LA DEMOCRACIA ESTÁ SOBREVALORADA (y II)

En un artículo anterior hablábamos sobre los peligros que, según el criterio de los expertos, acechan a las democracias actuales y repasábamos los orígenes de la propia democracia, de los límites que la sociedad ateniense se había impuesto para su ejercicio y -entre otras cosas- de ritos y costumbres pasadas que hoy en día parecen postergadas. 

Continuando con pasajes bíblicos, tan oportunos en esta semana, podríamos considerar como un hecho marcadamente democrático la llegada de Jesús a Jerusalén y su recibimiento en loor de multitudes, una aclamación espontánea entre vítores y palmas que aún hoy en día seguimos celebrando… pero no olvidemos que ese pueblo también fue el que lo condenó días más tarde, en otro acto de democracia promovido por Pilato cuando, presionado por las circunstancias, encontró en la consulta popular un subterfugio para evadirse de su responsabilidad y el pueblo, persuadido o mediatizado a conveniencia, eligió al criminal antes que al inocente.

Desde los orígenes democráticos en la antigua Grecia hasta las distintas cámaras de representantes electos de hoy en día, ha existido una tensión constante entre el voto libre y la manipulación por parte de las élites: el peligro no reside solo en el uso de la fuerza, sino en la capacidad de ciertos grupos de poder para fabricar un consenso que parezca espontáneo. Como señaló Noam Chomsky, en el mundo actual las consideradas “élites” —ya sean políticas, económicas, intelectuales o incluso religiosas— no siempre tienen necesidad de imponer su voluntad mediante la censura, sino que a menudo utilizan la propaganda para filtrar la información que llega al ciudadano: repasen los diversos artículos de las últimas semanas que versaban sobre la prensa y encontrarán algunos ejemplos. Cuando una élite controla los canales de comunicación, puede enmarcar un debate de tal forma que la conclusión parezca lógica para la masa, aunque solo beneficie a unos pocos.

Como antes apuntábamos, el juicio a Jesús llevado a cabo por Poncio Pilato es un ejemplo histórico de este riesgo: Pilato -buscando una salida política- apeló al pueblo, mas la muchedumbre no decidió de forma autónoma sino que fue persuadida por los líderes religiosos de la época… un fenómeno que se repite hoy cuando las élites apelan a las emociones básicas o al miedo, momento en el que la democracia corre el riesgo de convertirse en una «oclocracia» (así se denomina el gobierno sobre un pueblo o una muchedumbre manipulada), donde la justicia se sacrifica en el altar ante una opinión pública dirigida.

Por poner un ejemplo actual, si a cualquiera de nosotros nos preguntan si estamos de acuerdo en mitigar o eliminar la contaminación y las emisiones nocivas, todos votaremos que sí sin dudarlo, y estaremos a favor de quien defienda una política que nos deje un planeta más limpio… aunque bajo ese mantra nos estén colando de soslayo un ingenioso programa que suponga una transformación profunda en el estilo de vida de la población, una supuesta “evolución” de la sociedad orientada hacia la sostenibilidad, pero con importantes efectos directos en la cotidianeidad. Mientras nos venden la limpieza de la atmósfera, de los ríos o de los mares nadie nos explicará de antemano que, en la práctica y en el ámbito energético, el impulso a las fuentes renovables conllevará el cierre progresivo de centrales de carbón o gas y energía nuclear, lo que generará un importante impacto en la industria y en nuestra economía, además de la pérdida de nuestra soberanía energética; por otro lado, y respecto a la movilidad, el argumento de ese paraíso saludable también promoverá zonas de bajas emisiones en nuestras ciudades que limitarán la circulación de vehículos de combustión interna, afectando a la libertad de desplazamiento de quienes no puedan acceder a alternativas eléctricas. En lo referente a la alimentación -y continuando con el plan sostenible- no faltarán los expertos que recomienden el fomento de dietas vegetales y una drástica reducción del consumo de carne de vacuno para paliar la huella de carbono… mientras que por otro lado (chocando, por cierto, con el fomento de las sanas dietas vegetales) se implementarán también limitaciones en el uso de fertilizantes y en el regadío o incentivos para dejar tierras en barbecho que fomenten la biodiversidad…

