KEEP THE CUSTOMER SATISFIED

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Supongo que algunos de ustedes habrán relacionado el título de este artículo con una canción de los maravillosos Simon & Garfunkel, pero permítanme que utilice este titular para enlazarlo con otra famosa frase como es “El cliente siempre tiene la razón”, atribuida a Harry Gordon Selfridge (fundador de la tienda Selfridge en Londres en 1909) y utilizada comúnmente -por una parte- para convencer a los clientes del buen servicio que iban a recibir y -por otra parte- para motivar a los empleados en aras a prestar la mejor de las atenciones.

Parece que los tiempos cambian, y con ellos surgen nuevas corrientes, opiniones y tendencias que no sólo ponen en duda los principios comerciales del siglo XX, sino que uno se encuentra con varios artículos en los que abiertamente se defiende escoger sólo a los «buenos clientes» y decirles adiós a los «malos clientes».

Hace 20 años, asistí a un curso sobre Calidad en la Producción, y puedo decir que el mejor concepto sobre la Calidad en la empresa no lo aprendí allí, donde se esforzaron para ilustrarnos y convencernos sobre las bondades de implantar procedimientos de todos los procesos dentro de la compañía. Un veterano compañero por aquel entonces me sintetizó lo que supone trabajar con Calidad en una empresa: “Satisfacción para el cliente y beneficios para la empresa”, siempre hay que trabajar con esos 2 objetivos, y no vale con alcanzar uno sólo de ellos. Una empresa no es una ONG, una empresa tiene que vender un producto o servicio, ganar dinero y dejar satisfecho al cliente.

Quizá a mi reflexión siguiente le falten argumentos o datos, es posible que yo pueda estar equivocado, pero pienso que en los últimos 20 años hemos pasado de los Directores Técnicos-comerciales a los Business development managers, y parece que en ese paso las empresas se han dejado buena parte de sus márgenes de beneficio, clientes recurrentes y en muchos casos la buena reputación.

Cuando yo entré en la empresa, nuestro director técnico-comercial era un hombre que había pasado por obra (de manera somera), conocía nuestra empresa, nuestro producto, el mercado y a los clientes y sus necesidades. Con él asistí a alguna reunión y tenía una máxima que era “hay que hacer lo necesario para conseguir lo conveniente”, lo conveniente para que a nuestra empresa le fuera bien y el cliente quedara satisfecho… tan satisfecho que quisiera repetir con nosotros. Conseguir eso no es sencillo, pero creo que debe ser nuestro objetivo y el de cualquier empresa que no quiera tener fecha de caducidad. ¿Quiere decir esto que el cliente siempre tenía la razón?: rotundamente no. Al cliente tienes que darle la mejor versión del producto que quiere comprar, y si lo que quiere no es lo óptimo, un director técnico-comercial tiene que tener la capacidad suficiente para demostrarle con sólidos argumentos técnicos que lo que pide no es razonable y que nuestra empresa le puede ofrecer una solución mejor. Para lograr ese objetivo, aquellos profesionales casi nunca necesitaban el apoyo de otros recursos de la empresa, porque su experiencia y conocimientos eran más que suficientes para convencer a clientes o relacionarse con proveedores y que éstos pudieran respaldar el proyecto con los recursos precisos.

El mundo ha cambiado, y con él las empresas. Por lo que se lee en los medios, los resultados en las grandes empresas disminuyen a medida que crecen las noticias sobre problemas, reclamaciones y arbitrajes, y deberíamos tener en cuenta que en muchas ocasiones el desastre empieza en el comercial que ha vendido el producto y en el comprador que lo ha firmado. Por supuesto que la competitividad y la coyuntura económica no ayudan, pero creo que estos dos argumentos son utilizados de una manera recurrente para tapar otras carencias o disfunciones en la estrategia comercial de algunas grandes compañías desde hace años.

