VENCEREMOS, BENITO

Giacomo Puccini (WIKIPEDIA)

El pasado fin de semana se celebró en Santa Clara, California, la Super Bowl: el tradicional partido final que se disputa cada segundo domingo de febrero y decide el campeón de la NFL (fútbol americano).

Más allá de la emoción deportiva, la controversia en torno a este espectáculo llegó en el descanso del partido con la actuación del puertorriqueño Bad Bunny (de nombre real Benito Antonio Martínez Ocasio). La polémica mezcla críticas políticas, legales y culturales:

  • En cuanto a la política, el propio presidente Trump calificó el espectáculo como «absolutamente terrible» y «una bofetada en la cara» para el país. A través de sus redes sociales, afirmó que «nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo» y que el show “no representó los estándares de excelencia de la nación”. Por si eso fuera poco, tanto desde el sector republicano como por parte de algunos conservadores también han llegado peticiones de sanción para la NFL, la cadena NBC y para el propio artista y su música, so pretexto de que su temática se basa en palabras soeces, referencias al consumo de drogas, contenido sexual explícito, y «depravación»… además de exhibir coreografías inapropiadas para una audiencia familiar. El espectáculo incluyó simbolismos como la bandera de Puerto Rico con el triángulo azul claro (asociada al movimiento independentista) y referencias a los apagones en la isla. Además, el artista mantuvo su discurso contra el ICE (Servicio de Inmigración y Aduanas), el cual ya había iniciado en los Grammy días antes al gritar «Fuera ICE».
  • En cuanto a las consecuencias legales, el autor se enfrenta a una demanda de 16 millones de dólares presentada por Tainaly Serrano Rivera, quien alega el uso no autorizado de su voz en la frase «Mira, puñeta, no me quiten el perreo», en las canciones «Solo de Mí» y «EoO».
  • En cuanto a la polémica cultural, el hecho de que el show (a excepción del tema de Lady Gaga) fuera interpretado íntegramente en español generó rechazo en sectores que consideran que el evento más «americano» de la televisión debería ser en inglés. Bad Bunny respondió previamente a estas críticas sugiriendo que quienes estuvieran molestos tenían «cuatro meses para aprender español».

Vivimos en unos tiempos en los que la polarización ha invadido todos los espectros, incluido el arte. Sin entrar a valorar las polémicas políticas o legales, si me gustaría trasladar mi opinión sobre el tema cultural porque me parece que, poco a poco, generación tras generación, estamos asistiendo al declive de las expresiones artísticas. No entiendo de arte, pero todavía me quedan sentidos para contemplar y apreciar lo que es de mi gusto y lo que no lo es. Una cultura musical hispanoamericana tan rica, con influencias europeas y criollas que durante los últimos siglos fructificaron en géneros como las cuecas y las zambas, el tango, el bolero, la cumbia, el vallenato, la bachata, el son, la salsa cubana, etc… no puede verse representada por “eso” que hace ahora Bud Bunny (o Benito Antonio). El cuidado y gusto por las letras, por las rimas o por la melodía y musicalidad en cualquiera de los géneros que antes he enumerado (por poner algunos ejemplos) no admite comparación alguna -insisto, en mi opinión- con lo que ahora perpetran y denominan “Trap Latino” y/o “Reggaetón”; he escuchado en un programa deportivo una definición para la música de Bad Bunny que me parece muy original: “parece un niño mudo al que le ha enseñado un logopeda a hablar”.

No cabe duda de que la libertad de este siglo XXI viene acompañada de nuevas expresiones artísticas que no nos queda más remedio que contemplar, aunque cueste encontrarles algún mérito que les haga acreedoras de respeto: todavía no nos hemos recuperado de las escenas de la inauguración de los JJ.OO. de verano de París en 2024, en las que varias drag-queens y un cantante casi desnudo protagonizaban una parodia de “La Última Cena” (recordemos que la organización se vio obligada a pedir perdón a quienes se habían sentido ofendidos, alegando que su intención era “celebrar la tolerancia y la inclusión”), por no recordar otro sketch que nos presentaba a una María Antonieta decapitada que servía de ornato para la actuación de un grupo de heavy metal…

En estos casos, cuando parece que la expresión artística busca la provocación por encima del deleite o del buen gusto suelo preguntarme: ¿qué necesidad hay de ofender?, ¿el artista no es capaz de expresarse sin que alguien se sienta ofendido?