En definitiva: en este ejemplo nos preguntaban (inocentemente) si queríamos un planeta más limpio, pero nos han levantado la camisa porque no nos explicaron el impacto o el coste que todas esas medidas iban a suponer en nuestra vida diaria, y ahora nos hemos quedado sin energía, sin industria, sin alimentación asequible… y sin poder ir a la ciudad en nuestro histórico SEAT 127 o Peugeot 206 (por poner unos ejemplos). Sin darnos cuenta hemos votado por ser notablemente más pobres, hemos sacrificado nuestro presente y el futuro de nuestros hijos… pero debemos sentirnos felices -y agradecidos a los ejecutores del plan- por haber sacado adelante un proyecto que salva el planeta.

En el siglo XXI, las élites ya no son solo personas, sino también grupos al frente de estructuras de algoritmos y datos: a la desinformación de la que hablábamos en otros artículos sobre prensa interesada se une la segmentación de la propia información, que permite que cada ciudadano viva en una burbuja donde sólo escucha lo que refuerza sus teorías o sus prejuicios. Aunque no nos demos cuenta o nos cueste creerlo, las élites intelectuales (tecnológicas) y políticas tienen la capacidad de usar esta información y estos datos para dirigir con precisión quirúrgica nuestra manera de pensar y nuestro voto, haciendo que el ciudadano crea que elige libremente cuando, en realidad, está respondiendo a un estímulo diseñado específicamente para él.

La verdadera democracia está en peligro porque requiere la participación de un ciudadano crítico y formado: ya no se trata -como comentábamos en el artículo anterior- de tener claro qué bombón queremos, qué coche elegimos, dónde nos conviene invertir nuestros ahorros o qué queremos hacer con las cenizas de nuestro padre, sino de que la población tenga una capacidad intelectual mínima y unas herramientas suficientes para cuestionar los discursos oficiales; sin información y sin análisis crítico el voto se convierte en un simple trámite que legítima los intereses de quienes ostentan el poder detrás de la escena. El mayor peligro de una democracia no es una oposición política -por cierto, bastante acomodada en muchos casos- con su rol dentro del sistema, ni siquiera esos temidos discursos populistas, sino la apatía intelectual de la mayoría de la sociedad frente a la manipulación sutil.

Nuestro recordado Clístenes, en el 508 a.C., ya pensó en que podría llegar el momento en el que la democracia estuviera amenazada, y para eso contempló el ostracismo: ¿sería oportuno recuperarlo?

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LA DEMOCRACIA ESTÁ SOBREVALORADA

El pasado día 24 de marzo tuvo lugar un acto de reflexión y debate promovido por la Junta General del Principado de Asturias y la Universidad de Oviedo, cuyo tema principal fue la salud democrática en España y el contexto global. El análisis de eminentes catedráticos constitucionalistas fue unánime al poner de manifiesto “una preocupante erosión de la democracia y el constitucionalismo, impulsada por el auge de los populismos tanto en occidente como en América”, conclusión a la que llegaron basándose en la crisis de la democracia representativa o del funcionamiento parlamentario, en las dificultades a las que se enfrentan algunos órganos independientes de control o en la influencia gubernamental sobre los medios en algunos países que impiden el pluralismo político.

El término democracia proviene del griego demos (pueblo) y kratos (poder o gobierno), y quiere decir “el gobierno del pueblo”.

