ONCE DÍAS SIN VIVIR

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El pasado 17 de diciembre el líder supremo de Corea del Norte Kim Jong-un decretó once días de duelo en recuerdo de la muerte -hace una década- de su antecesor y padre. Entre otras cosas, este periodo de luto supone la prohibición de cualquier tipo de actividad que incite a la diversión, festejo o alegría, así como el consumo de alcohol, las muestras de alegría… o la propia risa.

A la sociedad occidental esta prohibición nos puede parecer dictatorial, inconcebible, histriónica, desmesurada, retrógrada o lo que queramos, pero haríamos bien en reflexionar si nuestra propia sociedad y nuestras propias empresas no han ido desterrando la risa o las bromas del día a día. Centrándonos en las empresas y en las relaciones laborales, siempre he defendido que la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos trabajando y relacionándonos con compañeros, así que no hay mejor medicina que la profesionalidad y el buen humor si no queremos que nuestro entorno laboral se convierta en nuestro Castillo de If particular.

Las bromas y las chanzas son la mejor medida para mantener un ambiente distendido y el mejor ejercicio para activar nuestras estresadas mentes, si bien el paso de los años y la llegada de nuevos modelos de gestión y de sociedad parecen haberlas arrinconado o -como en el caso de Corea del Norte- directamente prohibido. No hace tantos años que la producción, el rendimiento y el buen ambiente iban ligados a bromas de ida y vuelta entre compañeros que cada vez subían de tono y complejidad.

En mi lejana época de estudiante recuerdo avispados compañeros que modificaban el programa de arranque de los ordenadores de la Universidad para que aparecieran exuberantes chicas en aquella pantalla monocromo en lugar del anodino C:\, o el caso de un funcionario que en respuesta a su chulesco tratamiento a un grupo de estudiantes consiguió que algunos tablones de anuncios en entornos universitarios aparecieran empapelados con el cartel “Se vende Cirila, poco consumo, ideal para estudiantes…” y obviamente con el teléfono del trabajo y el nombre del interfecto para que no pocos interesados le llamaran. También recuerdo el caso de un pesado y sabiondo conductor de autobús al que un par de alumnos a los que llevaba a diario (cansados de sus diarias lecciones magistrales sobre cualquier tema) convencieron del supuesto error de diseño que tenía su vehículo y que le ocasionaba “ruidos aerodinámicos” por la posición de los retrovisores: en unas pocas semanas hablando y disertando sobre el asunto nuestro conductor se vio con argumentos suficientes para exigir en la siguiente revisión en el taller que le cambiaran los retrovisores por otro modelo que -además de hacer más o menos el mismo ruido- le permitían ver la mitad. El atrevimiento de los muchachos llegó al culmen cuando, a la vista de las dificultades que los nuevos retrovisores le ocasionaban para conducir, le preguntaron si se veía igual que con los originales, as lo que el conductor respondió desesperado: “¡no, pero por lo menos ya no tengo ruidos aerodinámicos!”.

Ya en mi vida profesional recuerdo bromas de todo tipo, más y menos pesadas tales como untar con molykote el interior de los guantes de algún compañero, convencer a algún incauto de que la nómina del mes incluía un “plus de productividad” para que éste fuera a reclamar a administración, fingir la recepción de una cesta de Navidad con jamón pata negra y bebidas de superior calidad para que alguno fuera a exigir a la oficina de recursos humanos la reposición de semejante agravio, demostrar la necesidad a otro compañero de entrar y salir de su nuevo coche cada día por una puerta distinta de las 4 que tenía su flamante vehículo para que todas las bisagras se fueran desgastando por igual (no sólo la de la puerta del conductor)… o pegar en la puerta del acompañante en un coche un cartel ofertando un espectáculo “Sexy Boy” con la cara del interesado montada en el cuerpo de un modelo y su teléfono de contacto: ni que decir tiene que el protagonista de la broma, mientras conducía siendo inconsciente del cartel que llevaba en la puerta del acompañante, se iba animando y creciendo ante las miradas de pasmo de los peatones.

