El árbol en la maceta

Photo by Alex Holyoake (Unsplash)

A pesar de la situación que atravesamos, el verano y el ocio propician reencuentros notables y de los que siempre se pueden sacar reflexiones que merecen la pena.

Esta semana coincidí con un par de amigos que antaño trabajaron para la misma empresa: uno de ellos permanece en esta misma compañía (una empresa no hace tanto tiempo líder en su sector y que hoy atraviesa serias dificultades) y lucha cada día contra la situación particular de su empresa, contra un mercado cada vez más competitivo y contra la acuciante situación económica en la que estamos envueltos: con todo, es un buen profesional que sigue “sacando petróleo” de cada visita comercial y me consta que sigue aportando nuevos clientes cada vez que sale de viaje en visita comercial. El otro conocido (no tengo tanta relación) también pasó por la mencionada empresa, pero de un modo “gris”, trabajando de una manera profesional pero timorata, sin mostrar demasiada iniciativa y sin sobresalir en nada; algunos –desde la otra parte del mostrador- achacábamos a su aparente timidez la falta de empatía o conexión con sus compañeros y clientes.

Cuando ambos empezaron a intercambiar impresiones sobre su situación actual, el primero se lamentaba de las dificultades que encontraba en este momento para atraer a clientes y contratar nuevas obras, mientras que el segundo contaba encantado que ahora se dedicaba a servir de nexo de unión entre inversores y potenciales clientes con empresas del sector. El primero –boquiabierto y ojiplático- no tardó en interrogar:

“Pero, ¿cómo es que ahora te sueltas y consigues contactos y negocios cuando siempre te costó acercarte a los clientes mientras estabas con nosotros?”

A lo que el segundo le respondió:

“Porque antes estaba limitado y el jefe no me dejaba desarrollar mi trabajo, y sin embargo ahora me han dado libertad de movimientos”

Yo asistía como testigo, pero sin evitar recordar las veces que a largo de mi vida profesional he visto estas escenas, comunes a tantas empresas: ¿han oído hablar del techo de cristal? Existe, y muy posible que ustedes -o alguien a quien conocen- hayan sido víctima de un techo de cristal.

En la actualidad se habla de techo de cristal únicamente cuando nos referimos a las dificultades que tienen las mujeres para ascender en su carrera profesional, pero a mí me gustaría ampliarlo a un espectro mayor de profesionales. Creo que es nuestro deber reflexionar sobre lo que ha estado ocurriendo en demasiadas empresas de este país en los últimos años: nos hemos acostumbrado a que las empresas (públicas o privadas) funcionen en su día a día gracias al esfuerzo no reconocido de muchos y a pesar de la inutilidad recompensada de demasiados, o dicho de otro modo: muchas empresas sobreviven gracias a que muchos profesionales cumplen con creces con su cometido haciendo más de lo que les compromete su cargo (por lo que se les remunera en su nómina), y a pesar de la caterva de vagos, pelotas y correveidiles que viven como parásitos a costa de sus sufridos compañeros.

Reflexionen por un momento si hay algo más frustrante para un trabajador que comprobar cómo se premia a un auténtico inútil mientras que se le niega el pan y la sal a otro compañero que ha estado trabajando hasta horas extra (motivado únicamente por su profesionalidad y por dejar el trabajo terminado y bien hecho) sabiendo que no va a ser recompensado por ello.

El techo de cristal existe, no sólo para las mujeres, sino para infinidad de profesionales que asisten impotentes y atónitos a cómo no sólo su trabajo no es valorado por el superior de turno, sino que se menosprecia cuando mediocres son más valorados que él con elogios públicos, mejores puestos, retribuciones y beneficios; y así, con el paso de los meses y de los años van comprobando que su carrera dentro de la empresa siempre estará limitada. Sólo les queda seguir ad infinitum o -si encuentran la ocasión propicia- irse a un destino mejor…

Eso ha estado pasando y se ha tolerado en nuestras empresas y en nuestra sociedad hasta el punto de la normalización, y por eso me atrevería a calificarlo de cáncer: mientras no extirpemos ese “tumor” de nuestras organizaciones (públicas y privadas) no alcanzaremos una sociedad saludable.

