EL EPITAFIO DE SIMBA

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Cuando entré en la Facultad de Filología llegaba con el interés por adentrarme en un mundo que me atraía pero al que sentía que no le había dedicado la atención merecida: en el plan de estudios de la época, y a pesar de ser -en mi opinión- más completo que sus sucesores hasta hoy, enseguida obligaba al alumnado a optar por ciencias o por letras y yo elegí a las primeras. Tuve entonces la suerte de encontrarme con un magnífico profesor de Latín –que enseguida se convertiría en mi buen amigo-, quien con su pasión nos hizo entender que así como el Latín era bastante más que una «lengua muerta» pues es la base de casi todas las lenguas europeas, también la cultura latina, la organización de su sociedad y su modo de vida eran referentes cuya inercia llega hasta nuestros días y que no deberíamos dejar de estudiar -y mucho menos menospreciar- nunca. Aquel profesor se llama Aurelio González Ovies, y en aquella época estaba trabajando duramente en su doctorado sobre «Los Epitafios en los Poetae Latini» (poesía funeraria), temática que llamó mi atención por el culto y el respeto que aquella sociedad clásica mostraba por sus muertos y por mantener un digno y permanente recuerdo. 

En los últimos tiempos se multiplica la rotación en las empresas por diversos motivos, y en muchos casos el profesional de turno anuncia su salida con un correo electrónico de despedida en el que informa de su nueva vía de contacto, suele mostrar su agradecimiento a empresa y compañeros o rememora su vida profesional en la casa, dependiendo de la emotividad del momento y de las ganas y ánimo del protagonista. Personalmente cada vez que me llega uno de estos correos no puedo evitar asociarlo a los epitafios latinos, así como reflexionar qué está pasando en las empresas para se normalice la salida de gente válida que no ha encontrado el acomodo buscado.  

Esta semana nos tocará a nosotros despedir a un compañero que se va de la empresa, otra persona brillante y muy válida que en este momento decide cambiar el rumbo en busca de un mejor futuro o de un presente menos incierto. Desconozco si en esta ocasión tendremos «epitafio» o no, pero lamentaré su marcha -como la de algunos otros compañeros- y creo que lo echaremos de menos. En su caso, sospecho que habrá pasado como con otro conocido que en una ocasión me contaba su experiencia: «yo llevaba años trabajando en la misma empresa y mi intención era desarrollarme profesionalmente y continuar allí toda mi vida profesional, pero vas viendo cosas: poco a poco te van dando trabajo y cada vez más responsabilidad a medida que respondes, de palabra te valoran muchísimo, te llegan a lesionar la espalda de tantas palmaditas con las que te premian día a día diciéndote lo bueno que eres y elogiando tu entrega y tus conocimientos… y de pronto te paras a pensar que después de un montón de años tu sueldo sigue siendo el mismo mientras que otros con sus maniobras han promocionado a puestos -sin duda- inmerecidos por su valía, que cuentan contigo como segundo plato para resolver problemas generados por los ineptos de turno elegidos en primera convocatoria, o que los cursos de formación han servido para engordar el currículum formativo de otros (muchos de los cuales ya ni están en la empresa) mientras que tu propia formación te la has tenido que buscar en tiempo libre y con tu dinero; y cuando llegan las vacas flacas afloran las castas y te das cuenta de cómo te valoran realmente, de que te han metido en el grupo de aquellos a quienes se les exige un mayor esfuerzo mientras que otros mantienen su estatus, sueldo y condición». 

El sentimiento que me transmitía mi conocido podría asemejarse a los peces de una charca que -sintiéndose felices en su universo- esquivan las redes que les lanzan para sacarlos de allí y liberarlos en el mar. Con el tiempo, y una vez que comprueban que en esa charca el agua cada vez será más turbia por más que se esfuercen, empiezan a mirar con otros ojos las redes que pasan de vez en cuando en busca de los mejores peces para liberar. Una vez que su visión ha cambiado, entrados ya en esa dinámica y convencidos de que su futuro pasa por salir de aquella charca, los peces -cansados de vivir en esa charca de aguas turbulentas- buscarán las redes tan pronto como éstas asomen por la superficie sin importarles a dónde les lleven.

Lo más curioso de todo es que en el momento de la despedida todavía habrá quien les diga «te equivocas», «¿dónde vas a estar mejor que aquí?», «no esperes que en otra parte te valoren como aquí» o «en todas las empresas hay problemas»… que serán los mismos que poco tiempo después no dudarán en culpar a la empresa de dejar salir a los mejores o de no haberlos tratado como se merecían. 

Me permito insistir en que la empresa es una entidad en la que el ambiente, las decisiones y el rumbo lo marcan las personas, así que me molesta bastante la cobardía que con la que algunas actuaciones y/o decisiones poco atractivas o agradables se justifican bajo la ambigüedad o el escudo de la empresa: “la empresa necesita vuestro esfuerzo”, “la empresa no se puede permitir actualizar tu sueldo”, “estas son las dietas estipuladas por la empresa”, o “la empresa considera que esa formación no será necesaria para desarrollar tu cometido”.

Recuerdo que un buen amigo, después de dejar unos cuantos años de sacrificios y su mejor profesionalidad para su empresa de toda la vida, tomó la decisión de cambiar de aires. Al preguntarle un día tomando una cerveza por los motivos que le habían llevado a tomar la decisión me confesó que no había sido fácil después de su trayectoria, a la vez que me exclamó con rotundidad: «¡pero estoy harto de trabajar para vagos e incompetentes!» (lo cierto es que no dijo incompetentes, pero por decoro me van a permitir la licencia de no reproducir aquí sus palabras textuales, porque además las madres no tienen la culpa). En su caso no dejó epitafio, sino que prefirió salir discretamente sin despedirse de nadie más que sus tres compañeros más allegados, quizá porque el ambiente tóxico en el que se había convertido su empresa había extraído de él ese sentimiento de identificación incondicional a la vez que lo había aislado del resto de compañeros.

Creo que estaremos de acuerdo en que esta situación –cada vez más frecuente- no es la mejor ni para las empresas ni para los honrados profesionales que desean desarrollar su carrera en un entorno sano donde se sientan valorados y bien tratados, así que cabe preguntarse quién gana manteniendo estos escenarios. Encuentren la respuesta y con ella tendrán la explicación a muchas cosas.  

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