Es habitual encontrarse negociando y firmando productos y servicios de cualquier magnitud a profesionales que no han tenido la posibilidad de estar al frente de un proyecto, de estar en el lugar donde éste se va a desarrollar, de estar en un taller, una obra u otro sitio que no sea la oficina. Algunos de estos profesionales no han tenido la oportunidad porque sus superiores no lo hay considerado necesario, pero hay muchos otros que lamentablemente no tienen ni la inquietud de conocer lo que están vendiendo (o comprando). Conozco el caso de un muchacho al que después de firmar orgulloso un proyecto lo pusieron al frente del mismo, y poco más de 2 meses después –cuando empezaban los problemas- se estaba marchando voluntariamente de la empresa.

En otras muchas ocasiones, es la presión transmitida desde dentro de la propia organización la que hace a vendedores y compradores tirarse a piscinas sin asegurarse no sólo de que no estén llenas de tiburones, sino tan sólo de que tengan el agua suficiente para no morir en el salto.

Cuando uno compra, no puede quedarse sólo en el precio más barato sin indagar nada más, porque en ese momento lo que está firmando es eso: el producto más barato, que no suele ser el mejor o más conveniente. Y les aseguro de que los problemas en estos casos están garantizados.

Hace años que algún mediocre consideró que mantener un trato cordial y una buena relación con clientes y/o proveedores era “sospechoso”. Los antiguos responsables comerciales se preocupaban por mantener el contacto con el cliente y sus representantes, una relación difícilmente entendible desde la distancia telefónica y el frío FAX o E-MAIL. Se buscaban las ocasiones para una visita, una comida o unos culetes de sidra con el ánimo de hablar de todo, de temas profesionales y personales… encuentros entre profesionales que buscaban lo mejor para sus empresas y en los que en muchas ocasiones se intercambiaba valiosa información.

A nivel particular podemos comprobar este tipo de directrices en muchas empresas que sólo se preocupan de captar un nuevo cliente, pero no de mantenerlo con un buen servicio o relación. Por ejemplo, a mí me molesta comprobar cómo mi empresa de telefonía publicita sin el más mínimo rubor el mismo servicio que yo tengo contratado desde hace años a mitad de precio para nuevos clientes, y no se molesta en premiar con alguna leve mejora la fidelidad de otros que llevamos años siendo clientes. Se busca el captar aquí y ahora… y lo que pase dentro de unos meses ya veremos a quién le corresponde defenderlo.

Curiosamente, los mismos que colocaban la sombra de la sospecha sobre quienes antaño se preocupaban por mantener buenas relaciones con clientes, premiaron casi al mismo tiempo con el halo del éxito a los nuevos bussines developers por encontrar oportunidades de negocio en nuevos mercados y con nuevos clientes, éxitos en la mayor parte de los casos fugaces como la estela de un cometa y que barruntaban conflicto casi desde la antesala de la firma del contrato.  Me sorprende que responsables altamente cualificados no hayan sido capaces de calibrar el riesgo y prever los resultados de esa estrategia cuando todo está en el acervo popular: mi querido suegro solía decir que “quien lejos va a casar, o va engañado o va a engañar”. Pero lo que más lamento es el abandonar relaciones fructíferas, contratos recurrentes que daban beneficios asegurados, pero no tan grandes como para ocupar un titular en la prensa: he ahí la causa. Como en las empresas de telefonía, en otras grandes empresas se ido descuidando al cliente recurrente y se ha puesto el objetivo en captar nuevos clientes sin el más mínimo interés por mantenerlo, por cuidar esa relación y ofrecerles el mejor servicio.

Pero lo peor de todo es que son las empresas en sus resultados y su imagen quienes sufren las consecuencias de las formas, maneras y temeridades de algunos. Hace unas fechas les hablaba de la comunicación en la empresa, y aquí también podríamos decir que hemos pasado de ir a tomar una caña o comer con un cliente o proveedor a no querer contestarles ni al teléfono: eso está pasando y se está consintiendo sin que nadie ponga remedio. En mi opinión esa conducta en un empleado es de suma gravedad por lo mucho que daña no ya su imagen (allá él), sino la de la empresa a la que representa. Es incomprensible que se vigilen con celo las horas de llegada y salida en los centros de trabajo o las pausas para cigarros y cafés y nadie vigile y vele por la imagen de la empresa que los empleados proyectan hacia el exterior.