En la Atenas del año 508 antes de Cristo, y tras años de tiranías y conflictos sociales, Clístenes propuso una serie de reformas radicales que sentarían las bases de una nueva organización social,  buscando arrebatar el poder a las élites para entregárselo al pueblo (a una Ekklesía o Asamblea de ciudadanos): para ello dividió a la población en 10 tribus artificiales, mezclando a gentes de costa, montaña y ciudad con el objetivo de romper los vínculos y servidumbres que beneficiaban a los nobles de la época; estableció la Boulé, un Consejo de 500 ciudadanos elegidos por sorteo encargados de preparar las leyes… e introdujo el concepto del ostracismo, un mecanismo de defensa a merced de la Asamblea para desterrar por un plazo de diez años a cualquier político que fuera una amenaza la incipiente democracia. Un siglo más tarde, Pericles perfeccionaría este sistema con la introducción de la “mistoforia”, un salario o compensación destinado a que cualquier ciudadano electo para participar en la Asamblea, en el consejo o en los tribunales no perdiera poder adquisitivo al tener que dejar su trabajo: esta medida permitía que pobres, los artesanos y los campesinos (y no sólo los pudientes nobles) pudieran participar en la todavía incipiente democracia.

A pesar de la idealización que podamos tener hoy en día, la democracia ateniense era restringida y excluyente, reservándose el derecho a participar sólo a los varones adultos que hubieran terminado su servicio militar, a los hombres libres y a los atenienses “de pura cepa” (Pericles, en el 451 a.C., estableció que sólo serían considerados ciudadanos atenienses aquellos que fueran hijos de padre y madre atenienses). Estas tres condiciones dejaban fuera del sistema democrático a las mujeres, a los metecos (extranjeros residentes que pagaban impuestos) y a los esclavos; se estima que, de una población de 300.000 personas, apenas unas 30.000 ó 40.000 formaban el cuerpo político activo.

Regresando al presente, hace unos días en una exclusiva tienda de chocolates una señora pidió una caja de 250 gramos de bombones; después de que el servicial dependiente le preguntara si tenía alguna preferencia la mujer se empeñó en ir seleccionando uno a uno cada bombón, deliberando en cada caso la pertinencia o no de la elección. Esto no tendría mayor importancia si no fuera porque el establecimiento tiene una oferta de 120 bombones distintos, la cajita de 250 gramos puede contener unas 20 unidades y la señora fue examinando bombón a bombón sin tener claro qué elegir… ante la paciencia del dependiente y el estupor de los que estaban haciendo cola en la bombonería. A quien me lo contó le respondí: “la democracia está sobrevalorada, hay gente que no está capacitada ni para elegir bombones y hay que dárselo hecho”… y -como tantas otras veces- me sirvió para que me llamaran radical.

Recuerdo que, cuando era crío, en la pastelería lo habitual era que la gente pidiera los pasteles por docenas (media docena, una docena, etc…) y el confitero de turno te solía poner esa cantidad de pasteles variados… hasta que empezó a ponerse de moda la elección a gusto del consumidor, con los consecuentes problemas de tiempo en la elección y despacho, y de logística para la persona que sirve y tiene que ordenar la caprichosa elección en la bandeja: intenten hacer lo mismo con la carga de un barco en un muelle cualquiera, a ver si les dejan.

También nos hemos acostumbrado a esperar varios meses por un coche nuevo cuando vamos al concesionario (los que puedan permitírselo), salvo que nos quedemos con algún vehículo de los que están en exposición: hoy en día los extras y las variables de configuración de un coche nuevo al alcance del consumidor son tan numerosas que nuestros automóviles casi entran en la cadena de montaje personalizados ad hoc.

Si estas indecisiones -en muchos casos por desconocimiento- pueden ocasionar leves molestias  y repercutir en el tiempo de espera o en la calidad de los servicios que recibimos, todas ellas se quedan en meras anécdotas si las comparamos con la insensatez que muchas personas demuestran a la hora de administrar e invertir su propio dinero: dejando a un lado los casos ya conocidos de estafas, les aseguro que una gran parte de inversores se fía más de su intuición, de su olfato o de su percepción que de lo que les diga un asesor profesional o de lo que reflejen unas cuentas auditadas de una empresa cotizada que –dicho sea de paso- muchos de ellos no sólo no se molestan en repasar, sino que ni las entienden; hay personas que invierten su patrimonio en productos financieros o renta variable como si fuera una ruleta o máquinas tragaperras en un casino (y luego se sienten engañados).

