Tomar la robla

En los últimos días han aparecido varios artículos sobre el próximo Mobile World Congress que se celebrará en Barcelona en pocas fechas. A la expectación típica en este tipo de eventos se une este año la alerta o amenaza del Coronavirus originario de China que, a pesar de los esfuerzos de los organizadores por transmitir tranquilidad, ha provocado distintas reacciones en algunas empresas: algunas marcas han decidido no asistir a esta Feria, otras han decidido limitar la asistencia de personal asiático incrementando la representación de personal europeo, otras simplemente limitan sus comunicaciones y ruedas de prensa, y otras compañías intentan actuar como si nada estuviera pasando.

No obstante, por parte de los anfitriones se ha elaborado un protocolo de actuación que incluye medidas excepcionales tales como una línea de asistencia 24h, asistencia médica especializada en el propio Salón, mejora y aumento en la frecuencia de limpieza y desinfección en las zonas más transitadas, cambio de micrófonos para conferenciantes de manera regular, instalación de dispensadores de gel desinfectante para fomentar una mayor higiene personal y la recomendación de evitar el saludo mediante apretones de manos.

Esta última medida me ha hecho recordar que el apretón de manos en nuestros días y en nuestra sociedad ha quedado como un mero formalismo cortés, como un saludo que podría ser perfectamente prescindible, pero no hace tantos años que en algunos casos su significado era bien distinto.

En una ocasión, durante un almuerzo con un buen amigo y profesor, reflexionábamos sobre la esencia de las personas, sobre lo único que nos queda cuando nos intentan limitar y despojar de todo lo que tenemos, y conveníamos en que lo único de lo que nada ni nadie puede desproveer a un individuo es la integridad: un hombre tiene que ser “un tío que se viste por los pies”, el que tiene sus valores y su palabra y los mantiene en cualquier circunstancia y por encima de todo. Mi interlocutor, curtido en mil batallas, me ilustraba con el ejemplo de “yo tengo que poder mirarme al espejo cada mañana cuando me afeito, no puedo fallar a mis creencias, a mis valores, a mi palabra”.

Traigo esta conversación a escena porque –como adelanté más arriba- me detuve pensando sobre lo que un apretón de manos significaba hace tan sólo unos años para los hombres y la dilución que ese gesto ha sufrido. Sin considerarme demasiado mayor, puedo decir que conocí la época en las que algunos acuerdos se cerraban con un apretón de manos: un negocio se trataba y discutía en torno a la palabra, se rubricaba con un apretón de manos, y ambas partes quedaban comprometidas en los términos convenidos. Después del acuerdo, se podía incluso “tomar la robla”, que era la celebración del acuerdo alcanzado. En esa época las personas tenían esa integridado ese honor que avalaba los pactos sellados con un apretón de manos, y faltar al compromiso adquirido era sinónimo de falta de honor.

Con el paso de los años, a la vez que el apretón de manos se ha ido popularizando como saludo, la sociedad ha ido restándole la esencia a este “significado contractual”, quedándose sólo con lo accesorio y convirtiéndolo en una simple formalidad similar a cualquier saludo de cortesía o pudiendo llegar a ser incluso un acto de hipocresía.

Para ejemplificar sobre este asunto basta asistir al efusivo saludo que se dispensan los deportistas chocándose la mano antes de un partido para –minutos más tarde- utilizar todas las artimañas posibles con el fin de perjudicar al tipo que acaban de saludar. De la misma manera, diría que en casi todos los entornos laborales de hoy en día el apretón de manos (y la palabra) no sirven para nada más que saludar si no van acompañadas de un correo electrónico, de un acta de reunión firmado por los intervinientes, de un informe rubricado por su autor o de un extenso contrato con interminables clausulados redactados por los inevitables servicios jurídicos y firmados y sellados por las partes… Incluso ya se está implantando la costumbre de grabar las conversaciones telefónicas en las que se transmite alguna instrucción o compromiso entre compañeros de igual o distinto nivel, o entre cliente y proveedor. No es extraño tampoco asistir a negociaciones en las que alguna de las partes incluso se compromete a cumplir un alcance sabiendo de antemano que difícilmente va a conseguirlo. Y siempre nos damos la mano por educación, como un amistoso signo vestido de aparente cortesía, honor o caballerosidad que maquilla un vacío o una hipocresía en más ocasiones de las que sería deseable.

Hoy en día la palabra, el compromiso o el apretón de manos no tienen el valor de antaño, quizá porque lleven el mismo rumbo frenético e incierto que la propia sociedad: les hemos quitado la esencia, sus valores, la integridad, el honor… en nuestra escala hemos cambiado esos valores por otros que son como una armadura: brillantes por fuera y huecos por dentro.

Así pues, no creo que evitar o suprimir este año el saludo del apretón de manos del Mobile World Congress sea una tragedia o pérdida lamentable.

NOTA: Publicado en LinkedIn el 10 de febrero de 2020

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