Pero este fin de semana también hemos comprobado que hay esperanza en el mundo, que -parodiando a los geniales Goscinny y Uderzo– “una pequeña aldea poblada por irreductibles galos resiste…”, aunque no me refiero a ningún pueblo francés, sino a los defensores de otro tipo de cultura más tradicional, este caso representados por la República de Italia: con motivo de la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina d’Ampezzo han dado -a mi juicio- una lección de buen gusto y de respeto por la cultura y las costumbres.

La ceremonia de inauguración, de título “Armonía” se enfocó en la cultura italiana y en la unidad, por primera vez contó con dos pebeteros simultáneos: uno en Milán y otro en Cortina d’Ampezzo. El diseñador Giorgio Armani (fallecido en septiembre de 2025) dejó como legado los trajes oficiales del equipo italiano y algunos trajes monocromáticos de la ceremonia que -al unirse- formaban una representación humana de la bandera de Italia. Las coreografías se coordinaron simultáneamente en cuatro sedes (Milán, Cortina, Livigno y Predazzo), permitiendo que artistas y atletas en diferentes ubicaciones se sintieran partícipes de un único espectáculo que buscaba equilibrar la tradición artística con la modernidad tecnológica.

Como muestra, esta fue la solemne interpretación del himno italiano:

Después de esta interpretación y puesta en escena -a mi juicio emocionantes- se me ocurren los términos de sencillez, seriedad, respeto, solemnidad, admiración… e incluso envidia, cuando pienso en la moderna tradición implantada en mi país por las aficiones de determinados equipos deportivos y su falta de respeto por los símbolos nacionales que no parecen importar a nadie, puesto que nadie se atreve a decir nada ni a hacer nada:

Esto es un ejemplo de la final de Copa del Rey entre el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao en 2015 que se repite en los últimos años:

Como se puede apreciar, si comparamos ambas actuaciones, en el caso de Italia se pide respeto y que -quien pueda- se ponga de pie para escuchar el himno nacional, mientras que en el caso de España sólo estamos expectantes sobre el nivel de decibelios que alcanzará la esperada pitada, una actuación concertada y organizada previamente.

Si, como hemos visto, en el caso de Bad Bunny en EE. UU. ha habido reacciones a todos los niveles e incluso denuncias por lo que consideran indecoroso… ¿alguno de ustedes conoce alguna denuncia o crítica elevada sobre lo ocurrido recurrentemente en la Copa del Rey en España? Amparados en una supuesta libertad (como Bad Bunny o los organizadores de la gala de inauguración de los JJ.OO. de París 2024), tanto los clubes como los organismos oficiales de este país, permiten y consienten el escarnio hacia símbolos nacionales por parte de una cada vez más numerosa masa humana, algo que se me antoja impensable en cualquier otro país: ¿qué ha pasado en España desde 1992, cuando fuimos capaces de organizar unos ejemplares JJ.OO. en Barcelona?, ¿seríamos capaces ahora de repetirlo con el mismo éxito?… lamento pensar que no sería posible.

Volviendo a la ceremonia italiana, otra escena -en mi opinión- tan emocionante como sobresaliente fue la llegada de la llama olímpica al estadio de San Siro portada por dos leyendas deportivas como Bergomi y Baresi, leyendas de los dos clubes de la ciudad y rivales acérrimos (Inter de Milán y Milán AC, respectivamente) que con su unión enfatizan la “Armonía” pretendida en el espectáculo:

La solemnidad y la elegancia de Laura Pausini para interpretar “Il Canto degli Italiani” (himno de Italia), así como de Andrea Bocelli para interpretar “Nessun Dorma” son muestras de seriedad, de profesionalidad y de saber estar a la altura del momento en la ceremonia, pero -sobre todo- de respeto hacia lo que se representa y a los que participaban directa o indirectamente en el acto: puede emocionar o no, pero es imposible que alguien se sienta ofendido.

“Nessun Dorma” se eligió en esta ceremonia por ser un icono de la cultura italiana que, en un contexto de desafío (como el de Turandot), simboliza la confianza, la pasión y la seguridad en la victoria que espera al alba, como así lo expresa su famosa exclamación final “Vincerò!”… y por eso, una vez repasadas las muestras culturales de este fin de semana, me reafirmo en que no debemos abandonar nuestra defensa por el buen gusto, por la cultura tradicional, por el respeto hacia nosotros mismos, hacia nuestras tradiciones y hacia nuestros símbolos:

Vincerò, Bad Bunny!… ¡Venceremos, Benito!

