Smoke Sellers

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No es infrecuente que cada vez que una persona cambia de empresa se busquen referencias desde su nueva empresa con distinta finalidad: unas veces de manera formal para intentar averiguar la verdadera capacidad del candidato, pero otras muchas veces de manera informal a niveles inferiores, a través de amigos y contactos de confianza que puedan aportar información real de cómo se desenvuelve el que va a ser su nuevo compañero.

La semana pasada, algunos compañeros recibimos una consulta por parte de un amigo sobre un posible “fichaje” que iba a llegar a su empresa. El hombre por el que se preguntaba había trabajado tiempo atrás con nosotros y contaba con un vasto currículum académico y profesional, así como una notable trayectoria en varias empresas.

Yo no pude responder, porque realmente nunca había coincidido con el sujeto en cuestión y apenas tenía referencias, pero alguien que sí lo conocía respondió con un escueto “smoke seller”, y todos los que participábamos en la reunión catalogamos de inmediato a nuestro protagonista.

Este término me recordó algunas situaciones a las que he asistido desde la barrera en los últimos años, protagonizadas por algunas empresas que –tal vez lastradas por los complejos de sus propietarios- han ido cayendo en el error recurrente de buscar en el mercado lo que creen que no tienen en casa, y así han ido desmotivando, postergando o incluso “dejando ir” sin el menor lamento a quienes no hace tantos años habían sido los responsables y protagonistas de los momentos de mayor esplendor en esas empresas, a la vez que iban incorporando “smoke sellers” fichados siempre a golpe de talonario (pagándoles seguramente lo que nunca habrían pagado a uno de la casa) para dar ese impulso definitivo… aunque la dirección del impulso a veces no fuera la esperada.

Siento ser recurrente en mi lamento, pero creo que la gestión de algunas empresas en lo referente a recursos humanos y a la incorporación de nuevos profesionales a las organizaciones es uno de los graves problemas de nuestro tejido empresarial y seguramente de nuestra sociedad: por una parte se lastra o se cercena la motivación de los empleados propios y por otra se corre el riesgo de que la apuesta por nuevos candidatos de dudosa valía en puestos de responsabilidad surta el efecto contrario al deseado: la debilitación o incluso la quiebra de la propia empresa.

En estos años he comprobado cómo cada vez que un empresario busca un salto cualitativo en su empresa fichando a un supuesto “galáctico” esa apuesta sale mal. En un artículo anterior les hablé de aquel a quien bautizaron como Chigrinsky, y seguramente que muchos de ustedes ya habrán podido identificar casos similares a su alrededor, pero lamentablemente no es la única realidad: hay situaciones más lacerantes aún, y son aquellas en las que al empresario de turno (normalmente dueño de una PYME) alguien le mete en la cabeza que la pieza necesaria para llevar a su empresa a un nivel superior no está en su empresa, sino que sólo puede venir de una empresa de Headhunters. Y eso casi nunca es así, sino que supone un engaño o cortina de humo para todas las partes:

  • El empresario confía en encontrar la piedra filosofal de la mano de la empresa de  Headhunters, pero en realidad su deseo es incorporar un peón o una ficha más a su organización que va a tener que hacer lo que él ordene y mande.
  • La empresa de Headhunters va a intentar hacer su trabajo lo mejor que pueda, analizando y cruzando las demandas con las ofertas, pero en muchos casos creo que sin conocer la realidad de lo que maneja. Tanto las empresas como los profesionales son algo más que una descripción más o menos detallada en una auditoría, un informe o currículum vitae, de tal manera que ni las empresas suelen ser lo que vemos desde fuera ni la capacidad real de los profesionales se garantiza con un expediente académico, unas entrevistas o incluso un historial profesional.
  • El candidato de turno va a llegar a una empresa que en muchos casos no conoce y a un entorno que normalmente no lo va a recibir de una manera favorable, así que para poder demostrar su valía tendrá que conocer la empresa, ganarse la confianza de sus compañeros, hacer lo que diga el patrón… y todo a la vez que intenta desarrollar su trabajo.
  • El personal de la empresa va a comprobar cómo en su casa no se confía en ellos para una supuesta promoción: la decepción será inevitable mientras asisten a cómo se prefiere fichar a un profesional de fuera de la casa (que en muchos casos no va a encajar por llegar a un entorno complicado o –directamente- por ser un “smoke seller”) antes que recompensar el trabajo, fidelidad y dedicación de los canteranos con un puesto de mayor responsabilidad. Ojo con la motivación de la tropa, porque esa vinculación del trabajador con la empresa tiene un límite, y una vez que esa unión se pierde raramente se recupera: la empresa ya ha tomado la decisión de hasta dónde llega la confianza en su gente y lo ha demostrado con hechos, así que poco va a poder hacer por revertir la situación.