Volviendo a otros ejemplos mundanos, nuestra manera de despedir a los difuntos también ha cambiado en los últimos años: hace tan solo unas décadas no quedaba más remedio que velar al difunto en casa, rezar por él y enterrarlo en el cementerio… pero la moderna sociedad de hoy en día también se arroga el derecho no sólo de despedir a los muertos de cualquier manera, sino de administrar sus restos de las maneras más inopinadas. Conozco algunos casos sorprendentes, pero recordemos esta peripecia del presidente del Real Betis:

Si comparamos algunas conductas actuales sobre este tema con otras civilizaciones, debemos recordar que en la Atenas de la época clásica de la que hablábamos más arriba, las exequias fúnebres eran un deber religioso y social ineludible; se creía que el alma de quien no recibía sepultura estaba condenada a vagar eternamente, persiguiendo a sus familiares por su descuido. El proceso tradicional se dividía en tres etapas principales:

  1. La Próthesis (Exposición del cuerpo): El cuerpo era lavado, ungido con aceites y perfumado, y se vestía al difunto con sus mejores ropas según su posición social. En el velatorio se exponía al difunto en el hogar sobre un lecho funerario y las mujeres de la familia realizaban lamentos rituales y cantos fúnebres.
  2. La Écfora (Procesión fúnebre): Antes del amanecer del tercer día, el cuerpo era llevado en procesión hacia el lugar de entierro o cremación. El féretro solía ser transportado en un carro o a hombros por amigos y familiares, y se acompañaba de músicos y dolientes que expresaban su duelo públicamente.
  3. El Entierro y Rituales Posteriores. Sepultura o Cremación: Se depositaban ofrendas como cerámica, joyas, alimentos o herramientas que se consideraban útiles para el tránsito al más allá. Tras el entierro, se celebraba un banquete fúnebre en la casa del difunto denominado perideipnon que servía para honrar su memoria y permitir que la familia se reuniera tras el duelo.

Estos días de Pascua, la Biblia nos presenta pasajes en los que se comprueba que en la época de Jesucristo, en Judea, los rituales funerarios también seguían las estrictas leyes y tradiciones judías que daban una importancia sagrada al respeto por el cuerpo y a la rapidez del entierro: se preparaba el cuerpo (los familiares daban un último beso al difunto, se lavaba el cuerpo y se ungía con aceites y especias), se envolvía el cuerpo en sábanas de lino y se cubría el rostro con un sudario y no se embalsamaba ni se cremaba (a diferencia, por ejemplo, de los egipcios). A continuación, el cuerpo era llevado en procesión y se enterraba en tumbas excavadas en roca o en fosas en la tierra… y la familia guardaba luto estricto durante siete días.

Volviendo a la actualidad y al tema con el que empezábamos, hoy en día la democracia (algo tan importante como es el mecanismo mediante el que se rige el destino de los pueblos) se ha convertido en una fiesta en la que cualquiera puede participar… aunque tenga dificultades para elegir los bombones que le gustan, para invertir su dinero o para enterrar dignamente a sus seres queridos: ¿es posible que los riesgos detectados en la democracia -que observan y denuncian las eminencias del ramo- estén relacionadas con esa falta actual de restricciones que sí había en la Atenas clásica, con una sociedad alelada y acrítica o –tal vez- con la mengua de unos referentes éticos y morales de otras épocas?, ¿de verdad nuestra sociedad está capacitada para una democracia universal?.  

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NO TE LO CREAS

Con frecuencia se le atribuye a Jorge Valdano la frase “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”, si bien éste no duda en reconocer que, aunque él ha popularizado ese axioma y lo usa frecuentemente, el verdadero artífice de esta sentencia es el histórico preparador italiano Arrigo Sacchi. También a nuestro recordado Papa Juan Pablo II (que fue portero de un equipo de fútbol en su juventud) se le atribuye una frase similar: “de todas las cosas sin importancia, el fútbol es lo más importante”.