Deberíamos tener siempre presente que si un cliente necesita un servicio, alguien se lo va a tener que prestar –nosotros o la competencia-, que cuando un cliente se dirige a un vendedor es porque tiene la necesidad o el interés en comprar algo, y que tenemos mucha suerte si el teléfono al que llama es el nuestro, por lo que debemos intentar atenderlo de la mejor manera posible y darle lo que quiere.

Recuerden la escena de la película Pretty Woman en la que en una tienda no querían atender a la protagonista por su aspecto. Al final, la chica fue de compras a las tiendas donde  le atendieron como correspondía e incluso gastó más dinero del que estaba previsto.

NOTA: Publicado en LinkedIn el 19 de junio de 2020

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Overbooking en el «Monte de la Ignorancia»​

Hace algo más de un año mi amigo Eliseo Álvarez compartió con nuestro grupo de colegas un interesante artículo sobre el “Efecto Dunning-Kruger”, al que pertenece el gráfico que encabeza este artículo y del que les recomiendo lectura:

https://www.psicoactiva.com/blog/el-efecto-dunning-kruger-paradoja-incompetent

Inquieto como era, nuestro querido y añorado Misael respondía de inmediato en un correo con el siguiente mensaje: “Muy bueno. Aprovecho para complementarlo con dos ejemplos que podéis imprimir y poner sobre vuestra mesa para no olvidarlos nunca…”

Uno de los ejemplos era el esquema que ilustra este artículo, alguno de nosotros lo imprimió y pegó en su escritorio, y casi me atrevería a decir que ninguno lo va a olvidar nunca. Si alguien tiene interés, se incluye en el siguiente artículo que versa también sobre el mismo tema:

https://tuktukbit.com/dime-de-que-presumes-o-el-efecto-dunning-kruger

Les confieso que hasta ese momento yo no había oído hablar de ese estudio, pero me pareció sencillamente genial. Hace unas semanas volvieron a llegar a mí por distintas vías algunos artículos sobre el tema, como si este efecto se hubiera vuelto virulento en nuestra sociedad y fuera necesario recordarlo, y ciertamente todo apunta a que el atrevimiento y la ignorancia le están ganando la partida al conocimiento y la experiencia sin que nadie pueda hacer algo al respecto sin ser tachado de retrógrado, reaccionario, insensible o cualquier adjetivo cargado de tintes negativos que se le pueda ocurrir a los defensores del modernismo (entendiendo como tal un nuevo orden profesional y social que rompa con lo establecido hasta ahora, haya funcionado o no).

Hoy mismo un colega me contaba una situación presenciada por él mismo en una instalación industrial asturiana. Un joven inspector –en representación de un cliente- se encontraba en el taller sin el obligatorio casco de seguridad, y cuando un hombre (mayor que él) se le acercó para advertirle en un tono educado que debía ponerse el casco, el primero le contestó: “y tú, ¿quién eres?”. Incapaz de abandonar la perplejidad en ese momento, el buen hombre le reveló: “soy el Director de Operaciones de esta empresa”.

Conozco al mencionado Director de Operaciones y no puedo dejar de pensar en la escena, sigo tan boquiabierto como cuando mi interlocutor me iba contando la historia. O sea: estamos ya aceptando que un cliente envíe un inspector (no tengo argumentos para valorar su capacidad, pero sí podemos convenir –dada su edad- su escasa experiencia) y que, ante un incumplimiento de una norma esencial de seguridad en cualquier instalación industrial, al ser requerido para que cumpla con la normativa, en vez de disculparse y corregirlo sin demora la  respuesta que le sale es “y tú, ¿quién eres?”. En mi opinión esta batalla la empezamos a perder cuando eliminamos el trato de usted y pasamos a tutear a todo el mundo sin haber generado el vínculo necesario para esa cercanía, yo soy de los que piensa que determinadas relaciones y comunicaciones requieren la distancia social de la que dota el “usted”. Sé que esto puede ser impopular, pero creo que -sin que signifique una merma en el respeto que todos nos merecemos- no todos podemos ni debemos estar al mismo nivel, y la única barrera que tenemos de manera individual para marcar territorio es el lenguaje.

