That Thing You Do!

“That thing you do!” es una película de 1996 que supuso el debut como guionista y director de Tom Hanks. Ambientada en el verano de 1964, cuenta la historia de un grupo musical de Pensilvania que consigue llegar a la cima del éxito, aunque sea de una manera efímera.

Con esta historia podríamos reflexionar sobre el talento y sobre el producto: el talento de cada uno, el producto que ese talento nos permite ofrecer, pero –sobre todo- el producto que el mercado quiere comprar.

La modesta banda local “The Wonders” (así se tituló en España también a la película) está liderada por Jimmy que es el vocalista y compositor talentoso. Mientras preparan un tema para un concurso local, su batería tiene un pequeño accidente y se les ocurre llamar a un viejo conocido: Guy Patterson, un chico que trabaja en el negocio de electrodomésticos de su padre pero cuya verdadera pasión es el jazz, a la que dedica las noches tocando en el sótano de la tienda.

La canción que preparan es una balada romántica titulada “That thing you do”:

https://youtu.be/GPiD9HptXz4

El día del concurso ocurre algo inesperado: el batería se transforma en el escenario y aumenta el tempo de la música, convirtiendo la balada romántica en un tema un poco más roquero:

No sabemos qué habría pasado si hubieran interpretado la canción con el tempo original, pero lo que sí sabemos es que la canción con ese ritmo conectó de inmediato con el público, era el producto que el mercado estaba esperando. A partir de ese momento llegan los contratos, la grabación del primer disco, el primer concierto grande y la firma por una multinacional que catapulta a ese tema en la lista de los discos más vendidos y les hace llegar al olimpo de las estrellas. Tranquilos, no les voy a destripar más la película, aunque supongo que la mayoría la habrá visto en algún momento desde 1996 hasta hoy.

Pero quedémonos en el talento:

  • Jimmy, el compositor y líder de la banda, es un tipo con talento para hacer canciones, muy seguro de sí mismo y obsesivo con su música y su carrera musical: todo tiene que ir como él tiene concebido, sus planes se anteponen a cualquier cosa (incluidas las relaciones personales)
  • Guy, el batería, es un apasionado, un virtuoso que en un entorno de cierta libertad deja que sea la inspiración quien domine la melodía

El primero tiene el talento de componer una canción de éxito, pero es el talento del segundo el que hace posible que esa canción tenga el ritmo que la gente estaba esperando.

Si miramos a nuestro alrededor, en empresas y en la sociedad, seguro que todos nosotros conocemos equipos de trabajo que funcionan porque las ideas son llevadas a cabo por profesionales que saben marcar el tempo adecuado para que las cosas salgan bien (a pesar del líder). De la misma manera hay empresas donde las ideas (o los mecanismos, o las pautas) se anteponen a todo lo demás y tienen una rigidez que no deja lugar a salirse del guion establecido, aunque eso sea muchas veces contraproducente o un hándicap para los intereses de la propia empresa.

En nuestra sociedad hay “productos” (entiéndase desde cualquier tipo de moderno dispositivo tecnológico hasta cambios sociológicos, nuevas normas y/o costumbres, estrategias, etc) que son ideados o dispuestos por terceros y que en unas ocasiones sólo se nos ofrecen pero que otras ocasiones se nos imponen sin remedio suponiendo para nosotros un impacto a veces inevitable, y que no siempre son el tema roquero que estábamos esperando para cantar y bailar.

Para terminar por hoy, les dejo con la última actuación del grupo para que aprecien el cambio y la evolución entre el ensayo en el garaje, la primera actuación y la final

https://youtu.be/Fa9DHG-3eE8
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Entre Mr. Wonderful y el Apocalipsis

Un amigo compartía hace unas semanas la portada de ese libro en uno de mis grupos favoritos de Whatsapp. Confieso que aún no lo he leído, pero sólo el título me ha creado cierto interés.

Mientras el pensamiento de Mr. Wonderful se fomenta y va calando en una buena parte de la población, con sus indudables beneficios para la salud mental diaria y la motivación de mucha gente, están por ver los efectos de tanto pensamiento positivo a largo plazo: los problemas están ahí y muchos de ellos no se solucionan sólo con una ración diaria de optimismo.

Hay otras personas que, inasequibles al desaliento, militan en el impertérrito ejército de los que sostienen que “hay tantas cosas por las que preocuparse que esto es un sinvivir…” (es verídico, lo he escuchado) y convierten sus vidas en auténticos Vía Crucis empalmando sucesivas estaciones de angustias, preocupaciones e inquietudes sin dejar que ningún cireneo se les acerque a ayudarles a portar su particular cruz, eternamente acongojados y sin tiempo siquiera para valorar la compañía de sus seres queridos o para pasar un momento distendido y alegre con sus amigos.

