Resiliencia

Photo by H. Nakai

Entre las palabras que el Siglo XXI ha traído a nuestras vidas está resiliencia. De la mano de la psicología este término se ha sociabilizado, se ha instalado en nuestro día a día para designar la capacidad de los seres humados para sobrellevar las situaciones que de alguna manera se presentan como adversas.

Me llama la atención que su popularidad crece cada vez que una crisis o una situación de especial tensión llega a nuestras vidas: multitud de artículos y profesionales nos invitan y animan a tener resiliencia, a ser resilientes. Por lo que he podido leer el término empezó a usarse en 1965, pero no fue hasta mediados de los 90 del siglo pasado cuando se intensificó su uso. Su significado parece “estar vivo”, ha ido variando con el tiempo y con los estudios sobre el tema: de una condición innata -como se creía al inicio- se ha pasado a factores externos (culturales, sociales, etc). El término ha llegado últimamente a usarse también para expresar la capacidad de tener éxito social a costa de un estrés o adversidad asumibles.

Confieso que la primera vez que oí ese término fue en el siglo pasado y -lejos de la psicología- la palabra estaba relacionada con un requisito técnico para un material sobre el que se estaba trabajando. En aquella época se identificaba a los “materiales con resiliencia” como aquellos cuyos certificados atestiguaban que habían sido sometidos a un ensayo de impacto en el Péndulo Charpy, ensayo que se realiza para medir o determinar la tenacidad (sensibilidad a la rotura frágil) de un material.

Una de las facetas que más me gusta de mi trabajo son los ensayos en laboratorio, así que procuro no perderme ninguno cuando tengo oportunidad, porque nos permiten llevar al límite a los materiales, comprobar su comportamiento en distintas condiciones y verificar que hoy en día los materiales suelen cumplir los requisitos que de ellos se esperan.

Si están interesados, este es un excelente vídeo en el que se describe cómo se realiza el ensayo de resiliencia o test del péndulo Charpy:

Como muchos de ustedes conocen, la resiliencia se mide en Julios/cm2 y, si nos centramos en el caso de los aceros, someramente podríamos decir que la fragilidad de un material está influenciada por factores endógenos (su composición) y exógenos (condiciones del ensayo). 

En lo que se refiere a la composición, es conocido que algunos “aleantes” como manganeso, níquel o silicio mejoran la tenacidad del acero, así como otros componentes como el fósforo y el azufre producen efectos “fragilizantes”.

Respecto a las condiciones del ensayo, un tratamiento térmico del material modifica la microestructura del acero -como se puede apreciar en estos gráficos- contribuyendo también a una mayor tenacidad.

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Por último, la temperatura a la que se realiza el ensayo influye muy decisivamente en los resultados: cada material debe asegurar su resistencia a la menor temperatura en la que previsiblemente va a trabajar (así se ha diseñado), y es relativamente fácil encontrar la fragilidad del material a medida que lo ensayamos a una temperatura más baja.

Hace años conocí el caso de un proyecto en el que los materiales se requerían con ensayo de impacto a -40ºC. Esos materiales no se encuentran habitualmente en almacenistas de chapa y requieren una laminación ex profeso. En el departamento de ingeniería se habían ido las horas diseñando el equipo y elaborando el documento con requisitos técnicos (un día hablaremos de las planificaciones de los proyectos y las horas que se invierten en cada fase), y ninguna fábrica era capaz de laminar y suministrar las chapas requeridas en las fechas que el proyecto necesitaba. Desde la dirección técnica se pensó entonces que si el responsable de compras era capaz de encontrar chapas que certificaran unos determinados valores del ensayo a -20ºC (valores anormalmente altos), se podrían hacer ensayos adicionales a -40ºC con la garantía de conseguir los valores requeridos para ese proyecto. Aunque –como siempre- hubo algún pesimista que advirtió que ese razonamiento, si bien puede parecer lógico, es probable que no se cumpla en el caso del acero al carbono y menos a baja temperatura, la mayor parte del departamento técnico avaló la iniciativa y así se hizo. Se necesitaban 12 chapas y el responsable de compras gestionó el suministro de 12 chapas cuyos ensayos de impacto a -20ºC certificaban unos resultados que triplicaban los resultados requeridos a esa temperatura por la norma.