Por otro lado, también esta semana he asistido a una reunión con representantes de un potencial cliente en la que su “experto” para este proyecto que están valorando desarrollar evidenció con sus intervenciones su inexperiencia en la materia: la desorientación abarcaba desde requisitos inasumibles en la fabricación de materias primas hasta discusión sobre procedimientos y la conveniencia de tratamientos térmicos, pasando por ensayos innecesarios que –además del coste económico- sólo podrían aportar problemas por la incertidumbre en los resultados.

Una vez más compruebo que -en muchas ocasiones- empresas de un tamaño estimable ponen al frente de proyectos u operaciones a personal (en mi humilde opinión) sin la experiencia requerida, lo que supone un serio problema que frecuentemente se ve agravado por la soberbia que destilan algunos cuando argumentos técnicos evidencian el error que hay en su propuesta, y en lugar de confiar en los consejos de expertos, aprender y rectificar, emprenden la huida hacia delante.

Como en muchos otros ámbitos, en mi sector está casi todo inventado y no deberían caber los protagonismos personales. Las normas y los códigos recogen todos los aspectos y requisitos que deben tenerse en cuenta para el diseño, fabricación y montaje de los equipos. Una de las mejores definiciones sobre “standard” nos la ofrece el Código ASME y aquí se la traduzco literalmente: Un estándar se puede definir como un conjunto de definiciones y pautas técnicas, instrucciones de «cómo hacerlo» para diseñadores, fabricantes y usuarios. Los estándares promueven seguridad, confiabilidad, productividad y eficiencia en casi todas las industrias que dependen de componentes o equipos de ingeniería. Los estándares pueden ir desde unos pocos párrafos hasta cientos de páginas, y están escritos por expertos con conocimiento y experiencia en un campo particular que forman parte de muchos comités”.

Los códigos y las normas son documentos vivos que se revisan regularmente por los comités y organizaciones responsables para adaptarlos a la evolución tecnológica, son reconocidos internacionalmente por la garantía que ofrecen en lo que respecta a diseño, fabricación y operación, así que poco más podemos aportar.

El efecto Dunning-Kruger nos demuestra que, cada vez con una frecuencia mayor, aparecerá en nuestro camino alguien con una seguridad en sí mismo inversamente proporcional a su experiencia, o –dicho de otro modo- con un nivel de competencia auto-percibida lejos de la real. Este tipo de personas, por acción u omisión, suelen dejar huella en forma de consecuencias: lo que coloquialmente se conoce como marrones, que pueden llegar a ser auténticos rompederos de cabeza para sus sucesores (herederos de un presumible desastre) o sumideros económicos capaces de hacer naufragar hasta la más saneada de las empresas.

Hace algunos años, fui testigo de un proyecto en el que se requerían unas chapas que llevaban STUDS soldados. Después de varios proyectos de experiencia eso no suponía ningún hándicap insalvable para la empresa constructora, pero el representante de ese nuevo cliente se empeñó en realizar un ensayo no procedente en ese tipo de uniones (Líquidos Penetrantes) y por parte de la empresa constructora nadie supo o fue capaz de disuadir al cliente de realizar ese examen demostrándole técnicamente la no pertinencia de ese tipo de ensayo. Para los no familiarizados con este tipo de uniones, les puedo resumir que lo habitual y procedente en este proceso de soldeo es una inspección visual y un ensayo de doblado.

