Overbooking en el «Monte de la Ignorancia»​

Hace algo más de un año mi amigo Eliseo Álvarez compartió con nuestro grupo de colegas un interesante artículo sobre el “Efecto Dunning-Kruger”, al que pertenece el gráfico que encabeza este artículo y del que les recomiendo lectura:

https://www.psicoactiva.com/blog/el-efecto-dunning-kruger-paradoja-incompetent

Inquieto como era, nuestro querido y añorado Misael respondía de inmediato en un correo con el siguiente mensaje: “Muy bueno. Aprovecho para complementarlo con dos ejemplos que podéis imprimir y poner sobre vuestra mesa para no olvidarlos nunca…”

Uno de los ejemplos era el esquema que ilustra este artículo, alguno de nosotros lo imprimió y pegó en su escritorio, y casi me atrevería a decir que ninguno lo va a olvidar nunca. Si alguien tiene interés, se incluye en el siguiente artículo que versa también sobre el mismo tema:

https://tuktukbit.com/dime-de-que-presumes-o-el-efecto-dunning-kruger

Les confieso que hasta ese momento yo no había oído hablar de ese estudio, pero me pareció sencillamente genial. Hace unas semanas volvieron a llegar a mí por distintas vías algunos artículos sobre el tema, como si este efecto se hubiera vuelto virulento en nuestra sociedad y fuera necesario recordarlo, y ciertamente todo apunta a que el atrevimiento y la ignorancia le están ganando la partida al conocimiento y la experiencia sin que nadie pueda hacer algo al respecto sin ser tachado de retrógrado, reaccionario, insensible o cualquier adjetivo cargado de tintes negativos que se le pueda ocurrir a los defensores del modernismo (entendiendo como tal un nuevo orden profesional y social que rompa con lo establecido hasta ahora, haya funcionado o no).

Hoy mismo un colega me contaba una situación presenciada por él mismo en una instalación industrial asturiana. Un joven inspector –en representación de un cliente- se encontraba en el taller sin el obligatorio casco de seguridad, y cuando un hombre (mayor que él) se le acercó para advertirle en un tono educado que debía ponerse el casco, el primero le contestó: “y tú, ¿quién eres?”. Incapaz de abandonar la perplejidad en ese momento, el buen hombre le reveló: “soy el Director de Operaciones de esta empresa”.

Conozco al mencionado Director de Operaciones y no puedo dejar de pensar en la escena, sigo tan boquiabierto como cuando mi interlocutor me iba contando la historia. O sea: estamos ya aceptando que un cliente envíe un inspector (no tengo argumentos para valorar su capacidad, pero sí podemos convenir –dada su edad- su escasa experiencia) y que, ante un incumplimiento de una norma esencial de seguridad en cualquier instalación industrial, al ser requerido para que cumpla con la normativa, en vez de disculparse y corregirlo sin demora la  respuesta que le sale es “y tú, ¿quién eres?”. En mi opinión esta batalla la empezamos a perder cuando eliminamos el trato de usted y pasamos a tutear a todo el mundo sin haber generado el vínculo necesario para esa cercanía, yo soy de los que piensa que determinadas relaciones y comunicaciones requieren la distancia social de la que dota el “usted”. Sé que esto puede ser impopular, pero creo que -sin que signifique una merma en el respeto que todos nos merecemos- no todos podemos ni debemos estar al mismo nivel, y la única barrera que tenemos de manera individual para marcar territorio es el lenguaje.

Por otro lado, también esta semana he asistido a una reunión con representantes de un potencial cliente en la que su “experto” para este proyecto que están valorando desarrollar evidenció con sus intervenciones su inexperiencia en la materia: la desorientación abarcaba desde requisitos inasumibles en la fabricación de materias primas hasta discusión sobre procedimientos y la conveniencia de tratamientos térmicos, pasando por ensayos innecesarios que –además del coste económico- sólo podrían aportar problemas por la incertidumbre en los resultados.

Una vez más compruebo que -en muchas ocasiones- empresas de un tamaño estimable ponen al frente de proyectos u operaciones a personal (en mi humilde opinión) sin la experiencia requerida, lo que supone un serio problema que frecuentemente se ve agravado por la soberbia que destilan algunos cuando argumentos técnicos evidencian el error que hay en su propuesta, y en lugar de confiar en los consejos de expertos, aprender y rectificar, emprenden la huida hacia delante.