Como ven, es una situación delicada que conviene sopesar, meditar y calcular, porque es bastante frecuente que alguna de las partes se meta sin querer en un berenjenal con consecuencias imprevisibles para todos. Creo –por ello- que cuando la dirección de una empresa (sus propietarios en el caso de las PYMEs) toma la decisión contratar a alguien de fuera a golpe de talonario para realizar funciones que podría hacer alguien de su organización está corriendo un riesgo del que no es consciente.

Es lícita la ambición de mejorar y crecer, pero sin perder de vista que la verdadera fortaleza de cualquier empresa es el potencial de sus trabajadores, por eso debe cuidarlos y formarlos, motivarlos y hacerles ver que el éxito y el crecimiento de la empresa será el suyo propio. Las empresas más sólidas y potentes son las que fomentan y cuidan la carrera profesional de sus trabajadores, y sólo buscan en el exterior lo que no tienen en casa.

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EL XATERU

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Una de las consecuencias de la pandemia es la paralización de casi la totalidad de competiciones del deporte aficionado. La semana pasada una amiga fue convocada por el entrenador del equipo en el que sus hijos juegan al fútbol para asistir a una charla del presidente en la que se explicarían tanto la situación del club como de la competición. Ella -que no conocía previamente al presidente- se quedó gratamente sorprendida de cómo aquel buen señor fue capaz de captar las inquietudes de los asistentes (padres de niños en edad escolar) y dar respuesta de una manera razonada y convincente tanto a aspectos económicos como organizativos. Con una sonrisa y el asombro todavía en sus ojos, mi amiga me comentaba la situación: “parece que llega un xateru, pero cuando empieza a hablar y explicarse a su manera todo lo que dice es de sentido común, argumenta sus decisiones, tiene razón en todo… e invita a quien considere que puede hacerlo mejor que él a presentarse a las elecciones del club y a trabajar duro”. Para quienes no lo sepan, en Asturias, un xateru es un tratante de ganado, y suele emplearse ese término para adjetivar peyorativamente a una persona limitada en cuanto a palabra, forma y modales.

Aunque hay muchas personas que con sus actos justifican con creces que se les llame xateru, no es menos cierto que -como dice el conocido refrán- “el hábito no hace al monje”, así que no debemos juzgar la profundidad de las personas por su físico, atuendo o limitación en el lenguaje, porque –entre otras cosas- ese es uno de los errores que desde mi punto de vista nuestra sociedad ha cometido y que nos han traído hasta esta situación económica y social.

En muchas de nuestras empresas se cultivó y fomentó durante años la diferencia entre cuellos blancos (oficinas) y cuellos azules (producción), sin tener en cuenta que unos necesitan de los otros, que una empresa necesita a los profesionales mejor capacitados tanto en la sección de cuellos blancos como en la de cuellos azules, y que no debemos confundir formación académica con capacitación o aptitud para el puesto de trabajo que debes desempeñar.

Hace ya muchos años participé en un proyecto de miles de toneladas de chapa que sacamos adelante gracias al trabajo de muchos, pero especialmente del responsable de recibir y clasificar en el taller aquellos varios miles de chapas de distintas medidas y calidades. Como si un bibliotecario se tratase, aquel señor (a quien sus compañeros apodaban “el cabrero” por su origen en un remoto pueblo de montaña) tenía en la cabeza todas las chapas que se habían recibido, en qué pila las había clasificado y qué lugar ocupaban en la pila. Él y un ayudante eran capaces de manejar un almacén de la manera más eficaz que he visto en la vida.

Una vez, durante un almuerzo con el gerente de aquella empresa, y mientras éste se enorgullecía de la nueva maquinaria que había adquirido, me permití opinar que las instalaciones y las máquinas están al alcance de cualquiera con capacidad para comprarlas, pero que profesionales como los que él tenía no abundaban, y le puse el ejemplo del señor que tenía en el almacén gestionando brillantemente el acopio de chapas. A aquel gerente (seguramente el tipo más clasista y uno de los aduladores más aventajados con los que yo me haya cruzado) no le gustó mi cometario porque para él era inconcebible que un hombre sin apenas estudios pudiera ser esencial en el devenir de un proyecto. Quienes hemos pasado por los departamentos de producción sabemos la importancia de contar con personas con sentido común y aptitud para hacer bien su trabajo, porque es lo único que importa para que la producción y los proyectos salgan adelante, y con ellos el éxito para las empresas.