Por ejemplo, un amigo nos habla a veces de un colega de trabajo al que ya han bautizado como TRISTÓN, y cuyo rictus serio y sus pocas palabras ya anticipan que su compañía difícilmente será un festival del humor; un hombre cuyas virtudes profesionales se quedan ocultas muchas veces detrás de una proyectada imagen gris que hace que todo sean dificultades: desde cualquier proyecto o consulta profesional que le llega hasta el cuidado con sus ingestas diarias, dado que muchas comidas, algunas bebidas o el café diario le provocan ardores y digestiones pesadas.

Pero el premio a la antítesis de Mr. Wonderful se lo lleva el APOCALÍPTICO: un hombre del que muchos de sus compañeros huyen tan pronto como lo ven asomar por la puerta del departamento o enfocar la zona común donde suelen hacer la pausa para tomar un merecido café. Por lo que nos ha contado mi amigo, debe ser un hombre con un nubarrón tormentoso encima que no deja momento para un esperanzador rayo de sol; la mera convivencia diaria con ese hombre debe ser una prueba titánica para el espíritu más optimista, puesto que lleva años prediciendo la quiebra de su propia empresa, pronosticando el desastre catastrófico en los proyectos en los que participa (y en los que no participa también) y hasta advirtiendo el agotamiento del dinero en la caja de su empresa para hacer frente a los pagos corrientes de nóminas y proveedores.

Otro buen amigo -al que tengo por más equilibrado- solía sentenciar, haciendo suya la célebre frase de Mario Benedetti, que “un pesimista es sólo un optimista bien informado”, pero ya saben que, independientemente del nivel del líquido en el vaso, éste siempre estará medio lleno o medio vacío en función del punto de vista y del talante del observador. Vivimos en una época en la que parece que se huye del análisis reflexivo, de la serenidad o de la neutralidad en las emociones, y cualquier mínimo indicio nos puede hacer volar de optimismo o sumergirnos en el valle de la desesperación del efecto Dunning-Kruger:

Overbooking en el «Monte de la Ignorancia»​

Las redes sociales han ayudado mucho a que así sea y estamos obligados no sólo a ser felices y lanzar mensajes de optimismo como si estuviéramos en la orquesta del Titánic mientras el barco se hunde (aplíquese a nuestras vidas o nuestros trabajos), sino a mostrar una fachada de optimismo ante la vida que casi con total seguridad conllevará un desengaño y una decepción que pueden ser demoledores para nuestra estabilidad emocional.

Si ser devoto del pesimismo perpetuo puede llegar a ser tóxico para nosotros y los que nos rodean, afectando seria y severamente a nuestra salud, mucho más peligroso es -en mi modesta opinión- construir una fachada frágil que proyecte unos supuestos estados de optimismo y felicidad en nuestras vidas mientras que los problemas reales minan nuestros cimientos como la humedad inunda por capilaridad y debilita las paredes de una vieja casa. Nuestra sociedad actual tiene que acostumbrarse a que los problemas llegan y no es bueno afrontarlos con pesimismo, pero tampoco con un optimismo impostado: sólo desde la reflexión, la confianza, el tesón, el trabajo y la fe se superarán nuestras dificultades o aprenderemos a vivir con ellas.   

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LA SENTENCIA DE LOS NECIOS

Foto de Manuel Cordero en UNSPLASH

La actualidad del momento pasa por las negociaciones y acuerdos que las distintas fuerzas políticas han llevado y están llevando a cabo para formar gobiernos locales y autonómicos. Si hay un nombre que destaque quizás sea el de Vicente Barrera (propuesto como futuro vicepresidente y consejero de Cultura de la Comunidad Valenciana) por su pasado como torero.

No han tardado sus rivales políticos, periodistas y opinadores varios en cuestionar y menospreciar su valía para el cargo o incluso mofarse de este hombre amparándose en su pasado taurino, de una manera similar a lo ocurrido con D. Ramón Tamames durante el proceso de la última moción de censura hace unos meses.

Nuestra sociedad se está acostumbrando a tolerar el juicio y la sentencia de los necios, pero veamos primero qué dice nuestro diccionario de la R.A.E. del término:

necio, cia

Del latín nescius.

1. adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. 

2. adj. Falto de inteligencia o de razón. 

3. adj. Terco y porfiado en lo que hace o dice. 

4. adj. Propio de la persona necia.