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GASOLINA CLÁSICA

Después de los artículos “EL ENIGMA DEL CAMBIO” y “THE FULL MONTY ASTURIAS” las reacciones e impresiones trasladadas por muchos lectores pueden recapitularse en nostalgia, tristeza e incertidumbre.

Entre finales de 1997 y principios de 1998 el recordado Rob Reiner, continuando con su giro profesional hacia dramas más introspectivos, tuvo la idea de explorar de manera honesta y absolutamente realista las complejidades de un matrimonio (o una relación) con el paso del tiempo, con una vista a largo plazo y alejándose de los habituales cuentos de hadas. Para ello se implicó personalmente el en libreto junto a los guionistas Alan Zweibel y Jessie Nelson, con un trabajo muy minucioso que ocupó gran parte del año 1998, y que acabó siendo un proceso tremendamente colaborativo y basado en experiencias personales y conflictos experimentados por ellos tres en sus respectivos matrimonios. El propósito de Reiner era hacer conectar a la audiencia con lo que él consideraba la “suciedad emocional” de las relaciones reales, tomando como punto de partida una cuestión fundamental: “¿qué ocurre cuando dos personas que se amaron profundamente se distancian?”. Como respuesta, el director quería demostrar que, tras quince años de matrimonio, a pesar del desgaste y de que aquella relación inicial se va perdiendo entre otro tipo de ocupaciones y responsabilidades con los hijos, se requiere un esfuerzo consciente y constante para mantener la conexión.

A pesar de haber firmado con éxito películas basadas en historias ideales como “La Princesa Prometida” o en comedias románticas como “Cuando Harry encontró a Sally”, Rob Reiner se embarcó con “The Story of Us” (Historia de lo nuestro) en una historia real como la vida misma que retrataba con toda la crudeza las discusiones mezquinas y los momentos más incómodos que adornan la relación tormentosa de una pareja.

Para protagonizar esta película nuestro director eligió a Bruce Willis y a la bellísima Michelle Pfeiffer, y -como otra muestra más de la minuciosidad del director- convenció a Eric Clapton para poner banda sonora a la película: alguien que, como vimos en algún artículo anterior, también había vivido en primera persona tormentosas relaciones de pareja. Reiner buscaba una música que no sólo reflejara la crudeza y la vulnerabilidad de las relaciones reales, sino que pudiera transmitir los momentos de melancolía y esperanza que se entrelazaban a través de la trama, algo que la guitarra de Clapton infundía perfectamente: el tema central “Get lost” es el sentimiento de un hombre que se siente extraviado ante la pérdida de su amor de toda la vida. Eric Clapton no estuvo sólo en ese trabajo, puesto que contó con la inestimable colaboración de Mark Shaiman (compositor de confianza de Rob Reiner) para los arreglos de la mayoría de las piezas instrumentales de la película.

De toda la banda sonora de la película sólo hay un tema que no pasó por las manos de Clapton y Shaiman, y en el que podemos encontrar de nuevo la obsesión por el detalle de Rob Reiner: hay una escena para la que el director eligió el tema “Classical Gas” de Mason Williams con el fin de evocar la melancolía, una nostalgia generacional… y captar la agitación emocional del matrimonio a lo largo de los años. Esta es la versión original del susodicho tema:

En 1967 Mason Williams trabajaba como guionista principal en un programa de TV llamado “The Smothers Brothers Comedy Hour” y -como desarrollar comedias es más agotador de lo que cabría pensar- Williams se tomaba los fines de semana para desconectar y descansar en su casa de Oregón con su guitarra. Mientras contemplaba el río Willamette empezó a modelar arpegios y progresiones, usando acordes mayores y menores a lo largo de una estructura que imita el movimiento de las aguas del río: empieza con calma, fluye más rápido y vuelve a la tranquilidad… cada fin de semana iba componiendo una parte y en unos tres meses pudo completar la versión final uniendo las distintas secciones: a diferencia de la mayoría de las canciones pop que siguen una estructura de introducción-verso-coro, Williams hizo gala de su maestría técnica al diseñar «Classical Gas» con aires barrocos y hasta doce segmentos distintos; el arreglista Mike Post le aportó ideas para el cierre y le sugirió una sección de metales que Williams adoptó como una “brillante desviación” según sus propias palabras. El tema empezó llamándose “Classical Gasoline”, porque partiendo de una guitarra clásica (algo insólito en la época), pretendía que fuera combustible para su espectáculo o para sus momentos con amigos, un recurso vibrante o divertido capaz de ser introducido en cualquier momento en su repertorio. Mason Williams nunca sospechó que el tema que nació mientras se relajaba con su guitarra contemplando el río se convertiría en un éxito imperecedero ganador de tres premios Grammy en 1969 y fuente de inspiración para innumerables músicos y orquestas. Hay numerosas interpretaciones del tema, pero me atrevería a recomendar esta maravillosa actuación del propio Mason Williams acompañado únicamente por Deborah Henson-Conant al arpa:

Para su película, Rob Reiner evitó encargarle a Clapton una versión del tema y eligió a propósito la versión de 1970 grabada por Mason Williams para su álbum “Handmade” -sin el acompañamiento de la orquesta- en la que destacaba la ejecución técnica del músico y otorgaba una mayor intimidad a esa melodía, una soledad e introspección que el director buscaba para viajar por las vidas y los sentimientos de los personajes de The Story of Us… una clara apelación a la nostalgia de tiempos pasados (y más felices).

La película The Story of Us fue una necesidad de catarsis del autor: después de años contando historias felices y maravillosas, Rob Reiner (que en ese momento ya iba por el segundo matrimonio) sentía que le debía al público y a sí mismo una visión más madura de la vida, mostrar que el amor no es un estado de permanente felicidad, sino el fruto de decisiones conscientes que se toman día a día. No fue un éxito, porque la audiencia -acostumbrada a historias con final feliz- la consideró “demasiado real” o “demasiado incómoda” para ser entretenida al verse reflejados en algunas de sus escenas. La crítica, por su parte, acusó a la película de ser “deprimente” y de mostrar a unos personajes “insoportables”… aunque con el paso de los años se ha convertido en otra película de culto.

Sin pretender hacer un espóiler (advertencia para aquellos que no saben o no quieren saber cómo acaba la película), les dejo el fragmento final de la película, donde apreciamos cómo el uso de la canción “Classical Gas” acompaña un time-lapse por la vida de la pareja -con su montaña rusa de emociones- y el famoso monólogo final de la bella Michelle Pfeiffer:

Para finalizar, y volviendo a los dos artículos aludidos al principio que han provocado nostalgia o incertidumbre, he pretendido con ellos dar una pincelada de realidad, se trata de la necesidad de plasmar la cruda realidad de nuestro ecosistema empresarial sin paños calientes (salvando las distancias, es el mismo propósito de Rob Reiner con la película que nos ocupa) porque, si bien  debemos llenar nuestras vidas de proyectos ilusionantes, de historias felices, de presentes maravillosos y futuros brillantes… debemos perseverar en nuestra responsabilidad y ser conscientes de que la realidad no siempre es sencilla, que las cosas cambian y las adversidades siempre están ahí y nos van exigir mucho trabajo y esfuerzo para superarlas. 

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THE FULL MONTY ASTURIAS

The Full Monty es un dicho coloquial británico que significa “todo lo necesario” o “al máximo”. En 1997, y después de la película dirigida por Peter Cattaneo titulada con esa misma expresión, consolidó su significado también como “desnudo total” o “superación personal en un contexto de crisis económica”

La película The Full Monty (1997), dirigida por Peter Cattaneo, suele recordarse como una comedia entrañable sobre un grupo de hombres en paro que deciden dar un nuevo impulso a sus vidas haciendo striptease; sin embargo, bajo ese humor desvergonzado se esconde uno de los retratos más certeros y dolorosos sobre la desindustrialización en Europa y sus consecuencias sociales. Vista desde hoy, y observada desde Asturias, la película no solo resulta vigente, sino que resulta inquietantemente cercana.

La trama de la película se sitúa en Sheffield, una ciudad británica cuya identidad estuvo durante décadas ligada al acero y fue epicentro de la prosperidad nacida alrededor de la siderurgia en el condado de Yorkshire (norte de Inglaterra). A finales del siglo XX, tras la reconversión industrial impulsada en Reino Unido durante el último cuarto del siglo pasado, ese universo de esplendor desaparece casi de golpe: fábricas cerradas, barrios enteros sin trabajo, generaciones de obreros expulsadas del sistema productivo… The Full Monty no explica este proceso con discursos económicos, sino que lo muestra a través de las imágenes y de las situaciones, en los propios cuerpos, en las miradas y en las actitudes de sus protagonistas.