Nuestra sociedad lleva años fomentado la formación, y eso está bien… salvo que sea a costa de quitarle el protagonismo al sentido común. Las empresas necesitan a personas cada vez mejor formadas, pero es esencial que tengan la lucidez y el sentido común necesarios para saber cómo aplicar de manera efectiva sus conocimientos. En una empresa son imprescindibles los cuellos blancos y los cuellos azules, pero tanto unos como otros tienen que saber lo que se traen entre manos, ser capaces, diligentes y eficientes; y todos tienen responsabilidad en los resultados de la empresa de manera proporcional a la categoría que ostentan.

Un título académico se puede conseguir con mayor o menor esfuerzo, de manera horada o incluso haciendo trampas, pero el sentido común es una facultad esencial de la persona: no nos dejemos llevar por las apariencias y valoremos realmente y en su justa medida a aquellos cuya aportación al equipo es decisiva.

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GENERALIZACIONES

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Muchos amigos me han comentado el gráfico que compartía en el artículo anterior, sobre todo quienes –como yo- trabajan en el sector privado.

Detesto las generalizaciones fáciles, me parecen juicios aborrecibles, pero confieso que todos tenemos una tendencia natural a universalizar comportamientos puntuales y hacerlos extensivos a un colectivo. Creo que estaremos de acuerdo en que calificativos como bueno, malo, mediocre, zamarro, vividor, vago, diligente o trabajador (por citar sólo algunos) pueden ser aplicados a personas concretas sin que esa característica defina a todos sus compañeros y colectivo.

Ante la alarma de que sólo un 33% de la población trabaje para el sector privado, muchos han puesto el punto de mira en la administración y su personal funcionario, así que les contaré mi última experiencia en este ámbito.

Como algunos de ustedes ya saben, he estado afectado por un ERTE desde mediados de julio hasta la semana pasada. En agosto, dado que la prestación contemplada para esta situación por el SEPE no me llegaba, y aconsejado por compañeros en la misma situación, intenté ponerme en contacto con el SEPE para comprobar si tenían mis datos actualizados y que no hubiera problemas. Durante varios días estuve intentando contactar por teléfono sin éxito, así que decidí intentar acceder al portal del SEPE vía telemática: primero introduciendo mi número de teléfono para que me enviaran una clave (sin éxito, dado que no coincidía con el número que ellos tenían registrado), luego con el DNI electrónico (que tuve que renovar para actualizar los certificados) y por último con un certificado @clave que tuve que solicitar para poder acceder a la sede electrónica. Después de varios intentos infructuosos con la vía telemática que siempre acaban en una página de error, pasado mediados de agosto decidí solicitar cita previa para una atención presencial y obtuve mi cita para… el 30 de septiembre (casi un mes más tarde).

El día de la cita acudí a la hora que me habían reservado (09:25) y fui atendido por un funcionario unos 15 minutos más tarde: pensé para mí que si a las 9:25 llevaban acumulada una demora de 15 minutos, pobre del que tuviera cita para el mediodía. El buen hombre me recibió informándome que no había ido a mi oficina del SEPE correspondiente basándose en la dirección que figuraba en su sistema, pero que mi prestación ya estaba lista para pagar… el 10 de noviembre (la cantidad correspondiente a julio y agosto) y diciembre (la cantidad correspondiente a septiembre). También me dijo que mis datos estaban desactualizados, y por eso la prestación que iba a recibir (D.M.) no sería la que me corresponde, pero él no podía modificar los datos porque no se encargaba de eso. Atentamente me dio la opción de que un compañero me cambiara en ese momento los datos pero tenía que ser en otro departamento, así que volví a la sala de espera hasta que otra funcionaria, en la sala contigua a su compañero y tres mesas más allá me atendió y me modificó mi estado civil, dirección y personas a cargo. Con los datos actualizados volví a la sala de espera y minutos más tarde me convocó otro funcionario del mismo departamento que el que me había atendido en primer lugar, quien cotejó los datos que su compañera había grabado con mi DNI y libro de familia (un amigo que había sufrido esta misma aventura unas semanas antes me había advertido de la necesidad de llevarlo), me hizo firmar un formulario y me dijo que ya podría recibir la prestación correctamente… a partir de octubre. A ver quién acierta: el que me dijo que noviembre o el que me dijo que octubre, porque ni para esto se pusieron de acuerdo.

