Acción de Gracias

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Esta mañana, mientras iba de camino al trabajo, escuché en una conocida emisora de ámbito nacional a un periodista proclamar que “Estados Unidos se prepara para volver a la normalidad el próximo día de Acción de Gracias”. En un primer momento pensé que a nuestros amigos americanos todavía les queda una buena temporada de vida limitada por delante, pero enseguida el locutor amplió la noticia diciendo “para motivar a los ciudadanos, una conocida marca regalará cerveza con el fin de conseguir tener a un 70% de la población vacunada antes del 4 de julio”. En la tertulia radiofónica había al menos 3 periodistas más, pero a ninguno pareció chirriarle el comentario más que a mí: parece que el encargado de dar las noticias había confundido el Día de la Independencia con el Día de Acción de Gracias sin darse cuenta ni él ni quienes le acompañaban en el micrófono en ese momento.

Este despiste me hizo reflexionar sobre la facilidad con la que la sociedad moderna normaliza los disparates dependiendo de dónde vengan y enseguida recordé algunas anécdotas vividas en mi ámbito laboral.

Hace años, un joven y prometedor ingeniero madrileño le puso un correo a su compañero de provincias para planificar las siguientes acciones a tomar en su proyecto durante un mes de mayo, advirtiendo de que se tuviera en cuenta que el 2 de Mayo sería festivo en Madrid porque “se conmemoraban los fusilamientos de la guerra civil”, sin que a nadie de los que iban en copia (madrileños también) les llamara la atención semejante desatino. El compañero de provincias, conmocionado al leer semejante dislate levantó el teléfono ipso facto para preguntarle al autor si estaba seguro de lo que acababa de escribir y pudo comprobar que éste no sólo no era consciente de la gravedad de lo que acababa de escribir (de mayor magnitud incluso, tratándose de un madrileño) sino que se tomó a risa su falta de cultura general.

Más antigua aún es la anécdota ocurrida en una multinacional donde, al detectarse un grave problema en la planta de producción, el director del departamento solicitó un informe detallado de lo ocurrido. Mientras estaba con su equipo reunido, y después de revisar el calado del asunto y discutir el informe, sentenció que había que tomar medidas, anotó en la portada del dossier unas palabras y llamó a su secretaria para entregárselo. Al salir la secretaria con el dossier en la mano, los subordinados de aquel director pudieron leer “HABRA EXPEDIENTE” (todo con mayúsculas), asumiendo todos que alguno de ellos sería objeto de algún expediente que podría incluso costarles el puesto. Tras unos días de incertidumbre y alguna noche sin dormir, y al comprobar que ninguno de los participantes en la reunión sufría consecuencias traumáticas, uno de ellos se atrevió a preguntar a la secretaria si sabía qué había pasado o qué iba a pasar con aquel expediente; ella le contestó “lo abrí ese mismo día y está en el archivo”. Sin entender apenas nada, nuestro protagonista le pidió más información a la secretaria, quien no tuvo más remedio que confesar que “el jefe tiene una ortografía catastrófica, no suele poner tildes y –entre otras cosas- se confunde sistemáticamente en el uso de las haches… me costó trabajo llegar a entender sus notas y escritos, pero ahora ya casi no tengo problemas para descifrar sus instrucciones. Con aquella nota en el dossier yo supe que él quería decir abra expediente y no habrá expediente”.    

También es digno de mención el caso de una joven responsable de proyecto que, preocupada por la apertura de la obra y por la llegada de materiales, llamó al taller para urgir a que programaran los envíos necesarios para dotar al personal de obra de tajo suficiente para las primeras semanas. Su interlocutor por parte del taller intentó tranquilizarla informándole de que disponían de material fabricado y listo para expedición como para completar 4 ó 5 camiones y que estarían en destino de un día para otro. Ella entonces se asustó y le contestó al responsable del taller que eso tampoco podía ser porque le iba a colapsar la obra con tanto material. El hombre intentó tranquilizarla diciendo «no es tanto material, mujer, ¿cuánto piensas que puede llevar cada camión?”, a lo que la muchacha respondió dubitativa: “no sé… ¿unas 250 toneladas?”. El buen hombre se lo tomó con humor e intentó ilustrar a la joven de las cargas máximas permitidas para el transporte por carretera.