Hace unas semanas tuve una charla de carácter más íntimo y personal con una buena amiga que me confió las no pocas dificultades por las que ha pasado en los últimos años, y me llamó la atención el diagnóstico que un maestro oriental que la estaba tratando le hizo en un proceso de recuperación física y mental: “eres un árbol en una maceta”. Quizá deberíamos empezar por valorarnos más a nosotros mismos, a pensar como árbol y no como planta limitada por una maceta. Quizá donde estamos no podamos romper el techo de cristal, pero recuerden el caso del que les hablaba al principio (real) y quédense con esta última frase: “el árbol en una maceta”. No me considero con autoridad para animar a nadie a romper moldes, a hacer una revolución y presentar la renuncia mañana en su empresa, pero sí les exhorto a salir del encogimiento, a pensar que es muy probable que nuestro crecimiento no tenga los límites que algunos quieren imponer y a valorar seriamente que –a lo mejor- nuestras raíces se merecen una tierra fértil en la que nuestro árbol pueda desarrollarse tanto como merece.

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Sobre ética

Photo by NASA

Hace unos meses asistí a un taller online organizado por el MediaLab de la Universidad de Oviedo cuya temática era “Ética+Ingeniería” que me resultó francamente interesante porque no sólo se hacía una exposición de contenidos, sino que su estructura estaba enfocada a hacer reflexionar a los participantes sobre algunas situaciones ficticias y otras reales en las que las respuestas requeridas estaban también relacionadas con el punto de vista ético.

En el taller nos hablaron de la “ética normativa”, de intentar discernir cuándo una acción es correcta o incorrecta, relacionando la respuesta con las teorías de Aristóteles, Kant o Bentham en función de si el criterio para obtener esta respuesta estaba basado en las virtudes, en las normas o en los valores respectivamente. Pero sea cual sea el criterio por el que regimos nuestro comportamiento, en mi opinión hay un pilar básico que es la responsabilidad, el ser consecuente con nuestros actos, y por eso cada día lo paso peor al comprobar que en algunas empresas y en la sociedad en general se hace habitual construir un discurso que maquille –o directamente oculte- errores catastróficos, decisiones negligentes y actitudes irresponsables.

En mi vida profesional debo estar agradecido a mi buen maestro, del que aprendí que “sólo el que hace algo se equivoca, el que no hace nada no se puede equivocar nunca”, y que nuestras acciones y respuestas ante cualquier situación tienen siempre una responsabilidad que no podemos eludir, tanto internamente dentro de nuestra organización como de cara al exterior con respecto a clientes y proveedores. Algunos se preguntarán qué tiene “esto de la responsabilidad” que ver con la ética (no ya sólo en el trabajo, sino en nuestra vida) y yo creo que es la piedra angular de todo: la ética es la reflexión sistemática de la moral.

En mi humilde opinión, y por creciente que sea la competitividad en el mundo que nos ha tocado vivir, todo debe estar gobernado por la responsabilidad, o la ética si ustedes lo prefieren: un proyecto tiene que ser firmado por ambas partes (cliente y proveedor) desde la responsabilidad, desde la seguridad de ambas partes de que conocen en profundidad lo que firman y con quién lo firman, y con la voluntad por ambas partes de sacar adelante ese alcance. Sin embargo, desde hace unos años asistimos a la paradoja de que las empresas contratan lo que sea, de la manera que sea y con quien sea, y lo que pase después “ya se verá”; de tal manera que da la impresión de que cada vez se invierte más dinero en abogados que en técnicos para gestionar los contratos: parece que desde el mismo momento de la firma del contrato cliente y proveedor se convierten en enemigos, y lo importante ya no es que el proyecto salga adelante, sino cómo puedo ganarle algo de dinero a la parte contraria.

Una vez que el proyecto se firma y pasa a producción, los comerciales ya se han liberado de la responsabilidad, aunque hayan firmado una bomba de relojería que cae encima de la mesa de algún penitente jefe de proyecto. No es casual que en los últimos años siempre aparezca una letra pequeña, alguna partida no contemplada o algún condicionante que no se advirtió en fase comercial y con la que los ingenieros de proyecto deben lidiar. Hoy en día la mayor parte de directores de proyecto tienen un poder de decisión o maniobra inversamente proporcional a la responsabilidad que se les exige en su organización, se ha pasado de los tiempos en los que el ingeniero era una personalidad con secretaria e incluso chófer a ser una figura fusible, alguien a quien pedir informes y responsabilidades, y a quien cargar con el mochuelo del presunto desastre: no soy tan viejo como para recordar tiempos en los que a los jefes de proyecto se les daba una autonomía de funcionamiento en su proyecto proporcional a la exigencia que tenían encima. ¿Es ético pedir responsabilidad de la situación de un proyecto a una persona que no ha firmado el proyecto (si viene viciado no es por su mal hacer) y sin capacidad de decisión en el día a día?