Llamando a las cosas por su nombre, debemos reconocer que en cierta manera hemos perdido esta batalla y el acoso se ha asumido en nuestra sociedad o nuestras empresas aceptando que el cobarde de turno, unas veces amparado por el anonimato de la masa o de las redes sociales, y otras veces arropado por adláteres que le hacen creerse en un estatus superior, haga gala de su mediocridad con el menosprecio y la burla fácil del más brillante. No se extrañen: ha pasado y pasa ya desde las aulas (cada vez peor y con mayor crueldad con la “inestimable ayuda” ahora de las redes y dispositivos móviles) como demuestran los crecientes episodios de acoso escolar, para continuar en muchos ámbitos sociales y laborales. Hace unas semanas Xavi y Ancelotti, al hilo de los episodios de insultos racistas dirigidos a Vinicius Jr. en muchos estadios, ponían sobre la mesa que todos hemos aceptado como algo normal ir a un campo de fútbol a insultar a los deportistas.

En nuestras empresas y nuestra sociedad la hipocresía llega a tal extremo que la valía de un profesional o el potencial de una persona depende en muchas ocasiones de quién mueva su currículum, con quién juegue al pádel (vale cualquier otro deporte o actividad social) o con quién tome café y comparta tertulia: ya conocen el popular refrán español que reza “el que tiene padrino, se bautiza”, y no nos importa ignorar, menospreciar o denigrar a aquellos que no sean de nuestra cuerda. Ya no estamos hablando de que los méritos reflejados en un mismo currículum puedan servir para defender que el candidato es un “fenómeno” o para discriminarlo por razones de sexo, edad o experiencia -por ejemplo-, sino que hemos somatizado que cualquier mediocre pueda no sólo criticar la trayectoria, experiencia y preparación de otra persona de una valía bastante superior, sino ponerle todo tipo de trabas y cortapisas.

Pero si esto pasa en nuestras empresas, qué no va a pasar en política, donde los baremos de méritos establecidos por los partidos para la selección de candidatos son a veces tan difusos o incógnitos que hacen difícil encontrar justificación lógica a determinados perfiles colados de soslayo en sus candidaturas: nuestro sistema democrático nos otorga la potestad de elegir a nuestros gestores cada cuatro años, pero no nos garantiza que las personas elegidas por los partidos políticos sean las más adecuadas en virtud de una experiencia o una preparación.

Les recuerdo esta elocuente escena de la película “La caza del Octubre Rojo”:

Solemos recordar el techo de cristal que sufren nuestras mujeres, pero todos conocemos a personas que, independientemente de su sexo y por más que se esfuercen, nunca tendrán el merecido reconocimiento a su compromiso, desempeño y profesionalidad, de la misma manera que en nuestras vidas nos cruzaremos con personajes cuya aureola o posición profesional es difícilmente justificable desde un punto de visto meramente objetivo.

Volviendo a Vicente Barrera, y sin olvidar que representa a un partido político al que han votado más de 300.000 personas en la Comunidad Valenciana (12,41% de los votos), he leído que heredó su vocación a la fiesta nacional de uno de sus abuelos (también torero) y que su familia intentó apartarlo de los alberos casi obligándole a licenciarse en derecho; una vez “cumplido ese trámite” se convirtió en un matador con una media de 70 festejos por temporada y muy buenas críticas hasta 2011. A partir de ahí se involucró en las empresas familiares (su otro abuelo fue un destacado empresario textil y fundador de mantas Paduana) ampliando horizontes en los sectores inmobiliario, alimentario y vitivinícola.

No está bien sumarse a las burlas, pero sí a las críticas sobre la conveniencia o capacidad del candidato: debemos ser extremadamente exigentes con quienes van a gestionar nuestros gobiernos… así que, tomando como patrón el perfil del torero que nos ocupa, podríamos hacer una comparación con el resto de candidatos que van en cualquiera de las listas políticas de nuestro país para cualquier puesto de gobernanza; y no sólo me refiero a los estudios (ya se ha comprobado que hoy en día hasta un máster o incluso una tesis doctoral se pueden falsear), sino al conjunto de la capacidad, experiencia, tesón y valentía para enfrentarse a las situaciones (y a los morlacos) que este hombre ha acreditado.

Para finalizar, les dejo la escena anterior en versión original y ampliada, para que comprueben el contexto y la manera de manejarse del político calculador (aplicable a cualquier otro “mocín” con los que nos cruzamos a diario) y el compromiso en el que se mete Jack Ryan por defender su teoría con una vehemencia digna de atención:

https://youtu.be/h29YKw7IU44
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