Pero uno de los casos más caso más disparatados que he conocido ocurrió en una empresa de ingeniería con un proyecto que tenían en ultramar. Después de varios meses enviando materiales por vía marítima, un buen día el responsable de logística para aquel proyecto consideró que la información incluida en el formato de packing-list que se usaba en la empresa desde hacía años es insuficiente, así que hizo revisar el modelo introduciendo casillas para varios datos adicionales –muchos de ellos irrelevantes- y exigió a los encargados de las expediciones que cumplimentaran todos los detalles. La nueva tarea resultaba bastante más laboriosa y ardua de lo que en un primer momento pudiera parecer, puesto que requería buscar las marcas originales del material en el taller, cruzar la información con los certificados de origen y finalmente con los planos de fabricación… pero se iba haciendo. El problema llegó cuando la empresa tomó la decisión de comprar materiales a granel para enviar a la obra y fabricar allí a demanda: los hombres de expediciones no sabían qué poner entonces en la casilla titulada “destino del material”, porque no existía ningún plano en el que esos materiales aparecieran reflejados, así que esa casilla se queda en blanco. Cuando el responsable de logística revisa el primer packing-list llama al hombre de expediciones y le pregunta por qué esa casilla no está rellenada, a lo que éste le responde que no tiene información para cubrir esa casilla; y eso pasaría con el segundo contenedor, y con el tercero… y hasta con el cuarto contenedor vuelve el inevitable correo del contumaz responsable de logística inquiriendo el destino de los 20.000 kgs de tubería de 12” de diámetro. El más veterano de los muchachos de logística –harto de la inútil burocracia y de dar la misma explicación todas las semanas- le propone a su compañero: “te voy a demostrar que este dato es inútil, además de que mucha gente no sabe lo que se trae entre manos y se limitan a cubrir el papel”. Su compañero, perplejo ante las intenciones del primero, le pregunta cómo va a demostrar tal cosa y el más decidido le responde: “Pon que el destino de esa tubería es “endoscopias” y verás como a nadie le resulta extraño”. Casi sin pensar optaron por probar a ver qué pasaba poniendo “endoscopias” en los packing-lists y lo cierto es que no pasó nada… a nadie le extrañó que los tubos de metal de 12″ de diámetro se usaran para endoscopias, así que no tuvieron que soportar más correos ni llamadas del responsable de logística requiriendo la información.

Seguro que ustedes habrán protagonizado o conocerán alguna que otra anécdota en este sentido, pero estos son algunos ejemplos de cómo la sociedad y las empresas se van adocenando con el tiempo, normalizando el disparate de algunas noticias, las faltas de ortografía, la falta de cultura y conocimientos elementales o incluso dando la bienvenida a burocracias sinsentido o de dudosa utilidad para solaz de unos pocos responsables que sólo dan trabajo extra a terceros sin aportar beneficio alguno.

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LOS IMPRESCINDIBLES

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Con el paso de las semanas la situación de la pandemia va mejorando y eso posibilita que tímidamente podamos volver a relacionarnos con nuestros colegas. En las últimas fechas he podido verme de nuevo con amigos y he comprobado que –en general- la situación en el sector de los proyectos industriales está para echarse a temblar mientras se espera con ansiedad ese maná en forma de nuevas oportunidades e inversiones prometidas por nuestros líderes de turno. Como siempre, no me gusta generalizar ni buscar causas (o remedios) simples a problemas complejos, sino reflexionar y encontrar los motivos que nos han traído hasta esta situación, así que por una parte podríamos considerar que nos afectan situaciones que impactan de forma global, como la pandemia, la geopolítica o la evolución de los mercados (especialmente de las materias primas) y por otra parte tendríamos fallos sistemáticos en el funcionamiento de las empresas que nuestro modelo de sociedad inoculó hace años y que han estado larvados hasta que las circunstancias o algún inconsciente les han dejado salir a la luz.

Un buen colega con el que hablaba hace unos días era tremendamente pesimista con el comercial de turno de su empresa, un muchacho tan mediocre como seguro de sí mismo que nunca habría llegado a ese puesto por méritos propios; mi amigo añoraba desconsoladamente los tiempos en los que en su empresa el paso por obra, por el taller o por proyectos era condición sine qua non para ser la persona encargada de representar la imagen de la empresa, de vender el producto y convencer al mercado de las bondades de la compañía: “el primer comercial que estaba cuando llegué a la empresa  había pasado por montaje y conocía al dedillo todas las operaciones, secuencias y partes de la instalación que vendíamos. Podía discutir con cualquiera sobre soluciones técnicas con los sólidos argumentos que otorgan la experiencia y el conocimiento del producto, del mercado y de la competencia, y siempre ofrecía la atención y soluciones que nuestros clientes demandaban ”, me decía mientras lamentaba que su actual comercial estaba más preocupado por la corbata, la gomina y la sala VIP que por ofrecer servicio a los clientes de siempre, que se iban alejando poco a poco en busca de soluciones y la atención que la empresa de mi colega ya no prestaba… incluso llegaba a confesarme que “gana un sueldazo independientemente de lo que contrate, así que se encuentra muy cómodo y siempre encuentra un chivo expiatorio en el que excusar sus mediocres resultados”.