Al ensayar esas mismas chapas a -40º, sólo 4 ó 5 superaron el ensayo, ante la incredulidad del máximo responsable técnico, que desde su mesa sólo acertaba a decir: “es imposible” o “no me lo creo: ¿seguro que el laboratorio está haciendo bien el ensayo?”. La respuesta estaba en la temperatura de transición de esos materiales, y cualquier técnico –sobre todo los responsables de diseño- debería saber que en este caso lo realmente extraordinario es que 4 ó 5 chapas cumplieran con los valores del ensayo a -40ºC. En el gráfico de abajo se muestra que todos los materiales tienen una zona frágil y una zona dúctil, y entre ellas existe lo que se denomina temperatura de transición. Cada material se fabrica para garantizar un comportamiento a una determinada temperatura, y nada ni nadie puede predecir cómo será su comportamiento si reducimos ésta.

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Como curiosidad, les contaré que esa empresa tuvo que seguir comprando chapas y gastando dinero en ensayos adicionales hasta conseguir las 12 chapas que el proyecto requería. Por una mala planificación y por partir de presupuestos erróneos hubo un impacto en coste y en tiempo para el proyecto.

En este otro enlace les dejo un interesante trabajo de análisis de los materiales del Titanic para comprobar su calidad y si éstos pudieron tener algo que ver en el hundimiento:

https://youtu.be/N8gMuZQkFPc

Para finalizar, y sin tener conocimientos en psicología, me atrevería a decir que la resiliencia humana también debe tener componentes que dependen de nosotros y componentes que dependen del entorno. Supongo que para la mayoría de nosotros será difícil cambiar el medio, pero seguramente todos podremos trabajar en nuestros “aleantes” o recurrir a algún tipo de “tratamiento” que mejore nuestra tenacidad. El impacto es el que es y la temperatura del ensayo no depende de nosotros: busquemos esos aleantes que nos den la fortaleza para seguir disfrutando de la vida.

NOTA: Publicado en LinkedIn el 10 de mayo de 2020

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La pasión según Leo Fender

Se cumplen ahora 70 años de la presentación de la Fender Esquire. Seguro que muchos no saben que se trata de la guitarra eléctrica preferida –entre otros- por Bruce Springsteen o Keith Richards, precursora del modelo Telecaster (presentada dos años más tarde) y –en mi opinión- la guitarra que contribuyó más decididamente en la popularización de la música moderna en general y del Rock & Roll en particular.

Esta efeméride puede servir para reflexionar sobre el rumbo que describen las empresas y cómo la profesionalidad o la pasión que ponemos en el desempeño de nuestro trabajo están íntimamente vinculadas a los resultados.

Leo Fender nació en 1909, y con 13 años adquirió de su tío la curiosidad y afición por la electrónica. Se graduó en contabilidad y como tal ejerció en algunas empresas hasta que una crisis en 1938 le puso en la cola del paro. Paradójicamente, a pesar de no cursar estudios en electrónica, su afición en este campo iba incrementándose y de una manera autodidacta hacía que sus conocimientos fueran creciendo.

Sin empleo, pero guiado por su pasión, pidió un préstamo de 600$ y decidió embarcarse en la aventura de un taller de reparación de radios en la ciudad de Fullerton: Fender Radio Service. Enseguida los músicos de la época empezaron a frecuentar el establecimiento para encargarle sistemas de megafonía o reparar los –por aquel entonces- rudimentarios sistemas de amplificación. El siguiente paso fueron los encargos de reparación y modificación de guitarras tipo Lap Steel, y la amplificación de guitarras de caja hueca (estilo español). Debemos recordar que estamos en el inicio de la historia de los instrumentos amplificados o eléctricos.

Enseguida se da cuenta de que el diseño y la venta de sus propios equipos le garantizan mayores beneficios, así que se centra en diseñar robustos y fiables amplificadores y –con la colaboración de D. Kauffman- desarrolla una guitarra tipo Lap Steel. El negocio crece y cambia de nombre a Fender Electric Instruments Company. Tras patentar varios y afamados modelos de amplificadores durante esos años y después de finalizada la IIGM, llega a su negocio el que se convertiría en socio y amigo inseparable desde entonces: George Fullerton. Sabedor de que no lejos de allí otro genio -Les Paul- estaba trabajando en el desarrollo de una guitarra electrificada de cuerpo macizo, comienza a idear una guitarra versátil, de cuerpo macizo y con el mástil atornillado al cuerpo: este concepto no se había visto antes y supone la gran revolución que cambiará el concepto de guitarra eléctrica. Entre las reparaciones que los músicos en ocasiones le encargaban a Leo Fender estaban las uniones entre el cuerpo y el mástil (eran encoladas o de una pieza hasta la fecha) y que se revelaban como un punto de debilidad y rotura en estos instrumentos.