Otra broma bastante pesada fue la que le gastó un vivaracho responsable de producción a una compañera -tan incauta como de buen corazón- al convencerla de que la máquina de oxicorte funcionaba con el agua destilada que generaba el aire acondicionado, por lo que ella -en aras a mejorar los resultados de la empresa- se veía en la obligación de tener el climatizador de su oficina funcionando a diario y recogiendo en garrafas el agua generada para llevársela a aquel desaprensivo.

Podría seguir contando anécdotas y bromas ad infinitum, pero lo que me hace reflexionar es que esa época se quedó muy atrás, y que hoy los ambientes en las empresas (como en la sociedad) son más serios e incluso algunas de esas bromas serían motivo de sanción. En mi opinión estamos deshumanizando la sociedad (paradójicamente en esta época de las “redes sociales”) y las propias empresas poco a poco, siendo uno de los signos más preocupantes para mí esa falta de humor, de esa empatía o de esas bromas con las que algunos de nosotros nos hemos reído, hemos disfrutado o padecido alguna vez. Si nos quitan el humor, las emociones o la risa nos convertiremos en autómatas, en androides que sólo van y vienen al trabajo sin más relación que una pantalla y un teclado.

Comparto este fragmento de una conocida película española de 1982 en la que se ponía a prueba la paciencia y el buen humor de la sociedad de entonces:

Quizá la sociedad esté cambiando, pero yo me niego a olvidar lo vivido y me resisto a dejar de fomentar las relaciones humanas físicas, las emociones y ese humanismo que ha caracterizado a nuestra civilización. Como dice la canción de Sabina: “cuando era más joven la vida era dura, distinta… y feliz”    

Por cierto, como me resisto a dejar de relacionarme con algunos rebeldes que merecen mucho la pena, me han contado el caso de un buen hombre que todavía el mes pasado se pasó unos días con cierta preocupación (hay quien asegura que incluso desasosiego) convencido por algunos de sus compañeros de que este año su reconocimiento médico en la empresa incluía un tacto rectal para comprobar el estado de su próstata.

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Del HEAT INPUT al APORTE DE «VALOR»

Photo by JFE Steel Corporation

Como muchos de ustedes saben, uno de los parámetros más importantes que debe ser controlado en los procesos de soldadura es el HEAT INPUT o aporte térmico. Un aporte de calor excesivo e incontrolado en una soldadura tiene consecuencias nefastas tales como cambios en la microestructura del material, baja tenacidad, agrietamientos u otros cambios en las propiedades de la zona afectada.

Los códigos de referencia norteamericanos ASME y AWS establecen la fórmula para calcular el HEAT INPUT que mediremos en Julios/mm:

Sin embargo, es interesante tener en cuenta que cuando trabajamos con códigos europeos ISO, BS, EN o DIN, éstos introducen una constante k en la fórmula que hace referencia a la eficiencia:

Es curioso el hecho de que los responsables de las normas europeas consideran que no todos los procesos de soldadura tienen el mismo rendimiento o eficiencia térmica, puesto que el calor generado por la fuente de energía no es utilizado en su totalidad para realizar la soldadura, al perderse cierta cantidad durante el soldeo calentando el aire, gases circundantes y los productos fundentes.

Cuando hablamos de HEAT INPUT nos referimos al “aporte de calor”, pero a veces me pregunto cómo podríamos formular nuestro “APORTE DE VALOR en nuestros ámbitos de trabajo o en nuestro día a día. Términos como eficiencia, tensión e intensidad siempre deberían ser multiplicadores de nuestro desempeño, pero no deberíamos olvidar otros aspectos como la capacidad para trabajar en equipo, la experiencia o la motivación: esta última puede ser un factor exponencial en nuestro aporte, pero si dejamos que se convierta en negativa (desmotivación) no sólo restará o dividirá, sino que también puede hacer que las personas nos bloqueemos y corramos el riesgo de convertirnos en lastres o incluso rémoras para nuestros equipos de trabajo.

