EL XATERU

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Una de las consecuencias de la pandemia es la paralización de casi la totalidad de competiciones del deporte aficionado. La semana pasada una amiga fue convocada por el entrenador del equipo en el que sus hijos juegan al fútbol para asistir a una charla del presidente en la que se explicarían tanto la situación del club como de la competición. Ella -que no conocía previamente al presidente- se quedó gratamente sorprendida de cómo aquel buen señor fue capaz de captar las inquietudes de los asistentes (padres de niños en edad escolar) y dar respuesta de una manera razonada y convincente tanto a aspectos económicos como organizativos. Con una sonrisa y el asombro todavía en sus ojos, mi amiga me comentaba la situación: “parece que llega un xateru, pero cuando empieza a hablar y explicarse a su manera todo lo que dice es de sentido común, argumenta sus decisiones, tiene razón en todo… e invita a quien considere que puede hacerlo mejor que él a presentarse a las elecciones del club y a trabajar duro”. Para quienes no lo sepan, en Asturias, un xateru es un tratante de ganado, y suele emplearse ese término para adjetivar peyorativamente a una persona limitada en cuanto a palabra, forma y modales.

Aunque hay muchas personas que con sus actos justifican con creces que se les llame xateru, no es menos cierto que -como dice el conocido refrán- “el hábito no hace al monje”, así que no debemos juzgar la profundidad de las personas por su físico, atuendo o limitación en el lenguaje, porque –entre otras cosas- ese es uno de los errores que desde mi punto de vista nuestra sociedad ha cometido y que nos han traído hasta esta situación económica y social.

En muchas de nuestras empresas se cultivó y fomentó durante años la diferencia entre cuellos blancos (oficinas) y cuellos azules (producción), sin tener en cuenta que unos necesitan de los otros, que una empresa necesita a los profesionales mejor capacitados tanto en la sección de cuellos blancos como en la de cuellos azules, y que no debemos confundir formación académica con capacitación o aptitud para el puesto de trabajo que debes desempeñar.

Hace ya muchos años participé en un proyecto de miles de toneladas de chapa que sacamos adelante gracias al trabajo de muchos, pero especialmente del responsable de recibir y clasificar en el taller aquellos varios miles de chapas de distintas medidas y calidades. Como si un bibliotecario se tratase, aquel señor (a quien sus compañeros apodaban “el cabrero” por su origen en un remoto pueblo de montaña) tenía en la cabeza todas las chapas que se habían recibido, en qué pila las había clasificado y qué lugar ocupaban en la pila. Él y un ayudante eran capaces de manejar un almacén de la manera más eficaz que he visto en la vida.

Una vez, durante un almuerzo con el gerente de aquella empresa, y mientras éste se enorgullecía de la nueva maquinaria que había adquirido, me permití opinar que las instalaciones y las máquinas están al alcance de cualquiera con capacidad para comprarlas, pero que profesionales como los que él tenía no abundaban, y le puse el ejemplo del señor que tenía en el almacén gestionando brillantemente el acopio de chapas. A aquel gerente (seguramente el tipo más clasista y uno de los aduladores más aventajados con los que yo me haya cruzado) no le gustó mi cometario porque para él era inconcebible que un hombre sin apenas estudios pudiera ser esencial en el devenir de un proyecto. Quienes hemos pasado por los departamentos de producción sabemos la importancia de contar con personas con sentido común y aptitud para hacer bien su trabajo, porque es lo único que importa para que la producción y los proyectos salgan adelante, y con ellos el éxito para las empresas.

Nuestra sociedad lleva años fomentado la formación, y eso está bien… salvo que sea a costa de quitarle el protagonismo al sentido común. Las empresas necesitan a personas cada vez mejor formadas, pero es esencial que tengan la lucidez y el sentido común necesarios para saber cómo aplicar de manera efectiva sus conocimientos. En una empresa son imprescindibles los cuellos blancos y los cuellos azules, pero tanto unos como otros tienen que saber lo que se traen entre manos, ser capaces, diligentes y eficientes; y todos tienen responsabilidad en los resultados de la empresa de manera proporcional a la categoría que ostentan.

Un título académico se puede conseguir con mayor o menor esfuerzo, de manera horada o incluso haciendo trampas, pero el sentido común es una facultad esencial de la persona: no nos dejemos llevar por las apariencias y valoremos realmente y en su justa medida a aquellos cuya aportación al equipo es decisiva.

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