Hace meses les dije en otro artículo que podíamos considerar que ningún gobierno tiene la culpa del COVID-19, pero sí la responsabilidad de cómo se gestiona la situación. Según las previsiones en el mes de abril del Banco de España, 4,6 millones de trabajadores estarían afectados por el ERTE del COVID-19 y -por lo que he podido comprobar en primera persona- creo que las cosas se podrían haber hecho mejor.

No entiendo cómo es posible que en plena “era digital”, así como te localizan ipso facto para notificarte una denuncia cuando –por ejemplo- pasas por delante de un radar a 56 km/h cuando el límite es de 50 km/h, la misma administración pública sea incapaz de actualizar los datos de los mismos trabajadores a quienes les está aplicando retenciones en el rendimiento del trabajo.

Tampoco entiendo cómo es posible que en esta circunstancia de emergencia por el COVID-19, y con una estimación de trabajadores afectados por ERTE cercana a los 5 millones, no se hayan habilitado canales de información y gestión efectivos. Les aseguro que fui presencialmente a la oficina del SEPE como último recurso, ante la imposibilidad de poder hacer la gestión vía telefónica o telemática. Es incongruente que mientras por una parte orientamos e incluso obligamos a todo el mundo (en especial a nuestros mayores) a presentar escritos por vía digital o acudir a cajeros automáticos para sacar SU dinero o realizar otras gestiones, por otro lado sea la administración quien no está a la altura cuando un usuario necesita hacer una gestión. Para el caso concreto de los ERTE, se me ocurre que -a lo mejor- no sería complicado cotejar los datos a la vez que se gestiona el expediente, cruzarlos con Hacienda, etc…

Piensen en la cantidad de veces que les llama una empresa de telefonía o de energía para ofrecer sus servicios y hacerles una oferta irresistible: tienen nuestros datos y se preocupan de localizarnos para hacer su trabajo, aunque sea a horas intempestivas; o piensen en los implacables departamentos de recaudación de la administración pública… nos localizan cuando tienen la necesidad.

Tampoco entiendo el funcionamiento físico de la administración pública. Para una mera gestión de actualización de datos y comprobación he tenido que pasar por tres puestos y dos dependencias: ¿a nadie se le ha ocurrido que quizá esos funcionarios rendirían mejor organizando el trabajo de otra manera?, ¿no sería más lógico que un único funcionario atendiera la consulta y tuviera la facultad de poder hacer los cambios pertinentes? Aunque sólo fuera por minimizar la exposición al virus y el riesgo de contagio creo que merecería la pena valorarlo.

Y para el final dejo el asunto más sensible e importante: estamos en octubre y sigo sin cobrar la prestación del ERTE desde julio. No es la norma habitual, he comprobado que tengo compañeros y conocidos (aproximadamente un 20% de las personas consultadas) que han cobrado correctamente (con un mes de retraso porque eso sí es “lo normal” para el SEPE), pero la mayor parte de personas con las que hablo han cobrado incorrectamente: algunos han cobrado de más (más días de los que han estado en ERTE), otros han cobrado de menos, y la mayor parte de los casos han cobrado incorrectamente la parte correspondiente en función de los hijos…

Yo he pasado la situación gracias a algunos ahorros, pero les invito a ponerse en el pellejo de un padre de familia con hipoteca, letras varias, gastos fijos, vuelta al cole… con la incertidumbre de cuándo y cuánto va a recibir la prestación que le corresponde. Apuesto a que los responsables del SEPE no piensan en esos casos y siguen durmiendo tranquilos.

Nunca he trabajado en la función pública, pero creo que si en una empresa privada cualquiera se acertara sólo en el 20% de los casos y con retraso (más o menos, según el muestreo grosero que he tomado) el cierre de la empresa estaría asegurado, y la toma de medidas fulminantes también. Imaginen un restaurante de comida rápida cualquiera en el que sólo entregaran el 20% de los menús correctamente, otro porcentaje más o menos igual se quedara sin menú y el 60% de los clientes obtuvieran unos menús incompletos o no acordes a lo solicitado.

Entiendo a quienes fruto de la desesperación claman contra los funcionarios, pero no creo que sean el origen del problema: desde mi punto de vista la responsabilidad es de quien debe encargarse de organizar los trabajos de una manera eficiente y eficaz, optimizando los equipos de trabajo para que rindan al máximo y ofrezcan un buen servicio al contribuyente.

Pero no pasa nada, en lugar exigir las correspondientes responsabilidades y que alguien arregle el desaguisado seguro que nos conformaremos con que los mismos que hasta ahora han demostrado su ineficacia organicen un comité de expertos que (previo cobro de dietas) dicte que “no se podía saber”, “fue una avalancha de casos que desbordó el sistema” o “el sistema informático no estaba preparado”.

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