Otro amigo me confesaba que en su empresa los problemas empezaron cuando la dirección decidió dar un cambio al departamento de compras por otro modelo “más profesional y preparado”. Como siempre, la teoría suena muy bien, pero al llevar a la práctica el modelo es cuando aparecen las lagunas que hay que atajar para que no se conviertan en una corriente que perjudique severamente a toda la organización. En su empresa las compras habían estado en manos de dos personas de limitada formación académica pero que durante años habían demostrado ser extremadamente trabajadoras y efectivas, así que sin motivo aparente la dirección decidió sustituirlas por un equipo de profesionales con una mayor preparación académica unido a un equipo de asesoría legal que monitorizara todos los tipos de contratos incluyendo hasta la más mínima clausula. El resultado fue que el proceso de compras pasó a ser un cuello de botella para los proyectos de su empresa, originando continuas paralizaciones y situaciones absolutamente surrealistas. Como muchos de nosotros, mi colega aún no entiende quién toma este tipo de decisiones y por qué hay que tocar algo que funciona de una manera ágil y eficiente para sustituirlo por un equipo más burocratizado y que demuestra ser pernicioso para la empresa.

Un tercer y último colega tenía una versión aún más apocalíptica el sector, y sentenciaba que el origen de todos los males estaba en las escuelas de negocios o en las “fábricas de hacer licenciados en administración de empresas”. Este hombre, un veterano dueño de varias empresas, se lamentaba de que “aquí me llegan un montón de hombres y mujeres con la mejor preparación académica, que han pasado por universidades y escuelas y conocen la teoría, pero nunca han pisado una empresa ni conocen las dificultades del día a día… pero lo peor de todo es que no son conscientes de que en este sector la piedra angular son los soldadores y los caldereros, y no la gente de la oficina”. Mi amigo se lamentaba amargamente de cómo el modelo de sociedad imperante desde hace años se había encargado de sobrevalorar la formación universitaria a costa de minusvalorar los oficios tradicionales, a la vez que el modelo laboral iba encorsetando y ahogando a las empresas: “hoy en día no tendría problema para encontrar un ingeniero, un jefe de proyecto o cualquier puesto en la oficina, pero sí tengo problemas para encontrar un calderero, un soldador o un metalúrgico que sepa del oficio, y esto cada vez va a peor”, concluía mi buen amigo.

Como ven, tres conversaciones bastan para tener una imagen del sector industrial en la actualidad, una imagen inquietante -más o menos enfocada- y que apunta a gravedad. Podríamos seguir con la paralización de proyectos, con los impagos que afectan en cadena, o con los drásticos cambios de estrategia en muchas empresas impuestas por el Green Deal europeo.

No caben soluciones ni recetas simples, pero creo que sí merecería la pena un análisis honesto y en profundidad de hacia dónde van nuestras empresas, abstraerse obviando los seductores cantos de sirena y –sobre todo- escuchar activamente a empresarios y veteranos del sector. En mi humilde opinión el problema en este caso no se trata de hombres o mujeres, de flexibilidad en los horarios de trabajo o en jornadas de motivación (por poner algunos ejemplos). Paradójicamente la sostenibilidad de las empresas llegará cuando recuperen su rumbo y cuando –en general- se recupere el sentido común, cuando se valore a cada persona en su justa medida por su capacidad para desempeñar un trabajo determinado independientemente de todo lo demás, y cuando la sociedad se quite los complejos para sacar de la circulación la los smoke-sellers que nos invaden.

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MÁS MADERA

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Cuando era niño mi abuelo solía hablarme de películas que había visto en el cine. Una de esas películas era «Los Hermanos Marx en el Oeste», en la que se detenía para narrarme cómo -llegado un momento en el filme- los ingeniosos protagonistas al quedarse su tren sin madera iban desmantelando los vagones para surtir de combustible a la locomotora.

He encontrado la escena en YouTube, que –aunque la calidad no es muy buena- les ayudará a recordar de lo que hablo:

Lo cierto es que la solución que encuentran viene de la necesidad de hacer el bien, de continuar su camino y de usar todas las herramientas y recursos que tienen a mano para alcanzar una meta.

Escenas como esta ejemplifican muchas situaciones con las que nos encontramos a lo largo de nuestra vida laboral. Cuando empecé en este sector (allá por el 98 en el montaje) las soluciones se buscaban así: hay que hacer esta tarea y tenemos estos recursos, así que unas veces no había problema y todo se desarrollaba según lo esperado, pero otras veces teníamos que rompernos la cabeza o buscarnos la vida para resolver la papeleta sin la herramienta o los medios necesarios.