Por fin en la primavera de 1950 sale a la luz la Esquire, guitarra eléctrica de cuerpo macizo de fresno y mástil de arce atornillado al cuerpo. El diseño permitía también que todas las cuerdas fueran paralelas al cuerpo y mástil desde el puente al clavijero, contaba con una pastilla (micrófono), selector y potenciómetros de volumen y tono. Recordemos de nuevo que en esa época las guitarras amplificadas sólo eran las Hawaianas (Lap Steel) o las Spanish Guitar (huecas) convenientemente modificadas por algún luthier entendido en instrumentos y electrónica: así pues, la Esquire se lo que los músicos estaban esperando para desarrollar su música de Country, Jazz y el incipiente e inevitable Rock & Roll. Era simple, sin adornos, básica… pero adelantada a su tiempo, tremendamente efectiva y potente.

El mercado al principio no aceptó ese novedoso instrumento, provocando en algunos retailers alguna que otra burla y la negativa a su distribución, e hizo que el cash-flow de la empresa se viera seriamente comprometido durante algunos meses, llegando incluso a acumular algunas deudas. Los distribuidores de instrumentos no querían apostar por esa nueva guitarra, así que Leo -convencido de las virtudes de su invento- optó por conectar directamente con los guitarristas y ofrecerles su nueva guitarra… y ahí empezó todo.

Leo Fender empezó a recabar “feedback” de los músicos y a mejorar su modelo. Desde abril de 1950 (fecha de la primera Esquire) hasta 1952, Leo Fender fue perfeccionando esta guitarra y corrigiendo algún “defecto de juventud”, incluyéndole una segunda pastilla y un alma metálica al mástil. Le cambió el nombre a Broadcaster, pero debido a problemas de patentes tuvo que rebautizarla definitivamente como TELECASTER, modelo definitivo desde 1952.

Conviene recordar de nuevo que Leo Fender era un contable aficionado a la electrónica, y destacar que nunca supo tocar una guitarra (dicen que ni siquiera sabía afinarla), por lo que el desarrollo de esta idea y este diseño tiene un mérito mayor si cabe. Podríamos considerar que Leo Fender es a las guitarras eléctricas lo que Henry Ford a los automóviles, un fenómeno empresarial que yo definiría como “la revolución desde la pasión”. 

Para terminar, les dejo un vídeo del grupo Stormy Mondays, a los quienes el COVID-19 les pilló en plena gira y han tenido a bien regalarnos una magnífica versión del Atlantic City de Bruce Springsteen. La Fender Esquire debía sonar parecido a la guitarra del vídeo.

NOTA: Publicado en LinkedIn el 3 de mayo de 2020

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Sobre remeros…

Dibujo de Eliseo Álvarez

Cuando estamos en la séptima semana del confinamiento impuesto para combatir la pandemia del COVID-19, observo que la moral de la tropa se está resintiendo. La sociedad, que hasta ahora estaba llevando el aislamiento con una abnegación encomiable, parece empezar a mostrar signos de agotamiento: en parte porque son muchos los días ya acumulados y en parte porque a pesar de los esfuerzos realizados las cifras de contagiados y fallecidos siguen siendo excesivamente altas y cuesta vislumbrar un final a esta situación.

Por la parte empresarial que estoy pulsando con amigos y colegas, todas las empresas se están viendo afectadas de alguna manera: la mayor parte de ellas tienen su actividad parada o mermada de una manera significativa, muchas están recurriendo a los ERTEs previstos para esta situación y el pesimismo ante el futuro se está contagiando más rápido que el famoso coronavirus debido a la incertidumbre sobrevenida. Hoy mismo el diario El Mundo publica un artículo de opinión de Carlos Segovia en el que se sostiene que España necesitará colocar hasta 300.000 millones de deuda este mismo año (un 50% más de lo previsto), una cantidad como nunca antes se había planteado.