Asturias ha vivido un proceso muy similar, aunque más prolongado en el tiempo y sin duda amortiguado por la intervención pública: minería, siderurgia, astilleros, metalurgia, energía e industria auxiliar no solo generaron empleo durante décadas, sino que construyeron progreso, identidad, autoestima colectiva y estructura social: el trabajo industrial organizaba la vida cotidiana, las familias y los barrios. Cuando ese modelo empezó a desmontarse no sólo se perdió empleo, sino que se perdió todo un sistema de vida, un relato compartido de futuro, algo que podemos entrever en muchas escenas de la película: los protagonistas -además de desempleados- están desubicados, han perdido su función social… Gaz no puede mantener a su hijo, Dave se siente inútil en su propia casa, Gerald finge tener trabajo para no reconocer su decadencia… la película acierta al mostrar que el paro industrial no es solo una variable económica, sino algo mucho más grave: una herida psicológica y cultural.

En Asturias, ese golpe también ha existido, pero se ha gestionado de otra manera: las prejubilaciones, las pensiones y el empleo público amortiguaron el impacto social, compensaron la tragedia de aquel presente a costa de hipotecar el futuro de nuevas generaciones, evitaron el estallido colectivo a la vez que adormecieron el debate de fondo. A diferencia de Sheffield, Asturias no tuvo que enfrentarse súbitamente al vacío y ha podido sostener una sensación de aparente normalidad, pero es sólo una percepción que se ha mantenido en forma de una adaptación lenta, incompleta y -en muchos casos- resignada como veremos a continuación.

Debemos tener presente que Asturias atesora activos estratégicos: la región concentra recursos minerales, infraestructuras industriales, instalaciones portuarias y conocimiento técnico que pocas comunidades autónomas pueden igualar. Aquí se localiza la única instalación siderúrgica integral de España, con producción de acero de alto valor añadido, clave para sectores como el transporte, la construcción especializada o las infraestructuras ferroviarias. No lejos de ella opera una de las mayores plantas de zinc electrolítico del mundo, heredera de una larga tradición minera e industrial que situó a Asturias en el mapa internacional de los metales no férreos; a estos grandes polos industriales se suman empresas relevantes y referentes internacionales en química, defensa, vidrio, fabricación de bienes de equipo, astilleros especializados en construcción naval de alto valor añadido, y un conjunto de ingenierías con elevada cualificación técnica que trabajan para proyectos industriales, energéticos y de infraestructuras dentro y fuera de España. Todos estos sectores generan exportaciones, aportan PIB y mantienen empleo cualificado… el problema es que su capacidad de arrastre ya no es la de hace décadas: emplean a menos personas, externalizan parte de su actividad o están integrados en cadenas de valor globales donde las decisiones estratégicas se toman lejos del territorio.

No cabe duda de que la industria asturiana, aunque sigue siendo relevante en términos de producción, ha perdido peso como generadora masiva de empleo: la automatización, la concentración empresarial y la integración en grandes grupos multinacionales han reducido su impacto sobre el conjunto del mercado laboral regional, y el resultado es que estos grandes activos industriales, por sí solos, no compensan la desaparición de cientos de pequeñas y medianas empresas industriales que antes estructuraban comarcas enteras. Este declive del tejido empresarial privado tiene una consecuencia directa: la brecha creciente entre la economía productiva y la economía sostenida por rentas públicas. Mientras la masa salarial derivada del sector privado industrial ha caído en los últimos 25 años, la masa procedente de rentas públicas no ha dejado de aumentar: pensiones contributivas y no contributivas, salarios de empleados públicos y distintas ayudas y prestaciones representan hoy una parte fundamental del dinero que circula en Asturias. Más de 300.000 personas perciben pensiones en la comunidad y –aproximadamente- una cuarta parte de los 436.200 ocupados en la región trabaja en alguna administración pública: estas rentas cumplen una función social esencial y han evitado un deterioro mucho mayor del consumo y la cohesión social, pero también generan una dependencia estructural, puesto que cada vez menos trabajadores del sector privado sostienen un volumen mayor de rentas públicas.