La mejor prueba para cuantificar el aporte de valor de cada persona es medir el problema que causa su ausencia. Ya sé que las personas pasamos y las empresas permanecen, que no hay nadie imprescindible… pero hay faltas que no se notan y otras que son un auténtico problema capaz de enterrar a una empresa entera.

He conocido un caso en el que la ausencia de un único calderero paralizaba la producción de todo un taller, porque sólo él -a través de su experiencia- tenía el conocimiento preciso para el armado de unas piezas determinadas. La suerte que tenía su empresa era la profesionalidad, vinculación y responsabilidad de aquel buen hombre que siempre estaba dispuesto a cualquier sacrificio por el «bien» de su empresa, llegando incluso al extremo de condicionar sus propias vacaciones a la carga de trabajo de taller y a la necesidad de su participación.

También he conocido el caso de un directivo de otra empresa que acostumbraba a pasar por todas las obras semanalmente para llevar un control férreo del avance de los trabajos de sus hombres y a la vez mantener un contacto estrecho y regular con sus respectivos clientes. La ausencia prematura de este hombre, unido al hecho de que nadie en su empresa continuara esa labor de la misma manera ocasionó la deriva de varios proyectos y fue el principio del fin de aquella brillante empresa.

En la otra parte, he conocido casos de empresas en las que las ausencias de determinadas personas que debieran ser referentes no se notan… o incluso se funciona mejor cuando éstos no están, lo que supone un mensaje nada recomendable para la plantilla que incide en su rendimiento y mina su motivación, dos de los factores clave para el “APORTE DE VALOR”.

Está claro que no podemos cambiar la experiencia de una persona, o que es muy difícil modificar la intensidad que pone en su trabajo, pero sí podemos mejorar la eficiencia y -sobre todo- la motivación para que el aporte de valor sea máximo: las empresas y los líderes deben ser sensibles a las situaciones y necesidades de su personal, además de ser ejemplares y consecuentes con los principios que predican. No hay nada peor para la motivación del personal que un mal ejemplo, una distinción entre castas o un reparto discrecional de favores o prebendas (no digamos ya de derechos).

Un equipo motivado es capaz de rendir muy por encima de las expectativas, pero si quien manda no es capaz de conectar con las personas y sólo sabe exigir sin atender a las necesidades de sus compañeros o subordinados, sólo conseguirá un rendimiento pobre y limitado propio del ambiente tóxico creado.

Para terminar -y volviendo al principio- recordemos que un si no controlamos el HEAT INPUT o APORTE DE CALOR podemos modificar la microestructura de los materiales, crear baja tenacidad o fragilidad y con ello fallos catastróficos… y lo mismo puede ocurrir en nuestra vida si no damos al APORTE DE VALOR la importancia que tiene. Sobran personas que no aportan y mediocres que no sólo no mejoran a su grupo de trabajo, sino que con su desempeño crean ambientes tóxicos que acaban con las empresas.

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HACER EL AMOR SIN TENER GANAS

Photo by Bekky Bekks on UNSPLASH

Llegamos a septiembre y enfocamos el último tercio de este 2021 sin quitarnos de encima las incertidumbres que nos acompañan desde hace ya un largo tiempo: el ánimo de la sociedad se tiñe de inseguridad cuando pensamos en recobrar nuestra vida tal y como la conocíamos antes de febrero del año pasado. Unos echan en falta a familiares y amigos que no volveremos a ver y a quienes no hemos podido despedir como quisiéramos, otros las relaciones sociales con total libertad, otros la tranquilidad de vivir sin la sospecha de un contagio que puede ser letal, otros de recuperar la actividad económica y laboral… todos echamos algo en falta.

El caso es que, pese a estas necesidades acuciantes en nuestras vidas, parece que vivimos anestesiados, aletargados, esperando a que otros nos lleven… como si el peor efecto secundario de esta pandemia haya sido perder la fe en nosotros mismos, ser sumisos con todo lo que nos ocurre y callados cuando toca exponer nuestra opinión. Seguramente que todos participamos en grupos de mensajería instantánea o redes sociales en los que participamos, recibimos y enviamos sugerencias, quejas, opiniones y lamentos sobre la situación política, económica o laboral; aunque creo que el primer premio se lo llevan los grupos de Whatsapp de padres de alumnos, donde todos somos expertos en educación (aunque a tenor de la ortografía, estilo y vocabulario de muchos no lo parezca) y no dudamos en despellejar al profesor o al centro de turno.