Finalmente los ensayos por líquidos penetrantes se hicieron (suponiendo un coste para el proyecto) con indicaciones no calificables por parte de la empresa de ensayos autorizada, así que todos los informes contenían la misma observación: “Se observan indicaciones inherentes al proceso de soldeo”.

Este ejemplo ilustra la importancia de poner en la defensa de determinados asuntos técnicos -y en la toma de decisiones- a alguien que sepa de lo que habla, independientemente del CV que le respalde o de los títulos que tenga. El problema hoy en día es la creciente y habitual rotación de personal en las empresas: muchos trabajadores no llegan a tener tiempo de adquirir experiencia en la empresa, otros ni se llegan a identificar con la compañía, y las empresas parece que no se preocupan de cuidar a sus empleados, así que las relaciones no son duraderas y nos encontramos con un conjunto de profesionales que tienen un amplio y aparentemente exitoso CV, pero a los que les falta mucho para “hacerse”. Creo que un buen profesional debe “hacerse” como el vino: procesos de fermentación, maduración y embotellado con mimo y paciencia. Por muy buena que sea la uva, si no se cuidan esos tres procesos no tendremos un vino óptimo… y en el caso de los profesionales, ni la sociedad ni las empresas (fiel reflejo de ésta) están preparadas para mimar esos tres procesos.

Por cierto, y para terminar con el ejemplo: en el caso de los ensayos de los STUDS, tanto el representante del cliente como el del proveedor fueron contratados para ese proyecto por sus respectivas empresas en virtud de sus “curriculum vitae”, y creo que ninguno llegó a ver terminar el proyecto, pero sus decisiones o falta de conocimiento -como en este caso- supusieron un coste extra y problemas a sus empresas que bien podrían haberse evitado.  

NOTA: Publicado en LinkedIn el 12 de junio de 2020

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BATRACIOS Y ALACRANES

Foto: Centro Virtual Cervantes

Hace unos días leía un artículo que hacía referencia a la fábula de la rana y el escorpión, cuya autoría se atribuye por parte de algunos críticos al griego Esopo. Supongo que todos la conocen, pero conviene recordarla con esta versión del Centro Virtual Cervantes:

Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo:

—Amiga rana, ¿puedes ayudarme a cruzar el río? Puedes llevarme a tu espalda…

—¿Que te lleve a mi espalda? —contestó la rana—. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo a mi espalda, sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. Lo siento, pero no puede ser.

—No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. ¿No ves que si te pincho con mi aguijón te hundirás en el agua y que yo, como no sé nadar, también me ahogaré?

Y la rana, después de pensárselo mucho se dijo a sí misma:

—Si este escorpión me pica a la mitad del río, nos ahogamos los dos. No creo que sea tan tonto como para hacerlo.

Y entonces, la rana se dirigió al escorpión y le dijo:

—Mira, escorpión. Lo he estado pensando y te voy a ayudar a cruzar el río.

El escorpión se colocó sobre la resbaladiza espalda de la rana y empezaron juntos a cruzar el río.

Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón a la rana. De repente la rana sintió un fuerte picotazo y cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo. Y mientras se ahogaba, y veía cómo también con ella se ahogaba el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para decirle:

—No entiendo nada… ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir.

Y entonces, el escorpión la miró y le respondió:

—Lo siento ranita. No he podido evitarlo. No puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme.

Y poco después de decir esto, desaparecieron los dos, el escorpión y la rana, debajo de las aguas del río.