Imagino que la gestión de una situación de este calibre no es sencilla, hay que tomar decisiones difíciles o impopulares, hay que enfocarse en solucionar el problema de la manera más rápida y eficaz, pero sin perder de vista que la vida seguirá, que una vez que esta pandemia pase la sociedad y las empresas deben seguir funcionando. Imaginen que a urgencias llega un herido en un accidente con una pierna malherida: quizá la solución inmediata pueda pasar por la amputación, pero estoy seguro que el médico de turno intentará por todos los medios salvar el miembro pensando en una mejor calidad de vida del paciente una vez éste se recupere de la situación. No cabe duda de que hay que intervenir, pero a poder ser con la precisión del bisturí y no de una desbrozadora. Una de las cosas que me tocaba hacer en mi juventud era podar: siempre recordaré la luna menguante de febrero, cuando mi abuela me encomendaba podar sus hortensias y rosales y me instruía para que eliminara primero ramas muertas y luego cortara con cuidado el resto: una poda incorrecta puede comprometer la vida de la planta, y de lo que se trata al podar es sanear la planta y pensar en su posterior florecimiento.

https://www.ennaranja.com/para-negocios/el-remero-incompetente-una-historia-que-explica-muy-bien-como-funcionan-algunas-empresas/

Si recordamos el manido ejemplo de la archiconocida “Fábula de los Remeros”, debemos tener en cuenta que si tocamos a los remeros nuestro barco se resentirá inevitablemente. En caso de tener que soltar lastre, siempre es mejor prescindir de lo accesorio que de piezas fundamentales en el motor y la gobernanza de una nave. Si imaginamos una situación crítica en medio de un océano -con riesgo de naufragio- supongo que el sentido común nos dirá que tiremos por la borda cualquier adorno antes que una pieza del motor… y –por supuesto- en esa situación todo el mundo a bordo tendría que estar trabajando de la manera que indicara el capitán: unos achicando agua y otros manteniendo la nave en su rumbo. Al capitán se le debe exigir que sepa lo que tiene que hacer en una situación excepcional, apoyándose en quién él considere oportuno, pero los demás tenemos que colaborar en todo lo que nos pidan y podamos.

Por eso mismo, todos tenemos que actuar con la mayor responsabilidad posible: en el ámbito familiar tenemos que seguir como hasta ahora, siendo conscientes de que cada día supone un día menos para volver a la normalidad, y que no hemos hecho un esfuerzo tan grande para morir en la orilla, para estropearlo ahora con irresponsabilidades. Y también es nuestro derecho y obligación exigir responsabilidades a quienes están al frente de esta situación para que tomen las decisiones correctas.

En el ámbito de la empresa me atrevería desde aquí a lanzar una señal de alarma, puesto que parece que hay gente que todavía no se ha enterado de la gravedad de la situación que estamos atravesando. Hay empresas pasándolo realmente mal, hay negocios que nunca más van a poder abrir, y de misma manera que la mayor parte de la gente está esforzándose todo lo que puede para que la actividad de sus empresas continúe, me llegan ejemplos de algunos casos en los que esto no es así, protagonizados sobre todo por personal de servicios públicos no esenciales en este momento. Durante el obligatorio confinamiento y ante la tesitura de tener que trabajar desde el domicilio ha habido respuestas tales como: “mi ordenador es mío y mi conexión a internet también, ¿quién me va a resarcir de este coste?”, “no tengo por qué tener una videoconferencia desde mi domicilio con mi equipo para tratar asuntos de trabajo”, “no tengo disponibilidad a la hora señalada”… Mi interlocutor se lamentaba de que no era capaz de convocar ni siquiera a muchos interinos de su equipo para una reunión semanal.

También estamos asistiendo a cómo el campo requiere de personal para recoger la fruta y no es posible movilizar a ninguna de las más de 3.500.000 personas inscritas a finales de marzo como parados en el Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Chocante.

Siempre he tenido claro que debemos esforzarnos para que a nuestra empresa le vaya bien: si nuestra empresa gana, nosotros ganamos. Pero ahora estamos jugando a otra cosa, el barco se está hundiendo y todos tenemos que arrimar el hombro; ojo con la tecla que tocamos ahora, porque la supervivencia de las empresas, de muchos puestos de trabajo y quizás del sistema están en juego. Debemos ser conscientes y responsables de nuestros actos y de cómo éstos pueden influir en nuestro futuro, trabajar aunque sea a costa de sacrificar mínimamente alguno de nuestros derechos… y a la hora de elegir qué lastre soltar, pensar en quiénes son los remeros y quiénes el lastre de la nave.

NOTA: Publicado en LinkedIn el 27 de abril de 2020

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