Como en muchos otros ámbitos, en mi sector está casi todo inventado y no deberían caber los protagonismos personales. Las normas y los códigos recogen todos los aspectos y requisitos que deben tenerse en cuenta para el diseño, fabricación y montaje de los equipos. Una de las mejores definiciones sobre “standard” nos la ofrece el Código ASME y aquí se la traduzco literalmente: Un estándar se puede definir como un conjunto de definiciones y pautas técnicas, instrucciones de «cómo hacerlo» para diseñadores, fabricantes y usuarios. Los estándares promueven seguridad, confiabilidad, productividad y eficiencia en casi todas las industrias que dependen de componentes o equipos de ingeniería. Los estándares pueden ir desde unos pocos párrafos hasta cientos de páginas, y están escritos por expertos con conocimiento y experiencia en un campo particular que forman parte de muchos comités”.

Los códigos y las normas son documentos vivos que se revisan regularmente por los comités y organizaciones responsables para adaptarlos a la evolución tecnológica, son reconocidos internacionalmente por la garantía que ofrecen en lo que respecta a diseño, fabricación y operación, así que poco más podemos aportar.

El efecto Dunning-Kruger nos demuestra que, cada vez con una frecuencia mayor, aparecerá en nuestro camino alguien con una seguridad en sí mismo inversamente proporcional a su experiencia, o –dicho de otro modo- con un nivel de competencia auto-percibida lejos de la real. Este tipo de personas, por acción u omisión, suelen dejar huella en forma de consecuencias: lo que coloquialmente se conoce como marrones, que pueden llegar a ser auténticos rompederos de cabeza para sus sucesores (herederos de un presumible desastre) o sumideros económicos capaces de hacer naufragar hasta la más saneada de las empresas.

Hace algunos años, fui testigo de un proyecto en el que se requerían unas chapas que llevaban STUDS soldados. Después de varios proyectos de experiencia eso no suponía ningún hándicap insalvable para la empresa constructora, pero el representante de ese nuevo cliente se empeñó en realizar un ensayo no procedente en ese tipo de uniones (Líquidos Penetrantes) y por parte de la empresa constructora nadie supo o fue capaz de disuadir al cliente de realizar ese examen demostrándole técnicamente la no pertinencia de ese tipo de ensayo. Para los no familiarizados con este tipo de uniones, les puedo resumir que lo habitual y procedente en este proceso de soldeo es una inspección visual y un ensayo de doblado.

Finalmente los ensayos por líquidos penetrantes se hicieron (suponiendo un coste para el proyecto) con indicaciones no calificables por parte de la empresa de ensayos autorizada, así que todos los informes contenían la misma observación: “Se observan indicaciones inherentes al proceso de soldeo”.

Este ejemplo ilustra la importancia de poner en la defensa de determinados asuntos técnicos -y en la toma de decisiones- a alguien que sepa de lo que habla, independientemente del CV que le respalde o de los títulos que tenga. El problema hoy en día es la creciente y habitual rotación de personal en las empresas: muchos trabajadores no llegan a tener tiempo de adquirir experiencia en la empresa, otros ni se llegan a identificar con la compañía, y las empresas parece que no se preocupan de cuidar a sus empleados, así que las relaciones no son duraderas y nos encontramos con un conjunto de profesionales que tienen un amplio y aparentemente exitoso CV, pero a los que les falta mucho para “hacerse”. Creo que un buen profesional debe “hacerse” como el vino: procesos de fermentación, maduración y embotellado con mimo y paciencia. Por muy buena que sea la uva, si no se cuidan esos tres procesos no tendremos un vino óptimo… y en el caso de los profesionales, ni la sociedad ni las empresas (fiel reflejo de ésta) están preparadas para mimar esos tres procesos.

Por cierto, y para terminar con el ejemplo: en el caso de los ensayos de los STUDS, tanto el representante del cliente como el del proveedor fueron contratados para ese proyecto por sus respectivas empresas en virtud de sus “curriculum vitae”, y creo que ninguno llegó a ver terminar el proyecto, pero sus decisiones o falta de conocimiento -como en este caso- supusieron un coste extra y problemas a sus empresas que bien podrían haberse evitado.  

NOTA: Publicado en LinkedIn el 12 de junio de 2020

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