Este desequilibrio tiene efectos profundos sobre el comportamiento de la población activa, el empleo público se percibe como la única vía de estabilidad a largo plazo, mientras que el sector privado aparece fragmentado, precario o incapaz de ofrecer trayectorias profesionales sólidas. Para muchos jóvenes, el horizonte vital se reduce a dos opciones: preparar una oposición o marcharse fuera y cuando una economía empuja sistemáticamente a sus jóvenes a elegir entre emigrar o depender del sector público, algo esencial está fallando. Si nos centramos en la formación técnica, Asturias forma cada año a jóvenes altamente cualificados en ingeniería, ciencias, formación profesional avanzada y otras disciplinas técnicas, y deberíamos preguntarnos por qué no encuentran acomodo en el tejido empresarial privado de la región. El resultado palpable en los últimos años es un éxodo silencioso y selectivo: se marchan quienes tienen mayor empleabilidad y capacidad de elección… desapareciendo así de los registros demográficos de la región. Este fenómeno agrava aún más el problema de sostenibilidad, puesto que cada joven que se marcha reduce la base futura de cotizantes, debilita la masa salarial privada y limita la capacidad de atraer nuevas inversiones; es un círculo vicioso difícil de romper: menos empresas generan menos oportunidades, lo que provoca más emigración, lo que a su vez dificulta la creación de nuevas empresas.

El modelo instaurado en Asturias mantiene con sordina el presente a costa de hipotecar el futuro: funciona razonablemente bien para quienes ya están dentro del sistema —pensionistas, empleados públicos y trabajadores consolidados— pero no ofrece un proyecto creíble para las generaciones que deberían sostenerlo mañana. Más que preguntarnos si el sistema funciona hoy deberíamos reflexionar sobre cuánto tiempo puede seguir haciéndolo sin una base empresarial privada más amplia y dinámica. Nadie cuestiona la necesidad de las pensiones ni del empleo público, sino que lo que debe debatirse es el modelo, la falta de una estrategia eficaz para fortalecer el sector privado, favorecer la creación de empresas medianas y grandes, y convertir los activos industriales existentes en verdaderos motores de empleo y atracción de talento… sin ese giro, Asturias corre el riesgo de convertirse en una economía estable en apariencia, pero estructuralmente frágil y cada vez más dependiente de decisiones tomadas fuera.

Volviendo a la película, el striptease de The Full Monty funciona como una metáfora brutalmente honesta: los protagonistas pasan de producir acero a vender su propio cuerpo como último recurso. No hay glamour en ello sino necesidad, es una forma de decir que, cuando el sistema productivo te deja desnudo, solo te queda decidir tú mismo cómo quieres exponerte. En Asturias no ha habido un striptease colectivo y sí una transición clara: de la fortaleza y estabilidad del empleo industrial al sector servicios de baja productividad, del taller al bar, de la fábrica al contrato precario… no se trata de despreciar o minusvalorar el sector servicios, sino de reconocer la evidencia económica de que no genera el mismo valor, ni los mismos salarios, ni -por supuesto- las mismas trayectorias vitales que la industria.

Aquí aparece la diferencia clave entre el Sheffield donde se ambienta la película y nuestra querida Asturias: el papel del Estado. En el Reino Unido la retirada fue rápida y brutal, mientras que en Asturias el empleo público, las pensiones y las ayudas actuaron (y siguen haciéndolo) como anestesia social: han sido esenciales para evitar un colapso, pero también han contribuido a consolidar un modelo donde la estabilidad depende más de la redistribución que de la generación de nueva riqueza… esta diferencia explica por qué el drama asturiano ha mutado con el tiempo. En The Full Monty, los protagonistas son hombres expulsados del sistema, mientras que, en la Asturias actual, el foco se ha desplazado trasladando el drama principal de quien cae a quién no llega a entrar: los jóvenes cualificados no montan un espectáculo para sobrevivir, simplemente se marchan… o la administración pública les provee de una paga a cambio de nada que -más que un subsidio transitorio- acaba convirtiéndose en un incentivo para el apalancamiento.

Vista desde hoy en día, The Full Monty no es una comedia sobre el desempleo, es una advertencia sobre lo que ocurre cuando una región pierde su base productiva y no construye una alternativa equivalente. Asturias todavía tiene activos industriales, conocimiento técnico y capital humano: la cuestión es si sabrá convertirlos en un nuevo motor económico o si seguirá viviendo -anestesiada por los recursos públicos- entre el recuerdo de lo que fue y la improvisación de lo que queda.

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