En las últimas fechas muchos periodistas deportivos de prensa escrita y cadenas de radio, además de algunos populares creadores de contenido en otros canales digitales, se hicieron eco de una noticia publicada en medios franceses en la que se denunciaba que los servicios médicos del Real Madrid habían errado en el diagnóstico de una lesión de rodilla de su jugador Kylian Mbappé al explorar la rodilla “buena” y no la afectada. Después de unos días de indignación entre presuntos informadores y aficionados, abundantes titulares y enfervorizadas tertulias en las que todos los opinadores daban por buena esa noticia, el propio jugador ha tenido que salir en rueda de prensa para aclararlo y negar que eso hubiera sido así (a partir del minuto 5:26, si no les interesa el resto de la rueda de prensa):

A pesar del ecosistema de medios de información de hoy en día, donde la rapidez suele ganarle la carrera a la precisión, las facultades de periodismo siguen insistiendo en un pilar fundamental: el contraste de fuentes. Aunque no es un postulado absoluto, la norma de consultar al menos tres testimonios o documentos antes de publicar una información actúa como el filtro definitivo entre el rumor y la noticia. En las aulas se enseña que una sola fuente es apenas un punto de vista; dos fuentes pueden ser una coincidencia o un conflicto… pero tres fuentes independientes constituyen una base sólida: este proceso, conocido como triangulación, no busca simplemente acumular testimonios, sino verificar que los datos coincidan desde ángulos distintos: el protagonista, el testigo y el documento oficial. El objetivo principal de multiplicar las fuentes es evitar la manipulación porque se supone que, al exigir tres versiones, el periodista o informador reduce el riesgo de ser utilizado como altavoz de intereses particulares o de caer en la trampa de las hoy en día tan temidas “fake news”. Además de todo lo anterior, este ejercicio permite también al profesional encontrar matices que una sola voz jamás revelaría, aportando contexto y equilibrio al relato.

Desde las Facultades de Periodismo (hoy en día “Ciencias de la Información” o “Ciencias de la Comunicación”), así como desde diversos Manuales de Estilo y algunas fundaciones preocupadas por la ética en este sector se reconoce que, en la moderna era del «clic», la presión por ser el primero es asfixiante; sin embargo, la enseñanza es clara y la postura académica tajante: la primicia no justifica el error, es preferible perder la primicia que perder la credibilidad. Una noticia bien contrastada protege al medio de demandas legales y -lo más importante- mantiene la relación de confianza con el lector. La regla de las tres fuentes no es un capricho académico, sino un ejercicio de ética: en un mundo saturado de información, el rigor sigue siendo el único valor diferencial del periodismo profesional.

Volviendo al caso de la lesión de Mbappé, después de escuchar al propio futbolista desmentir las noticias publicadas sobre su lesión, algunos periodistas siguen asegurando que éste miente… en algunos casos porque ellos se fían más de lo publicado por sus colegas de la prensa francesa y en otros porque supuestamente tienen a un conocido con acceso a información del Real Madrid que les asegura que los médicos exploraron la rodilla sana en lugar de la lesionada.

Al hilo de esta polémica, Juanma Rodríguez en su programa “El primer palo” ha recordado una anécdota del maestro y referente del periodismo Miguel Ángel Aguilar, cuando le llamaron desde un periódico para conocer su opinión sobre la muerte de su íntimo amigo Manu Leguineche: la noticia a Aguilar le pilló tan de sorpresa -porque no sabía que su buen amigo había fallecido- que de inmediato llamó al teléfono de Leguineche, para ver si alguien le atendía… y para su sorpresa le atendió el propio Leguineche, quien -entre improperios- no se tomó nada bien la peripecia y detalló que estaba regando en su casa de Guadalajara. Cuando Miguel Ángel Aguilar le devolvió la llamada al periodista que le preguntaba por la muerte de su amigo para aclararle que se trataba de un funesto error, que él mismo acababa de hablar con Leguineche y que éste seguía vivo, el periodista no tuvo reparos en contestar: “pues mis fuentes dicen todo lo contrario”.

