HACER EL AMOR SIN TENER GANAS

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Llegamos a septiembre y enfocamos el último tercio de este 2021 sin quitarnos de encima las incertidumbres que nos acompañan desde hace ya un largo tiempo: el ánimo de la sociedad se tiñe de inseguridad cuando pensamos en recobrar nuestra vida tal y como la conocíamos antes de febrero del año pasado. Unos echan en falta a familiares y amigos que no volveremos a ver y a quienes no hemos podido despedir como quisiéramos, otros las relaciones sociales con total libertad, otros la tranquilidad de vivir sin la sospecha de un contagio que puede ser letal, otros de recuperar la actividad económica y laboral… todos echamos algo en falta.

El caso es que, pese a estas necesidades acuciantes en nuestras vidas, parece que vivimos anestesiados, aletargados, esperando a que otros nos lleven… como si el peor efecto secundario de esta pandemia haya sido perder la fe en nosotros mismos, ser sumisos con todo lo que nos ocurre y callados cuando toca exponer nuestra opinión. Seguramente que todos participamos en grupos de mensajería instantánea o redes sociales en los que participamos, recibimos y enviamos sugerencias, quejas, opiniones y lamentos sobre la situación política, económica o laboral; aunque creo que el primer premio se lo llevan los grupos de Whatsapp de padres de alumnos, donde todos somos expertos en educación (aunque a tenor de la ortografía, estilo y vocabulario de muchos no lo parezca) y no dudamos en despellejar al profesor o al centro de turno.

En el caso de las empresas, es difícilmente explicable el rumbo tan errático de algunas compañías que cuentan entre sus más destacados empleados con las mentes tan preclaras como para –desde la máquina de café- detectar el origen de sus problemas y conocer exactamente la solución a sus males.

En mi opinión nada se soluciona con la queja o el lamento en un grupo de Whatsapp, al igual que es estéril presumir de ser conocedor de las soluciones de tu empresa en la máquina de café, así que les invito a que dejen de hacerlo salvo que pretendan coleccionar úlceras de estómago o no tengan otra cosa mejor que hacer para cultivar su ego.

¿Y qué hacemos entonces? Los anglosajones tienen un término muy apropiado para estas situaciones: “ACTION”, que suelen combinar en frases como “TAKE ACTION” o “CALL TO ACTION”. Acción es el antónimo de la pasividad o de la inactividad, y si algo podemos solucionar en nuestras vidas o en nuestros problemas pasa todo por la ACCIÓN. En cualquier situación uno puede ser parte del problema, parte de la solución o un pasajero que viaja tranquilo sin importarle adónde le lleven los acontecimientos. Yo soy de los que prefiere ponerse a segar aunque el cielo amenace lluvia, de salir de ruta aunque la etapa sea dura, de los que acepta el reto de aprender nuevos conocimientos aunque no tenga la certeza de que me sirvan para un ascenso profesional, o de los que prefiere ir a hablar con el profesor de turno si tengo algo que decirle sobre la trayectoria del curso de mis hijos. En la empresa también soy de lo que dice lo que piensa -aunque a decir verdad casi siempre la respuesta sea un “tying the donkey”- porque es en el campo donde se juega el partido y se marcan los goles: desde la grada todos somos buenos futbolistas y expertos entrenadores.

Me parece que en este escenario los creyentes deberíamos tener la gran ventaja que supone la ESPERANZA pero reconozco que, de la misma manera que los colores oscuros tapan a los claros, así los oscuros nubarrones nos ocultan a menudo el azul del cielo desanimándonos a tomar la iniciativa.

Hace unos meses hice un curso de MENTORING en el que se nos ilustraba con este vídeo las maneras que hay de afrontar una situación tan traumática como la de un despido:

Quizá necesitemos un “despertador” en nuestras vidas que nos recuerde a menudo la necesidad de perseguir nuestros sueños, de buscar momentos de felicidad, de aprovechar las oportunidades que tenemos cuando llegan las malas épocas o de manifestar nuestra opinión en la ventanilla adecuada en lugar de desperdiciar esfuerzos en corrillos de pasillo o estériles redes sociales.

Y llegado este punto me imagino que más de uno se seguirá preguntando qué tiene que ver todo esto con el título del artículo, así que no voy a demorar más el desenlace: cuando llevaba tan solo unos meses en la empresa, un compañero un poco mayor que yo nos llamó para anunciarnos su inminente enlace matrimonial. A mí no se me ocurrió nada mejor que decirle que darle la enhorabuena y desearle suerte en la nueva etapa, pero mi superior profundizó un poco más y le intentó convencer de que era muy joven y debía vivir la vida y esperar un poco más. Nuestro compañero se mostró firme en sus convicciones y seguro de estar optando por la decisión acertada, a lo que mi superior le espetó: “bueno, bueno, tu verás… ahora vas a saber lo que es hacer el amor sin tener ganas” (en realidad la expresión fue un poco más vulgar, pero permítanme esa licencia).

Como sociedad y como individuos creo que deberíamos hacer caso a las “CALL TO ACTION”, a los despertadores que nos ponen en la vida, y alejarnos de la pasividad y la molicie que nos conducen a hacer las cosas sin tener ganas (incluso el amor).

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