Son muchas las situaciones profesionales a las que me recuerda esta fábula en concreto. A pesar del conocido final, les aseguro que me vienen a la mente una larga colección de “ranas” de buena voluntad con las que me he cruzado en varias empresas. Siendo consciente de que situaciones adversas pueden provocar extrañas alianzas, el que les habla considera que las personas deberíamos ser menos incautas a medida que nos hacemos veteranos, y por eso resulta inverosímil la reacción de muchos cuando llega el desenlace final de la aventura o incluso cuando –desde el aprecio- intentas abrirles los ojos. Desde mi punto de vista, suelen darse 3 tipos de circunstancias:

  • Hay personas buenas por naturaleza y que no conciben que su compañero de viaje ocasional pueda hacerles ningún mal. A veces los escorpiones se aprovechan sin escrúpulos de la buena voluntad y generosidad de quien los sostiene para obtener información que usarán en beneficio propio, olvidando o perjudicando -llegado el caso- a quien le proporcionó el conocimiento del que ha sacado algún rédito.
  • En segundo lugar, nos encontramos con quienes -aun siendo conscientes de la peligrosidad de su socio- subestiman su naturaleza, creen tenerlo controlado y confían en que esta vez no se atreverá a hacerles daño porque algo le ha cambiado. Como nos demuestra la moraleja de la fábula, el instinto natural es implacable y la reacción esperada al final no debe pillar a nadie por sorpresa.
  • Por último, hay personas que por algún interés de difícil explicación se empeñan en cargar sobre sus espaldas con el “escorpión” de turno porque consideran que su concurso es imprescindible, aunque saben de su peligrosidad y naturaleza.

En todos los casos yo les exhortaría a que se hiciesen la siguiente pregunta: ¿Qué aporta un escorpión sobre tus espaldas? Tristemente he comprobado que a la mayor parte de los humanos nos cuesta ver la realidad, hacer caso a las advertencias, a la trayectoria que traen consigo algunos perfiles, incluso al sentido común… y tenemos que sufrir la picadura y las consecuencias para darnos cuenta de quién es realmente nuestro compañero de viaje. Además, hay otra consecuencia que suele pasar desapercibida, y en mi opinión es la más trascendente: el mensaje que se lanza a la organización. La motivación en la tropa está íntimamente relacionada con los comportamientos ejemplares, empezando por quienes ostentan puestos de responsabilidad.

De ninguna manera puede permitirse que alguien de dudosa aportación saque beneficio o provecho a costa de la buena voluntad o candidez de otro. En mi opinión, los resultados obtenidos de este tipo de comportamientos no son beneficiosos para la empresa, sino única y exclusivamente para quienes los practican, y siempre de una manera limitada en el tiempo (por no decir cortoplacista). 

En las escuelas de negocios se enseña que los pilares de una organización son la Misión (qué hacemos, a qué nos dedicamos), la Visión (a dónde vamos, qué queremos lograr) y los Valores (en qué creemos, cuáles son los principios que guían nuestras respuestas). Hace poco tuve la oportunidad de escuchárselo a Borja Adanero en ThePowerMBA, pero antes se lo había visto defender con vehemencia a Jack Welch en varias de sus intervenciones: uno de los pilares más importantes del liderazgo y de las empresas son los valores, y es incomprensible que más veces de las deseables éste sea uno de los aspectos menos valorados a la hora de la verdad entre los responsables de las organizaciones.

Como dice el desaparecido Jack, todo es muy sencillo: traigan a un primer plano los valores, intenten hacer la vida mejor a sus compañeros, a sus subordinados.

Por último, me gustaría recordarles que el origen de las fábulas en la antigüedad tiene un fundamento didáctico, los griegos las utilizaban para hacer reflexionar sobre una situación desde un punto de vista ético, y todas tenían en común 3 elementos que podrían resumirse de la siguiente manera:

  1. Hay un conflicto (protagonizado por animales).
  2. Los animales deciden su actuación libremente.
  3. Las decisiones tomadas tienen un resultado o consecuencia (éxito o fracaso).

El tiempo y los años pueden cambiar muchas cosas en las sociedades, pero los conceptos fundamentales se mantienen, sobre todo en lo que respecta a la ética y al comportamiento humano, así que no deberíamos subestimar la sabiduría que transmiten los antiguos y sí fomentar comportamientos éticos y responsables en nuestras empresas: todas nuestras decisiones tendrán una consecuencia. 

NOTA: Publicado en LinkedIn el 7 de junio de 2020

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