Miguel Ángel Aguilar compartía esta lección a una estudiante de periodismo:

Casos como estos se han vuelto cotidianos y nos estamos acostumbrando peligrosamente a que la información que recibimos no esté contrastada, aunque muchas veces no lleguemos a enterarnos.

Durante el Mundial de Qatar 2022, la tensión entre Luis Enrique (entonces seleccionador de España) y la prensa deportiva llegó a su punto de ruptura, y el detonante fue una edición malintencionada de un audio por parte del periodista Juan Antonio Alcalá en la cadena COPE: durante aquella competición, Luis Enrique decidió saltarse los filtros de la prensa convencional y conversar directamente con los aficionados a través de conexiones diarias a través de la plataforma Twitch, una cercanía que irritó a ciertos sectores del periodismo deportivo al sentirse -en cierta manera- desplazados. En una de sus sesiones, Luis Enrique leyó una pregunta de un oyente que, junto con el psicólogo de la selección, respondió con naturalidad; sin embargo, en el programa «El Partidazo de COPE», Juan Antonio Alcalá presentó un clip editado en el que se eliminaba el contexto de la lectura y se unían frases para que pareciera que Luis Enrique estaba haciendo un comentario indecoroso o fuera de lugar sobre la mujer del oyente -de nombre María- que le dejara así en muy mal lugar. La propia comunidad de Twitch tardó pocos minutos en demostrar que el audio había sido adulterado -cortado y pegado- para cambiar el sentido de las palabras del seleccionador, obligando al director del programa -Juanma Castaño- a pedir disculpas públicas esa misma noche justificando el montaje como un error de edición. Inmediatamente Juan Antonio Alcalá desapareció del foco principal de la emisora y, finalmente -en mayo de 2023- se confirmó su salida definitiva de la cadena COPE tras más de una década en la casa; aunque Alcalá sostuvo que se marchaba para «cerrar una etapa», el peso de la manipulación del audio de Luis Enrique fue determinante en su pérdida de credibilidad.

Lamentablemente, la mayor parte de aficionados al fútbol escucha tertulias deportivas, lee prensa deportiva escrita o sigue a afamados “youtubers”, pero no se cuestiona las opiniones que escucha o las noticias que digiere, sino que se las cree a pie juntillas… aunque el propio protagonista salga en rueda de prensa y desmienta lo publicado. Por eso luego no debe extrañarnos que algunas aficiones protesten o abucheen a determinados jugadores (propios o rivales) que han sido objeto de alguna campaña de desinformación.

Partiendo de estos hechos, si estas prácticas en los medios de comunicación ocurren en algo tan banal como el deporte (aunque demos por cierto que el fútbol es “lo más importante de las cosas menos importantes”), con desinformaciones que responden a buen seguro a algún interés oculto… imaginemos lo que puede pasar en el caso de la información general, en política o en economía, por poner algunos ejemplos. ¿Se ha acabado el periodismo?: sin duda, si la información que se nos traslada está sesgada o -incluso- es falsa, respondiendo a intereses espurios. Lo que parece claro es que las informaciones no se contrastan, la ética profesional parece haber sido postergada y los temas y objetivos de debate se orientan o se contaminan hacia el interés que más convenga.

Recuerdo que en mi época de estudiante de Filología (años 90 del siglo pasado) la Facultad organizó una mesa redonda en la que participaban los directores de los principales periódicos de Asturias en aquella época: Melchor Fernández por La Nueva España, Francisco Carantoña por El Comercio y Juan Manuel Wes por La Voz de Avilés, personalidades que defendían la independencia de la prensa desde el rigor de las noticias y que -estoy seguro- hoy no consentirían semejantes faltas de profesionalidad en sus periódicos.

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