En el caso de las empresas, es difícilmente explicable el rumbo tan errático de algunas compañías que cuentan entre sus más destacados empleados con las mentes tan preclaras como para –desde la máquina de café- detectar el origen de sus problemas y conocer exactamente la solución a sus males.

En mi opinión nada se soluciona con la queja o el lamento en un grupo de Whatsapp, al igual que es estéril presumir de ser conocedor de las soluciones de tu empresa en la máquina de café, así que les invito a que dejen de hacerlo salvo que pretendan coleccionar úlceras de estómago o no tengan otra cosa mejor que hacer para cultivar su ego.

¿Y qué hacemos entonces? Los anglosajones tienen un término muy apropiado para estas situaciones: “ACTION”, que suelen combinar en frases como “TAKE ACTION” o “CALL TO ACTION”. Acción es el antónimo de la pasividad o de la inactividad, y si algo podemos solucionar en nuestras vidas o en nuestros problemas pasa todo por la ACCIÓN. En cualquier situación uno puede ser parte del problema, parte de la solución o un pasajero que viaja tranquilo sin importarle adónde le lleven los acontecimientos. Yo soy de los que prefiere ponerse a segar aunque el cielo amenace lluvia, de salir de ruta aunque la etapa sea dura, de los que acepta el reto de aprender nuevos conocimientos aunque no tenga la certeza de que me sirvan para un ascenso profesional, o de los que prefiere ir a hablar con el profesor de turno si tengo algo que decirle sobre la trayectoria del curso de mis hijos. En la empresa también soy de lo que dice lo que piensa -aunque a decir verdad casi siempre la respuesta sea un “tying the donkey”- porque es en el campo donde se juega el partido y se marcan los goles: desde la grada todos somos buenos futbolistas y expertos entrenadores.

Me parece que en este escenario los creyentes deberíamos tener la gran ventaja que supone la ESPERANZA pero reconozco que, de la misma manera que los colores oscuros tapan a los claros, así los oscuros nubarrones nos ocultan a menudo el azul del cielo desanimándonos a tomar la iniciativa.

Hace unos meses hice un curso de MENTORING en el que se nos ilustraba con este vídeo las maneras que hay de afrontar una situación tan traumática como la de un despido:

Quizá necesitemos un “despertador” en nuestras vidas que nos recuerde a menudo la necesidad de perseguir nuestros sueños, de buscar momentos de felicidad, de aprovechar las oportunidades que tenemos cuando llegan las malas épocas o de manifestar nuestra opinión en la ventanilla adecuada en lugar de desperdiciar esfuerzos en corrillos de pasillo o estériles redes sociales.

Y llegado este punto me imagino que más de uno se seguirá preguntando qué tiene que ver todo esto con el título del artículo, así que no voy a demorar más el desenlace: cuando llevaba tan solo unos meses en la empresa, un compañero un poco mayor que yo nos llamó para anunciarnos su inminente enlace matrimonial. A mí no se me ocurrió nada mejor que decirle que darle la enhorabuena y desearle suerte en la nueva etapa, pero mi superior profundizó un poco más y le intentó convencer de que era muy joven y debía vivir la vida y esperar un poco más. Nuestro compañero se mostró firme en sus convicciones y seguro de estar optando por la decisión acertada, a lo que mi superior le espetó: “bueno, bueno, tu verás… ahora vas a saber lo que es hacer el amor sin tener ganas” (en realidad la expresión fue un poco más vulgar, pero permítanme esa licencia).

Como sociedad y como individuos creo que deberíamos hacer caso a las “CALL TO ACTION”, a los despertadores que nos ponen en la vida, y alejarnos de la pasividad y la molicie que nos conducen a hacer las cosas sin tener ganas (incluso el amor).

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