Seguro que muchos de ustedes conocen situaciones así, pero a otros les costará creer que estas circunstancias puedan darse, y les aseguro que lamentablemente no son infrecuentes. Parece que en la sociedad moderna a las grandes empresas ya no les interesa hacer proyectos con éxito y dejar clientes satisfechos, sino únicamente ganar dinero aquí y ahora, y así –sólo pensando en este fin- se apuesta por crear pesadas “estructuras elefantiásicas” con departamentos financieros, jurídicos, administrativos, auditores, compras, calidad, planificación, documentación, etcétera, que en muchos casos aportan al jefe de proyecto más problemas que soluciones. Llega un punto en el que los departamentos de la empresa no están para auxiliar o apoyar al proyecto, sino que es éste el que sirve de excusa para que muchos justifiquen su razón de ser.

Sólo con ética o responsabilidad no se garantiza el éxito en un proyecto o en cualquier circunstancia en la vida, pero es imposible que los proyectos salgan bien si no trabajamos con responsabilidad. Sin responsabilidad, los problemas acaban llegando, y a veces de manera catastrófica.

Les invito a ver este interesante vídeo que explica las causas del accidente del transbordador espacial Challenger en 1986, y que demuestra cómo a veces las catástrofes también son evitables. Es frustrante comprobar cómo la ética y la responsabilidad de profesionales íntegros como Roger Boisjoly pierden la batalla cuando chocan contra otros intereses personales o empresariales, y cómo los intentos de ese hombre por prevenir una catástrofe -basados en criterios técnicos y argumentos probados- no tienen nada que hacer ante opiniones fundamentadas en otros intereses.

Sé que es un poco largo, pero si les gusta esta temática creo que es muy interesante e invita a la reflexión sobre las consecuencias que esta situación tiene para las partes implicadas.

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POSVERDAD LIVE AID

liveaid.free.fr

Este verano han cumplido 35 años dos iniciativas surgidas con un fin común que me siguen pareciendo tan exitosas como ejemplares.

Algunas informaciones sostienen que la chispa que encendió la mecha y conmovió conciencias es este breve y duro reportaje de la BBC el 23 de octubre de 1984 sobre la terrible situación que estaba atravesando Etiopía:

A una situación de años de guerra interna se unía un periodo de sequía en 1984 que afectaría a unos 8 millones de personas, causando 1 millón de muertes en términos globales y provocando trágicas situaciones como las que se muestran en el vídeo.

La emisión de este vídeo motiva de inmediato lo que ahora llamaríamos un CTA (“call to action”) en Bob Geldof, quien no pierde el tiempo y en colaboración con su amigo Midge Ure unen a varios famosos músicos británicos e irlandeses (Band Aid Trust) para grabar un mes más tarde la canción benéfica “Do they know it’s Christmas?” , que sale a la venta el 3 de diciembre y va directamente al número 1 de las listas de Reino Unido, donde permanecería 5 semanas superando los 3 millones de copias vendidas. Teniendo en cuenta la causa humanitaria del disco, el estado británico no recaudó impuestos en esta venta y la suma obtenida alcanzó los 8 millones de Libras.

Pero lo verdaderamente importante de este movimiento fueron las réplicas meses después. El impacto mediático de este movimiento saca a la luz el problema de la hambruna extrema en esa parte de África y la ola del «tsunami humanitario» cruza el Atlántico y llega a Estados Unidos, donde un grupo de músicos encabezados por Michael Jackson, Harry Belafonte, Stevie Wonder, Lionel Richie y Bruce Springsteen toman el relevo de Bob Geldof animándose a formar la fundación USA for Africa y lanzando en marzo de 1985 el famoso tema “We Are The Word”, que -sólo en EEUU- vende en ese momento 7,5 millones de copias y recauda más de 50 millones de Dólares.