Poco a poco la experiencia ha ido enseñando que uno está aquí para poner soluciones cuando llegan los problemas, para aportar y ser una piedra más en el simbólico edificio que es la empresa, pero de un tiempo a esta parte nos acecha un inquietante cambio en el planteamiento de las situaciones. En la película los villanos se encargan de dejar sin reservas de madera la locomotora para que no pueda seguir su camino y en mi época de montaje la falta de recursos o herramientas era sinónimo de no existencia, así que en ambos casos podemos contemplar que el desaguisado no ha sido provocado por nadie del equipo que debe resolver la situación.

La paradoja se encuentra en los últimos años, sobre todo en los momentos de crisis. Empresas otrora potentes cuando el viento soplaba a favor y la situación económica era boyante empiezan a dar tumbos y a trazar caminos erráticos generalmente por las acciones de los responsables que están al timón. Cuando las condiciones de la travesía se complican es donde hay que demostrar la valía y cada vez contemplo más repeticiones de la misma película: las empresas –grandes y pequeñas- empiezan a flaquear, a no conseguir los objetivos previstos o ser incapaces de mantener sus niveles de negocio y empiezan a quemar las reservas de madera. Los mediocres al mando optan por agotar las existencias de combustible con tal de que la máquina no pare, de que la locomotora siga echando humo que vender… y si esto no se detecta a tiempo son capaces de desmantelar los vagones y deshacerse de cualquier objeto susceptible de entrar por la puerta de la caldera con tal de seguir en sus posiciones privilegiadas. El tren seguirá camino una temporada más, pero nos quedaremos sin tren.

Algunos estarán pensando: “ya, ¿y qué podemos hacer?”, y lamento recordarles que no debemos esperar soluciones simples para problemas complejos. Cada empresa y cada situación requiere una reflexión y una solución distinta, pero hay algunas cuestiones comunes que cabe plantearnos cuando nos encontramos ante esta tesitura:

  1. Es fundamental partir de un análisis riguroso de la situación, hacer autocrítica y examen de conciencia. La evaluación tiene que ser honesta y venir de alguien experto y que conozca la empresa y el sector. Me hacen mucha gracia las empresas que ante este tipo de problemas contratan a grandes auditorías que suelen enviar unos a voluntariosos jóvenes para examinar la situación (a precio de auditores expertos) cuyos informes sólo suelen reflejar los deseos o la conveniencia de alguien de la propia casa.
  2. Hay que tener claro a qué nos dedicamos o a qué nos queremos dedicar, preguntarnos qué hacíamos y cómo se hacían las cosas cuando supuestamente nos iba tan bien.
  3. Es importantísimo detectar el momento del inicio del declive y el motivo, el punto de inflexión en la trayectoria de la empresa. Una vez detectado (una vez más: con honestidad), debemos reflexionar serenamente sobre el error y comprobar si fue puntual o se convirtió en recurrente.
  4. Debemos confiar en la experiencia de la gente que hace cosas: tal vez yo puedo pensar que sé cómo se aprieta una tuerca porque lo he estudiado o visto en un tutorial, y eso puede darme alguna idea… pero el que sabe apretar tuercas es el que lo ha hecho él mismo. Cada uno tenemos un papel en la empresa y sabemos cómo hacer nuestro trabajo. No hay nada más desmotivador para un profesional y para la tropa entera que alguien que no ha pisado el terreno (y sólo desde la teoría) le venga a explicar cómo tiene que hacer su trabajo, o que incluso le reprenda por estar tantos años haciéndolo “mal”. Un error ampliamente extendido en los últimos años es dejar predicar al Valdano de turno, al amiguito, o al que sabemos que tiene el favor del jefe… aunque seamos todos conscientes de que no tiene ni idea. Créanme y hagan caso a la experiencia: en mi vida he aprendido más en los talleres al pie del metal que en los despachos.
  5. Desde luego, hay que quitarnos de encima a personas tóxicas y vendedores de humo. Los profesionales deben aportar, y más cuando la situación es complicada, así que hay que desembarazarse de personas que no están en el lugar adecuado para la empresa (normalmente ocupan puestos muy superiores a los que por valía les correspondería), soltar lastre y cuanto primero mejor: ellos podrán encontrar un lugar acorde a sus capacidades y la empresa seguro que no los echará de menos.

Haciendo estas 5 cosas desde la imprescindible y rigurosa honestidad, sin hacernos trampas, llegaremos a un buen punto de partida para poner soluciones y creo que así el tren tiene opciones de seguir en su camino, aunque le cueste… porque el éxito en el trabajo llega siempre a través del esfuerzo, de la dedicación y de la constancia. Las soluciones milagrosas no existen.

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