estos días escucho y leo las noticias sobre la invasión rusa en Ucrania no puedo dejar de pensar en aquella gente, y me parece que ese conflicto tiene una muy difícil solución. Por una parte tenemos unos territorios que Rusia considera como propios dado que se los conquistó en el siglo XVIII a los turcos y cuya independencia nunca ha asumido plenamente, y por otra parte tenemos un pueblo que se ha visto castigado por guerras y abusos de poder soviético, una sociedad que veía en su independencia una ventana a la esperanza de llegar a la libertad y al mundo occidental: los ucranianos que yo conocí en mi breve visita me describieron una sociedad que no quiere volver a ser soviética y va a luchar por su independencia contra un invasor cuyas “recetas” conocen demasiado bien. Espero equivocarme, pero si los rusos quieren controlar Ucrania tendrán que arrasar las ciudades y dominar a un pueblo que hoy por hoy sólo contempla defender su país hasta la muerte.

Algunos estudios sostienen que fue San Agustín de Hipona quien dijo “El mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”, y cada vez estoy más de acuerdo: viajar nos enriquece, nos culturiza, nos aporta conocimiento geográfico y -sobre todo- nos permite conocer otras sociedades, costumbres y culturas que nos aportan nuevos puntos de vista y nos hacen crecer como personas.

Les dejo una foto tomada en una cervecería local de Nikolayev, en la que -para mi sorpresa- tenían colgadas las banderas ucraniana y española: un lugar en el que su se molestaron por tratarme bien y para los que deseo la protección de su patrono San Nicolás.

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