En ambos movimientos participa Bob Geldof, y el trabajo en ambas costas del Atlántico por parte de mucha gente inquieta y comprometida se mantiene para hacer que ambas acciones culminen en dos conciertos el 13 de julio de 1985 en Londres y Filadelfia. Aún hoy es difícil entender cómo fue posible la organización de aquellos dos conciertos en poco más de dos meses, con la participación de todos los grandes músicos de la época unidos por una causa común: 16 horas de concierto, emisión vía satélite con más de 1000 millones de espectadores en 110 países, una recaudación de 125 millones de dólares… el éxito fue tal que a partir de entonces el 13 de julio pasará a ser declarada como Día Mundial del Rock.

El concierto de Wembley fue presidido en su inicio por los Príncipes de Gales, con una asistencia estimada de 80000 personas que a lo largo de casi 10 horas pudieron disfrutar de sus grandes ídolos unidos por una causa común. Antes de que el punto final llegara a Wembley, en el estadio JFK de Fialdelfia Joan Baez hacía de maestra de ceremonia ante 99000 personas que también tuvieron la oportunidad de vibrar con estrellas mundiales del mundo del Rock. Como anécdota me gustaría destacar que Phil Collins tiene el honor de haber sido protagonista en ambos conciertos, lo que seguramente supone un récord, puesto que no recuerdo a ningún otro músico que haya sido capaz de actuar en dos continentes en un mismo día: tocó en Wembley, tuvo tiempo para coger un vuelo del mítico Concorde y llegar al concierto del Filadelfia donde pudo volver a actuar; todo por una noble causa.

Aunque no faltaron ni trabas al principio por parte de representantes y discográficas ni las inevitables críticas a ambos conciertos, la voluntad y el tesón de los músicos se impusieron y creo que el motivo de concierto hizo que todas las actuaciones y la ocasión fueran memorables.

Si tienen interés pueden encontrar casi todo el concierto el distintos canales de Youtube, pero les dejaré una parte de la actuación de Queen:

En octubre de 1985, el propio Geldof organizó un viaje de 15 días en compañía de Kevin Jenden (director de la Band Aid) y un grupo de periodistas a los rincones más pobres y míseros de Mali, Burkina Faso, Níger y Chad, así como a los campos de refugiados de Sudán y Etiopía para llevar el dinero recaudado. Se aseguró entonces que todo el dinero recaudado llegó a su destino, y en 1986 Bob Geldof fue nombrado “Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico” por S.M. la Reina Isabel II. Desde aquel momento ha colaborado con más causas humanitarias y ha presionado para que los distintos gobiernos británicos se preocupen de mantener activa la ayuda con esa parte del mundo.

No tardaron en llegar las críticas y reproches con menor o mayor dureza. A medida que han ido pasando los años se ha dicho en muchos medios que los artistas (empezando por el propio Geldof) habían utilizado la campaña para auto-promocionarse, que el dinero recaudado había ido a cuentas opacas y se había quedado por el camino, que se había utilizado en armas o que había servido para apuntalar en el poder a los regímenes que estaban matando de hambre a aquella pobre gente… Desde los propios países necesitados también se ha criticado que el “activismo de celebridades” (así lo llaman) es contraproducente y acaba haciendo más daño que la ayuda que puede ofrecer a los pueblos más necesitados. Aquella causa tan elogiosa de hace 35 años se ve ahora seriamente cuestionada por un número creciente de voces que opinan que el número de ONGs en la zona se ha multiplicado por 200 desde entonces y esto colabora decisivamente –por una parte- a proyectar una imagen de una África incapaz de subsistir sin el continuo apoyo de Occidente y –por otra parte- a afianzar la corrupción de determinados regímenes políticos. Debo decirles que estas declaraciones (críticas con las ayudas occidentales) a las que he tenido acceso son de personas en torno a 30/40 años y con estudios universitarios, por lo que dudo mucho que se encontraran entre los grupos más desfavorecidos de mediados de los 80 a los que se intentó ayudar.

Como les decía hace unas fechas en el caso de “El árbol caído”, no estoy en condiciones de defender a Bob Geldof de las graves acusaciones que ahora -después de 35 años- le llueven por su iniciativa porque no tengo argumentos sólidos. Tampoco me sumaré a estas críticas, porque francamente algunas tesis me parecen inconcebibles: me resulta difícil creer que unos eventos como los Live Aid, capaces de unir a músicos de todo el mundo, de enterrar enemistades y curar egos irreconciliables sean un montaje para enriquecimiento personal o para fines siniestros. Ojalá hubiera muchas más iniciativas así y se pudiera ayudar a mucha más gente.

Déjenme seguir creyendo.

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